Hopeless. Tocando el cielo (Hopeless 1) Sábado, 25 de agosto de 2012. 2350 h #2
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Sábado, 25 de agosto de 2012. 2350 h #2

Fijo la vista en las estrellas de plástico que hay pegadas en el techo de mi habitación, de esas que brillan en la oscuridad, vagamente consciente de que sus labios han cambiado de rumbo y se dirigen hacia mi pecho.

Hay setenta y seis. Me refiero a las estrellas.

Lo sé porque, durante estas últimas semanas, he tenido tiempo de contarlas mientras me encontraba en esta misma situación incómoda: tumbada en la cama, sin reaccionar al asalto de los labios curiosos y entusiastas de Grayson mientras él me explora la cara, el cuello y, a veces, el pecho.

¿Por qué se lo permito si no estoy interesada?

Nunca he sentido una conexión emocional con ninguno de los chicos con los que me he liado.

O, para ser más exactos, los chicos que se han liado conmigo.

Por desgracia, no hay sensaciones recíprocas.

Solo una vez un tío estuvo a punto de provocarme una reacción, aunque al final resultó que eran alucinaciones mías.

Se llamaba Matt y salimos durante casi un mes, pero era peculiar y me harté de sus rarezas.

Como lo de negarse a beber agua embotellada a menos que fuera con pajita. O que se le abrieran las ventanas de la nariz justo antes de besarme. O que me soltara un «te quiero» cuando solo llevábamos tres semanas saliendo.

Sí, esa fue la gota que colmó el vaso. Hasta la vista, cariño.

Six y yo hemos comentado muchas veces lo de mi falta de reacción física a los tíos.

Durante un tiempo, sospechamos que tal vez yo fuera lesbiana, pero, tras hacer la prueba —con un beso corto e incómodo que nos dimos a los dieciséis años—, llegamos a la conclusión de que no era el caso.

No es que no disfrute al liarme con tíos; si no, no lo haría.

Sin embargo, no comparto los motivos que hacen disfrutar a otras chicas.

Nunca me ha parecido que caminaba a tres metros sobre el suelo ni se me ha llenado el estómago de mariposas.

La idea de caer rendida a los pies de alguien me resulta difícil de concebir.

La auténtica razón por la que me gusta enrollarme con chicos es porque, durante ese rato, desconecto del mundo y no siento nada.

Y es en esos momentos de desconexión —como el que estoy compartiendo con Grayson— cuando mi mente me deja en paz. Resulta una sensación agradable.

Mientras contemplo las diecisiete estrellas que hay en el cuadrante superior derecho del cúmulo estelar del techo, algo me hace volver a la realidad de manera brusca.

Grayson acaba de saltarse las barreras que habíamos establecido.

Me ha desabrochado los vaqueros y está colando los dedos bajo la goma de mis bragas de algodón.

—No, Grayson —susurro mientras le aparto la mano.

Él gruñe y apoya la frente en la almohada.

—Venga ya, Sky.

Está jadeando; noto su aliento en el cuello. Luego se apoya en el brazo y me mira, tratando de seducirme con una sonrisa.

¿He mencionado ya que soy inmune a su sonrisa castigadora?

—¿Hasta cuándo vas a seguir así?

Me planta la mano en la tripa y vuelve a deslizarme los dedos bajo los vaqueros, lo que me provoca un escalofrío.

—¿Así cómo?

Trato de quitármelo de encima, a lo que él reacciona flexionando los brazos y observándome desde arriba como si no me enterara de nada.

—Fingiendo que eres una buena chica, Sky. Estoy harto. Vamos a hacerlo de una vez.

Sus palabras me recuerdan que, a pesar de lo que se dice por ahí, no me acuesto con el primero que pasa.

Nunca he llegado hasta el final con ninguno de los chicos con los que me he liado, ni siquiera con Grayson, que sigue contemplándome enfurruñado.

Se podría pensar que mi falta de respuesta sexual haría que acostarme con cualquiera fuera más sencillo a nivel emocional, pero soy consciente de que eso es lo que hace que no me convenga tener relaciones completas.

Sé que, cuando cruce esa línea, las habladurías que circulan sobre mí dejarán de ser chismes y se convertirán en hechos, y lo que menos necesito en este momento es validar ningún rumor.

Creo que estoy a punto de llegar a los dieciocho años virgen por pura cabezonería.

Grayson lleva ya diez minutos aquí, pero acabo de darme cuenta de que apesta a alcohol.

—Estás borracho. —Le doy un empujón en el pecho—. Te dije que no vinieras así nunca más.

Cuando se echa a un lado, me levanto, me abrocho los vaqueros y tiro de mi camiseta hacia abajo. Me alegro mucho de que haya bebido; así tengo una excusa para echarlo, porque quiero que se largue de una vez.

Él se sienta en el borde de la cama, me agarra por la muñeca y tira de mí. Me abraza y me apoya la cara en la tripa.

—Lo siento —se disculpa—. Es que te deseo tanto que no creo que pueda soportar seguir viniendo si no puedo hacerte mía.

