Sábado, 1 de septiembre de 2012. 1915 h #3
Me recorre la mandíbula con la nariz y, por su manera de respirar —tan trabajosa como la mía—, sé que no va a ser capaz de esperar a que acabe el fin de semana para besarme. Por lo menos eso es lo que quiero creer. Lo deseo con todas mis fuerzas.
Ahora, cuando vuelve a acercárseme a la oreja, no dice nada. En vez de hablar, me besa justo ahí y las sensaciones se extienden por todo mi cuerpo, de la cabeza a los pies. Todo en mí grita reclamando su boca.
Cuando le llevo la mano al cuello, se estremece. Al parecer, un gesto tan simple ha derribado sus defensas, porque, por un segundo, me acaricia el cuello con la lengua. Se me escapa un gemido que hace que Holder pierda la razón.
Levanta la mano que tenía en mi cintura y con ella me sujeta la cabeza para atraerme hacia él.
Su boca entra en contacto con mi cuello y esta vez no hay nada delicado en su asalto.
Abro los ojos sorprendida por su rápido cambio de actitud.
Me besa y me lame cada centímetro del cuello, y solo se detiene a respirar cuando es absolutamente necesario.
Al distinguir las estrellas en el techo, no me da tiempo a contar ni una sola porque debo concentrarme en que no se me escapen sonidos que me avergüenza emitir.
Noto que sus labios se alejan de mi cuello y descienden hacia mi pecho.
De no ser porque tenemos una reserva tan limitada de primeras veces, me arrancaría la camiseta y lo obligaría a seguir adelante.
Pero él no me da la oportunidad. Recorre el reguero de besos en dirección contraria y regresa al cuello, salta hasta la barbilla y me rodea la boca a base de besos minúsculos, con cuidado de no rozarme los labios en ningún momento.
A pesar de que tengo los ojos cerrados, siento su aliento contra mi boca y sé que está luchando contra la tentación de besarme.
Cuando los abro, compruebo que me está observando los labios con la misma atención que antes.
—Son perfectos —afirma sin aliento—. Parecen corazones. Podría pasarme días contemplándolos y no me cansaría.
—Ni se te ocurra. Si solo miras, la que se morirá de aburrimiento seré yo.
Holder hace una mueca, incapaz de disimular lo mucho que le cuesta no besarme.
No entiendo qué es lo que hace que la situación sea tan especial, pero su modo de observarme es lo más sensual que he vivido en esta cama.
Aunque sé que no debería hacer lo que estoy a punto de hacer, no puedo reprimirme y me paso la lengua por los labios muy despacio.
Él suelta otro gruñido y apoya la frente en la mía.
El brazo le falla y siento su peso sobre mí.
Todo él sobre cada centímetro de mi cuerpo.
Gemimos a la vez cuando los dos encontramos esa conexión perfecta y, de pronto, empieza el partido.
Le arranco la camiseta y él se pone de rodillas y me ayuda a quitársela.
Cuando se libra de ella, le rodeo la cintura con las piernas y lo amarro con fuerza porque no se me ocurre nada peor ahora mismo que la posibilidad de que se aleje.
Holder vuelve a pegar la frente a la mía.
Nuestros cuerpos se reencuentran y encajan como las últimas dos piezas de un puzle.
Ondula despacio sobre mí y, con cada movimiento, sus labios se acercan más y más a los míos hasta que se rozan.
Sin embargo, tampoco entonces elimina la distancia que nos separa, aunque lo necesito con todas mis fuerzas.
Nuestros labios llegan a tocarse, pero no nos besamos.
Cada vez que empuja sobre mí, su aliento se cuela en mi boca; yo me lo trago y no lo dejo escapar porque siento que lo necesito para sobrevivir.
Mantenemos el ritmo unos minutos porque ninguno de los dos quiere ser el que inicie el beso. Es evidente que los dos deseamos hacerlo, pero es igual de obvio que he encontrado a alguien tan tozudo como yo.
Me sujeta la cabeza con una mano y mantiene nuestras frentes pegadas, aunque aparta un poco los labios para humedecérselos. Cuando vuelve a acercar la boca a la mía, la humedad de sus labios me sumerge en un mar de deseo y siento que no voy a poder volver a la superficie a respirar nunca más.
