Hopeless. Tocando el cielo (Hopeless 1) Lunes, 27 de agosto de 2012. 715 h
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Lunes, 27 de agosto de 2012. 715 h

Esta mañana tenía pensado ir a correr, aunque al final se me han pegado las sábanas.

Salgo a correr todos los días, menos los domingos, pero hoy me ha parecido excesivo tener que madrugar más de lo necesario.

El primer día de curso ya es una tortura en sí mismo, así que he decidido dejar lo del ejercicio para después de las clases.

Por suerte, tengo coche propio desde hace casi un año, por lo que no dependo de nadie para llegar al instituto a tiempo.

De hecho, no es que haya llegado puntual, sino que me he plantado aquí cuarenta y cinco minutos antes.

Solo hay tres vehículos en el aparcamiento, por lo que al menos he pillado buen sitio.

Aprovecho este rato para cotillear las instalaciones deportivas que hay al lado. Si quiero entrar en el equipo de atletismo, debería saber adónde dirigirme. Mejor eso que quedarme media hora en el coche, contando los minutos.

Cuando llego a la pista, veo a un tipo corriendo en el otro lado y decido subir a lo más alto de las gradas para echar un vistazo a este nuevo entorno.

Desde aquí arriba se ven las instalaciones al completo.

El instituto no me resulta tan grande ni tan intimidante como me imaginaba.

Six me dibujó un mapa e incluso anotó algunas cosas para ayudarme a integrarme.

Lo saco de la mochila y lo examino. Creo que lo hizo para compensarme por haberme abandonado.

Mientras contemplo las instalaciones, las voy cotejando con el mapa. No parece complicado. Las clases están en el edificio de la derecha; el comedor, en el de la izquierda. Las pistas y los campos deportivos, detrás del gimnasio. Luego me pongo a leer la lista de consejos, que es bastante larga.

Ni se te ocurra usar el baño que hay junto al laboratorio de ciencias. Nunca jamás.

Cuélgate la mochila de un hombro, nunca de los dos. Es de pringados.

Comprueba siempre la fecha de caducidad de la leche.

Hazte amiga de Steward, el conserje. Es un buen aliado.

Procura evitar la cafetería, pero, si hace mal tiempo, entra con decisión y muéstrate segura. Pueden oler el miedo.

Si te toca el señor Declare en mates, siéntate en la última fila y no establezcas contacto visual bajo ningún concepto. Le gustan las colegialas, ya me entiendes. O, bueno, siéntate en primera fila. Así tendrás el sobresaliente asegurado.

La lista es más larga, pero no puedo seguir leyendo porque me he quedado dándole vueltas a lo de que «pueden oler el miedo».

En ocasiones como esta, desearía tener un móvil, porque llamaría a Six ahora mismo y le pediría una explicación.

Doblo la nota antes de guardarla en la mochila y me fijo en el corredor solitario.

Se ha sentado a estirar en medio de la pista, de espaldas a mí.

No sé si es alumno o monitor, pero, si Grayson viera a este tipo sin camiseta, probablemente no iría enseñando sus abdominales con tanta alegría.

El chico se levanta y se dirige hacia las gradas sin mirarme en ningún momento.

Cruza la verja y se acerca a uno de los coches aparcados.

Abre la puerta, saca una camiseta y se la pone.

Cuando entra en el vehículo y se marcha, me doy cuenta de que el aparcamiento se está empezando a llenar a buen ritmo.

Ay, madre.

Cojo la mochila y paso los brazos por las dos correas —expresamente— antes de bajar la escalera que lleva directa al infierno.

¿He dicho infierno? Pues me he quedado corta.

El instituto es tan malo como temía, o peor.

Las clases no están tan mal, pero la necesidad me ha obligado a utilizar el baño que hay junto al laboratorio y, aunque he sobrevivido, me temo que voy a quedar traumatizada de por vida.

Si Six hubiera especificado en su nota que se usa más como picadero que como lavabo, me habría ahorrado el susto.

Vamos ya por la cuarta clase y he escuchado las palabras «zorra» y «puta» en boca de casi todas las chicas con las que me he cruzado.

