Hopeless. Tocando el cielo (Hopeless 1) Viernes, 31 de agosto de 2012. 1650 h #3
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Viernes, 31 de agosto de 2012. 1650 h #3

—Lo que has dicho antes, sobre la ventana... ¿Estabas sacando el tema de los rumores? ¿No pretendías hacerme daño con un comentario malicioso?

—No soy mala persona, Sky.

—Pero eres intenso. Eso no me lo negarás.

—Lo acepto, pero no soy malo.

—Ni yo una puta.

—Ni yo un capullo machacagáis.

—Entonces, ¿todo aclarado?

Él se echa a reír.

—Eso parece.

Inspiro hondo y me preparo para una cosa que no hago a menudo: disculparme.

Si no fuera tan testaruda, podría incluso admitir que mi comportamiento de esta semana ha sido vergonzoso y que él tenía todo el derecho del mundo a enfadarse conmigo por ser tan ignorante y moralista.

Pero ya se sabe que lo bueno, si breve, dos veces bueno, por lo que me limito a decir:

—Lo siento, Holder.

Él suspira con sentimiento.

—Lo sé, Sky. Lo sé.

Permanecemos en silencio durante un rato que parece eterno y, sin embargo, no es suficiente.

Se está haciendo tarde y temo que en cualquier momento diga que tiene que marcharse, porque nos hemos quedado sin temas de conversación.

No quiero que se vaya. Estoy muy a gusto a su lado.

No acabo de entender por qué, pero es así.

—Necesito saber algo. —Es él quien rompe el silencio.

No digo nada porque no tengo la sensación de que esté esperando una respuesta, sino de que se está preparando para abordar un tema delicado.

Inspira hondo y se vuelve hacia mí. Se apoya en el codo para sostenerse la cabeza y noto que me observa, pero permanezco contemplando las estrellas.

Está demasiado cerca; no soportaría mirarlo a los ojos.

Tal como me late el corazón ahora mismo, me temo que, si me acercara a él un poco más, me moriría.

Me asombra que el deseo afecte tanto al corazón. Lo altera más que salir a correr.

—¿Por qué dejaste que Grayson te tocara en el aparcamiento?

Quiero meterme debajo de las sábanas y esconderme. Tenía la esperanza de que no sacara el tema.

—Ya te lo dije. No es mi novio y lo del ojo morado no tuvo nada que ver con él.

—No te lo pregunto por eso. Lo pregunto porque vi cómo reaccionabas. Estabas enfadada con él, incluso un poco aburrida. Solo quiero saber por qué permites que te haga esas cosas cuando es evidente que no te apetece que te toque.

Sus palabras me desconciertan y me provocan una súbita sensación de claustrofobia. Empiezo a sudar. No estoy cómoda hablando de esto. Me abruma que pueda descifrar tan bien mis emociones, mientras que yo soy incapaz de saber qué siente él.

—¿Tanto se notaba mi falta de interés?

—Sí, era obvia a cincuenta metros de distancia. Lo que no entiendo es que él no lo pille.

Esta vez me vuelvo hacia Holder sin pensar, y me apoyo en el codo.

—Ya, tío. No te imaginas la de veces que lo he rechazado, pero no se da por aludido. Resulta patético... y nada atractivo.

—¿Y por qué se lo permites?

Me dirige una mirada tan intensa que me doy cuenta de lo comprometedora que es la situación. Estamos mirándonos a los ojos en la misma cama. Cuando noto que baja la vista hacia mis labios, vuelvo a tumbarme de espaldas. Tal vez él sienta lo mismo, porque también se coloca boca arriba.

—Es complicado.

—No tienes por qué explicármelo. Solo era curiosidad, pero no es asunto mío.

Me pongo las manos detrás de la nuca mientras observo las estrellas, a pesar de que las he contado tantas veces que me las sé de memoria.

Creo que he pasado más rato en la cama con Holder que con cualquiera de los chicos que han circulado por aquí, y me sorprendo al caer en que, en todo este rato, no he sentido la necesidad de contar ni una sola estrella.

—¿Has tenido alguna novia en serio?

—Sí, pero espero que no vayas a pedirme detalles porque no comparto ese tipo de intimidades.

Niego con la cabeza.

—No, no iba por ahí la cosa. —Hago una pausa mientras busco las palabras adecuadas—. Cuando la besabas, ¿qué sentías?

Él también se lo piensa antes de hablar. Probablemente tema que se trate de una pregunta trampa.

—Supongo que quieres que sea sincero.

—No espero otra cosa de ti.

Con el rabillo del ojo lo veo sonreír.

—Tú lo has querido. Pues me sentía... cachondo.

Trato de fingir que no me afecta oír esa palabra en su boca, pero...

Ufff...

Cruzo los muslos con la esperanza de que se calmen los calores que me recorren el cuerpo.

—Es decir, que... ¿sientes las mariposas, las palmas de las manos sudorosas, el corazón desbocado y todo eso?

Él se encoge de hombros.

—Sí, no con todas las chicas, pero con la mayoría.

Inclino la cabeza en su dirección y trato de no analizar sus palabras. Holder gira la cabeza hacia mí y sonríe.

—No han sido tantas.

Al sonreír, se le marca el hoyuelo, que es mucho más mono de cerca. Por un instante, me quedo atontada contemplándolo.

