Sábado, 1 de septiembre de 2012. 1915 h
—Tus espaguetis son un asco. —Doy otro bocado y cierro los ojos para saborear la que probablemente sea la mejor pasta que he probado en la vida.
—Te encantan y lo sabes. —Holder se levanta de la mesa, va a buscar servilletas y me da una—. Toma, límpiate la barbilla. Tienes esa salsa tan asquerosa por todas partes.
Tras la escena de la nevera, la noche ha tomado un rumbo normal. Me trajo un vaso de agua y me ayudó a levantarme. Tras darme en el trasero, me puso a trabajar. Y resulta que eso era justo lo que necesitaba para dejar de sentirme incómoda: un buen azote en el culo.
—¿Has jugado alguna vez a «En busca de la cena perdida»? —le pregunto.
Él niega con la cabeza despacio.
—¿Quiero saber de qué va?
—Sí, es una buena manera de conocernos. Después de la próxima cita no haremos más que liarnos, así que lo mejor será que nos quitemos las preguntas de en medio hoy mismo.
Él se echa a reír.
—Me parece bien. ¿Cómo se juega?
—Yo te hago una pregunta muy personal e incómoda y tú no puedes comer ni beber nada hasta que no la respondas con total sinceridad. Y viceversa.
—Parece fácil. ¿Y si no contesto?
—Te mueres de hambre.
Holder deja el tenedor en la mesa y tamborilea con los dedos.
—Vale, juego —cede.
Supongo que debería haberme preparado las preguntas antes de proponérselo, pero, teniendo en cuenta que me he inventado el juego hace treinta segundos, no puedo pedir más.
Doy un sorbo a mi refresco aguado mientras pienso.
Me da un poco de miedo ser demasiado incisiva, ya que las veces anteriores que me he puesto en ese plan con él la cosa no ha terminado bien.
—Vale, tengo una pregunta. —Dejo el vaso en la mesa y me echo hacia atrás en la silla—. ¿Por qué me seguiste hasta mi coche en el súper?
—Ya te lo dije; pensé que eras otra persona.
—Ya, pero ¿quién?
Holder se revuelve incómodo y se aclara la garganta. Cuando alarga la mano hacia el vaso, lo intercepto.
—No, no puedes beber; responde primero.
Él suspira, aunque acaba cediendo.
—Me recordabas a alguien, pero no sabía a quién. Más tarde me di cuenta de que era a mi hermana.
Arrugo la nariz.
—¿A tu hermana? —Me encojo—. Eso es asqueroso, Holder.
Él se ríe y hace una mueca.
—No, no de esa manera. En absoluto, ni siquiera se parecía a ti.
Pero, al verte, pensé en ella. Y la verdad es que no sé por qué te seguí hasta el coche.
Fue todo bastante surrealista, una situación muy rara, y luego, cuando volví a verte delante de casa...
—hace una pausa y se queda observando su mano mientras recorre el borde del plato—, sentí como si fuera cosa del destino.
Inspiro hondo mientras absorbo su respuesta. La última frase me la tomo con mucha cautela. Él me dirige una mirada nerviosa y me doy cuenta de que teme haberme asustado con sus palabras. Sonrío para tranquilizarlo y le señalo el vaso.
—Vale, ya puedes beber. Ahora te toca a ti preguntar.
—Oh, lo tengo fácil. Me gustaría saber si me estoy metiendo en el terreno de alguien, porque hoy he recibido un mensaje misterioso de un número desconocido que decía: «Si vas a salir con mi chica, cómprale tu propia tarjeta prepago y deja de gastar minutos de la mía, capullo».
—Ha sido Six, sin duda. Es la que se encarga de subirme la moral todos los días con sus mensajes positivos.
Él asiente con la cabeza.
—Esperaba que dijeras eso, porque... —se inclina hacia delante y entorna los ojos— soy muy competitivo y, si se hubiera tratado de un chico, mi respuesta no habría sido tan amable.
—¿Le has contestado? ¿Qué le has dicho?
—¿Esa es tu pregunta? Porque, si no, daré otro bocado.
—No tan deprisa; responde antes.
—Sí, le he contestado. Le he dicho: «¿Cómo se compran más minutos?».
Mi corazón está muy blandito ahora mismo, como si acabara de convertirse en papilla, y me cuesta horrores no sonreír. Es lamentable y patético, ya lo sé.
—No, era broma. —Niego con la cabeza—. Esa no era mi pregunta; sigue siendo mi turno.
Vuelve a dejar el tenedor en el plato y hace una mueca.
—Se me está enfriando la comida.
Apoyo los codos en la mesa y doblo las manos debajo de la barbilla.
—Quiero que me hables de tu hermana y de por qué te has referido a ella en pasado.
Holder echa la cabeza hacia atrás y fija la mirada en el techo mientras se frota la cara con las manos.
—Arg. Ahora entiendo lo de «preguntas personales e incómodas».
—Son las reglas del juego; no me las he inventado yo.
Él suspira y me sonríe, pero es una sonrisa triste y no me gusta verlo así. Si pudiera, retiraría la pregunta.
—¿Recuerdas que te dije que el año pasado había sido muy jodido para mi familia?
Asiento en silencio. Él se aclara la garganta y vuelve a pasar el dedo por el borde del plato antes de continuar.
—Murió hace trece meses. Se suicidó, aunque mi madre prefiere que usemos el término «sobredosis voluntaria».
Holder no aparta la mirada en ningún momento, por lo que yo tampoco lo hago en señal de respeto, aunque me cuesta. No tengo ni idea de qué se dice en estos casos; la culpa es mía por sacar el tema.
