Hopeless. Tocando el cielo (Hopeless 1) Lunes, 27 de agosto de 2012. 1725 h #3
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Lunes, 27 de agosto de 2012. 1725 h #3

No sé por qué la sugerencia suena más atractiva cuando sale de sus labios y no de los de mi madre, pero el caso es que asiento en silencio. Y trago saliva. Y contengo el aliento. Y junto los muslos. Y trato de incorporarme porque, si sigue así, tan cerca de mí, voy a desmayarme otra vez.

Cuando se da cuenta de que quiero sentarme, me sujeta por el codo para ayudarme.

Karen regresa con un zumo de naranja. Sus pociones son tan amargas que tengo que tomármelas con zumo para no escupirlas.

Le quito el vaso de la mano y me lo bebo todo de un trago.

Nunca me lo había terminado tan deprisa, pero es que quiero que mi madre vuelva a la cocina.

—Disculpa, no me he presentado —le dice a Holder—. Soy Karen Davis.

Él se levanta y le estrecha la mano.

—Dean Holder, pero mis amigos me llaman Holder.

Me da envidia que le esté tocando la mano. Quiero sacar número y ponerme a la cola.

—¿De qué os conocéis Sky y tú?

Él baja la vista hacia mí al mismo tiempo que yo levanto la cara hacia él. La sonrisa que me dirige es muy discreta, pero no me pasa desapercibida.

—En realidad, no nos conocemos —responde—. Podríamos decir que estaba en el lugar adecuado en el momento oportuno.

—Pues gracias por ayudarla. No sé por qué se ha desmayado, es la primera vez que le pasa. —Baja la vista hacia mí—. ¿Has comido algo hoy?

—Un poco de pollo al mediodía. —Le oculto lo de la chocolatina que me he tomado antes de salir a correr—. La comida de la cafetería es una mierda.

Ella hace una mueca de exasperación y levanta las manos al cielo.

—¿Has salido a correr sin tomar nada antes?

Me encojo de hombros.

—Se me ha olvidado. No suelo ir a estas horas.

Mientras regresa a la cocina con el vaso, la oigo suspirar con fuerza.

—No quiero que vayas a correr, Sky. ¿Qué habría pasado si te hubieras desmayado estando sola? Además, entrenas demasiado.

¿De qué va? No pienso dejar de correr.

—Una cosa —interviene Holder al ver que palidezco aún más—.

Vivo bastante cerca, en Ricker, y paso por aquí delante todas las tardes cuando voy a correr —le dice a Karen, aunque sé que está mintiendo.

Me habría fijado en él—. Si se va a quedar más tranquila, estaré encantado de acompañarla algunos días cuando salga a entrenar por las mañanas.

Normalmente a esas horas corro en la pista del instituto, pero no me importa cambiar de rutina.

Por seguridad, para asegurarnos de que no le vuelve a pasar.

Ah.

Al fin se me enciende la bombilla. Ya sabía yo que esos abdominales me sonaban de algo.

Karen regresa al salón y alterna la mirada entre los dos. Sabe lo mucho que me gusta salir a correr sola, pero veo en sus ojos que se quedaría más tranquila si alguien me acompañara.

—Me parece bien —se vuelve hacia mí—, si Sky está de acuerdo.

«Sí, sí. Voto a favor. Aunque solo si Holder va sin camiseta».

—Vale —accedo.

Empiezo a levantarme, pero no lo consigo del todo porque la cabeza me sigue dando vueltas. Supongo que estoy muy pálida, porque Holder se apresura a apoyarme la mano en el hombro para que me siente de nuevo.

—Despacio —me aconseja, luego se vuelve hacia Karen y le pregunta—: ¿Tiene galletas saladas? Creo que le vendrían bien.

Mientras ella se dirige a la cocina, Holder me mira preocupado.

—¿Seguro que estás bien?

Cuando me acaricia la mejilla con el pulgar, me estremezco, y a él se le escapa una sonrisa canalla al darse cuenta de que trato de disimular la piel de gallina de los brazos. Mira hacia la cocina de reojo antes de volver a clavarme la vista.

—¿A qué hora quieres que venga a acosarte mañana? —susurra.

—¿A las seis y media? —propongo casi sin aliento.

—Me parece bien.

—Holder, no tienes por qué hacerlo.

Me examina en silencio con sus hipnóticos ojos azules durante unos instantes. Cuando empieza a hablar, soy yo la que se queda callada observando su boca y comprueba que sus labios son igual de hipnóticos.

—Ya sé que no tengo por qué, Sky. Hago lo que quiero. —Se inclina hacia mí y me susurra al oído—: Y lo que quiero es correr contigo.

Se echa hacia atrás y me contempla. Supongo que debería decirle algo, pero el caos que desfila entre mi mente y mi estómago me lo impide.

Karen regresa con las galletas saladas.

—Cómetelas. —Me las pone en la mano.

Holder se levanta para despedirse de ella y luego se vuelve hacia mí.

—Cuídate. Nos vemos mañana.

Asiento con la cabeza y lo observo mientras se marcha. Incluso después, cuando ya se ha cerrado la puerta, soy incapaz de apartar los ojos de ella. Estoy fatal. He perdido el control de mí misma por completo. ¿Es esto lo que tanto le gusta a Six? ¿Estoy sintiendo deseo? ¿Lujuria?

Pues la detesto. No podría odiar más esta sensación tan bonita y mágica.

—Qué chico más agradable —comenta Karen—. Y guapo. —Se vuelve hacia mí—. ¿No lo conoces?

Me encojo de hombros.

—Me han hablado de él —admito.

Pero no le explico nada más porque, si supiera que el chico al que acaba de designar como mi acompañante es un desastre sin remedio, le daría un ataque. Cuanto menos sepa de Dean Holder, mejor para las dos.