Viernes, 31 de agosto de 2012. 1650 h
—¿Te acompaña Jack?
Le abro la puerta a Karen para que deje las últimas bolsas en el asiento de atrás.
—Sí, él también viene. Volveremos a casa... Volveré a casa el domingo —se corrige.
Se resiste a usar el plural cuando habla de ella y Jack.
Y a mí me molesta que sea así porque él me encanta y sé que está enamorado de Karen, así que no entiendo a qué vienen tantas reticencias.
Ha tenido un par de novios más en los últimos doce años, pero, en cuanto el tipo buscaba algo más serio en la relación, era ella la que salía huyendo.
Karen cierra la puerta trasera y se vuelve hacia mí.
—Sabes que confío en ti, pero, por favor...
—... no te quedes embarazada —la interrumpo—. Ya, ya. Llevas dos años diciéndome lo mismo cada vez que te vas de viaje. No voy a quedarme embarazada, mamá. Solo me pondré hasta las cejas de drogas.
Ella se echa a reír y me da un abrazo.
—Y de alcohol. No te olvides de pillarte una buena borrachera.
—No lo haré, te lo prometo. Además, me alquilaré una tele para el finde y me pasaré los dos días comiendo helado y viendo mierdas.
Ella se aparta y me clava en el sitio con la mirada.
—Eso no tiene gracia.
Me río y le doy otro abrazo.
—Pásalo bien. Espero que vendas muchos jabones, tisanas y todas esas cosas llenas de hierbas.
—Te quiero. Si me necesitas, ya sabes que puedes usar el teléfono fijo de casa de Six.
Miro al cielo exasperada porque, cada vez que se va, me repite las mismas instrucciones.
—Hasta pronto —le digo.
Entra en el coche y se aleja calle abajo, lo que me deja libre de vigilancia materna durante el fin de semana.
Para la mayoría de la gente de mi edad, este sería el momento perfecto para echar mano al móvil y colgar un post invitando a todo el mundo a la fiesta más delirante del año.
Pero no es mi caso. No, señor. Lo que hago es encerrarme en casa y preparar galletas porque es la rebeldía más grande que se me ocurre.
Me encanta hacer dulces, pero eso no significa que se me dé bien.
Normalmente termino con más harina y chocolate en la cara y el pelo que en el producto en sí, y hoy no es una excepción.
De momento he horneado ya una bandeja de galletas de chocolate, otra de brownies y una tercera de una cosa que no sé qué se supone que es.
Mientras le añado harina a la masa de un pastel alemán de esos a capas, con chocolate, nueces y coco, llaman a la puerta.
Cualquiera pensaría que sé cómo reaccionar en estos casos.
Los timbres de las casas suenan todo el rato, ¿no?
Pues no. El de la mía no. Me quedo observando la entrada sin saber qué hacer.
Cuando vuelven a llamar, dejo el medidor, me aparto el pelo de la cara y me acerco a la puerta.
Al abrirla, no puedo decir que me sorprenda que sea Holder. Bueno, sí, pero no del todo.
—Hola —lo saludo.
Es todo lo que se me ocurre. Y, aunque se me hubiera ocurrido algo más, no habría sido capaz de decírselo porque ¡no puedo respirar!
Está en el último escalón de la entrada, con las manos en los bolsillos del pantalón y gesto relajado.
Sigue necesitando un buen corte de pelo, pero, cuando levanta las manos y se lo aparta de la cara, pensar en que vaya a cortárselo me parece un crimen.
—Hola —me devuelve el saludo.
Su sonrisa tímida y su aspecto nervioso me resultan de lo más atractivos. Está de buen humor, al menos de momento. Es imposible saber cuándo se torcerá y volverá a tener ganas de discutir.
—Emmm —digo incómoda.
Sé que el siguiente paso sería invitarlo a entrar, pero solo si me apetece y, para ser sincera, el jurado todavía está deliberando sobre ese aspecto.
—¿Estás liada?
Echo un vistazo hacia la cocina y veo el caos que acabo de crear.
—Más o menos.
No es mentira. Podría decirse que estoy increíblemente ocupada.
Él aparta la mirada y asiente. Luego señala con el dedo por encima del hombro, en dirección a su coche.
—Vale, sí, pues... me iré yendo. —Da un paso hacia atrás.
—No —protesto un pelín demasiado deprisa y con algunos decibelios de más.
Suena casi como un ruego desesperado, lo que me hace encogerme de vergüenza al darme cuenta.
No sé para qué ha venido ni por qué se sigue molestando, y mi curiosidad se impone a lo demás.
Doy un paso al lado y abro un poco más la puerta—. Puedes pasar, pero solo si colaboras.
Él duda unos instantes antes de subir el último escalón y entrar. Mientras cierra, yo trato de evitar la incomodidad volviendo a lo que estaba haciendo. En la cocina, cojo el medidor y sigo preparando el pastel como si no acabara de entrar en mi casa un semidesconocido guapísimo y temperamental.
—¿Son para algún mercadillo benéfico? —Rodea la isla central y contempla la plétora de postres que cubren la encimera.
—Mi madre se ha ido a pasar el fin de semana fuera. Odia el azúcar; por eso, cuando no está en casa, me vuelvo un poco loca.
