Sábado, 1 de septiembre de 2012. 1705 h #3
Baja la vista a mis labios y me pone de nuevo la mano en la mejilla. Esta vez me apoyo en su palma en un gesto de rendición, aunque lo cierto es que le he cedido el control en cuanto ha cruzado la puerta de casa. A estas alturas podría hacer conmigo lo que quisiera.
—Y, entonces, ¿por qué no lo haces? —le pregunto, aunque me aterra que me ponga alguna excusa que contenga la palabra «novia».
Holder me enmarca la cara entre sus manos y la levanta hacia él. Mientras me acaricia las mejillas con los pulgares, siento como el pecho le sube y le baja cada vez más deprisa, pegado al mío.
—Porque —susurra— tengo miedo de que no lo sientas.
Contengo el aliento. Reviso en mi mente la conversación que mantuvimos anoche en mi cama y me doy cuenta de que no debería haberle comentado nada.
No debería haberle contado que me vuelvo insensible cuando los chicos me besan porque él es la excepción a esa regla.
Apoyo la mano sobre la suya, que sigue en mi mejilla, y la mantengo allí.
«Lo sentiré, Holder. Ya lo estoy sintiendo», quiero decirle, pero no me salen las palabras, por lo que me limito a asentir.
Él cierra los ojos e inspira hondo antes de apartarme de la nevera para estrecharme entre sus brazos.
Me rodea la espalda con uno y me sujeta la cabeza con la otra mano.
Yo tengo los brazos caídos a los lados, aunque trato de ponerle remedio levantándolos para abrazarlo por la cintura.
Contengo el aliento al notar la paz que me embarga al estar así, envuelta en él.
Ambos apretamos más el agarre al mismo tiempo y él me da un beso en la coronilla.
No es el que estaba esperando, pero me gusta igual.
Permanecemos en esta postura hasta que el reloj del horno hace sonar la alarma.
Holder no me suelta inmediatamente, lo que me hace sonreír.
Cuando noto que empieza a aflojar el abrazo, bajo la vista al suelo, incapaz de sostenerle la mirada.
No sé cómo lo he hecho, pero, al tratar de eliminar la incomodidad por el tema del beso, solo he conseguido empeorar las cosas.
Como si lo notara, él me toma las manos y entrelaza nuestros dedos.
—Mírame. —Hago lo que me pide y me esfuerzo por disimular la decepción que me causa haber comprobado que la atracción entre nosotros está en niveles distintos—.
Sky, no voy a besarte esta noche, pero créeme cuando te digo que nunca había tenido tantas ganas de besar a una chica.
Así que deja de pensar que no me siento atraído por ti, porque no es verdad.
De todos modos, da igual lo que hagas esta noche.
Puedes darme la mano, acariciarme el pelo, sentarte en mi regazo mientras te doy de comer en la boca...
, pero hoy no pienso besarte. Y probablemente mañana tampoco.
Es por mí; lo necesito. Cuando mis labios entren en contacto con los tuyos, necesito estar convencido de que estás sintiendo todo lo que siento yo, porque quiero que tu primer beso sea el mejor de la historia de los primeros besos.
—Se lleva mi mano a los labios y la besa—.
Y ahora cambia esa cara y ayúdame con las albóndigas.
Sonrío porque me ha parecido una excusa perfecta para rechazarme. Podría rechazarme todos los días durante el resto de mi vida si a continuación me pusiera un pretexto como este.
Balancea nuestras manos, que siguen unidas, y me mira a los ojos.
—¿Todo bien? —pregunta—. ¿Te vale con esto para sobrevivir a un par de citas más?
Asiento con la cabeza.
—Sí, aunque te equivocas en algo.
—¿En qué?
—Has dicho que quieres que mi primer beso sea el mejor primer beso, pero es que no será mi primer beso, ya lo sabes.
Él entorna los ojos, me suelta las manos y vuelve a sujetarme por las mejillas.
Me empuja hasta que choco con la nevera y, con los labios peligrosamente cerca de los míos, me dirige una mirada seria de la que ha desaparecido cualquier rastro de humor.
Su expresión es tan intensa que dejo de respirar.
Con una lentitud insoportable, se inclina hacia mí hasta que sus labios casi rozan los míos.
El ansia de que avance un poco más me paraliza.
Como él no cierra los ojos, yo tampoco lo hago.
Se mantiene en esa posición unos segundos, durante los cuales el aliento de los dos se funde.
Nunca había sentido una impotencia como esta.
Estoy a punto de perder el control. Como no haga algo en los próximos tres segundos, la que se va a abalanzar sobre él voy a ser yo.
Cuando baja la vista hacia mi boca, me muerdo el labio inferior, más que nada para no pegarle un mordisco.
—Para tu información —murmura—, tu primer beso sucederá justo cuando mis labios toquen los tuyos. Porque, si nunca has sentido nada mientras te besaban, no puede decirse que lo hayan hecho; al menos, no del modo en que pienso besarte yo.
Deja caer las manos, pero me mantiene presa de su mirada mientras retrocede hacia los fogones. Se da la vuelta y remueve la pasta como si no acabara de asegurarse de que no vuelva a fijarme en ningún otro hombre en toda mi vida.
No siento las piernas, así que solo puedo hacer una cosa: me deslizo por la nevera hasta tocar el suelo con el culo y respiro hondo.