Sábado, 29 de septiembre de 2012. 840 h
Me doy la vuelta y le echo un vistazo a la cama porque no estoy muy segura de que lo que sucedió anoche no fuera un sueño.
Holder no está aquí, pero me ha dejado una caja de regalo.
Me siento con la espalda apoyada en el cabecero y me la quedo mirando un rato antes de atreverme a abrir la tapa.
Dentro encuentro lo que parece una tarjeta de crédito y la cojo para leer qué pone.
Me ha regalado una tarjeta de recarga con minutos para enviar mensajes, muchos mensajes.
Sonrío porque sé lo que quiere decirme con este regalo.
Hace referencia al mensaje que le mandó Six y quiere decirme que sí, que planea quitarle la chica a mi amiga y que para eso va a necesitar un montón de minutos.
El regalo me hace sonreír y alargar la mano hacia el móvil, que está en la mesita de noche.
Veo que tengo un mensaje y que es de Holder.
¿Tienes hambre?
Es corto y sencillo, pero es su manera de hacerme saber que sigue aquí.
En alguna parte de la casa. ¿Me estará preparando el desayuno?
Antes de ir a comprobarlo, me paso por el baño y me lavo los dientes.
Me cambio la camiseta por un vestido de tirantes y me recojo el pelo en una coleta alta.
Al mirarme en el espejo, veo a una chica que desea desesperadamente perdonar a un chico, pero no antes de que él se arrastre un buen rato.
Al salir de la habitación, me reciben el olor a beicon y el sonido de la grasilla que chisporrotea en la sartén.
Recorro el pasillo y, al doblar la esquina, me detengo un rato y lo observo en silencio.
Canturrea mientras prepara algo en la cocina de espaldas a mí.
Va descalzo, vestido solo con vaqueros y una camiseta de tirantes.
Vuelve a estar como en casa, lo cual no sé cómo me hace sentir.
—Esta mañana me he ido temprano —me dice sin darse la vuelta— porque tenía miedo de que tu madre volviera y pensara que estaba tratando de dejarte embarazada.
Pero luego, cuando he salido a correr, he vuelto a pasar por aquí y me he fijado en que no estaba ni el coche.
Y entonces me he acordado de que se iba de mercadillo una vez al mes, así que he ido a comprar víveres para prepararte el desayuno.
He estado a punto de comprar cosas para la comida y la cena, pero he pensado que sería mejor tomarnos las cosas con calma y las comidas, de una en una.
—Se gira hacia mí y me examina con parsimonia de arriba abajo—.
Feliz cumpleaños. Vaya, me encanta ese vestido.
He comprado leche de verdad, ¿te apetece?
Me dirijo a la isla sin apartar la vista de él mientras trato de procesar la plétora de palabras que acaban de salir de su boca.
Separo un taburete y me siento. Él me sirve un vaso de leche aunque no se lo he pedido y me lo acerca con una sonrisa radiante.
Antes de poder dar un trago, me sujeta la barbilla con la mano y se inclina hacia mí.
—Necesito besarte. El recuerdo de tu boca es tan perfecto que tengo miedo de haberlo soñado.
Une su boca a la mía y, en cuanto me acaricia la lengua con la suya, me queda claro que esto va a ser problemático.
Con esos labios, esa lengua y esas manos tan perfectas, no voy a poder permanecer enfadada con él mucho tiempo.
Lo agarro por la camiseta para pegarme aún más a él.
Holder gruñe y hunde las manos en mi pelo hasta que me suelta de repente y da un paso atrás.
—No, no lo he soñado —dice sonriendo.
Vuelve a la cocina, apaga los fogones y pone el beicon en un plato donde ya había apilado huevos y tostadas.
Se acerca a la isla y me sirve el desayuno en el plato que hay delante de mí.
Luego se sienta y empieza a comer. No entiendo por qué tiene esa sonrisa en la cara hasta que al fin se me enciende la bombilla.
¡Ya lo sé! Ya sé lo que le pasa, por qué está feliz y enfadado; ya comprendo a qué vienen esos cambios de humor. Por fin las cosas empiezan a tener sentido.
