Hopeless. Tocando el cielo (Hopeless 1) Lunes, 27 de agosto de 2012. 1555 h
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Lunes, 27 de agosto de 2012. 1555 h

Al final, conocer a Breckin me ha arreglado el día.

Es mormón de verdad y tenemos muchas cosas en común, aunque hay bastantes más en las que no coincidimos, lo que hace que me resulte aún más interesante.

También es adoptado, pero él mantiene una buena relación con su familia biológica.

Tiene dos hermanos que no son adoptados y tampoco homosexuales, por lo que sus padres han llegado a la conclusión de que su «homosexualismo» (es él quien lo ha llamado así, yo solo lo repito) se debe a que no comparten herencia de sangre.

Me ha dicho que sus padres confían en que se le pase cuando termine el instituto y, por si acaso, rezan mucho para ayudar en el proceso, mientras que él está convencido de que lo suyo todavía no ha acabado de florecer del todo y de que, en todo caso, irá a más.

Su sueño es convertirse algún día en estrella de Broadway, aunque reconoce que le falta talento para cantar o actuar, por lo que ha rebajado sus expectativas y se ha decantado por estudiar Administración de Empresas.

Yo le he dicho que quiero graduarme en Escritura Creativa para pasarme el día en chándal y no hacer nada más que escribir libros y comer helado.

Cuando me ha preguntado qué genero quería escribir, le he respondido: «Qué importa el género si el libro es bueno, ¿no?

». Y creo que ese comentario ha acabado de asentar nuestra amistad.

Ya hemos terminado las clases y voy de camino a casa, pero no sé si ir directamente a ver a Six para ponerla al corriente de las novedades, tanto buenas como malas, del primer día o si pasar antes por el súper para conseguir mi chute de cafeína antes de salir a correr.

Al final se impone lo segundo, a pesar de que mi afecto por Six es superior al que siento por el café, aunque sea por poco.

Hacer la compra semanal es mi pequeña aportación a las tareas domésticas.

Todo lo que entra en casa es sin azúcar, sin apenas carbohidratos y sin ningún sabor gracias al estilo de vida vegano y sanísimo de Karen, por lo que enseguida me ofrecí a hacer la compra.

Cojo un pack de seis refrescos y la bolsa más grande de chocolatinas Snickers tamaño mini y lo meto todo en el carro.

Tengo un buen escondite en mi habitación para mis alijos secretos.

Sé que lo normal a mi edad es esconder tabaco o marihuana, pero yo almaceno azúcar.

Cuando llego a la caja, reconozco a la cajera, con la que he compartido clase de lengua a segunda hora.

Estoy casi segura de que se llama Shayna, aunque en la plaquita pone Shayla.

Shayna/Shayla es todo lo que a mí me gustaría ser: alta, voluptuosa y rubia natural.

Yo rozo el metro sesenta en un día bueno y a mi sosa melena castaña le vendrían bien un corte y unas mechas, ya de paso, aunque sería un castigo mantenerlas en condiciones con la cantidad de pelo que tengo.

Me llega unos quince centímetros por debajo de los hombros, pero suelo llevarlo recogido por la humedad que hace siempre aquí, en el sur de Estados Unidos.

—¿Tú no estás en mi clase de ciencias? —me pregunta Shayna/Shayla.

—En lengua inglesa —la corrijo.

Ella me dirige una mirada condescendiente.

—Te he hablado en lengua inglesa. —Se pone a la defensiva—. Te he dicho: «¿Tú no estás en mi clase de ciencias?».

La madre que la parió.

Tal vez no quiera ser tan rubia.

—No, me refería a que vamos juntas a clase de lengua inglesa, no a ciencias.

Ella parece quedarse en blanco durante un instante, pero luego se echa a reír al darse cuenta del malentendido.

—Oh.

Sin apartar la vista de la pantalla de la caja registradora, lee el total. Me llevo la mano al bolsillo trasero para sacar la tarjeta, pagar cuanto antes y librarme así de una conversación poco prometedora.

—Ay, Dios —comenta en voz baja—. Mira quién ha vuelto.

Al fijarme, veo que está observando a alguien que se encuentra a mi espalda, en la otra caja registradora.

Rectifico. Está babeando mientras contempla a alguien en la otra fila.

—Hola, Holder —lo saluda en tono seductor antes de deslumbrarlo con una sonrisa radiante.

¿He comentado ya que Shayna/Shayla tiene unos labios bonitos y carnosos? Pues sí. Y unas pestañas largas que acaba de batir con entusiasmo. La verdad, pensaba que eso solo lo hacían los dibujos animados.

Me vuelvo para averiguar quién es ese tal Holder que ha conseguido eliminar cualquier rastro de dignidad que Shayna/Shayla pudiera tener. El chico la mira e inclina la cabeza con poco interés.

—Hola... —entorna los ojos para leer el nombre de la plaquita—, Shayla —la saluda antes de devolver la atención a su cajero.

¿La está ignorando? Una de las chicas más guapas del instituto se le está ofreciendo en bandeja y él reacciona como si le molestara. ¿Este tipo es humano acaso? No es así como reaccionan los que yo conozco.

