Lunes, 27 de agosto de 2012. 1725 h
Me arden los pulmones. He dejado de sentir el cuerpo hace un rato, en Aspen Road.
He pasado de inhalar y exhalar de manera controlada a jadear y tragar aire a borbotones.
Normalmente, cuando alcanzo este punto es cuando más me gusta correr, cuando cada gramo de mi cuerpo une fuerzas para impulsarme hacia delante y solo puedo pensar en dar el siguiente paso y nada más.
El siguiente paso.
Nada más.
Hasta hoy nunca había llegado tan lejos.
Suelo detenerme cuando alcanzo la marca de los dos kilómetros y medio, pero esta vez no lo he hecho.
A pesar de que mi cuerpo ha obtenido ya el deseado estado de desesperación, todavía no he logrado que mi mente desconecte.
Sigo corriendo con la esperanza de conseguirlo, aunque me está costando mucho más de lo habitual.
Lo único que me impulsa a parar es el hecho de que tengo que desandar el tramo recorrido y me estoy quedando sin agua.
Me detengo frente a la entrada de una casa y me apoyo en el buzón.
Le quito el tapón a la botella y me seco el sudor de la frente antes de llevármela a los labios.
Bebo las cuatro gotas que quedan y me doy cuenta de que me he terminado la botella entera; no es de extrañar, teniendo en cuenta que estamos en Texas en agosto.
En silencio, me fustigo por no haber salido a correr esta mañana. El calor me está matando.
Preocupada por la falta de hidratación, decido volver a casa andando. No creo que a Karen le haga ninguna gracia que me fuerce hasta la extenuación. De hecho, no le gusta nada que salga a correr sola.
Cuando echo a andar, oigo una voz familiar a mi espalda.
—Hola, tú.
Como si mi corazón no estuviera ya lo bastante acelerado, al volverme despacio, me encuentro con Holder, que me contempla con una sonrisa completa, con hoyuelos y todo. Tiene el pelo mojado por el sudor; es obvio que también ha estado corriendo.
Pestañeo un par de veces para confirmar que no se trata de una alucinación causada por el cansancio. El instinto me advierte a gritos que huya, que me aleje de allí, pero a mi cuerpo le apetecería saber qué se siente entre sus brazos brillantes y sudorosos.
Mi cuerpo es un traidor de mierda.
Por suerte, no me he recuperado de la carrera, así que no podrá asumir que mi respiración errática se debe a su presencia.
—Hola —respondo sin aliento.
Me esfuerzo por mirarlo a la cara, pero, como mis ojos se empeñan en descender por su cuerpo, opto por clavar la vista en el suelo para no enfrentarme al hecho de que solo lleva zapatillas y pantalones cortos.
El modo en que los pantalones le cuelgan de las caderas es razón más que suficiente para perdonar cualquier cosa negativa que haya oído sobre él.
Que yo recuerde, nunca he sido de marearme ante un chico guapo, lo que me hace sentir superficial, patética, lamentable...
y cabreada conmigo misma por dejar que un tío me altere tanto.
—¿Te gusta correr? —me pregunta mientras apoya un codo en el buzón.
Asiento con la cabeza.
—Suelo salir por las mañanas; ya se me había olvidado el calor que hace por las tardes.
Cuando trato de mirarlo a la cara, tengo que cubrirme los ojos con la mano para protegerme del sol, que le rodea la cabeza como si fuera un halo.
Qué irónico.
Cuando alarga el brazo hacia mí, me encojo antes de darme cuenta de que me está ofreciendo su botella. El modo en que frunce los labios para que no se le escape la risa me indica que se ha dado cuenta de lo nerviosa que estoy.
—Bebe un poco. —Hace oscilar la botella semivacía hacia mí—. Se te ve agotada.
No suelo aceptar agua de desconocidos, y menos de gente conflictiva, pero estoy sedienta y eso se impone.
Le arrebato la botella de la mano, echo la cabeza hacia atrás y doy tres grandes tragos. Aunque me la acabaría encantada, no quiero dejarlo sin agua.
—Gracias. —Se la devuelvo, me seco la boca con el dorso de la mano y miro a mi espalda—. Bueno, me quedan casi tres kilómetros de vuelta; más me vale ponerme en marcha.
—Casi cuatro —me corrige él con la vista clavada en mi barriga, que llevo al aire.
Sin limpiar la boquilla, se lleva la botella a los labios y se bebe el resto del agua sin apartar los ojos de los míos. Yo no puedo dejar de observarle la boca, que cubre la abertura de la botella de la que acabo de beber a morro. Podría decirse que nos estamos besando... en diferido.
Sacudo la cabeza para volver a la realidad, ya que temo que se me haya escapado algo en voz alta. Me he distraído un poco observando la gota de sudor que le caía por el pecho.
—¿Eh?
—He dicho que quedan casi cuatro kilómetros hasta Conroe, no tres. En total, habrás corrido ocho —dice como si estuviera impresionado.
Lo miro con curiosidad.
—¿Sabes dónde vivo?
—Sí.
No dice nada más, por lo que me quedo observándolo en silencio a la espera de una explicación. Al darse cuenta de que no me conformo con un simple «sí», suspira y añade:
—Nombre: Linden Sky Davis, fecha de nacimiento: 29 de septiembre, dirección: calle Conroe, 1455. Estatura: 1,61. Donante.
