Hopeless. Tocando el cielo (Hopeless 1) Lunes, 27 de agosto de 2012. 1725 h #2
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Lunes, 27 de agosto de 2012. 1725 h #2

—De hecho, voy en esa dirección. Corro dos veces al día y aún me quedan un par de...

—Deja la frase a medias y da un paso rápido hacia mí.

Me sujeta por la barbilla y me echa el rostro hacia atrás—.

¿Quién te ha hecho esto? —La dureza que he visto antes en su mirada regresa—. Hace un rato no tenías el ojo así.

Me libero de su agarre y le quito importancia.

—Ha sido un accidente. Ahora ya sé que no debo despertar nunca a una adolescente mientras se echa la siesta.

Él no sonríe. Da un paso más hacia mí y me acaricia la zona de debajo del ojo con el pulgar mientras sigue observándome muy serio.

—Si no hubiera sido un accidente, lo contarías, ¿no? ¿Tienes a quién decírselo?

Quiero responder, de verdad que quiero, pero no puedo.

Me está tocando la cara. Tiene la mano en mi mejilla.

No puedo pensar ni hablar. Ni siquiera puedo respirar.

La intensidad que exuda su mera existencia me roba el aire de los pulmones y me deja sin fuerza en las rodillas.

Asiento con poca convicción y él reacciona apartando la mano con el ceño fruncido.

—Voy contigo —afirma en un tono que no admite réplica.

Me apoya las manos en los hombros, me da la vuelta hasta que quedo encarada en dirección contraria y me da un ligero empujón. Echa a correr a mi paso y avanzamos en silencio.

Me gustaría hablar con él para preguntarle cómo le fue en el centro de menores, por qué dejó las clases o por qué se hizo ese tatuaje, pero me da miedo lo que pueda responderme. Además, tampoco es que me sobre el aliento para ir charlando, por lo que recorremos el camino hasta mi casa en silencio.

Cuando ya estamos cerca, aflojamos el paso y llegamos andando. No tengo ni idea de cómo salir de esta situación. Siempre he corrido sola, por lo que desconozco la etiqueta en estos casos. Me vuelvo hacia él y levanto la mano como despedida.

—Ya nos veremos...

—No lo dudes —me asegura mirándome a los ojos.

Tras dirigirle una sonrisa incómoda, me giro hacia mi casa.

Mientras camino hacia la puerta, voy dándoles vueltas a sus palabras.

Dice que no lo dude, pero ¿cómo no voy a hacerlo?

No me ha pedido el teléfono, a pesar de que no sabe que no tengo.

Tampoco me ha invitado a correr con él otro día y, sin embargo, ha dicho «no lo dudes» como si estuviera seguro de que va a ser así. Pues, por mí, vale.

—Sky, espera.

El modo en que su voz se enreda alrededor de mi nombre me hace desear que la única palabra de su vocabulario fuera esa. Mientras me vuelvo hacia él, deseo que me dirija una frase cursi de las que se usan para ligar. Me vale cualquiera, se la voy a comprar igual.

—¿Me haces un favor?

«Pues claro. Haré lo que me pidas, siempre y cuando no te pongas la camiseta».

—¿Sí?

Como respuesta, él me lanza la botella de agua.

La atrapo al vuelo y, al ver que está vacía, me siento mal por no haberme ofrecido a rellenársela.

La agito en el aire mientras asiento con la cabeza.

Subo los escalones y me meto en casa. Cuando entro en la cocina, me encuentro a Karen llenando el lavavajillas.

En cuanto la puerta se cierra, dejo de fingir que no me falta el aire y empiezo a resollar como una locomotora vieja.

—Por Dios, Sky. Tienes cara de estar a punto de desmayarte. Siéntate.

Me quita la botella de las manos y me obliga a sentarme en una silla. Dejo que la rellene mientras inspiro por la nariz y suelto el aire por la boca. Cuando me la devuelve, le pongo el tapón y salgo a toda prisa.

—Gracias —me dice Holder antes de volver a rodear la abertura de la botella con sus labios carnosos.

Y, una vez más, es casi como si nos besáramos.

No sé si lo que siento se debe a la larga carrera o a Holder: las dos cosas hacen que me note al borde del desmayo por falta de oxígeno.

Holder tapa la botella y pasea la vista por mi cuerpo. Se detiene unos segundos más de lo correcto sobre mi tripa descubierta antes de volver a mirarme a los ojos.

—¿Corres en pista?

Me cubro la barriga con un brazo y me sujeto la cintura con las manos.

—No, pero me gustaría probarlo.

—Te lo recomiendo. Acabas de correr casi ocho kilómetros y se te ve muy entera. ¿Estás en el último curso?

No tiene ni idea del esfuerzo que me cuesta no tirarme al suelo y resollar por la falta de aire. Nunca había corrido una distancia tan larga sin hacer pausas y me está costando la vida fingir que no estoy echando el hígado por la boca. Al parecer, se me da bien.