Baja las manos para agarrarme por las nalgas y me besa en la franja de piel que queda al descubierto entre la camiseta y los pantalones.

—Pues no vuelvas.

Hago una mueca y me aparto de él, harta.

Me dirijo a la ventana y, al correr la cortina, veo que Jaxon sale de la habitación de Six.

Al parecer, ambas hemos logrado condensar esta visita de una hora en diez minutos.

Cuando cruzo la mirada con mi amiga, le veo cara de necesitar un cambio y sé que a Jaxon se le ha acabado el tiempo.

Six sale por la ventana detrás de su cita y se acerca a mí.

—¿Grayson también está borracho?

Asiento con la cabeza.

—Strike tres.

Me vuelvo hacia Grayson, que sigue tumbado en la cama ajeno al hecho de que ya no es bienvenido en esta casa. Me acerco, le recojo la camiseta y se la lanzo a la cara.

—Largo.

Él me mira y alza una ceja. Cuando se da cuenta de que no estoy bromeando, se levanta con desgana. Se pone los zapatos enfurruñado como un niño pequeño, y yo me hago a un lado para dejarlo pasar.

Six espera a que él salga por la ventana para saltar dentro. Uno de los chicos murmura la palabra «putas» mientras se alejan. Six hace una mueca y asoma la cabeza al exterior.

—Qué curioso que nos hayamos ganado ese nombre, porque no os habéis comido una mierda, idiotas. —Cierra la ventana y se dirige a la cama, donde se deja caer con las manos cruzadas detrás de la nuca—. Y otro más que muerde el polvo.

Me echo a reír, pero se me quitan las ganas de golpe cuando oigo que llaman a la puerta con fuerza. Abro al momento y me hago a un lado, preparada para que Karen entre hecha una furia. Su instinto maternal no me decepciona. Una vez dentro, mira a su alrededor hasta que localiza a Six.

—Mierda. —Se vuelve hacia mí y se lleva las manos a las caderas—. Habría jurado que había chicos por aquí —comenta con el ceño fruncido.

Me acerco a mi amiga y trato de disimular el pánico que me recorre las venas.

—¿Y suenas decepcionada porque...?

De verdad que a veces no entiendo sus reacciones. Como he dicho antes...

Contradictoria.

—Cumples los dieciocho dentro de un mes. A este paso, va a llegar el día y todavía no habré podido castigarte ni una vez. Tienes que empezar a desmelenarte un poco, chiquilla.

Suspiro aliviada al darme cuenta de que está bromeando. Que confíe tanto en mí casi me obliga a sentirme culpable. No hace ni cinco minutos que me estaban metiendo mano aquí mismo. Todavía no me he calmado y el corazón me late con tanta fuerza que me extraña que no lo oiga.

—¿Karen? —la llama Six a mi espalda—. Si te hace sentir mejor, nos acabamos de liar con dos tíos buenos, pero los hemos echado justo antes de que entraras porque iban borrachos.

Boquiabierta, me vuelvo hacia mi amiga y le digo con la mirada que el sarcasmo no tiene gracia cuando se refiere a algo real.

Pero Karen no está de acuerdo porque se echa a reír.

—Bueno, tal vez mañana encontréis a otros que estén sobrios.

Al menos ya no tengo que preocuparme de que oiga mi corazón desbocado porque acaba de detenerse.

—Sobrios, ¿eh? —Six me guiña el ojo—. Algo encontraremos.

—¿Te quedas a dormir? —le pregunta mi madre mientras se dirige a la puerta.

Mi amiga se encoge de hombros.

—Creo que iremos a mi casa esta noche. Es la última semana que podré dormir en mi habitación, al menos hasta dentro de seis meses. Además, Channing Tatum nos espera en la pantalla plana.

Me vuelvo hacia Karen porque lo veo venir.

—No, mamá. —Me acerco a ella, pero es inútil: ya se le empiezan a empañar los ojos—. No, no, no.

Cuando llego a su lado, ya es tarde. Está llorando a mares, y si hay algo que no puedo soportar son las lágrimas. No porque me emocione, sino porque me cabrea mucho. Es muy incómodo.

—Solo uno más —dice mientras corre hacia Six.

Hoy debe de haberla abrazado al menos diez veces. Creo que le apena más que a mí que se marche. Mi amiga le devuelve el undécimo abrazo y me guiña el ojo por encima del hombro de mi madre. Me veo obligada a separarlas para que Karen se marche de una vez.

De nuevo junto a la puerta, se vuelve hacia nosotras.

—Espero que encuentres un novio italiano —le desea a Six.

—Espero que más de uno.

Cuando mi madre cierra la puerta, me lanzo de un salto sobre la cama y le doy un puñetazo a Six en el brazo.

—Pedazo de zorra —le digo—. No ha tenido gracia, casi nos pilla.

Ella se ríe y me da la mano antes de levantarse.

—Vamos, hay helado de chocolate en casa.

—¿Con nueces y malvaviscos?

—Por supuesto.

No tiene que decírmelo dos veces.