Sábado, 1 de septiembre de 2012. 1915 h #2
—Lo oí reírse y decirle a su amigo que Les había sido una egoísta, que había tomado la salida fácil. Dijo que, si no hubiera sido tan cobarde, lo habría soportado.
—¿El qué?
Él se encoge de hombros.
—La vida —contesta con indiferencia.
—Pero tú no crees que tomara la salida fácil... —dejo la frase en el aire; no necesito preguntárselo para saber que es así.
Holder se echa hacia delante en busca de mi mano, que sostiene entre las suyas. Me acaricia la palma con los pulgares, inspira hondo y expulsa el aire muy despacio.
—Mi hermana era la persona más valiente que he conocido en mi puta vida.
Hay que tenerlos muy bien puestos para hacer lo que hizo.
Ponerle fin a tu existencia sin saber qué te vas a encontrar, si va a haber algo después...
Es más fácil seguir viviendo, aunque estés muerto en vida, que mandarlo todo a la mierda y largarte.
Ella fue de las pocas que lo mandaron todo a la mierda.
Y la respetaré por ello todos los días mientras permanezca aquí, demasiado asustado para seguir su ejemplo.
Entonces me inmoviliza la mano entre las suyas y, en este momento, me doy cuenta de que estoy temblando.
Cuando levanto la cara, me está observando de cerca.
No hay nada que se pueda decir en esta situación, por lo que ni lo intento.
Holder se levanta, se inclina sobre la mesa y me sujeta por la nuca.
Tras darme un beso en la coronilla, me suelta y se dirige a la cocina.
—¿Qué prefieres, brownies o cookies? —me pregunta por encima del hombro, como si no acabara de dejarme clavada en el sitio con sus palabras.
Cuando se vuelve hacia mí, yo sigo observándolo en silencio, petrificada. No sé qué decir. ¿Acaba de reconocer que tiene impulsos suicidas? ¿Estaba siendo metafórico o solo melodramático? No tengo ni idea de qué hacer con la bomba que acaba de soltarme.
Holder regresa con un plato donde ha colocado tanto cookies como brownies y se arrodilla frente a mí.
—Eh... —Trata de calmarme tomándome la cara entre las manos—.
No pretendía asustarte —me dice en tono sereno—.
No tengo impulsos suicidas, si es eso lo que te ha alarmado.
No estoy mal de la cabeza ni desquiciado ni sufro síndrome de estrés postraumático.
Soy un hermano que quería a su hermana más que a sí mismo, por eso me pongo un poco intenso cuando pienso en ella.
Y, si para sentirme un poco mejor tengo que decirme que lo que hizo fue muy noble, aunque no lo fuera, seguiré haciéndolo porque de algún modo debo seguir adelante.
—Me sujeta la cara con fuerza mientras me dirige una mirada cargada de desesperación, como si me rogara que entendiera sus circunstancias—.
La quería con locura, Sky. Necesito creer que no tuvo más remedio que hacer lo que hizo porque, si no, no me perdonaré nunca no haberla ayudado a encontrar otra solución. —Pega su frente a la mía—. ¿Vale?
Asiento antes de apartarle las manos de mi cara. No quiero que me vea así.
—Necesito ir al baño.
Cuando él se aparta, me voy corriendo y cierro la puerta para hacer algo que no había hecho desde los cinco años: llorar.
No hago muecas, no sollozo, no hago ruido. Una lágrima solitaria me cae por la mejilla, pero incluso una es demasiado, por lo que me la seco a toda prisa. Cojo un pañuelo de papel y me enjugo los ojos para impedir que se formen otras.
Todavía no sé qué decirle, aunque siento que ha dejado el tema zanjado, así que decido no volver a sacarlo de momento.
Sacudo las manos e inspiro hondo antes de abrir la puerta.
Me está esperando en el pasillo de pie, con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos y las manos en los bolsillos.
—¿Todo bien? —me pregunta.
Le dirijo mi mejor sonrisa mientras asiento y luego respiro hondo de nuevo.
—Ya te he dicho que me pareces muy intenso. No has hecho más que confirmar mi teoría.
Sonriendo, me empuja hacia el dormitorio. Me abraza por detrás y me apoya la cabeza en la coronilla mientras caminamos hacia mi habitación.
—¿Tienes ya permiso para quedarte embarazada?
Me echo a reír.
—Nop, este fin de semana no. Además, para dejar embarazada a una chica, debes besarla primero.
—Cuando te escolarizas en casa, ¿te saltas las clases de educación sexual? Porque te aseguro que podría dejarte embarazada sin darte ni un beso. ¿Quieres que te lo demuestre?
Subo a la cama de un brinco, cojo el libro y lo abro por donde lo dejamos anoche.
—No hace falta, me fío de tu palabra. Además, sospecho que vamos a recibir unas cuantas dosis de educación sexual antes de terminar esta novela.
Holder se deja caer en la cama y yo me tumbo a su lado. Cuando me rodea con un brazo y me atrae hacia él, apoyo la cabeza en su pecho y empiezo a leer.
Sé que no lo hace a propósito, pero casi no puedo avanzar porque me distrae.
Me contempla mientras leo sin apartar los ojos de mi boca y se enrosca un mechón de mi pelo entre los dedos.
Cada vez que vuelvo la página, levanto la vista hacia él y siempre me encuentro con la misma expresión concentrada.
