Hopeless. Tocando el cielo (Hopeless 1) Viernes, 28 de septiembre de 2012. 2350 h
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Viernes, 28 de septiembre de 2012. 2350 h

Hoy es el último día de mis diecisiete años.

Este fin de semana Karen vuelve a estar fuera, de mercadillo.

Estuvo a punto de no ir porque le sabía mal marcharse en mi cumpleaños, pero no quise ni oír hablar del tema.

Lo que hicimos fue celebrarlo anoche. No tengo ninguna queja de sus regalos, aunque, claro, no hay nada que pueda competir con el libro electrónico.

Nunca había tenido tantas ganas de quedarme a solas un fin de semana.

Esta vez no he preparado tantos dulces como la anterior, y no porque no me apetezca comérmelos, sino porque creo que mi adicción a la lectura ha alcanzado un nuevo pico.

Es casi medianoche y me cuesta mantener los ojos abiertos, pero me he leído dos libros y necesito terminar la novela con la que estoy como sea.

Doy una cabezada y, cuando me despierto sobresaltada, trato de leer un párrafo más.

Breckin tiene muy buen gusto para las novelas y me da un poco de rabia que haya tardado casi un mes en recomendarme este libro.

Aunque no soy muy fan de los finales felices, como estos dos no acaben bien, me meteré dentro del lector electrónico y los encerraré juntos en ese maldito taller mecánico.

Se me cierran los párpados. Trato de mantenerlos abiertos, pero las palabras nadan por la pantalla y no consigo que las frases cobren sentido. Cuando al fin apago el dispositivo y la luz, pienso que el último día de mis diecisiete años debería haber sido más especial.

Abro los ojos, pero no me muevo. Está oscuro y me encuentro en la misma posición que hace un rato, por lo que sé que no hace mucho que me quedé dormida. Contengo el aliento y escucho con atención el sonido que me ha despertado: están abriendo la ventana de mi habitación.

Oigo que descorren las cortinas y que alguien entra por la abertura.

Sé que debería gritar, echar a correr hacia la puerta o, por lo menos, buscar algún objeto contundente con el que defenderme, pero no hago nada de eso.

Permanezco quieta, inmóvil, porque la persona que se está colando en mi habitación no intenta pasar desapercibida, lo que me lleva a pensar que se trata de Holder.

A pesar de eso, el corazón se me acelera y se me tensan todos los músculos cuando la cama se mueve y se sienta en ella.

Cuanto más se acerca, más convencida estoy de que es él porque no hay nadie que me haga reaccionar de esta manera.

Cierro los ojos con fuerza y me tapo la cara con las manos al notar que la colcha se levanta a mi espalda.

Tengo miedo; estoy aterrorizada porque no sé cuál es el Holder que se está metiendo en mi cama.

Desliza un brazo por debajo de la almohada y me rodea con el otro.

Cuando me encuentra las manos, tira de mí hasta pegarme a su pecho y entrelaza los dedos con los míos antes de hundirme la cara en el cuello.

Soy muy consciente de que solo llevo las bragas y una camiseta de tirantes, pero confío en que no se haya presentado aquí buscando esa parte de mí.

Todavía no tengo claro para qué ha venido porque no ha dicho nada, aunque sabe que estoy despierta.

Sé que lo sabe porque, cuando me ha rodeado con los brazos, he contenido el aliento.

Me abraza con todas sus fuerzas y, de vez en cuando, me da un beso en el pelo.

Estoy furiosa con él por su presencia, pero todavía más conmigo por desear que no se vaya.

Por muchas ganas que tenga de gritarle y exigirle que se marche, anhelo que me abrace todavía un poco más fuerte.

Quiero que me aprisione entre sus brazos y tire la llave porque está justo donde debe estar y tengo miedo de que vuelva a alejarse.

Odio que existan tantas facetas de él que no entiendo y, la verdad, ni siquiera sé si quiero seguir intentando comprenderlas.

Hay partes suyas que me enamoran y luego otras que odio, otras que me asustan y otras que me sorprenden.

Pero la peor es la que me decepciona una y otra vez... Esa me cuesta mucho aceptarla.

Permanecemos así, en completo silencio, durante una media hora, no estoy segura.

Lo único que tengo claro es que sigue abrazándome con la misma fuerza y que no parece tener intención de explicarse.

Menuda novedad. Sé que no me dirá nada a menos que se lo pregunte directamente, y ahora mismo no me apetece hacerle preguntas.

Me suelta los dedos y me apoya una mano en la coronilla.

Me besa el pelo antes de hundir la cara en él; luego levanta la mano que ha deslizado bajo la almohada para acunarme.

Me abraza con tanta intensidad y desesperación que le empieza a temblar el cuerpo y a mí se me rompe el corazón.

Me arden las mejillas, el pecho me aletea y lo único que impide que rompa a llorar es que tengo los párpados tan apretados que las lágrimas no encuentran hueco por donde escapar.

No soporto más este silencio. Si no suelto las palabras que aprisiono en mi pecho, creo que me pondré a gritar. Sé que, si hablo, no podré ocultar ni las lágrimas ni lo triste y decepcionada que me siento, pero inspiro hondo y soy tan honesta como puedo.

—Estoy muy enfadada contigo.

No sé cómo lo hace, pero me abraza todavía con más fuerza. Me acerca la boca a la oreja y la besa antes de susurrar:

—Ya lo sé, Sky. —Me desliza una mano bajo la camiseta, me apoya la palma abierta sobre la barriga y me acerca más a él—. Lo sé.

