Hopeless. Tocando el cielo (Hopeless 1) Lunes, 27 de agosto de 2012. 1555 h #2
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Lunes, 27 de agosto de 2012. 1555 h #2

Sostiene dos bolsas en una mano mientras se rasca la nuca con la otra.

Echo de menos el tiempo de los últimos días.

La lluvia me parece un asco, pero al menos, si lloviera, no estaría aquí plantado ahora mismo.

Cuando nuestros ojos se encuentran, veo que ha cambiado la mirada de desprecio que me ha dirigido en el súper por una sonrisa ladeada que no sé a qué viene y que me parece forzada.

Ahora que lo tengo más cerca, puedo afirmar que lo de mi estómago no tiene nada que ver con un virus.

Me lo está provocando él.

Todo en él me afecta, desde el pelo moreno alborotado hasta los ojos, de un azul oscuro casi eléctrico, sin olvidarme de ese... hoyuelo ni de esos brazos fuertes que me gustaría tocar.

¿Tocar? ¿En serio, Sky? ¡Contrólate!

Todo en él me provoca un fallo multiorgánico: los pulmones no me responden y el corazón se me dispara. Además, tengo el presentimiento de que, si se le ocurriera sonreírme como lo hace Grayson, batiría algún récord mundial en caída libre de bragas.

Cuando logro dejar de observarle el cuerpo y restablecemos el contacto visual, él se suelta la nuca y se cambia las bolsas a la mano izquierda.

—Soy Holder —se presenta, ofreciéndome la derecha.

Yo la observo y doy un paso atrás sin aceptarla. La situación ya es lo bastante incómoda y no quiero empeorarla fiándome de él antes de tiempo. Tal vez, si no me hubiera fulminado con la mirada en el súper, sería más susceptible a su perfección física.

—¿Qué quieres?

Me esfuerzo por mirarlo con desconfianza para no quedarme embobada una vez más.

Se echa a reír, lo que hace que vuelva a aparecer el dichoso hoyuelo, y aparta la vista.

—Emmm... —titubea, lo que no pega nada con su imagen de tipo seguro de sí mismo.

Observa a su alrededor, como si estuviera buscando una vía de escape, y suspira antes de volver a mirarme a los ojos.

Tantas reacciones me están poniendo nerviosa.

Primero parece asqueado por mi presencia y luego sale a perseguirme.

Normalmente se me da bastante bien interpretar a la gente, pero, si tuviera que juzgar a Holder basándome en los dos últimos minutos, me decantaría por un trastorno de personalidad múltiple.

Tanto pasar de una actitud desenfadada a otra intensa me saca de quicio.

—Sé que va a sonar a excusa barata —dice al fin—, pero es que me resultas muy familiar. ¿Podrías decirme cómo te llamas?

Me decepciona comprobar que ha optado por soltar una frase tan poco original.

Al parecer, es uno de esos que saben que son tan atractivos que consiguen que las chicas caigan rendidas a sus pies en cualquier momento y lugar.

De esos que solo tienen que echar mano de una sonrisa ladeada o un hoyuelo para que una chica se derrita cuando le pregunta cómo se llama.

De esos que se pasan los sábados por la noche colándose por las ventanas.

Menuda decepción. Con una mueca exasperada, echo la mano hacia atrás y agarro la manija de la puerta.

—Tengo novio —le digo, aunque no es verdad.

Me doy la vuelta, abro el coche y me siento, pero, cuando me dispongo a cerrar, noto una resistencia que me lo impide. Al levantar la cara, veo que está sujetando la puerta por arriba. La desesperación que hay en sus ojos me causa escalofríos.

¿Me siento así por una mirada? ¿Qué me está pasando? No me reconozco.

—Tu nombre. Es todo lo que te pido.

No sé si debería aclararle que mi nombre no va a ayudarlo nada en sus intentos de acoso. Debo de ser la única chica de diecisiete años que no tiene presencia alguna en internet. Sin soltar la manija, le dirijo una mirada de advertencia mientras le digo:

—¿Te importa?

Señalo con los ojos la mano con la que sujeta la puerta y, al hacerlo, veo el tatuaje que tiene en el antebrazo, donde, escrito en letra pequeña, pone:

Hopeless

Me río por dentro con disimulo. Sin duda, hoy el karma la ha tomado conmigo.

Cuando al fin conozco a un chico que me atrae, resulta ser una perla a la que expulsaron del instituto y que lleva «hopeless» tatuado en el brazo, una palabra que activa todas mis alertas porque, aunque literalmente significa «sin esperanza», se usa tanto para referirse a alguien inútil como a un caso perdido, algo que no tiene remedio.

Sea cual sea la razón que lo llevó a elegirla, no pinta nada bien.

Cabreada, tiro de la puerta, pero él se mantiene firme.

—Tu nombre, por favor.

Me lo ruega con tanta desesperación que no puedo seguir ignorándolo.

—Sky —respondo con brusquedad, movida por la empatía que me provoca el dolor que esconden esos ojos azules, una compasión que no sé de dónde sale ni a qué viene.

Qué rápido me he rendido. Menuda decepción. Enfadada conmigo misma, suelto la puerta y arranco el motor.

—¿Sky? —repite, y, tras unos instantes de reflexión, niega con la cabeza, como si le hubiera dado una respuesta incorrecta—. ¿Estás segura?

¿Me lo está preguntando en serio? ¿Se piensa que soy como Shaylana, que no sabe ni cómo se llama ni por dónde le da el aire? Miro al cielo buscando paciencia y me remuevo en el asiento para sacarme el documento de identidad del bolsillo y plantárselo ante la cara.

—Sí, estoy segura de cómo me llamo.

Cuando voy a guardar el carnet, él suelta la puerta y me lo quita de la mano para observarlo de cerca. Tras examinarlo, le da la vuelta entre los dedos y me lo devuelve.

—Perdona. —Da un paso hacia atrás—. Me he confundido.

Su expresión se endurece mientras me guardo el carnet en el bolsillo. Me lo quedo mirando un instante por si añade algo más, pero se limita a apretar la mandíbula y moverla adelante y atrás mientras me abrocho el cinturón de seguridad.

¿Se va a rendir tan pronto? ¿No va a invitarme a salir, en serio?

Hago el gesto de cerrar la puerta con la esperanza de que vuelva a impedirlo y me suelte otra excusa absurda para proponerme una cita. Cuando no lo hace y se aparta un poco más del coche, me asalta una extraña inquietud. Si su intención no era tontear conmigo, ¿de qué iba todo esto?

Se pasa una mano por el pelo y murmura algo entre dientes, pero la ventanilla está cerrada y no oigo lo que dice.

Meto la marcha atrás y no dejo de observarlo mientras salgo del aparcamiento.

Mientras me alejo, ajusto el retrovisor para echarle un último vistazo y veo que le da un puñetazo al capó de un coche.

Bien hecho, Sky. Ese tío tiene muy mal genio.