—¿De qué va todo esto?

Sus palabras me devuelven a la realidad. Lo miro a los ojos un momento antes de clavar de nuevo la vista en el techo.

—Va de que yo no siento nada parecido. Cuando me lío con algún chico, no siento nada de nada.

Estoy insensible, como adormecida. Por eso a veces dejo que Grayson haga lo que me hace, porque me gusta no sentir nada.

—Él se mantiene callado, y su silencio me pone incómoda.

No puedo evitar preguntarme si piensa que estoy loca—.

Sé que no tiene sentido, y no, no soy lesbiana.

Es solo que, antes de conocerte, nunca me había atraído nadie y no sé por qué.

En cuanto dejo de hablar, él se vuelve hacia mí con brusquedad al mismo tiempo que yo cierro los ojos con fuerza y me cubro la cara con un brazo. No me puedo creer que haya admitido así, como si nada y en voz alta, que me siento atraída por él. Me quiero morir. Ahora mismo. Ya.

Noto un movimiento en la cama, luego siento que me sujeta la muñeca y me aparta el brazo de la cara. Abro los ojos a regañadientes y me lo encuentro con la cabeza apoyada en la mano y una sonrisa radiante en la cara.

—¿Te atraigo?

Se me escapa un gruñido.

—Ay, Dios. Justo lo que le faltaba a tu ego.

—Supongo que tienes razón —admite riendo—. Rápido, insúltame antes de que se vuelva tan grande como el tuyo.

—Necesitas un buen corte de pelo —le suelto—. A fondo. Se te mete el flequillo en los ojos, bizqueas y te pasas el rato apartándotelo de la cara como si fueras Justin Bieber. Me pone nerviosa.

Él se pasa la mano por el cabello antes de volver a tumbarse en la cama.

—Joder, eso ha dolido. Me ha dado la sensación de que me la guardabas desde hace tiempo.

—Solo desde el lunes.

—Nos conocimos el lunes, te recuerdo. ¿Llevas pensando en lo mucho que odias mi pelo desde entonces?

—No todo el rato.

Tras unos instantes en silencio, vuelve a sonreír.

—No me puedo creer que te parezca atractivo.

—Oh, cállate.

—Supongo que el otro día fingiste lo del desmayo para acabar en mis brazos... sexis... sudorosos... varoniles...

—Que te calles.

—Seguro que fantaseas conmigo por las noches en esta misma cama.

—En serio, Holder.

—Probablemente incluso...

Le cubro la boca con la mano.

—Me gustas mucho más cuando estás callado.

Al fin logro que deje el tema, me vuelvo a poner la mano bajo la nuca y permanecemos un rato en silencio. Probablemente esté regodeándose al saber que me resulta atractivo mientras yo me tiro de los pelos porque lo sabe.

—Me aburro —suelta de pronto.

—Pues vete a casa.

—No quiero. ¿Qué haces cuando te aburres? No tienes tele ni internet. ¿Te pasas las tardes aquí, pensando en lo bueno que estoy?

Hago una mueca de fastidio.

—Leo. Mucho. A veces preparo dulces y otras salgo a correr.

—Leer, preparar postres y correr. Y fantasear conmigo, no se me olvida. Llevas una vida fascinante.

—Me gusta mi vida.

—Sí, creo que a mí también. —Se da la vuelta y coge el libro que hay en la mesita de noche—. Toma, lee esto.

Se lo quito de las manos y lo abro por la página marcada, la dos. No he llegado más lejos.

—¿Quieres que lea en voz alta? ¿Tan aburrido estás?

—De cojones.

—Es una novela romántica.

—Ya te he dicho que estoy muy aburrido. Lee.

Apoyo la almohada en el cabecero, me pongo cómoda y empiezo a leer.

Si esta mañana alguien me hubiera anunciado que por la tarde estaría leyéndole un libro a Dean Holder en mi cama, le habría dicho que estaba loco. Aunque es verdad que no soy quién para llamar loco a nadie.

Cuando abro los ojos, llevo la mano hacia el otro lado de la cama y compruebo que está vacía. Me siento y miro a mi alrededor. La luz está apagada y alguien me ha tapado con la colcha. Veo el libro cerrado en la mesilla y lo cojo. El marcapáginas está colocado a tres cuartas partes de la lectura.

¿Leí hasta quedarme frita?

«Oh, no. Me he dormido».

Aparto la colcha y me dirijo a la cocina. Cuando enciendo la luz, no doy crédito a lo que estoy viendo. Todo está recogido y limpio, impecable, y los dulces están envueltos en papel film. Veo mi móvil sobre la encimera; al ir a cogerlo, me doy cuenta de que tengo un nuevo mensaje.

Te has quedado dormida justo cuando ella estaba a punto de descubrir el secreto de su madre. ¡Ya te vale! Volveré mañana por la noche para que termines de leérmelo. Por cierto, te canta el aliento una barbaridad y roncas como un oso.

Me echo a reír y me quedo un rato con una sonrisa de idiota en la cara, aunque, por suerte, no hay nadie que pueda verlo.

En el reloj del horno veo que son las dos de la madrugada, por lo que regreso a la cama.

Ojalá vuelva mañana. No sé cómo este desastre de chico ha logrado colarse en mi vida tan rápido, pero no tengo ningunas ganas de que desaparezca.