—¿Podemos jugar a «En busca de la cena perdida» aunque sea la hora del desayuno? —propone.
Doy un sorbo a la leche antes de asentir con la cabeza.
—Siempre y cuando pueda hacer yo la primera pregunta.
Él deja el tenedor en el plato y sonríe.
—De hecho, tenía previsto dejar que las hicieras tú todas.
—Solo necesito que me respondas a una.
Holder suspira y se echa hacia atrás antes de bajar la vista hacia sus manos. Su modo de rehuirme me dice que ya sabe que yo lo sé. Todo en él grita culpabilidad. Me inclino hacia delante y le clavo la mirada.
—¿Cuánto tiempo hace que te drogas, Holder?
Él levanta la vista hacia mí con expresión estoica.
Me observa en silencio; yo me mantengo firme.
Quiero que sepa que no voy a rendirme hasta que me diga la verdad.
Frunce los labios y vuelve a bajar la mirada hacia sus manos.
Por un instante, pienso que se está preparando para echar a correr hacia la puerta y así librarse de responder, pero entonces le asoma a la cara algo que no había previsto: un hoyuelo.
Está haciendo una mueca, tratando de contenerse, aunque no aguanta mucho. Empieza por una sonrisa y termina riendo a carcajadas. Se ríe tanto que acabo por cabrearme.
—¿Drogas? —repite—. ¿Crees que me drogo? —Sigue riendo hasta que se da cuenta de que a mí no me hace ni pizca de gracia. Cuando al fin se calma, inspira hondo y me busca la mano—. No tomo drogas, Sky. Te lo prometo. No sé qué te ha hecho pensarlo, pero no me drogo, lo juro.
—Y, entonces, ¿qué demonios te pasa?
Le cambia la cara y me suelta la mano.
—¿Puedes concretar un poco? —Se echa hacia atrás y se cruza de brazos.
Me encojo de hombros.
—Sí, claro. ¿Qué nos pasó y por qué actúas como si no hubiera ocurrido nada?
Apoya los brazos en la barra y se traza las letras del tatuaje con el dedo, pensativo. Sé que el silencio no suele considerarse un sonido, pero ahora mismo el que se ha instalado entre nosotros es el ruido más fuerte del mundo. Baja el brazo de la mesa y me mira.
—No quería decepcionarte, Sky. He defraudado a todas las personas que me han querido a lo largo de mi vida y ese día, en el comedor, supe que te había fallado a ti también.
Por eso... me fui antes de que te enamoraras de mí, porque, si no, cualquier intento de no decepcionarte habría sido...
—vuelve a tocarse el tatuaje— un absoluto desastre.
Sus palabras están cargadas de tristeza y arrepentimiento, pero sigue sin disculparse.
A pesar de que reaccionó de manera injustificada y se dejó llevar por los celos, si lo hubiera hecho, nos habríamos ahorrado un mes de agonía emocional.
Niego con la cabeza porque no lo entiendo. ¿Qué le impidió pedirme perdón?
—¿Por qué no me lo dijiste, Holder? ¿Por qué no te disculpaste?
Él se echa hacia delante, me toma la mano y me dice mientras me mira fijamente:
—Porque no quiero que me perdones.
Estoy segura de que mis ojos reflejan la misma tristeza que veo en los suyos, pero no quiero que me vea así, por lo que los cierro con fuerza.
Él me suelta la mano y oigo que rodea la isla; luego me levanta del taburete.
Me sienta en la barra para que quedemos a la misma altura, me aparta el pelo de la cara y me sujeta por las mejillas.
Cuando abro los ojos, el dolor que veo en su rostro es tan real, tan descarnado, que me rompe el corazón.
—La cagué, cielo. La he jodido más de una vez contigo, lo sé, pero, créeme, lo de aquel día en el comedor no eran celos ni ira ni nada que deba asustarte.
Ojalá pudiera contarte lo que pasó, pero no puedo.
Un día lo haré, pero ahora no puedo y necesito que lo aceptes.
Por favor. Y no me disculpo porque no quiero que olvides nunca lo que ocurrió, que me perdones.