Y, hablando de gente poco sutil, al abrir la taquilla, me he encontrado con una montaña de billetes de un dólar que han ido a parar al suelo junto con una nota, aunque no precisamente de bienvenida.

A pesar de que está firmada por el director, dudo mucho que la haya escrito él, ya que han puesto: «Siento no haver encontrado una barra de estriptis, zorra».

Sí, «haver» , con uve, pero podría haber sido peor; al menos han puesto la hache.

Me quedo mirando la nota con una sonrisa tensa; me temo que este va a ser mi sino durante los próximos dos semestres.

Sea como sea, no puedo quejarme. Me he metido en este lío yo solita.

Admito que pensaba que este tipo de cosas solo pasaban en los libros, aunque estoy comprobando de primera mano que los idiotas existen.

Bueno, ojalá todas las novatadas que me gasten sean como esta.

¿Qué clase de cretino se desprende de dinero para insultar? Supongo que uno rico. O más de uno.

Estoy segura de que el grupito de chicas —vestidas con ropa escasa pero cara— que se están riendo a mi espalda esperan que suelte las cosas y me vaya corriendo a llorar al baño más cercano. Lo que pasa es que no tienen en cuenta tres cositas:

Yo no lloro. Jamás.

Ya he ido a ese baño y no pienso volver.

Me gusta el dinero. ¿Por qué iba a salir corriendo?

Dejo la mochila para recoger los billetes de un dólar. Hay al menos veinte esparcidos por el suelo y más de diez dentro de la taquilla. Cojo esos también y me lo guardo todo. Cambio los libros, cierro la taquilla, vuelvo a colocarme la mochila sobre los dos hombros y sonrío.

—Dadles las gracias a vuestros papis de mi parte.

Paso frente al grupito de chicas —que ya no se ríen— y me alejo sin hacer caso de sus miradas.

A la hora de comer veo que llueve y que el patio está lleno de charcos. Al parecer, el karma ha decidido castigar a alguien con mal tiempo. Lo que no me queda claro es a quién.

«Vamos, tú puedes».

Apoyo las manos en las puertas de doble hoja de la cafetería y las abro como si esperara que fueran a recibirme con una lluvia de fuego y azufre, pero no.

Lo que me encuentro al cruzar el umbral es un nivel de decibelios al que no había tenido que enfrentarme jamás.

Es como si cada persona tratara de hablar más alto que el resto para hacerse oír.

Al parecer, en este instituto todos quieren superar a los demás.

Me esfuerzo por aparentar aplomo porque no quiero llamar la atención de nadie: ni de los tíos, ni de los grupitos de chicas, ni de los marginados, ni, sobre todo, de Grayson. Llego sana y salva a la mitad de la cola, pero alguien me agarra por el brazo y me arrastra tras de sí.

—Te estaba esperando —comenta.

No le veo la cara porque camina delante de mí, sorteando las mesas. Aunque protestaría por su falta de modales, la verdad es que esto es lo más interesante que me ha pasado en todo el día.

Me suelta el brazo solo para agarrarme de la mano y poder ir más deprisa. Dejo de resistirme y le sigo la corriente.

Desde atrás al menos parece tener estilo, aunque sea un estilo peculiar.

Lleva una camisa de franela con un ribete del mismo tono fucsia que los zapatos.

Los pantalones negros, muy ceñidos, le favorecerían mucho...

si fuera una chica. Pero en él solo resaltan lo flaco que está.

Tiene el pelo castaño, corto por los lados y más largo por encima, y sus ojos...

están fijos en mí. No me he dado cuenta de que nos hemos detenido y me ha soltado la mano.

—Pero si es la mismísima puta de Babilonia —son sus palabras de presentación.

A pesar de la dureza de la frase, su sonrisa me parece adorable y su expresión hace que me caiga bien desde el primer momento.

Se sienta y me invita con un gesto a hacer lo mismo.

Aunque está solo, frente a él hay dos bandejas.

Mientras empuja una de ellas hacia el sitio libre que tiene delante, añade—: Siéntate. Hemos de discutir una alianza.

En vez de hacerle caso, dedico unos instantes a evaluar la situación.

No tengo ni idea de quién es este chico que actúa como si me hubiera estado esperando.

No puedo pasar por alto que acaba de llamarme «puta» y, por lo que parece, me está invitando a comer.