Cuando cambia de posición y desplaza un poco el peso, no sé qué me pasa, pero echo la cabeza hacia atrás sin poder evitarlo y se me escapa una exclamación.
—Oh, Dios...
Mi intención no era alejarme de su boca porque estaba muy a gusto así, pero esta nueva postura todavía me gusta más. Me abrazo a su espalda y oculto la cara en su cuello buscando algo parecido a la estabilidad, porque siento que la Tierra se ha salido de su eje y Holder ocupa el núcleo.
Cuando me doy cuenta de lo que está a punto de suceder, el pánico empieza a apoderarse de mí.
Si no contamos la camiseta de Holder, seguimos totalmente vestidos, ni siquiera nos hemos besado y, sin embargo, la habitación está empezando a dar vueltas por el efecto que me causan sus movimientos rítmicos.
Si no para ahora mismo, voy a entrar en erupción y a desparramarme por la cama como un charco de lava, lo que me temo que se convertiría en el momento más humillante de mi vida.
Sin embargo, si le pido que se detenga, sin duda lo hará y no sé si podré soportar la decepción.
Trato de normalizar la respiración y de minimizar los sonidos que se me escapan, pero no puedo: he perdido el control por completo.
Es evidente que mi cuerpo está disfrutando demasiado de esta sesión de roces sin besos de por medio y no me veo capaz de poner fin a algo así.
De manera que recurro a la solución de emergencia, que es pedirle a él que pare.
—Holder —pronuncio sin aliento.
En realidad, no quiero que se detenga, pero espero que capte mi súplica y lo haga igualmente. Necesito que pare. Tendría que haber parado hace ya un rato.
Sin embargo, no lo hace. Sigue besándome el cuello y ondulando su cuerpo sobre el mío de un modo que no es nuevo para mí. Otros chicos lo han hecho ya antes que él, pero esto es distinto: no se parece en nada a lo que hacía con los demás y cada vez estoy más asustada.
—Holder —repito con todas mis fuerzas, las pocas que me quedan.
Él me besa en la cabeza y afloja el ritmo, aunque no lo detiene por completo.
—Sky, si me pides que pare, lo haré, pero espero que no lo hagas porque no quiero, así que, por favor...
—Entonces se echa hacia atrás y me mira a los ojos.
Se mueve más despacio, sin detenerse del todo.
En su mirada puedo leer dolor y preocupación, y su voz es apenas un susurro porque le falta el aliento tanto como a mí—.
No pasaremos de aquí, te lo prometo, pero, por favor, no me pidas que pare.
Necesito mirarte y escucharte porque ser testigo de cómo lo estás sintiendo todo es una puta pasada.
Eres increíble, esto es increíble y... por favor. Te lo pido por favor.
Agacha la cabeza y me da el beso más delicado que uno se pueda imaginar. Tiemblo al pensar en cómo será el de verdad si este es el efecto que me provoca con solo un aperitivo. Deja de ondular y se apoya en los brazos mientras espera a que tome una decisión.
En cuanto se aparta de mí, me invade una sensación tan grande de vacío y decepción en el pecho que estoy a punto de echarme a llorar.
Y no porque haya parado o porque no tenga claro qué hacer a continuación, sino porque nunca me había imaginado que dos personas pudieran conectar a un nivel tan íntimo ni que la sensación pudiera ser tan abrumadoramente perfecta.
Es como si el propósito de la humanidad acabara de desvelárseme en este instante y fuera nuestra unión.
Todo gira alrededor de que nos hayamos encontrado y estemos juntos.
Todo lo sucedido en el pasado, todo lo que sucederá en el futuro no es más que el telón de fondo de lo que está ocurriendo ahora mismo, y no, no deseo que este momento llegue a su fin. No quiero.
Niego con la cabeza y, mientras le dirijo una mirada suplicante, susurro:
—No. Haz lo que sea, pero no pares.
Él me desliza la mano bajo la nuca y apoya la frente en la mía una vez más.
—Gracias —murmura.