Sábado, 29 de septiembre de 2012. 920 h
No sé cómo se lo monta, pero el caso es que ya lo he perdonado del todo, me he vuelto a enamorar de él y ahora no puedo dejar de besarlo, y todo esto en el plazo de un cuarto de hora.
Tiene facilidad para las palabras, eso no puede negarse; empieza a no importarme que tarde tanto en encontrar las adecuadas.
Cuando al fin se separa de mi boca, sonríe y me agarra por la cintura.
—¿Qué te apetece hacer por tu cumpleaños? —pregunta mientras me baja de la barra.
Tras darme un último beso rápido en los labios, se dirige al salón, a la mesita auxiliar donde ha dejado la cartera y las llaves.
—No hace falta que hagamos nada. No espero que me entretengas solo porque sea mi cumpleaños.
Se guarda las llaves en el bolsillo de los pantalones y se vuelve hacia mí. Me observa con intención mientras me dedica una sonrisa canalla.
—¿En qué estás pensando? Esa mirada te delata.
Él se ríe y se encoge de hombros.
—Me estaba imaginando todas las maneras en las que podría entretenerte si nos quedáramos aquí. Y precisamente por eso tenemos que irnos.
Y precisamente por eso me quiero quedar.
—Podríamos ir a ver a mi madre —sugiero.
—¿A tu madre? —Me mira con cautela.
—Sí. Tiene un puesto de hierbas en el mercadillo al que va una vez al mes.
Nunca la acompaño porque se pasa catorce horas ahí metida y me aburro, pero es uno de los mercadillos más grandes del mundo y me gustaría dar una vuelta.
Está a hora y media de camino. Y tienen funnel cakes —añado para hacer la propuesta más atractiva.
—¿Qué es eso?
—Pastelitos de masa frita, como churros entretejidos.
Holder se acerca a mí y me abraza.
—Tentador. Vale, si te apetece ir al mercadillo, iremos, pero he de pasar por casa a cambiarme y hacer una cosa por el camino. Vengo a buscarte dentro de una hora, ¿te va bien?
Asiento con la cabeza. Aunque sé que es solo un mercadillo, me hace mucha ilusión.
No sé cómo reaccionará Karen cuando me vea aparecer con Holder.
La verdad es que no le he hablado de él, así que me siento un poco mal por presentarme con él sin avisar, pero en parte es culpa suya.
Si no me prohibiera usar tecnología, podría llamarla y avisarla.
Holder me da otro beso de despedida rápido antes de dirigirse a la puerta.
—Eh —lo llamo cuando está a punto de salir. Él se da la vuelta y me mira—. Es mi cumpleaños y los dos últimos besos que me has dado han sido de lo más patético. Si pretendes que pase el día contigo, te sugiero que empieces a besarme como un novio besaría a su...
Cierro la boca y dejo la frase a medias cuando me doy cuenta de lo que se me ha escapado.
Todavía no le hemos puesto etiquetas a lo nuestro y, por si eso fuera poco, acabamos de reconciliarnos, por lo que el uso peregrino que acabo de hacer de la palabra «novio» me suena a algo que podría haber dicho mi ex Matty.
—Yo... quería decir que... —Me rindo y no termino la frase. Esto no hay quien lo arregle.
Él se ha dado la vuelta y me está observando desde la puerta. No sonríe. Me sostiene la mirada en silencio. Luego ladea la cabeza y alza las cejas.
—¿Te has referido a mí como tu novio?
Sigue sin sonreír, lo que hace que me encoja por dentro. Mierda, me siento tan infantil que me pongo a la defensiva.
—No. —Me cruzo de brazos—. No tengo catorce años... ni soy tan cursi.
Él da dos pasos hacia mí sin alterar la expresión de la cara. Se me planta delante e imita mi postura al cruzarse de brazos.
—Pues qué pena. Porque, cuando pensaba que me habías llamado «novio», me entraron unas ganas tremendas de comerte a besos.