Es asombroso el efecto que causa sobre el corazón oír una voz que llevabas tiempo queriendo escuchar.

Han sido solo seis palabras, pero, en los segundos que ha tardado en pronunciarlas, mi corazón se ha roto en mil pedazos hasta convertirse en carne picada y lo han vuelto a colocar en el hueco de mi pecho para que se espabile y vuelva a funcionar sin instrucciones ni nada.

Entrelazo los dedos con la mano que tiene apoyada en mí y la aprieto con fuerza. Ni siquiera entiendo qué pretendo al hacerlo; solo sé que necesito tocarlo, abrazarlo, asegurarme de que está aquí de verdad. Necesito saber que está presente y que esto no es otro de esos sueños vívidos.

Desplaza la boca hacia mi hombro, separa los labios y me besa con delicadeza. El roce de su lengua contra mi piel me provoca una descarga de calor que me asciende desde el vientre hasta las mejillas.

—Lo sé —vuelve a susurrar mientras me explora la clavícula y el cuello con los labios.

Mantengo los ojos cerrados porque el dolor que distingo en su voz y la ternura de sus caricias hacen que me dé vueltas la cabeza.

Echo el brazo hacia atrás y hundo la mano en su pelo, pegándolo más a mi cuello.

Su aliento se agita, cada vez más frenético y cálido, igual que sus besos.

La respiración de ambos se acelera más y más mientras recorre cada centímetro de mi cuello y, cuando termina, vuelve a empezar.

Se apoya en un brazo y me tumba de espaldas.

Me lleva la otra mano a la cara y me aparta el pelo de los ojos.

Verlo tan de cerca reactiva todas las emociones que he sentido por él hasta ahora...

, las buenas y las malas. No entiendo cómo puede hacérmelo pasar tan mal cuando es evidente que él también sufre, ya que el dolor que muestran sus ojos es imposible de ignorar.

No sé si es porque no puedo descifrar sus emociones o si, por el contrario, las interpreto demasiado bien, pero, al mirarlo, me convenzo de que siente lo mismo que yo...

, lo que hace que sus actos me resulten todavía más confusos.

—Sé que estás furiosa conmigo. —No aparta los ojos, tan llenos de remordimientos como sus palabras, aunque sigue sin disculparse—. Y necesito que lo estés, Sky, pero la necesidad de que me aceptes en tu cama es todavía más fuerte.

Siento un peso tan grande en el pecho que seguir respirando me resulta cada vez más difícil.

Asiento con la cabeza, un movimiento mínimo pero revelador, porque no puedo estar más de acuerdo.

Aunque estoy furiosa con él, si tengo que elegir entre que esté aquí conmigo o no, gana la primera opción.

Cuando apoya la frente en la mía, ambos sujetamos la cara del otro y nos miramos a los ojos con desesperación.

No sé si pretende besarme; tal vez esté a punto de levantarse y marcharse, qué sé yo.

Lo único que tengo claro es que, tras este momento, no seré la misma persona.

Su existencia ejerce una atracción magnética tan grande sobre mi corazón que, si vuelve a hacerme daño, me será imposible estar bien; quedaré destrozada.

El pecho se nos agita al unísono mientras el silencio y la tensión se vuelven cada vez más densos.

Aunque me está sujetando la cara, siento que me agarra todo el cuerpo, como si lo estuviera haciendo desde dentro.

La intensidad del momento hace que me cosquilleen los ojos por las lágrimas que los invaden.

Todo lo que estoy sintiendo es tan inesperado que me abruma.

—Estoy furiosa contigo, Holder —afirmo con la voz temblorosa, pero con certeza—, aunque, por muy enfadada que esté, no he dejado de desear que estuvieras a mi lado ni por un instante.

Él logra sonreír y fruncir el ceño a la vez.

—Joder, Sky. —La cara se le transforma y muestra un alivio increíble—. Te he echado tanto de menos...

De repente, se deja caer sobre mí y pega su boca a la mía.

Era algo que llevábamos tanto tiempo esperando que a ninguno de los dos nos queda paciencia para ir con calma y respondo con la misma urgencia.

Separo los labios y le permito que me inunde con su sabor de cola y hojas de menta.

Su beso es tal como me lo había imaginado o tal vez mejor.

Delicado, rudo, cariñoso, egoísta. Mediante su tacto comparte conmigo muchas más emociones de las que podría expresar con palabras.

Nuestros labios se entrelazan por primera vez, pero da igual que sea la primera, la vigésima o la millonésima.

El orden no significa nada porque lo que importa es que es absolutamente perfecto.

Es increíble, inmejorable, y diría que casi ha valido la pena pasar por todo lo que nos ha llevado hasta aquí.

Nuestros labios se mueven acompasados, perdidos en la pasión mientras luchamos por acercarnos cada vez más, buscando alcanzar con los cuerpos la conexión perfecta que hemos logrado con los besos.

Desliza la boca sobre la mía con movimientos delicados, pero con una fiereza a la que correspondo con gemidos y jadeos que él se bebe y no deja escapar.

Nos besamos sin cesar en todas las posturas imaginables, aunque tratamos de contenernos tanto como nos permite el deseo mutuo. Nos besamos hasta que dejo de sentir los labios y estoy tan agotada que ya no sé si me sigue besando o no cuando presiona la frente contra la mía.

Y así es como nos quedamos dormidos, abrazados con las frentes unidas, en silencio. Porque en todo este rato no hemos pronunciado ni una sola palabra, ni siquiera una disculpa.