Ella resopla.

—Me llamo Shayna. —Parece fastidiarle que él no se acuerde de su nombre.

Me giro hacia la caja y deslizo la tarjeta por el terminal.

—Perdona —se disculpa él—, pero sabes que en la placa pone Shayla, ¿no?

Ella baja la vista hacia su pecho y levanta la plaquita para leerla.

—¿Eh? —Frunce las cejas como si estuviera sumida en una honda reflexión, aunque dudo que sea tan profunda—. ¿Cuándo has vuelto? —le pregunta.

Al parecer, se ha olvidado de que existo. Acabo de pasar la tarjeta y estoy segura de que ella debería hacer algo, pero está demasiado ocupada planificando su boda con este tío como para pensar en sus clientes.

—La semana pasada —responde él en tono cortante.

—¿Te van a dejar volver al insti?

Desde donde estoy, lo oigo suspirar.

—Da igual, no pienso regresar.

Esta última frase hace que Shayna/Shayla pierda interés en él. Hace una mueca exasperada antes de centrarse de nuevo en mí.

—Qué pena que un cuerpo como ese no venga con cerebro incorporado —murmura.

Me cuesta no echarme a reír por la ironía de la situación.

Cuando al fin se pone a teclear en la caja para terminar la transacción, aprovecho que está distraída para volver a girarme.

Me despierta curiosidad este tío que, al parecer, a la rubia de piernas infinitas le resulta tan cargante.

Está buscando algo en su cartera mientras se ríe de lo que le ha dicho el cajero.

En cuando le echo un ojo, me llaman la atención tres cosas:

Unos dientes alucinantemente perfectos escondidos tras su atractiva sonrisa ladeada.

Los hoyuelos que se le forman entre las comisuras de la boca y las mejillas cuando sonríe.

Creo que tengo sofocos.

O tal vez sean mariposas.

O he pillado un virus intestinal en clase.

Es una sensación tan rara que no sé cómo definirla.

No sabría decir qué lo hace distinto a los demás, pero es la primera vez que mi cuerpo muestra una reacción biológica normal delante de otra persona.

Aunque también es cierto que nunca había visto a alguien tan increíble como él.

Está buenísimo. No es un chico mono ni un tipo duro; digamos que está en un perfecto punto medio entre las dos cosas.

No es muy alto, pero, desde luego, no es bajo.

No es demasiado rudo ni demasiado perfecto.

Lleva vaqueros y una camiseta blanca, nada especial.

No estoy segura de que se haya peinado hoy, aunque lo que está claro es que no le vendría mal un corte de pelo, igual que a mí.

Lo lleva tan largo que tiene que apartárselo de los ojos para ver y, al hacerlo, me descubre observándolo.

Mierda.

Mi reacción habitual sería apartar la vista en cuanto se estableciera el contacto visual, pero hay algo en su modo de mirarme que me atrapa.

Deja de sonreír y ladea la cabeza. Luego la sacude y sus ojos adquieren un aire de incredulidad o de...

¿repulsión? No estoy segura de lo que es, pero es obvio que no está sintiendo nada agradable.

Examino mi entorno con la esperanza de que esté mirando a otra persona, pero, cuando me vuelvo hacia él, sigue observándome.

A mí.

Inquieta, por no decir disgustada, me giro a toda prisa hacia Shayla o Shayna o como demonios se llame.

Tengo que recuperar el control. Este tipo acaba de embelesarme y aterrorizarme en menos de un minuto, lo que no es bueno para mi cuerpo, que sigue privado de cafeína.

Preferiría que me mirara con la misma indiferencia que ha mostrado ante Shay-la-na.

Acepto el recibo que me da y me lo guardo en el bolsillo.

—¡Eh! —exclama el chico en tono exigente.

Su voz profunda me roba el aliento. No sé si me está hablando a mí o a Shaylana, por lo que agarro las bolsas de la compra y me dispongo a salir de allí con la esperanza de llegar al coche antes de que él acabe de pagar.

—Creo que está hablando contigo —me advierte Shaylana.

Sin hacerle caso, salgo del súper y me dirijo al coche a toda prisa. Cuando llego, se me escapa un suspiro de alivio mientras abro la portezuela de atrás para dejar las cosas.

¿Qué demonios me pasa? ¿Un chico guapo trata de hablar conmigo y salgo corriendo? No soy tímida con los tíos; al contrario, soy más bien descarada. Y, sin embargo, la primera vez que siento lo que podría ser atracción por alguien, salgo huyendo.

Six me va a matar.

Pero es que esa mirada tenía algo muy perturbador. Me ha hecho sentir incómoda, cohibida y, al mismo tiempo, halagada. Los chicos no suelen despertar reacciones en mí, y mucho menos más de una al mismo tiempo.

—¡Eh!

Me quedo de piedra. Ahora sí que no hay duda de que se dirige a mí.

Todavía no sabría decir si lo del estómago son mariposas o un puñado de virus, pero, en cualquier caso, no me gusta el modo en que su voz se me cuela hasta las entrañas. Tensa, me vuelvo hacia él despacio y me doy cuenta de que mi experiencia con los chicos no me ha servido para ganar confianza.