Lunes, 27 de agosto de 2012. 1647 h
Cuando acabo de guardar la compra, cojo un puñado de chocolatinas de mi alijo y me las guardo en el bolsillo antes de saltar por la ventana y entrar en la habitación de Six, donde la encuentro dormida, pese a que son las cinco de la tarde.
Voy de puntillas a la cama y me arrodillo a su lado.
Lleva una mascarilla facial y se le ha pegado el pelo a la mejilla por culpa de la gran cantidad de baba que se le cae.
Me acerco todo lo que puedo a su cara y grito:
— ¡SIX! ¡DESPIERTA!
Ella se incorpora con tanta brusquedad que no me da tiempo a apartarme.
Me alcanza en el ojo con el codo y termino sentada en el suelo.
Me cubro el ojo dolorido con la mano y me tumbo de espaldas.
Desde el suelo del dormitorio, la miro con el ojo bueno.
Está sentada en la cama, sosteniéndose la cabeza y dirigiéndome una mirada asesina.
—¡Serás capulla! —refunfuña mientras aparta la sábana. Se levanta y se va directa al lavabo.
—Creo que me has puesto el ojo morado —me lamento.
Ella se sienta en el váter sin molestarse en cerrar la puerta.
—Mejor. Te lo mereces. —Corta un trozo de papel higiénico y cierra la puerta con el pie—. Espero que me hayas despertado por algo que valga la pena. Ayer estuve toda la noche haciendo el equipaje.
Six nunca ha sido una persona madrugadora. Siempre está de mala leche por las mañanas y, por lo que parece, tampoco le entusiasman las tardes. Es un ave nocturna. Creo que su momento favorito del día es cuando duerme; supongo que por eso odia tanto tener que despertarse.
Su sentido del humor y su carácter directo son las principales razones de que nos llevemos tan bien.
Las chicas falsas —el prototipo de la animadora— me atacan los nervios.
A Six ni siquiera se le pasaría por la cabeza animar a otros.
Si tuviera una prenda de ropa negra más, podría considerarse gótica.
No tiene nada de falsa. Siempre va de cara y dice lo que piensa, te guste o no.
No hay nada falso en ella..., excepto el nombre.
Cuando tenía catorce años y sus padres le dijeron que se iban de Maine para mudarse a Texas, su forma de rebelarse fue no contestar a su nombre.
El oficial es Seven Marie, pero se negó a responder a otro que no fuera Six para castigarlos por haberla obligado a cambiar de ciudad.
Y, aunque ellos siguen llamándola Seven, el resto del mundo prefiere Six, lo cual prueba lo cabezota que es, tanto como yo, otra de las razones por las que es mi mejor amiga.
—Creo que te alegrarás de que te haya despertado. —Me levanto del suelo y me siento en su cama—. Hoy me ha pasado algo alucinante.
Six abre la puerta del baño y vuelve a la cama. Se tumba a mi lado, se tapa hasta la cabeza, me da la espalda y ahueca la almohada hasta sentirse cómoda.
—Deja que lo adivine. ¿Karen se ha hecho instalar internet por cable?
Yo también me tumbo de lado, me pego más a ella y la abrazo por la cintura.
—Vuelve a intentarlo.
—Has conocido a alguien en clase, te has quedado embarazada y te vas a casar, pero no podré ser tu dama de honor porque estaré en la otra punta del mundo.
—Te has acercado, pero no. —Tamborileo con los dedos sobre su hombro.
—Pues entonces, ¿qué? —salta molesta.
Me tumbo de espaldas y se me escapa un suspiro hondo.
—He ido al súper después de clase y he visto a un tío. ¡Joder, Six, estaba buenísimo! Daba un poco de miedo, pero estaba buenísimo.
Ella se da la vuelta al instante y logra alcanzarme con el codo en el mismo ojo de antes.
—¡¿Qué?! —exclama sin hacer caso de mi gruñido de agonía. Se sienta y me aparta la mano de la cara—. ¡¿Qué?! —vuelve a gritar—. ¿En serio?
Yo permanezco tumbada. Trato de archivar el dolor que me palpita en el ojo y guardarlo para otro momento.
—Ya, tía. En cuanto lo he visto, he sentido que me caía al suelo convertida en un charco. Era... buf.
—¿Has hablado con él? ¿Te ha dado su teléfono? ¿Te ha invitado a salir?
Nunca la había visto tan animada. De hecho, su reacción me parece exagerada y no estoy segura de que me guste.
—Por Dios, Six, cálmate un poco.
Ella me mira con el ceño fruncido.
—Sky, llevo cuatro años preocupada por ti.
Pensaba que no iba a llegar este día. Me parecería genial que fueras gay, que te gustaran los frikis bajitos y escuálidos o los viejos arrugados con penes aún más arrugados, pero me angustiaba que no fueras capaz de experimentar lujuria.
—Se tumba de espaldas con una sonrisa en la cara—.
La lujuria es el mejor de los siete pecados capitales.
Niego con la cabeza, aunque no puedo evitar que se me escape la risa.
—No estoy de acuerdo. La lujuria es una mierda; llevas todos estos años demostrándomelo. Prefiero mil veces la gula.
Para respaldar mis palabras con hechos, me saco una chocolatina del bolsillo y me la meto en la boca.
—Necesito detalles —me pide.
Me echo hacia atrás en la cama y me quedo sentada con la espalda apoyada en el cabecero.
—No sé cómo describirlo. Cuando lo he mirado, no quería dejar de hacerlo.