—Al entornar los ojos, el brillo travieso de su mirada deshace el nudo que se me había formado en el estómago.
Se da la vuelta y se dirige hacia la puerta—. Nos vemos dentro de una hora.
Antes de salir, no obstante, se gira y me provoca con una sonrisa canalla y unos hoyuelos que me muero por besar.
Suspiro y esbozo una mueca de frustración.
—Holder, espera.
Él apoya el hombro en la puerta con expresión triunfal.
—Más te vale despedirte de tu novia con un beso en condiciones.
No puedo sentirme más cursi mientras pronuncio esas palabras, pero verlo volver hacia mí con expresión victoriosa me compensa un poco.
Y sigue compensándolo cuando me desliza una mano hacia la parte baja de la espalda y me atrae hacia él.
Es el primer beso que nos damos estando de pie y me encanta su modo de sujetarme con un gesto tan protector.
Con la otra me acaricia la mejilla y luego me hunde los dedos en el pelo mientras se acerca cada vez más.
No me está mirando los labios; tiene los ojos clavados en los míos y leo en ellos algo que me cuesta definir.
No es deseo, parece más bien... gratitud.
Continúa contemplándome sin acabar de recorrer la distancia que separa sus labios de los míos.
No me está provocando para que acabe besándolo yo primero; se limita a observarme con tanto agradecimiento y afecto que el corazón se me funde como si fuera de mantequilla.
Tengo las manos apoyadas en sus hombros.
Se las deslizo por el cuello despacio y se las hundo en el pelo, disfrutando de este instante silencioso pero tan especial que estamos viviendo.
El pecho se le agita al mismo ritmo que el mío mientras examina cada rincón de mi rostro.
Su modo de mirarme me roba las fuerzas, por lo que agradezco mucho que me siga sujetando por la cintura.
Apoya la frente en la mía y suspira hondo. Su expresión cambia y se transforma en algo parecido al dolor, lo que me impulsa a mover las manos hacia sus mejillas y acariciárselas con suavidad para borrar esa emoción que le enturbia la mirada.
—Sky... —pronuncia mi nombre mientras me observa fijamente. Lo dice como si fuera a continuar la frase con algo profundo, pero no añade nada más.
Se acerca a mi boca despacio hasta que nuestros labios entran en contacto. Inspira hondo como si quisiera respirarme, aunque enseguida se separa y me mira a los ojos mientras me acaricia el rostro. Nunca había sentido algo así, como si acabaran de paladearme, y me parece precioso.
Vuelve a unir su boca con la mía y esta vez se apodera de mi labio superior, que queda entre los suyos.
Me besa con toda la delicadeza del mundo, casi como si creyera que mi boca es tan frágil que puede romperse.
Separo los labios para darle mejor acceso y él profundiza el beso, pero sigue actuando con suavidad.
Lo hace con mimo y agradecimiento mientras me sujeta por la nuca con una mano y por la cadera con la otra, degustando cada rincón de mi boca.
Es un beso que me recuerda a él, elaborado y sin prisas.
Y, cuando mi mente al fin sucumbe a la sensación de estar envuelta por él, se detiene y se aparta de mí muy despacio.
Abro los ojos, haciendo aletear las pestañas, y dejo escapar el aire contenido, que tal vez se ha mezclado con las palabras «Ay, Dios».
Al verme entregada y sin aliento, se le escapa una sonrisa ufana.
—Y este ha sido nuestro primer beso oficial como pareja.
Espero a que el pánico se apodere de mí, pero no lo hace.
—Como pareja —repito en voz baja.
—Sí, señora. —Sigue sosteniéndome por la espalda, manteniéndome pegada a él tanto con la mano como con la intensidad de su mirada—. Y no te preocupes —añade—: yo me ocupo de informar a Grayson. Como vea que te pone las manos encima, volverá a encontrarse con mis puños.
Retira la mano que mantenía en la parte baja de mi espalda y me acaricia la mejilla.