Él se echa a reír y está a punto de coger una cookie, pero me mira antes, pidiendo permiso.
—Sírvete, aunque te aviso: que me guste cocinar no significa que se me dé bien.
Tamizo el resto de la harina y la añado a la mezcla.
—Entonces, ¿tienes la casa para ti sola y te pasas la noche del viernes haciendo pasteles? Una adolescente típica, ya veo —comenta en tono burlón.
—¿Qué puedo decir? —Me encojo de hombros—. Soy una rebelde.
Me da la espalda y abre un armarito. Examina el contenido y vuelve a cerrarlo. Luego prueba con otro y saca un vaso.
—¿Hay leche? —me pregunta mientras se dirige a la nevera.
Dejo de mezclar la masa y lo observo mientras saca el tetrabrik y se sirve un vaso como si estuviera en su casa.
Da un sorbo antes de volverse hacia mí. Cuando me pilla contemplándolo, sonríe—.
No se pueden ofrecer cookies sin leche, es la ley.
Como anfitriona, dejas bastante que desear.
—Coge otra galleta y se sienta a la barra.
—Suelo reservar mi hospitalidad para las personas a las que he invitado —replico en tono irónico, y centro mi atención en la encimera.
—Auch, eso ha dolido —dice riendo.
Enciendo la batidora y la pongo a máxima potencia para conseguir una excusa que me permita no tener que hablar con él durante tres minutos.
Trato de recordar qué pintas llevo sin buscar una superficie en la que verme reflejada.
Estoy casi segura de que tengo harina por todas partes.
Sé que me he recogido el pelo con un lápiz y que no me he cambiado los pantalones de chándal en cuatro días.
Intento apartar restos de ingredientes, pero soy consciente de que es una batalla perdida.
Bueno, qué más da. No puedo tener peor aspecto que cuando me vio tumbada en el sofá con grava clavada en la mejilla.
Apago la batidora y presiono el botón que permite retirar las varillas. Me llevo una a la boca para lamerla y le acerco la otra hasta donde está sentado.
—¿Quieres? Es chocolate alemán.
Holder la acepta con una sonrisa.
—Qué hospitalaria de repente.
—Chupa y calla, o me la quedo yo. —Me dirijo al armarito y saco mi taza, pero me sirvo agua—. ¿Quieres agua o vas a seguir fingiendo que no te da asco esa mierda vegana?
Él se ríe mientras arruga la nariz y desliza el vaso sobre la barra.
—Trataba de ser educado, pero no puedo dar un trago más a esa cosa, sea lo que sea. Sí, agua. Por favor.
Riendo, le enjuago el vaso antes de llenárselo.
Me siento delante de él y me lo quedo mirando mientras le doy un bocado a un brownie.
Espero a que me explique por qué ha venido, pero no lo hace.
Permanece sentado en silencio mientras me observa comer.
No le pregunto nada porque me gusta el silencio tranquilo que se ha instalado entre nosotros.
Las cosas son más simples cuando los dos nos callamos, ya que nuestras conversaciones suelen terminar en discusiones.
Holder se levanta y se dirige al salón sin una explicación.
Mira a su alrededor con curiosidad y se queda observando las fotos que cuelgan de las paredes, que parecen haber captado su atención.
Se acerca y las contempla de una en una, despacio.
Yo me echo hacia atrás en la silla y lo miro mientras curiosea.
Nunca parece tener prisa y me gusta la seguridad con la que se mueve.
Es como si llevara ensayados todos sus pensamientos y actos, como si los preparara con días de antelación.
Me lo imagino en su cuarto, anotando las palabras que piensa usar al día siguiente, ya que siempre es tan selectivo con ellas.
—Tu madre es muy joven, ¿no? —me dice.
—Sí, lo es.
—No te pareces nada a ella. —Se vuelve hacia mí—. ¿Has salido a tu padre?
Me encojo de hombros.
—No lo sé. No recuerdo cómo era.
Se vuelve hacia las fotos y recorre una con el dedo.
—¿Está muerto?
Me lo pregunta en un tono tan brusco que estoy casi segura de que sabe que está vivo o no me lo habría soltado así, tan a lo bestia.
—No lo sé. No lo he visto desde que tenía tres años.
Regresa a la cocina y vuelve a sentarse frente a mí.
—¿Eso es todo lo que vas a contarme? ¿Ninguna historia interesante?
—Oh, una historia hay, sin duda, pero no me apetece contarla.
Estoy segura de que existe una..., aunque lo cierto es que la desconozco. Karen no sabe nada de mi vida antes de que me dieran en acogida y no le veo sentido a indagar. ¿Qué más dará haber perdido la memoria de los primeros años cuando he tenido la suerte de vivir otros trece fantásticos?
Él vuelve a sonreírme, aunque esta sonrisa es distinta, cautelosa, y llega con una mirada extrañada.
—Las galletas están buenas —comenta. Al parecer, también se le da genial cambiar de tema—. No deberías menospreciar tus habilidades reposteras.
El sonido de un timbre me hace saltar del taburete y echar a correr hacia el horno, pero, al abrirlo, veo que todavía le falta mucho rato para estar listo. Al darme la vuelta, me encuentro con que Holder tiene mi móvil en la mano.
—Has recibido un mensaje —me dice riendo—. No le pasa nada al pastel.