—¿No deberías saberlo? Estás perdiendo facultades como acosador.

Cuando sus hoyuelos vuelven a hacer acto de presencia, tengo ganas de chocarme la mano conmigo misma.

—Bueno, no pones las cosas fáciles. Ni siquiera te he encontrado en Facebook.

Acaba de admitir que me ha buscado y no hace ni dos horas que nos conocemos.

Reconozco que saber que ha ido directo a su casa a mirar las redes sociales me resulta halagador.

Sin poder evitarlo, se me escapa una sonrisa y me entran ganas de darle un puñetazo a esta chica ridícula y patética que ha ocupado el lugar de la antigua Sky, a la que todo le importaba una mierda.

—No tengo Facebook; ni siquiera tengo acceso a internet —le aclaro.

Él me dirige una sonrisa sardónica, como si no me creyera, y se aparta el pelo de la cara.

—Ajá. ¿Y qué me dices del móvil? ¿Tampoco puedes conectarte desde ahí?

—No tengo móvil. A mi madre no le gustan las nuevas tecnologías. Tampoco tenemos tele.

—Joder. —Se echa a reír—. ¿En serio? ¿Y qué haces para entretenerte?

Yo le devuelvo la sonrisa mientras me encojo de hombros.

—Corro.

Holder vuelve a examinarme de arriba abajo y a quedarse atrapado en la franja de barriga que queda expuesta. A partir de hoy, me lo pensaré dos veces antes de salir en sujetador deportivo.

—En ese caso, no sabrás por casualidad a qué hora se levanta cierta persona para correr por las mañanas, ¿no?

Cuando me mira a los ojos, no logro ver al tío que Six me ha descrito antes. Solo a un chico que trata de ligar con una chica con un brillo nervioso en la mirada que me resulta entrañable.

—No creo que te apetezca levantarte tan temprano —respondo.

Su modo de observarme mezclado con el calor de Texas hace que empiece a ver borroso. Inspiro hondo porque no tengo ningún interés en parecer exhausta y sofocada ahora mismo.

Él ladea la cabeza y entorna los ojos.

—No tienes ni idea de lo mucho que me apetece.

Me deslumbra con su sonrisa cargada de hoyuelos y me desmayo.

No, no es una forma de hablar. Me desmayo literalmente.

Y, basándome en el dolor que siento en el hombro al recobrar la conciencia y la grava que se me ha quedado incrustada en la mejilla, no ha sido una caída grácil ni elegante.

He perdido el conocimiento y me he pegado un porrazo contra el suelo sin que a él le haya dado tiempo a impedirlo sosteniéndome entre sus brazos como los héroes de las películas.

Pues estamos apañados.

Estoy tumbada en el sofá, que es donde supongo que me ha dejado tras meterme en casa. Karen se inclina sobre mí con un vaso de agua y Holder se encuentra a su espalda, testigo de uno de los momentos más bochornosos de mi vida.

—Toma, bebe un poco. —Mi madre me levanta la cabeza para acercarme al vaso.

Doy un trago antes de volver a apoyarme en el cojín y cierro los ojos por si hubiera suerte y volviera a desmayarme.

—Voy a buscar un trapo húmedo —me avisa Karen.

Abro los ojos con la esperanza de que Holder haya decidido marcharse al ver que ella salía de la sala, pero sigue ahí. Y se ha acercado al sofá. Se arrodilla en el suelo, a mi lado, y me retira algo del pelo, supongo que grava o polvo.

—¿Estás bien? Te has dado un buen golpe —me pregunta preocupado, y me limpia algo de la mejilla antes de apoyar la mano en el sofá, junto a mí.

—Ay, Dios —me lamento mientras me cubro los ojos con el antebrazo—. Lo siento. Qué vergüenza, por favor.

Holder me agarra la muñeca y me la aparta de la cara.

—Calla, boba. —Su expresión cambia cuando una sonrisa traviesa se impone a la preocupación—. ¿No ves que estoy disfrutando con todo esto?

Karen vuelve a entrar en el salón.

—Aquí está el trapo, cariño. ¿Te traigo algo para el dolor? ¿Estás mareada? —En vez de dármelo directamente, se lo ofrece a Holder y se dirige a la cocina—. Puedo hacerte una infusión de caléndula o de raíz de bardana...

Lo que faltaba.

Por si no estaba ya lo bastante abochornada, va a hacer que me muera de vergüenza obligándome a tomar sus pociones caseras delante de él.

—Estoy bien, mamá. No me duele nada.

Holder me coloca el trapo en la mejilla y me la limpia con delicadeza.

—Tal vez ahora no, pero te dolerá —me dice en voz baja para que no lo oiga Karen. Aparta la vista de mi mejilla y me mira a los ojos—. Tómate algo por si acaso.