—Ahora sí que me voy. Nos vemos dentro de una hora. Te vivo.
Me da un pico en los labios y retrocede unos pasos antes de darse la vuelta hacia la puerta.
—¿Holder? —lo llamo en cuanto logro introducir aire en los pulmones y recupero el habla—. ¿Has dicho que volverá a encontrarse? ¿Te has peleado con Grayson alguna vez?
Él frunce los labios y su cara adopta una expresión neutra, pero asiente con la cabeza.
—Ya te lo dije; no es buena persona.
Cuando cierra la puerta, me deja con más preguntas que respuestas, aunque, bueno, a estas alturas ya me voy acostumbrando.
A pesar de que tenía previsto meterme en la ducha, cambio de idea y decido llamar a Six.
Hemos de ponernos al día en muchas cosas.
Corro a mi habitación, salgo por la ventana y uso el mismo sistema para colarme en su cuarto.
Descuelgo el teléfono fijo que tiene en la mesilla y busco en el móvil el mensaje que me envió donde me pasaba su número internacional.
Mientras lo marco, me entra un mensaje de Holder.
Odio la idea de pasar todo el día contigo. Creo que va a ser un muermazo. Además, el vestido de tirantes es demasiado veraniego y te queda fatal, pero da igual, no te lo cambies.
Sonrío porque, joder, este chico desastroso y sin remedio me ha devuelto a la vida. Lo vivo, lo vivo mucho.
Acabo de marcar el número de Six y me tumbo en su cama. Ella responde al tercer tono de llamada; suena adormilada.
—¿Estabas durmiendo?
La oigo bostezar.
—No, claro que no, pero no estaría de más que tuvieras en cuenta la diferencia horaria.
Me echo a reír.
—Six, es por la tarde en Italia, pero a ti te da igual. Tú tienes tu propio horario.
—Ha sido una mañana dura —se pone a la defensiva—. Te echo de menos, petarda. ¿Qué hay de nuevo?
—No gran cosa.
—No me lo creo. Suenas asquerosamente feliz. Sospecho que Holder y tú os habéis arreglado de una vez.
—Sospechas bien, y te comunico que eres la primera en saber que yo, Linden Sky Davis, he dejado atrás la soltería.
Se le escapa un gruñido de frustración.
—Te aseguro que no entiendo cómo alguien puede someterse a esa tortura de manera voluntaria. Aunque me alegro por ti.
—Graci...
No termino de agradecérselo porque Six me interrumpe cuando exclama:
—¡Ay, Dios!
—¿Qué pasa?
—¡Se me había olvidado! Es tu puto cumpleaños y se me había olvidado. ¡Felicidades, Sky! Joder, soy la peor mejor amiga del mundo.
—No pasa nada —le aseguro entre risas—. Al contrario. Ya sabes que odio los regalos, las sorpresas y todas esas mierdas cumpleañeras.
—Oh, espera. Acabo de acordarme de que, en realidad, soy la caña. Mira debajo de la cajonera cuando vuelvas a tu habitación.
Resoplo.
—Cómo no.
—Y dile a tu nuevo novio que compre más minutos.
—Se lo diré. Tengo que irme. Tu madre se va a poner como una fiera cuando vea la factura del teléfono.
—Ya, bueno. Debería ser como la tuya y estar más en armonía con la Pachamama.
Me río antes de despedirme.
—Te quiero, Six. Cuídate, ¿vale?
—Yo también te quiero. ¿Sky?
—¿Sí?
—Se te oye muy feliz. Me hace feliz que seas feliz.
Sonrío mientras ella corta la llamada. Vuelvo a mi habitación y, por mucho que odie los regalos, no dejo de ser humana y curiosa por naturaleza.
Me acerco a la cómoda y miro debajo. En el suelo hay una caja envuelta para regalo que me agacho a recoger.
Me la llevo a la cama, me siento y le quito la tapa. Está llena de chocolatinas.
Dios, adoro los Snickers, pero a Six todavía más.