Viernes, 28 de septiembre de 2012. 1205 h
Han pasado casi cuatro semanas. No ha vuelto a venir a correr conmigo ni se ha disculpado.
No se sienta conmigo en clase ni en la cafetería.
No me envía mensajes insultantes ni viene a visitarme los fines de semana convertido en una persona distinta.
Lo único que hace —al menos creo que es él— es retirar las notitas que siguen dejándome en la taquilla.
Siempre me las encuentro arrugadas en el suelo, al pie del armarito.
Continúo existiendo, igual que él, pero no existimos juntos. Los días siguen transcurriendo; a ellos les da igual con quién los vivo. Y, con cada día que se interpone entre el presente y el fin de semana que compartimos, voy acumulando más y más preguntas. Soy demasiado orgullosa para hacérselas.
Quiero saber qué lo sacó de quicio aquel día y por qué no lo dejó estar en vez de salir disparado de aquella manera.
Y por qué no me ha pedido perdón, ya que estoy casi segura de que le habría dado al menos una última oportunidad.
Su reacción fue rara; actuó como un loco posesivo, pero, si pongo ese instante en una balanza, creo que sus cosas buenas pesarían más.
Breckin ni siquiera se ha molestado en analizar el momento, así que, cuando estoy con él, finjo que yo tampoco lo hago.
Sin embargo, no es verdad. Cuando me quedo a solas, le doy mil vueltas y lo que más me atormenta es que todo lo que ha sucedido entre nosotros empieza a parecerme una ensoñación, como si nunca hubiera ocurrido de verdad.
He comenzado a preguntarme si aquel fin de semana existió acaso o si se trata de otro de esos recuerdos que no tengo manera de confirmar.
A lo largo de este mes, lo que más me ha costado quitarme de la cabeza —y sí, ya sé que resulta patético— es que nunca llegué a besarlo.
Y tenía tantas ganas de hacerlo que saber que no voy a poder experimentarlo jamás me ha dejado una especie de boquete abierto en medio del pecho.
Lo cómodos que nos sentíamos en presencia del otro, su modo de tocarme como si fuera lo más normal del mundo, los besos que me daba en el pelo...
, todo formaba parte de algo más grande, tanto que se merecería al menos un reconocimiento de que existió por mucho que no llegara a nada.
Se merecería un respeto; sin embargo, él lo trata como si hubiera sido un error y eso me duele mucho.
Porque él también lo sintió; lo sé. Y, si sus emociones fueron tan fuertes como las mías, sé que todavía lo siente.
No es que me haya roto el corazón, y todavía no he derramado ni una lágrima por lo sucedido.
No pudo rompérmelo porque, por suerte, todavía no se lo había entregado, aunque el orgullo no me impide admitir que estoy un poco triste porque me gustaba mucho, muchísimo, y tardaré en olvidarlo.
No pasa nada, estoy bien. Un poco triste y muy confusa, pero bien.
—¿Qué es esto? —le pregunto a Breckin, que acaba de dejar delante de mí una caja muy bien envuelta con papel bonito.
—Es un recordatorio.
Levanto la mirada.
—¿De qué?
Él se ríe y me acerca el regalo.
—De que mañana es tu cumpleaños. Venga, ábrelo.
Suspiro y hago una mueca antes de apartar la caja.
—Tenía la esperanza de que te olvidaras.
Breckin la coge y vuelve a colocármela delante.
—Ábrelo de una maldita vez, Sky. Sé que odias que te hagan regalos, pero a mí me encanta, así que no seas aguafiestas. Ábrelo, abrázame, dime que te encanta y dame las gracias.
Encorvo la espalda bajo el peso del desánimo, echo la bandeja a un lado y me lo acerco.
—Se te da muy bien envolver —admito. Desato el lazo antes de retirar el papel de regalo. Al ver la imagen que muestra la caja, alzo una ceja—. ¿Me has regalado una tele?
Breckin se echa a reír mientras niega con la cabeza. Levanta la caja y la señala.
—No es una tele, boba; es un lector de libros electrónicos.
—Oh.
No tengo ni idea de qué es, pero estoy casi segura de que Karen no me dejará tener uno. Aunque lo aceptara, tal y como hice con el móvil de Six, este artefacto es demasiado grande para guardármelo en el bolsillo.
—Me tomas el pelo, ¿no? —Se inclina hacia mí—. ¿En serio no sabes lo que es un libro electrónico?
Me encojo de hombros.
—A mí me parece una tele diminuta.
Él se ríe con más ganas mientras abre la caja y saca el lector. Lo enciende y me lo entrega.
—Es un aparato electrónico que puede guardar más libros de los que podrías leerte en toda tu vida.
Aprieta un botón que hace que el dispositivo se ilumine y luego desplaza el dedo varias veces hasta que la pantalla se llena de pequeñas cubiertas de libros.
Cuando toco una de ellas, la pantalla cambia y ahora la cubierta la ocupa por entero.
Breckin desliza el dedo hacia un lado y me encuentro frente al capítulo uno.
Empiezo a deslizar el dedo y veo pasar las páginas una tras otra sin ningún esfuerzo.
Es lo más alucinante que he visto en mi vida.
Aprieto más botones, presiono en más portadas, arrastro el dedo sobre más capítulos sin acabar de creérmelo.
Pienso que es el invento más práctico y magnífico que existe.
—Caramba —susurro sin apartar la vista del regalo.
Espero que no me esté gastando una broma cruel, porque, como trate de arrebatármelo, saldré corriendo y no me alcanzará.
—¿Te gusta? —inquiere orgulloso—. He cargado unos doscientos libros gratuitos para que te duren una buena temporada.
Cuando lo miro a la cara, veo que está sonriendo de oreja a oreja.
Dejo el lector en la mesa, me abalanzo sobre él por encima de la mesa y le abrazo el cuello.
Es el mejor presente que me han hecho en la vida y por eso sonrío y lo estrecho con todas mis fuerzas, aunque me esté cargando mi fama de ser un desastre para los regalos.
Breckin me devuelve el abrazo y me da un beso en la mejilla.
Cuando le suelto el cuello y abro los ojos, la vista se me desvía de manera involuntaria hacia la mesa que llevo casi cuatro semanas tratando de ignorar.
Holder se ha dado la vuelta en el asiento y nos está observando con una sonrisa en la cara. No es una sonrisa desquiciada ni seductora ni babosa. De hecho, es adorable, pero me causa tanta tristeza que aparto los ojos enseguida.
Me siento y me concentro en el regalo.
—La verdad es que eres un amigo alucinante, Breckin, que lo sepas.
Él sonríe y me guiña el ojo.
—Es lo que tenemos los mormones. Somos alucinantes.