Viernes, 31 de agosto de 2012. 1650 h #2
Dejo la manopla sobre la encimera y vuelvo a mi sitio. Él está revisando los mensajes sin una pizca de respeto por mi privacidad, pero, como me importa bien poco, le dejo hacer.
—Pensaba que no te permitían tener móvil —comenta—. Supongo que fue una excusa patética para no darme tu número.
—No me dejan. Este me lo regaló mi mejor amiga el otro día. Solo sirve para enviar SMS.
Le da la vuelta a la pantalla, hacia mí, y me mira a los ojos.
—¿Qué mierda de mensajes son estos? —Gira de nuevo el teléfono y lee uno en voz alta—: «Sky, qué guapa eres.
Probablemente seas la criatura más exquisita del universo y, si alguna zorra te dice lo contrario, me la cargo».
—Arquea una ceja, me mira y vuelve a fijarse en la pantalla—.
Por Dios, son todos así. Por favor, dime que no te los envías tú para motivarte.
Riendo, me inclino sobre la barra y se lo arrebato.
—Para, le estás quitando la gracia.
Él echa la cabeza hacia atrás y suelta una risotada.
—¿En serio te los estás enviando tú?
—¡No! —me pongo a la defensiva—. Me los manda Six. Es mi mejor amiga, pero se ha ido a la otra punta del mundo y me echa de menos. No quiere que esté triste y por eso me envía mensajes positivos todos los días. Me parece un gesto bonito por su parte.
—No me lo creo. Seguro que piensas que está siendo muy pelma y ni siquiera te los lees.
¿Cómo lo ha adivinado?
Dejo el móvil y me cruzo de brazos.
—La intención es lo que cuenta —protesto, porque no me da la gana admitir que los mensajes de Six me atacan los nervios.
—Con estos mensajes te vas a volver insoportable.
Te van a inflar tanto el ego que vas a acabar explotando.
—Recupera mi teléfono y se saca el suyo del bolsillo.
Mueve el dedo sobre ambos y anota algo en su smartphone—.
Hay que ponerle remedio a esta situación antes de que empieces a tener delirios de grandeza.
Me devuelve el móvil y teclea algo más en el suyo antes de guardárselo en el bolsillo. Mi teléfono me avisa de que ha entrado un nuevo mensaje y, al bajar la vista para ver de qué se trata, me echo a reír.
Tus galletas son una mierda. Y tampoco eres tan guapa.
—¿Mejor así? —pregunta en tono burlón—. ¿Se te ha desinflado lo bastante el ego?
Riendo, me levanto y dejo el móvil en la encimera.
—Tú sí que sabes lo que una chica quiere oír. —Me dirijo al salón, pero, a mitad de camino, me detengo y me vuelvo hacia él—. ¿Te apetece una visita guiada por la casa?
Holder se levanta y me sigue mientras yo le doy explicaciones aburridas sobre las habitaciones, los cuadros y los objetos de adorno.
Él, sin embargo, lo observa todo con interés, como si se estuviera empapando de los detalles y no tuviera ninguna prisa.
Se detiene y lo inspecciona todo con curiosidad, sin decir ni una sola palabra.
Cuando al fin llegamos a mi dormitorio, abro la puerta.
—Mi habitación —anuncio como si estuviera presentando La ruleta de la suerte —. Mira todo lo que quieras, pero, como no hay nadie mayor de dieciocho años por aquí, mantente lejos de la cama. Este fin de semana no me han dado permiso para quedarme embarazada.
Él se detiene a medio cruzar el umbral y ladea la cabeza en mi dirección.
—¿Solo este finde? ¿Tienes previsto acabar con un bombo el que viene?
Entro tras él en la habitación.
—Nop, probablemente me espere unas semanitas más.
Holder inspecciona el cuarto dando una vuelta completa hasta que queda de nuevo frente a mí.
—Tengo dieciocho años.
Ladeo la cabeza porque no sé por qué saca ahora el tema de la edad.
—¿Bravo por ti?
Él echa una rápida mirada de reojo a la cama.
—Has dicho que me mantenga lejos de la cama porque no teníamos dieciocho años. Solo especificaba que yo sí.
No me gusta el modo en que se me han contraído los pulmones cuando ha mirado hacia la cama.
—Ah, vale. En ese caso, quería decir diecinueve.
Se da la vuelta y se dirige lentamente hacia la ventana, que está abierta. Se agacha y asoma la cabeza al exterior antes de comentar:
—Esta es la famosa ventana de los rumores, ¿no?
No se gira al preguntarlo, lo que es una suerte para él porque, si las miradas matasen, ya estaría muerto.
¿A santo de qué ha tenido que hacer ese comentario?
Esta vez estaba disfrutando de su compañía, para variar.
Cuando al fin se vuelve hacia mí, su expresión juguetona ha desaparecido y su lugar lo ocupa la mirada retadora que me ha dirigido ya demasiadas veces.
Suelto un suspiro.
—¿Qué quieres, Holder?
O me aclara inmediatamente a qué ha venido o va a tener que marcharse.
Se cruza de brazos y entorna los ojos antes de contraatacar con otra pregunta.
—¿Me equivoco, Sky? ¿He dicho algo que sea falso o infundado?