Lo miro de reojo, tratando de descubrir sus intenciones, y es entonces cuando me fijo en la mochila abierta que hay a su lado, en otra silla.

—¿Te gusta leer? —Señalo el libro que asoma porque no es un libro de texto, sino uno de verdad, algo que pensaba que se había perdido en este mundo de obsesos de internet.

Me inclino sobre la mesa para apoderarme de él y solo entonces me siento frente al chico—.

¿De qué género es? Y, por favor, no me digas ciencia ficción.

Él se echa hacia atrás en la silla y sonríe como si acabara de ganar una partida de algo. Bueno, me he sentado; supongo que es una victoria para él.

—¿Qué importa el género si el libro es bueno?

Lo hojeo, pero no logro decidir si es una novela romántica o no. Soy muy fan de ese género y, por las pintas del chico que tengo delante, es posible que él también.

—¿Lo es? —Sigo hojeando—. ¿Es bueno?

—Sí, y quédatelo. Acabo de terminarlo en la hora de laboratorio.

Lo miro y veo que sigue teniendo la cara resplandeciente por la victoria. Tras guardarme el libro en la mochila, me echo hacia delante para inspeccionar el contenido de la bandeja. Lo primero que hago es comprobar la fecha de caducidad de la leche. Todo en orden.

—¿Cómo sabes que no soy vegetariana? —Señalo la pechuga de pollo que hay en la ensalada.

—Apártala.

Cojo el tenedor, pincho un trozo y me lo llevo a la boca.

—No hace falta porque no lo soy, estás de suerte.

Él sonríe mientras coge el tenedor y empieza a comer.

—¿Contra quién vamos a formar una alianza? —Siento curiosidad por saber por qué me ha elegido a mí.

Mira a su alrededor, levanta la mano y la hace dar vueltas como un remolino.

—Idiotas, musculitos sin cerebro, mojigatos, zorras...

Cuando la baja, me fijo en que lleva las uñas pintadas de negro. Él se da cuenta y se las observa haciendo un mohín.

—Hoy me las he pintado así para que hagan juego con mi estado de ánimo, pero, si aceptas mi propuesta, tal vez elija un color más alegre. ¿Qué tal amarillo?

Niego con la cabeza.

—Odio el amarillo. Déjatelas negras, van a juego con tu corazón.

Entonces suelta una carcajada. Su risa, franca y genuina, me hace sonreír. Me gusta... este chico del que no conozco ni el nombre.

—¿Cómo te llamas?

—Breckin. Y tú eres Sky. Al menos espero que lo seas. Supongo que debería haber confirmado tu identidad antes de soltarte todos los detalles de mi malvado plan para dominar el instituto mediante una alianza de dos personas.

—Soy Sky, y no tienes de qué preocuparte porque todavía no me has contado nada. Confieso que siento curiosidad por saber cómo has sabido quién era. Conozco a cuatro o cinco tíos de por aquí y me he liado con todos ellos, pero tú no estás en la lista. ¿De qué me conoces?

Por un instante, me parece distinguir un destello de lástima en sus ojos. Por suerte para él, no es más que eso. Luego Breckin se encoge de hombros.

—También soy nuevo por aquí. Y, por si no lo has deducido al ver mi impecable gusto en el vestir, debes saber que soy... —se inclina hacia mí y se cubre la boca con la mano para decirme en confidencia—: mormón.

Me echo a reír.

—Y yo pensando que ibas a salir del armario.

—También soy gay, obvio. —Hace un gesto con la muñeca antes de apoyar la barbilla en ambas manos y echarse hacia delante—.

Lo digo en serio, Sky. Me he fijado en ti durante la clase y es evidente que eres nueva.

Y, después de ver el numerito del dinero en la taquilla y, sobre todo, tu manera de reaccionar, he sabido que estamos hechos el uno para el otro.

Tal vez, si unimos fuerzas, podamos evitar dos suicidios de adolescentes este curso.

¿Cómo lo ves? ¿Quieres ser mi favoritísima amiga del mundo mundial?

Me echo a reír de nuevo porque ¿cómo no hacerlo?

—Claro, pero, si el libro no me gusta, me reservo el derecho a cambiar de idea.