Está tan atento a mi boca que dudo mucho que se esté enterando de nada de la historia.
Cierro el libro y me lo coloco sobre la tripa, aunque no creo que se haya dado cuenta.
—¿Por qué has dejado de hablar? —pregunta sin cambiar de expresión ni apartar la vista de mi boca.
—¿Hablar? Holder, estoy leyendo. No es lo mismo. Pero, al parecer, no estabas prestando ni gota de atención.
Él me mira a los ojos y sonríe.
—Oh, eso no es verdad. Tu boca tenía toda mi atención. Tal vez las palabras que salían de ella no, pero te aseguro que tu boca sí.
Me aparta de su pecho y me deja tumbada de espaldas antes de colocarse de cara a mí y pegarme a su cuerpo. Aunque ha cambiado de postura, su expresión sigue siendo la misma. Me mira como si quisiera devorarme, y parte de mí desearía que lo hiciera.
Empieza a recorrerme los labios con los dedos muy despacio. La sensación es tan increíble que no me atrevo ni a respirar por miedo a que pare. Es como si trazara una línea directa a cada parte sensible de mi cuerpo.
—Tienes una boca muy bonita —me dice—. No puedo dejar de mirarla.
—Deberías probarla, ya verás lo agradable que es.
Él cierra los ojos con fuerza y suelta un gruñido. Luego se inclina hacia mí y esconde la cabeza en mi cuello.
—Para, bruja.
Me río, pero niego con la cabeza.
—Ni hablar. Eres tú el que ha impuesto esta regla absurda. ¿Por qué iba a hacerte caso?
—Porque sabes que tengo razón. No puedo besarte esta noche porque los besos llevarían a otra cosa y esa otra cosa a la siguiente y, a este paso, nos quedaríamos sin primeras veces antes del fin de semana que viene. ¿No te apetece que duren un poco más? —Levanta la cabeza para mirarme a los ojos.
—¿Primeras veces..., en plural? ¿Cuántas hay?
—No muchas, por eso vale la pena alargar el momento. Ya hemos gastado un montón desde que nos conocemos.
Ladeo la cabeza para mirarlo a los ojos.
—¿Cuáles hemos gastado ya?
—Las más sencillas: el primer abrazo, la primera cita, la primera pelea, la primera noche durmiendo juntos, aunque yo no pegué ojo.
Ya casi se nos han agotado. Nos queda el primer beso, la primera noche compartiendo cama en la que los dos estemos despiertos, la primera boda, el primer hijo.
Y luego ya se acabó. A partir de ese momento nos rendiremos a la rutina y al aburrimiento.
Tendré que divorciarme de ti y casarme con una mujer veinte años más joven para poder volver a disfrutar de un montón de primeras veces mientras tú te quedas pringando en casa con los niños.
—Me cubre la mejilla con la mano y me sonríe—.
¿Lo ves, cielo? Lo hago por ti. Cuanto más tarde en besarte, más tardaré en dejarte en la estacada.
—No me llames «cielo». Odio ese tipo de palabras cariñosas. Llámame solo por mi nombre.
—«Cielo» y «Sky» significan lo mismo; no te pongas tiquismiquis.
Me hace reír, no puedo evitarlo.
—Eres un chico muy raro. De hecho, creo que ya no me resultas tan atractivo.
Holder se coloca sobre mí, aunque se sostiene con los brazos.
—¿No tanto? Eso significa que aún te atraigo un poco.
Niego con la cabeza.
—Ni hablar, no me interesas en absoluto; de hecho, te encuentro repulsivo. Más te vale no besarme o vomito.
Él se ríe y se cierne aún más sobre mí al apoyarse solo en uno de los dos brazos. Agacha la cabeza y, con los labios rozándome la oreja, susurra:
—Mentirosa. Te atraigo un montón y voy a demostrarlo.
Cierro los ojos y contengo el aliento en cuanto noto el contacto de su boca en el cuello. Me da besos muy suaves justo debajo de la oreja. No es más que un roce, pero consigue que la habitación empiece a dar vueltas como un tiovivo. Regresa despacio a la oreja y murmura:
—¿Lo has sentido?
Logro negar con la cabeza, aunque me cuesta.
—¿Quieres que lo repita?
Vuelvo a negar por pura cabezonería, pero espero que tenga telepatía y pueda oír lo que estoy gritando por dentro, porque, joder, sí. Me ha encantado. Y por supuesto que quiero que lo repita.
Él se ríe y acerca los labios a mi boca. Tras besarme en la mejilla, va trazando un reguero de besos delicados, suaves, en dirección a mi oreja, donde vuelve a susurrar:
—¿Y ahora?
Ay, Dios, creo que nunca había estado menos aburrida en toda mi vida.
Ni siquiera me ha besado de verdad y puedo considerar que esto es el mejor beso que me han dado.
Niego con la cabeza una vez más y mantengo los ojos cerrados porque me gusta no saber qué va a venir a continuación.
Como esa mano que me planta en la parte externa del muslo y va ascendiendo hacia la cintura; que se desliza bajo mi camiseta y me roza las bragas mientras me acaricia la barriga con el pulgar, moviéndolo de un lado a otro.
Mis cinco sentidos están clavados en él.
Soy tan consciente de todo lo que tiene que ver con Holder que estoy segura de que identificaría su huella dactilar en una rueda de reconocimiento.