—¿Cuál era su nombre?
—Lesslie, pero yo la llamaba Les.
Al oírlo, me embarga la tristeza y se me quitan las ganas de comer.
—¿Era mayor que tú?
Se echa hacia delante, recupera el tenedor y lo hace girar sobre los espaguetis.
—Éramos gemelos —responde antes de meterse la pasta en la boca.
Madre de Dios.
Alargo la mano hacia mi vaso, pero él me impide cogerlo.
—Me toca a mí —dice con la boca llena. Cuando termina de masticar, da un trago y se limpia con la servilleta—. Quiero saber la historia de tu padre.
Esta vez soy yo la que gruñe. Apoyo los brazos cruzados en la mesa y acepto su venganza.
—Como te dije, no lo he visto desde que tenía tres años. No guardo ningún recuerdo de él; al menos no soy consciente de ello. Ni siquiera sé qué aspecto tiene.
—¿Tu madre no te ha enseñado ninguna foto suya?
En ese momento caigo en que ni siquiera sabe que soy adoptada.
—¿Te acuerdas de que me dijiste que mi madre parecía muy joven? Pues es que lo es. No me tuvo, me adoptó.
Ese hecho nunca me ha supuesto un estigma. Nunca me he avergonzado ni he sentido la necesidad de ocultarlo. Sin embargo, por la mirada que Holder me está dirigiendo, cualquiera diría que acabo de confesarle que nací con pene. Es tan incómoda que hace que me revuelva en la silla.
—¿Qué pasa? ¿Nunca has visto a nadie adoptado?
Tarda unos segundos en recuperarse, pero al fin logra librarse de la expresión de sorpresa y reemplazarla por una sonrisa.
—¿Te adoptó Karen? ¿A los tres años?
Asiento con la cabeza.
—Me pusieron en régimen de acogida a los tres años, cuando murió mi madre.
Mi padre no podía criarme solo. O no le dio la gana.
En cualquier caso, me parece bien. Tuve mucha suerte de ir a parar a casa de Karen y no siento ninguna necesidad de remover el pasado.
Si él quisiera saber algo de mí, ya habría venido a buscarme.
Noto sus ganas de seguir preguntándome cosas, pero yo también necesito dar un bocado y, de paso, volver a tener la pelota en mi tejado.
Le señalo el brazo con el tenedor.
—¿Qué significa el tatuaje?
Holder estira el brazo y acaricia las letras con las yemas de los dedos.
—Es un recordatorio. Me lo hice después de que Les muriera.
—¿Un recordatorio de qué?
Coge el vaso y aprovecha para romper el contacto visual. Es la única pregunta que no ha sido capaz de responder mirándome a los ojos.
—De las personas a las que les he fallado en la vida.
Da un trago, pero, cuando devuelve el vaso a la mesa, sigue sin ser capaz de alzar la vista.
—Este juego no es muy divertido, ¿verdad? —le digo.
Él se ríe entre dientes.
—Pues no. La verdad es que es una mierda. —Me mira y sonríe—. Pero ahora no podemos dejarlo porque aún me quedan preguntas. ¿Recuerdas algo de antes de que te adoptaran?
Niego con la cabeza.
—No mucho. Alguna cosa suelta, pero llega un punto en que, si nadie valida tus recuerdos, los acabas perdiendo.
Lo único que conservo de antes de que Karen me adoptara son unas joyas, pero no tengo ni idea de a quién pertenecieron.
A estas alturas no logro distinguir la realidad de los sueños o de lo que he visto en la tele de Six.
—¿Te acuerdas de tu madre?
Me tomo unos segundos para pensarlo antes de contestar. No, no la recuerdo en absoluto. Es lo único que lamento de mi pasado.
—Mi madre es Karen —respondo con decisión—. Me toca. Última pregunta y pasamos a los postres.
—¿Crees que tendremos suficiente postre? —inquiere en tono burlón, pero yo no me dejo distraer.
—¿Por qué le pegaste?
Noto por su cambio de expresión que no necesita que le aclare a qué me refiero. Niega con la cabeza y aparta el plato de pasta.
—No quieres saberlo, Sky. Prefiero la penalización.
—Pero es que sí quiero saberlo.
Holder ladea la cabeza, se lleva la mano a la mandíbula y se descontractura el cuello con un chasquido. Con la palma en la barbilla, apoya el codo en la mesa.
—Como ya te dije, le di una paliza porque era un capullo.
Entorno los ojos.
—Esa respuesta es muy vaga, no es propia de ti.
Él me sostiene la mirada y, sin cambiar de expresión, añade:
—Acababa de volver al instituto después de la muerte de Les.
Ella también estudiaba aquí, y todo el mundo sabía lo que había pasado.
Mientras iba por el pasillo, oí a ese tipo decir algo sobre Les.
No estaba de acuerdo con él y se lo hice saber.
La cosa se me fue de las manos y, cuando quise darme cuenta, estaba sobre él y me dio igual.
Le estaba pegando una y otra vez y me daba igual.
Lo jodido del caso es que el capullo ese se quedó sordo de la oreja izquierda, pero sigue dándome igual.
Me está mirando, aunque sé que en realidad no me ve. Sus ojos tienen esa expresión dura y fría que ya he visto antes. No me gustó entonces y sigue sin gustarme, pero al menos ahora la entiendo un poco mejor.
—¿Qué dijo sobre ella?
Holder se echa hacia atrás y se recuesta en la silla. Con la mirada fija en un lugar impreciso de la mesa, responde: