Homicidio en el puerto de Sète (Misterios entre canales y croissants 3) Chapter 4 #4
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Chapter 4 #4

—No. Pero mejora a quien lo compra.

Tras pensarlo, respondió: —A veces.

Dos filetes: Elodie eligió uno para sí y otro para Pistou. Después de una pausa brevísima, añadió un poco más, porque ya se había acostumbrado a contar con el huésped.

—Este —dijo el vendedor, tomando de la bandeja otro trocito y colocándolo sobre el papel antes de cerrar el envoltorio—. Para su gato.

—Ahora mismo tengo más de un gato en circulación.

—Entonces alguno saldrá beneficiado —dijo.

—Gracias —dijo Elodie.

Tras envolver bien el paquete, el vendedor anotó el precio con un bolígrafo y se lo entregó. Elodie sintió el papel frío en la palma y percibió enseguida el olor limpio del pescado.

Después permaneció un momento ante Les Halles, con el pan bajo un brazo y el queso y el pescado en la bolsa, donde las provisiones compartían espacio con una prueba que había cambiado el caso.

Comida y móvil. Compras del mercado y la certeza de que toda una ciudad había sido el público de una historia de amor que, orgullosa, había interpretado como una muestra de ingenio local.

Lo ordinario y lo extraordinario no se turnaban; regresaban juntos a casa.

Desde el mercado emprendió el regreso hacia el Canal Royal.

A lo largo del recorrido del desfile, todo admitía ahora otra lectura.

Las banderolas aún colgaban, aunque algunas ya habían empezado a perder tensión y a plegarse sobre sí mismas con la ligera brisa.

Seguían allí las plataformas desde las que la gente había vitoreado.

La disposición del muelle donde Marcel había ejercido de juez seguía evocando autoridad, incluso en su ausencia.

El agua discurría entre bordes de piedra sin guardar rastro de lo ocurrido, con la misma indiferencia inquietante.

Por allí habían pasado embarcaciones al son del oboe y el tambor.

Barcas rojas para los casados, azules para los solteros.

Lanzas alzadas. Ropa blanca que destacaba sobre el agua del canal.

La tradición representándose a sí misma y, bajo ella, cada intercambio público entre Aurélien y Marcel escenificado para una ciudad convencida de comprender lo que veía.

Ahora contemplaba todo el recorrido de otra manera.

El desfile no había sido solo un espectáculo.

Había sido un escenario en el sentido más pleno.

Cada comentario mordaz de Aurélien. Cada frío intercambio público.

Cada ocasión en que Marcel se abstuvo de responder y acentuó así la impresión de desprecio.

Todo había sido una representación, pero no una representación falsa.

Esa era la trampa. Había habido hostilidad real y afecto real al mismo tiempo: la primera ocultaba al segundo, porque el afecto solo podía sobrevivir bajo aquella máscara.

Treinta años de odio escenificado, aplaudido como parte del carácter local. Treinta años de una ciudad admirando el estilo de una herida sin saber que disfrutaba de ella.

Junto a la barandilla del canal, Elodie se quedó observando a dos muchachos vestidos de blanco que llevaban material hacia una furgoneta para guardarlo, mientras un hombre mucho mayor corregía la forma en que lo sujetaban más por principios que por necesidad.

El deporte continuaría. El festival continuaría.

El año siguiente, y el siguiente, grabarían otro nombre en el escudo del museo.

La tradición era más grande que cualquier pena individual.

Aquella verdad no era consoladora ni cruel. Era así como funcionaba todo.

Cuando regresó a Le Livre Vagabond al mediodía, el puerto parecía a la vez más pequeño y más acogedor que por la mañana.

Pistou ocupaba la tumbona como si hubiera pasado todo aquel tiempo preservando la integridad moral del barco en su ausencia.

El gato gris estaba en la popa; ya había llegado, ya esperaba, con esa actitud paciente y un poco ceremoniosa de los gatos mayores que han aprendido que los humanos suelen tener buenas intenciones, pero no son de fiar con los horarios. Allí estaba otra vez.

Al subir a bordo, Elodie dejó la bolsa del mercado y notó bajo los pies ese leve balanceo que le anunciaba que estaba en casa, algo que ninguna habitación en tierra podía ofrecerle.

Pistou le dirigió una mirada que contenía un leve reproche por haberse marchado y el perdón inmediato ahora que había vuelto cargada de paquetes.

El gato gris no se movió. Su dignidad no le permitía correr a recibir a la gente por el mero hecho de que llevara pescado.

—Muy bien —les dijo Elodie a ambos—. El restaurante está abierto.

En la cocina sacó el pan, el queso y el pescado.

Un trozo para Pistou. Otro para el huésped.

Su propio almuerzo sería más sencillo: pan, queso y unas rodajas de tomate que había acabado comprando casi sin darse cuenta, después de aquel primer despliegue de rojos en el mercado. Alimentó primero a los gatos.

Pistou comió con la serena certeza de una criatura que daba por sentado que recibir alimento era la recompensa natural por ser él mismo.

El gato gris comía de otra manera: con cautelosa rapidez, como si aún no acabara de confiar en que fueran a alimentarlo con regularidad.

Elodie volvió a fijarse en ello y siguió sin comprender.

Sacó el almuerzo a cubierta. Pan. Queso.

Tomate. Agua en un vaso. Dos gatos situados en extremos opuestos del mismo mundo estrecho, una disposición ya lo bastante familiar para que ella le hubiera dado un nombre en privado y hubiera dejado de cuestionarla.

Pistou se le subió al regazo después de comer, porque tanto las sillas como los regazos eran preferibles a permanecer de pie una vez concluida la labor.

El gato gris siguió en la popa, ahora medio acurrucado, con los ojos entornados contra la luz, justo donde había elegido estar durante su desplazamiento diario.

A su alrededor, la vida del puerto seguía su curso.

Una embarcación turística entró demasiado deprisa y un hombre del muelle, cuya vida emocional entera parecía consistir en desaprobar las técnicas de amarre ajenas, reprendió a gritos a quien la conducía.

Dos pescadores trasladaban cajas sin hablar en ningún momento, pues las palabras resultaban innecesarias entre ellos después de lo que parecían décadas de trabajo idéntico.

En algún punto más alejado del muelle, alguien dejó caer metal sobre piedra y maldijo a la gravedad como si hubiera actuado de manera selectiva.

Los reflejos sobre el agua cambiaban en franjas quebradas con cada estela que pasaba.

Vida corriente. Barcos, turistas, pescadores, gatos, almuerzo.

Con el pan en una mano, el peso de Pistou en el regazo y el gato gris en la popa, seguía sentada allí, sin dejar de sentir el desasosiego de lo que sabía.

La ciudad seguía igual. Eso era lo insoportable y también lo que la salvaba.

Ninguna revelación, por grande que fuese, podía anular el mercado, el café, el pescado, la necesidad del almuerzo, las cuerdas que había que enrollar, los gatos que había que alimentar, las mesas que había que limpiar.

Uno podía conocer la historia de treinta años de devoción encubierta y aun así tener que cortar queso y acordarse de comprar suficiente pescado para una criatura que no había tenido intención de adoptar.

¿A quién pertenecía ahora la historia?

La ciudad había hecho suya una interpretación.

La enemistad. El poeta y el juez. Un drama local útil al que las diferencias de clase, el deporte y la mitología de la ciudad daban la tensión justa para resultar satisfactorio.

Aurélien había hecho suya otra. Los poemas como tapadera.

La máscara pública como única forma de sobrevivir dentro de la ciudad que lo había formado.

Marcel había estado a punto de introducir una tercera: la verdad tardía, su intimidad al descubierto, la decisión de arreglar algo poniendo por fin nombre a aquello que él había contribuido a deformar mediante el silencio.

Ahora Elodie tenía una cuarta: la lectura de la investigación, la que organizaba todo el asunto mediante el móvil, la estructura, los tiempos, la prueba física del bolardo, la prueba moral del poema, el error de interpretación de la ciudad, la historia de amor oculta bajo el entretenimiento.

Mientras masticaba despacio el pan, no intentó responder a la pregunta con una frase elegante. Pertenencia era una palabra demasiado tajante para unas historias que habían causado tanto daño.

Después de almorzar, se limpió las manos, bajó con suavidad a Pistou y fue a buscar su cuaderno.

Aquello seguía siendo más una costumbre de profesora que un método detectivesco.

O quizá la diferencia nunca había sido tan grande como las instituciones preferían fingir.

Leer a las personas, leer los textos, leer los motivos, leer lo que expresaban las palabras y los silencios: las herramientas eran primas hermanas tanto si se utilizaban en un aula como al investigar un asesinato.

Se sentó a la mesa de cubierta y abrió el cuaderno por una página limpia. La luz del puerto cayó sobre el papel. Pistou regresó a la silla. El gato gris permaneció en la popa, presente como siempre, todavía sin explicación. Elodie escribió la cronología con la mayor claridad posible.

Marcel y Aurélien, veinte años. Una relación.

Sète, mundo de las joutes, ninguna forma pública en la que esa verdad pudiera sobrevivir.

Marcel pone fin a la relación. Seis meses después se casa con Colette.

Aurélien inicia la larga vida pública de los poemas.

La enemistad como disfraz. Treinta años de devoción codificada.

Marcel decide salir del armario. A Colette solo le dice que quiere arreglar algo.

A Aurélien le cuenta más. Enfrentamiento en el muelle. El empujón. El bolardo. El agua.