Me habría quedado observándolo todo el día.
Pero, cuando él me ha devuelto la mirada, me he acojonado.
Era como si le cabreara que me hubiera fijado en él.
Y luego va el tío, me sigue hasta el coche y me exige que le diga cómo me llamo muy mosqueado, como si lo estuviera acosando.
He pasado de desear lamerle los hoyuelos a querer salir pitando de ahí en segundos.
—¿Te ha seguido? ¿Hasta el coche? —me pregunta en tono escéptico.
Se lo confirmo asintiendo con la cabeza antes de contarle la visita al súper con pelos y señales hasta llegar al momento en el que él le ha dado un puñetazo al vehículo en el aparcamiento.
—Madre mía, qué raro todo —comenta cuando termino.
Se sienta a mi lado y se apoya en el cabecero, igual que yo—.
¿Estás segura de que no estaba ligando contigo?
Igual trataba de conseguir tu número. Sé cómo actúas cuando estás con tíos, Sky; te he visto.
Sé que se te da bien disimular lo que sientes y que eres capaz de interpretar lo que quiere un chico, pero tal vez hoy, al sentirte atraída por él de verdad, la intuición te haya fallado. ¿No crees que puede ser eso?
Me encojo de hombros porque quizá tenga razón. A lo mejor malinterpreté su actitud y mi reacción negativa le hizo cambiar de idea sobre invitarme a salir.
—Puede ser. Aunque lo que está claro es que la cosa se ha torcido casi de entrada. Lo echaron del instituto, tiene un carácter de mierda y... es... un caso perdido. No sabría decir cuál es mi tipo de chico, pero sé que no quiero que sea como Holder.
Six me sujeta la cara por las mejillas y me hace girar la cabeza para que la mire a los ojos.
—¿Holder? ¿Has dicho Holder? —Ha levantado una de sus cejas perfectamente depiladas y me dirige una ojeada curiosa.
Pongo morritos porque sigue aplastándome la cara, por lo que asiento en silencio en vez de hablar.
—¿Dean Holder? ¿Pelo castaño alborotado, ojos azules que brillan como brasas y una actitud como si acabara de salir de El club de la lucha ?
Me encojo de hombros.
—Zi, asssción zzzcide —respondo, aunque no se entiende nada porque me sigue apretando los mofletes. Cuando me suelta, lo repito—: Sí, la descripción coincide. —Me llevo las manos a las mejillas y me las masajeo—. ¿Lo conoces?
Ella se levanta y alza las manos al cielo.
—¿Por qué, Sky? De todos los tíos que podrían gustarte, ¿por qué te fijas en Dean Holder?
Parece decepcionada. ¿Por qué se ha alterado tanto? No es por celos. Nunca la había oído hablar de Holder; sé que no ha salido con él. Entonces, ¿por qué la conversación ha pasado de ser excitante a... un auténtico desastre?
—Necesito detalles —repito sus palabras de antes.
Ella gira la cabeza como si quisiera relajarse. Se dirige al armario, saca unos vaqueros de una caja y se los pone sobre la ropa interior.
—Es un capullo, Sky. Iba a nuestro instituto, pero lo mandaron a un centro para delincuentes juveniles a principios del curso pasado. Aunque no lo conozco demasiado, sé que no es el tipo de chico que quieres como novio para tu amiga.
Sus palabras no me sorprenden. Y me gustaría añadir que no me decepcionan, pero mentiría.
—¿Desde cuándo piensas en los chicos como potenciales novios?
Creo que Six no ha tenido ninguna pareja que le haya durado más de un mes.
Ella me mira y se encoge de hombros.
— Touché .
Se pone una camiseta antes de ir al baño a lavarse los dientes, pero no tiene paciencia y sale a la habitación a cepillárselos.
—¿Por qué lo enviaron a un centro de menores? —le pregunto, aunque no sé si quiero saber la respuesta.
Six se saca el cepillo de la boca para responderme.
—Lo detuvieron por un delito de odio. Le dio una paliza a un chico gay del instituto. Estoy casi segura de que fue por un tema de reincidencia.
De nuevo con el cepillo en la boca, regresa al baño para enjuagarse.
¿Un delito de odio? ¿En serio? El corazón me da un vuelco, pero esta vez no en el buen sentido.
Six regresa al dormitorio tras haberse recogido el pelo en una coleta.
—Menuda mierda —comenta mientras rebusca entre sus joyas—. ¿Y si esta es la única vez que encuentras a un tío que te pone cachonda y no vuelve a pasarte nunca más?
Hago una mueca al oírla.
—No me he puesto cachonda, Six.
Ella sacude la mano en el aire.
—Cachonda, atraída, llámalo como quieras —le quita importancia mientras regresa a la cama.
Se deja un pendiente sobre el regazo y se coloca el otro en la oreja—.
Supongo que deberíamos alegrarnos de saber que no estás estropeada del todo.
—Entorna los ojos, se inclina hacia mí y me sujeta por la barbilla para ladearme la cara—. ¿Qué demonios te ha pasado?
Entre risas, ruedo sobre la cama para apartarme del peligro.
—¡Tú! —Me acerco a la ventana—. Necesito aclararme las ideas. Voy a correr un rato. ¿Quieres venir?
Six arruga la nariz.
—Pues... no. Diviértete.
Cuando ya he pasado una pierna sobre el alféizar, me llama.
—Quiero que me lo cuentes todo sobre el primer día de clase. Y tengo un regalo para ti. Luego me paso por tu casa.