Sus comentarios burlones dejan claro a qué se refiere al hablar de la ventana, y yo no tengo tiempo para sus jueguecitos. Estoy muy ocupada preparando pasteles, y más que lo voy a estar cuando me los coma.
Me dirijo a la puerta.
—Sabes perfectamente lo que has dicho y has obtenido la reacción que buscabas. ¿Contento? Pues ya puedes irte.
Pero no se va. Baja los brazos y camina hacia la mesita de noche, donde coge el libro que me prestó Breckin y lo hojea como si los últimos treinta segundos no hubieran sucedido.
—Holder, te lo estoy pidiendo con toda la educación posible. Por favor, vete.
Él devuelve el libro a su sitio con delicadeza y procede a tumbarse en la cama. Se tumba en mi cama, literalmente. Está en mi puta cama.
Exasperada, me dirijo hacia él y le bajo las piernas al suelo.
Si tengo que sacarlo de casa a empujones, lo haré.
Cuando lo agarro de las muñecas para levantarlo, él tira de mí en un gesto tan rápido que mi mente no puede procesar lo que ha ocurrido.
Me da la vuelta y me deja tumbada de espaldas, con los brazos sujetos y clavados al colchón.
Todo sucede de un modo tan inesperado que no me da tiempo a resistirme y, cuando lo miro a la cara, la mitad de mí no le encuentra sentido a hacerlo.
No sé si gritar pidiendo ayuda o arrancarle la ropa.
Él me suelta los brazos y me lleva una mano a la cara. Se echa a reír mientras me limpia la nariz con el pulgar.
—Tenías harina. Me estaba poniendo nervioso.
Se sienta, vuelve a subir las piernas a la cama y se echa hacia atrás para apoyar la espalda en el cabecero. Yo sigo tumbada, contemplando las estrellas del techo; debo admitir que es la primera vez que siento algo mientras las observo.
No me muevo porque temo que esté loco, y me refiero en sentido literal, con un diagnóstico clínico y todo eso; es la única explicación lógica que le encuentro a su personalidad.
Eso y el hecho de que me siga pareciendo increíblemente atractivo solo puede significar una cosa: que yo estoy tan chiflada como él.
—No sabía que era gay.
Confirmado, está loco.
Me vuelvo a mirarlo, pero no digo nada. ¿Qué demonios se le dice a un chalado que se niega a irse de tu casa y empieza a soltar frases sin sentido?
—Le di una paliza porque era un capullo. No tenía ni idea de que era gay.
Ha apoyado los codos en las rodillas y me está mirando a los ojos, a la espera de una reacción.
O una respuesta. Aunque por ahora no va a recibir ninguna de las dos cosas porque necesito procesar la situación.
Si no está loco, es que está tratando de dejar algo claro.
Pero ¿el qué? ¿Ha venido a mi casa sin que lo haya invitado para defender su honor y atacar el mío?
¿Qué sentido tiene tomarse tantas molestias?
Soy solo una persona, ¿por qué le importa mi opinión y, en cambio, la de los demás no?
A menos, claro, que le guste. La idea me despierta una sonrisa, pero al momento me arrepiento y me siento sucia y muy idiota por querer gustarle a un tipo tan desquiciado.
Me merezco lo que está pasando, lo reconozco.
No debí permitir que entrara en casa estando sola.
Y ahora encima sabe que voy a estarlo todo el fin de semana.
Si tuviera que poner esta decisión en la balanza, probablemente rompería el platillo de las malas ideas.
Me temo que esto va a terminar de una de estas dos maneras: o acabaremos comprendiéndonos mutuamente o él me matará, me cortará en pedacitos y hará galletas conmigo.
Cualquiera de las dos me entristece porque hay un montón de dulces que se van a quedar sin comer.
—¡El pastel! —exclamo mientras me levanto de un brinco.
Cuando entro en la cocina, me alcanza el olor de mi último desastre. Con la manopla, lo saco del horno y lo lanzo sobre la encimera, decepcionada. Aunque, mirándolo bien, no se ha quemado tanto. Tal vez, si lo cubro con glaseado, no se note mucho.
Mientras cierro la puerta del horno, me digo que voy a cambiar de hobby. Quizá me dedique a la joyería. No puede ser tan difícil. Cojo dos cookies y vuelvo a mi habitación. Le doy una de las dos galletas a Holder y me tumbo junto a él.
—Supongo que, en ese caso, lo de llamarte capullo que va dando palizas a los gais estuvo fuera de lugar. ¿No eres un homófobo cerrado de mente que estuvo el año pasado en un centro de menores?
Él sonríe, se tumba en la cama a mi lado y observa las estrellas.
—No, claro que no. Estuve viviendo con mi padre en Austin. Ni siquiera sé de dónde ha salido esa historia.
—¿Por qué no te defiendes de los rumores si no son ciertos?
Holder vuelve la cabeza hacia mí.
—¿Por qué no lo haces tú?
Frunzo los labios y asiento con la cabeza.
— Touché .
Permanecemos quietos en la cama, comiendo en silencio.
Varias de las cosas que me ha estado contando estos días empiezan a cobrar sentido y eso hace que me sienta como una de esas personas a las que tanto desprecio.
Me dijo desde el primer momento que respondería a todas mis preguntas y, sin embargo, preferí creerme las habladurías.
No me extraña que estuviera tan molesto conmigo.
Lo estaba tratando como el resto de la gente del insti me trata a mí.