Doy un paso atrás mientras me imagino mi asesinato a cámara lenta a manos de este acosador de ensueño. Tal vez debería dejar de cubrirme los ojos para poder observarlo con más detalle en caso de que logre escapar con vida. Quizá tenga que describirle sus rasgos al dibujante de retratos.
—Tu carnet —aclara al ver una mezcla de terror y confusión en mi cara—. Me lo has enseñado antes, en el súper.
La explicación no termina de tranquilizarme.
—Le has echado un vistazo muy rápido.
Él se encoge de hombros.
—Tengo buena memoria.
—Eres un acosador —le suelto.
A Holder parece hacerle mucha gracia.
—¿Estás segura de que soy yo el acosador? Porque eres tú la que está en la puerta de mi casa. —La señala por encima del hombro.
¿Su casa? ¿Cómo es posible?
Él endereza la espalda y hace tamborilear los dedos sobre las letras escritas en el buzón: FAMILIA HOLDER .
Noto que se me acumula la sangre en las mejillas, aunque no me preocupa. Tras haber estado corriendo bajo el sol de Texas con una cantidad limitada de agua, estoy convencida de que toda yo estoy sofocada.
Trato de no mirar hacia la casa, pero la curiosidad es mi perdición.
Es un edificio normal, tirando a modesto, que encaja bien en el vecindario de clase media en el que nos encontramos.
Y lo mismo puede decirse del coche aparcado frente a ella.
Me pregunto si será suyo. Por la conversación que ha mantenido con la petarda del súper, deduzco que tiene mi edad, por lo que supongo que vive con sus padres.
Lo que me extraña es no haberlo visto antes.
¿Cómo se me puede haber pasado por alto que vivo a cuatro kilómetros de distancia del único chico del mundo capaz de transformarme en una bola de frustración y sofocos?
Me aclaro la garganta antes de decirle:
—Bueno, gracias por el agua.
No veo el momento de escaparme de esta situación tan incómoda. Lo saludo con la mano y echo a correr.
—¡Espera un segundo! —me grita.
Como no me detengo, me adelanta y se pone a correr marcha atrás, con el sol de cara.
—Deja que te rellene la botella. —Me la quita de la mano y, al tirar de ella, me roza la barriga, lo que me deja paralizada—. Enseguida vuelvo —añade antes de salir disparado hacia su casa.
Suerte que no me ve, porque me he quedado boquiabierta.
Este acto de generosidad no pega nada con lo que me han contado sobre él.
¿Sufrirá de verdad un trastorno de personalidad múltiple?
O tal vez se trate de una mutación como la del increíble Hulk.
O algo parecido al extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde.
Me pregunto si Dean será el chico bueno y Holder, el amenazador.
Está claro que Holder es el que he visto antes en el súper. Creo que Dean me gusta mucho más.
Me siento incómoda esperando, por lo que acabo volviendo frente a su casa, aunque me detengo cada pocos pasos para mirar hacia atrás, hacia el camino que me lleva a la mía. No sé qué hacer. Tengo la sensación de que, haga lo que haga, voy a sentir que he tomado una mala decisión.
¿Me quedo?
¿Echo a correr?
¿Me escondo entre los arbustos antes de que salga con un cuchillo y unas esposas?
Lo de escapar corriendo queda descartado cuando abre la puerta y se acerca a mí con la botella llena. Esta vez el sol queda a mi espalda y no tengo que esforzarme tanto para verlo. Y eso no es bueno, porque ahora ya no quiero hacer otra cosa en la vida.
¡Arg! ¡Cómo odio la lujuria!
La. Odio.
Mis neuronas son muy conscientes de que no es una buena persona y, sin embargo, a mi cuerpo no parece importarle lo más mínimo.
Cuando me devuelve la botella, doy otro trago. El calor de Texas es horroroso de por sí, pero, si añadimos la presencia de Dean Holder, es como asomarse a las profundidades del infierno.
—Sobre lo de antes... en el súper... —Hace una pausa, nervioso—. Si te he hecho sentir incómoda, lo siento.
Aunque me sigue faltando el aire, encuentro la manera de responderle:
—No me has hecho sentir incómoda.
«Me has dado un susto de muerte».
Holder entorna los ojos y me examina durante unos instantes.
Hoy me he dado cuenta de que no me gusta que me observen; prefiero pasar desapercibida.
—Y tampoco te estaba entrando —aclara—. Es que te he confundido con otra persona.
—No pasa nada.
Me obligo a sonreír, aunque no me apetece. No lo entiendo. ¿Por qué me siento decepcionada al saber que no quería ligar conmigo? Debería estar dando saltos de alegría.
—No estoy diciendo que no vaya a hacerlo en otra ocasión —añade, sonriendo—. Solo te aclaraba que, en ese momento, no lo estaba haciendo.
«Oh, gracias, Diosito».
Su aclaración me arranca una sonrisa, esta vez real, a pesar de mis esfuerzos por mantener una fachada de indiferencia.
—¿Quieres que te acompañe? —dice señalando la acera.
«Sí, por favor».
—No, no hace falta.
Él asiente con la cabeza, pero insiste: