Hopeless. Tocando el cielo (Hopeless 1) Sábado, 1 de septiembre de 2012. 1705 h #2
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Sábado, 1 de septiembre de 2012. 1705 h #2

—Oh, por Dios, para —lo interrumpo antes de que empiece a soltar más abreviaturas absurdas—. Esa manera de hablar hace que me resultes mucho menos atractivo.

Holder me mira por encima del hombro y me guiña el ojo antes de dirigirse al horno.

—En ese caso, no volveré a hacerlo.

Y, una vez más, se instala entre nosotros don Silencio sin que nadie lo haya invitado.

Ayer no me molestaba, pero, por alguna razón que no acabo de entender, hoy me hace sentir muy incómoda.

A él no parece afectarle. Empiezo a sospechar que estoy nerviosa por lo que pueda pasar más tarde.

Es obvio que, con la química que hay entre nosotros, acabaremos besándonos en algún momento, y me cuesta horrores centrarme en el presente y mantener una conversación fluida cuando lo único que tengo en la cabeza es ese beso.

No soporto no saber cuándo se lanzará. ¿Se esperará a terminar la cena, cuando mi aliento huela a ajo y a cebolla?

¿Lo dejará para el momento de la despedida?

¿Me sorprenderá cuando menos me lo espere?

Me entran ganas de ocuparme del tema yo misma ahora para quitarme los nervios de encima y poder disfrutar de la cena.

—¿Estás bien? —me pregunta. Cuando levanto la vista, me lo encuentro observándome desde el otro lado de la barra—. ¿Adónde te has ido? Has estado ausente un rato.

Sacudo la cabeza y me obligo a volver a la conversación.

—Estoy bien.

Él coge un cuchillo y se pone a cortar un tomate. Hasta para eso tiene facilidad. ¿Habrá algo que se le dé mal? Cuando el cuchillo se queda quieto, levanto la mirada y veo que me está observando muy serio.

—¿Dónde tienes la cabeza, Sky? —Sigue contemplándome unos instantes a la espera de mi respuesta. Al ver que no digo nada, vuelve a bajar la vista hacia la tabla de cortar.

—¿Me prometes que no te reirás?

Holder entorna los ojos y se lo plantea en silencio hasta que acaba negando con la cabeza.

—Te dije que sería siempre honesto contigo, así que no, no puedo prometértelo porque eres graciosa y seguramente fracasaría en el intento.

—¿Eres siempre tan difícil?

Él sonríe, pero no responde. Sigue observándome como si me estuviera retando a decir lo que tengo en la mente. Por desgracia para mí, no suelo retirarme ante un desafío.

—Vale, tú lo has querido. —Enderezo la espalda, inspiro hondo y dejo escapar todos mis pensamientos a la vez—.

No se me da bien esto de las citas y ni siquiera sé si esto es una cita, pero sé que, sea lo que sea, es algo más que dos amigos pasando el rato juntos, por lo que no puedo evitar darle vueltas a lo que ocurrirá luego, cuando te despidas, y tampoco sé si tienes previsto besarme y, como odio las sorpresas, estoy incómoda porque quiero que lo hagas, y a lo mejor esto suena presuntuoso por mi parte, pero creo que tú también quieres, y por eso pensaba que sería todo mucho más fácil si nos besáramos ya, porque entonces tú podrías volver a cocinar y yo podría dejar de darle vueltas a cómo va a desarrollarse la noche.

Inspiro hondo, muy hondo, como si me hubiera quedado sin aire en los pulmones.

Él ha parado de cortar tomates en algún momento de mi monólogo, aunque no sabría decir exactamente cuándo.

Me está observando boquiabierto. Vuelvo a respirar hondo y a soltar el aire despacio.

Temo haberlo ahuyentado y que esté a punto de marcharse para siempre.

Por desgracia, si lo hiciera, lo entendería.

Deja el cuchillo sobre la tabla con delicadeza y apoya las manos en la encimera sin apartar la mirada de mí. Yo cruzo las manos sobre el regazo y espero una reacción. No puedo hacer otra cosa.

—Esa —articula la palabra con énfasis— ha sido la frase más larga pronunciada de corrido que he escuchado nunca.

Hago una mueca y me echo hacia atrás en el asiento mientras me cruzo de brazos. Prácticamente acabo de rogarle que me bese, ¿y se pone a criticarme la gramática?

—Relájate —añade sonriendo. Echa las rodajas de tomate en la sartén y la pone al fuego. Tras ajustar la temperatura en otro de los fogones, echa la pasta en el agua hirviendo. Cuando lo tiene todo en marcha, se seca las manos en el trapo, rodea la barra y se planta ante mí—. Levántate.

Lo miro con desconfianza, pero hago lo que me ordena despacio. Cuando estoy de pie ante él, me apoya las manos en los hombros y mira a su alrededor.

—Mmm —murmura, y casi lo oigo pensar en voz alta. Tras echarle un vistazo a la cocina, me recorre los brazos con las manos y termina sujetándome las muñecas—. La postura de antes, contra la nevera, no me desagradaba.

Me empuja hasta allí y me coloca como una marioneta con la espalda contra la puerta. Apoya las dos manos a ambos lados de mi cabeza y se cierne sobre mí.

No es el entorno más romántico que me había imaginado para nuestro primer beso, pero supongo que servirá. Solo quiero quitármelo de encima, sobre todo ahora, con el numerito que está montando. Cuando veo que se inclina hacia mí, contengo el aliento y cierro los ojos.

Y espero.

Y sigo esperando.

Sin embargo, no pasa nada.

Cuando abro los ojos, está tan cerca que hago una mueca. Él reacciona echándose a reír, pero no se aparta, y su aliento me estremece como si fueran dedos acariciándome los labios. Huele a hojas de menta y a refresco. Nunca me imaginé que combinarían tan bien.

—¿Sky? —empieza a decir en tono bajo, tranquilo—. No pretendo torturarte ni nada parecido, pero, antes de venir, ya había decidido que no te besaría esta noche.

Sus palabras hacen que el estómago se me lance en picado desde un gran precipicio, tan alto como mi decepción. La confianza que tenía en mí misma acaba de saltar por la ventana, y la verdad es que ahora mismo me vendría muy bien uno de los mensajes de ánimo de Six.

—¿Por qué no?

Me apoya una mano en la cara y me recorre la mejilla con los dedos.

Trato de no estremecerme, pero estoy muy alterada y acalorada, y me cuesta mucho disimularlo.

Con la vista sigue el camino que traza con la mano a lo largo de mi mandíbula y mi cuello hasta llegar a mi hombro.

Cuando vuelve a mirarme a los ojos, el deseo que veo en ellos me devuelve una pizca de autoestima y me alivia la decepción, aunque sea solo un poco.

—Quiero besarte —admite—. Créeme, lo deseo mucho.