No quiero que busques excusas para justificar mis actos, Sky.
Me da un beso rápido antes de apartarse y seguir hablando.
—Me he mantenido a distancia, dejando que me odiaras, porque hay muchos temas que no estoy preparado para compartir contigo.
He tratado con todas mis fuerzas de alejarme de ti, y no puedo.
No soy lo bastante fuerte para renunciar a esto que hay entre nosotros.
Cuando te vi ayer en el comedor abrazando a Breckin y riendo con él...
, me gustó mucho verte feliz, Sky. Pero, al mismo tiempo, sentí unas ganas enormes de ser yo el que te hiciera reír así.
Me destrozaba por dentro la posibilidad de que creyeras que no me importaba lo nuestro o de que no supieras que el fin de semana que pasamos juntos fue el mejor de mi vida.
Porque me importa mucho y porque lo fue.
Fue el mejor puto fin de semana de la historia de los fines de semana.
El corazón me late desbocado, casi al ritmo en el que las palabras salen de su boca. Me suelta la cara para acariciarme el pelo, pero vuelve a sujetarme por la nuca. Inspira hondo como si quisiera calmarse y sigue hablando.
—Me está matando, Sky —dice en un tono mucho más tranquilo—.
Me mata porque no quiero que pases ni un día más sin saber lo que siento.
No voy a decirte que estoy enamorado de ti porque no es verdad, aún no.
Pero, sea lo que sea, te aseguro que no puede definirse con un simple «gustar» porque es mucho más.
Llevo semanas tratando de descifrar mis emociones, de entender por qué no existe un término para describirlas.
Me gustaría concretar mis sentimientos, pero no existe una jodida palabra en todo el puto diccionario para especificar este estado que va entre el «gustar» y el «amar».
Y debería, porque necesito decírtela y que tú me escuches pronunciarla.
Tira de mí y me besa una y otra vez. Son besos cortos, sin lengua, y tras cada pico se aparta un poco a la espera de mi reacción.
—Di algo —me ruega.
Veo el terror en sus ojos y, por primera vez desde que lo conozco..., creo que logro entenderlo, a todo él, por completo. No reacciona como lo hace porque tenga varias personalidades distintas, sino porque esa es su personalidad.
Apasionada.
Lo vive todo con pasión: la vida, el amor, las palabras, Les... Y, al parecer, acabo de entrar a formar parte de esa lista.
Joder.
La intensidad que transmite no es amenazadora, es...
bonita. Llevo toda la vida buscando maneras de insensibilizarme para no sentir nada, pero ver el entusiasmo en su mirada ahora mismo...
hace que desee sentirlo todo, hasta lo más pequeño.
Quiero sentir lo bueno y lo malo, lo hermoso y lo feo, el placer y el dolor.
Lo quiero todo. Quiero empezar a sentir el mundo de la forma en que él lo hace.
Y el primer paso para conseguirlo será permitir que entre en mi vida este desastre de chico que tengo enfrente, que se está abriendo en canal y me está mostrando lo que hay en su corazón mientras busca la palabra perfecta porque quiere ayudarme a vivir y a sentir.
Quiere devolverme la vida. Quiere que vuelva a vivir.
El amor que compartimos por las palabras se mezcla con las profundas emociones que me despierta este momento de intimidad.
—Vivir —digo.
La desesperación que opacaba el brillo de sus ojos deja paso a la confusión.
—¿Qué? —Se le escapa la risa mientras niega con la cabeza, tratando de entender mi respuesta.
—«Vivir». Tercera conjugación. Y sé que «gustar» y «amar» son de la primera y que «querer» es de la segunda, pero acabo de estrellarme contra la tercera porque, por primera vez en mucho tiempo, siento que estoy viva. Y siento que te estoy viviendo. Te vivo, Holder.
Él se echa a reír de nuevo, aunque esta vez es una risa balsámica. Me abraza y me besa, y en sus labios paladeo una montaña de alivio.
—Yo también te vivo, Sky —murmura sin separarse de mí—. Te vivo muchísimo.