Chapter 3 #17
Al oír a Hélène, Elodie comprendió enseguida lo que quería decir.
Toda la vida pública de Aurélien se había convertido en una casa donde podía sobrevivir, aunque sus habitaciones estuvieran hechas de fingimiento y ruinas.
La decisión de Marcel de «reparar algo» no era un simple acto de sinceridad. Era una orden de demolición.
Al cabo de un momento, Elodie dijo: —Es una forma muy dura de expresarlo.
—No es dura. Es práctica. —Hélène deslizó la ostra dentro de la cesta correcta—. La gente idealiza la autenticidad porque no siempre tiene que pagar por ella. En una ciudad pequeña, paga todo el mundo. Incluso quienes no saben que están pagando.
—¿Y si la casa te está matando?
—Entonces rezas para tener algún otro sitio adonde ir. —Hélène sostuvo su mirada un instante—. La mayoría no lo tiene. Así que refuerzan las paredes y lo llaman sabiduría.
El Étang se extendía liso a su alrededor, recorrido por amplias franjas de luz indiferente.
Un ave voló a ras de las aguas someras y desapareció hacia los cañaverales.
Elodie sabía que Hélène hablaba en general.
También sabía que no. Así era la sabiduría práctica adquirida a fuerza de golpes: se expresaba en proverbios, pero cada uno encerraba una historia privada por la que no se preguntaba sin una invitación.
—Tú te construiste aquí tu propia casa —dijo Elodie.
—Sí.
—Y la ciudad lo toleró.
—No tuvo elección.
—Eso no parece cierto.
—No. —Hélène sonrió apenas—. No lo parece. Pero es una frase agradable.
Mientras seguían trabajando, Elodie no dejaba de pensar en aquella frase y en cómo encajaba con todo lo que ya sabía.
La reputación es la casa donde vives. Los poemas.
La enemistad. El juez muerto. La viuda abandonada con media frase.
El poeta del espigón, que había pasado treinta años haciendo útil el odio porque así podía sobrevivir.
Al cabo de un rato, Hélène se enderezó, giró un hombro para aliviar la rigidez y dijo: —Basta. Si te hago trabajar demasiado para ganarte el almuerzo, dejarás de visitarme.
—Lo dices como si tuviera otras granjas de ostras entre las que elegir.
—Supongo que una mujer con una barcaza tiene alternativas.
—Por lo general, ninguna comestible.
Hélène resopló y cogió el cuchillo.
Primero comieron de pie junto a la mesa, como solía hacer la gente que trabajaba con comida antes de tenerlo todo dispuesto para sentarse.
Hélène abría las ostras con movimientos rápidos y expertos: hacía girar la hoja y levantaba la concha con una limpieza que las palabras nunca habrían podido igualar. Le tendió una a Elodie.
El sabor era el mismo que durante la primera visita.
Limpio, mineral, vivo. También eso importaba.
Las ostras la anclaban al mundo físico mientras su mente seguía ocupada en el de las emociones.
Sal, frío, hierro, agua, carne. El cuerpo reconocía lo que recibía.
La mente, por desgracia, volvía una y otra vez a las casas construidas con reputación y a lo que sucedía cuando alguien amenazaba con derribar sus paredes.
Elodie aceptó la segunda ostra que le ofreció Hélène.
—¿Y bien? —dijo Hélène.
—Están perfectas.
—Bien. De lo contrario habría tenido que despedir a la laguna.
—Parece complicado desde el punto de vista administrativo.
—Sé adaptarme.
Cerca del borde de la plataforma, se acomodaron en las sillas bajas y plegables, con un plato de pan, mantequilla y limón y otra bandeja de ostras entre ambas.
Para entonces, la luz había empezado a suavizarse: el blanco intenso daba paso a tonos más cálidos y planos.
Hélène sirvió un poco de vino en vasos gruesos que parecían haber sobrevivido a años de trabajo a bordo y de golpes de codo.
—No me has contado qué tienes en la cabeza —dijo Hélène.
—No.
—Bien.
—Eso revela menos curiosidad de la que suele exigir la amistad.
Hélène arrancó un trozo de pan. —A nuestra edad, la amistad exige menos curiosidad y escoger mejor el momento.
Con la vista en el vaso, Elodie sonrió. —No puedo contártelo —dijo al cabo de un momento.
—Lo suponía.
—Y tampoco puedo dejarlo a un lado.
—Eso —dijo Hélène— es más fastidioso.
—Sí.
Durante un minuto comieron en un silencio de confianza.
Pan. Ostras. Vino. El agua golpeando la plataforma.
A su alrededor, el trabajo del día iba adoptando el ritmo más lento del atardecer.
El Étang siempre había sido un refugio para Elodie, pero estar allí no borraba lo que sabía.
Solo le permitía convivir con ello en otro lugar.
—Cuando me mudé aquí —dijo Hélène—, la gente de la ciudad decía que me escondía.
—¿Lo hacías?
—Sí. También trabajaba. La gente prefiere un solo motivo. La vida rara vez respeta esa preferencia.
Entonces Elodie la observó con mayor atención.
El rostro curtido por la intemperie, las muñecas fuertes, las manos encallecidas por el agua, las conchas y las cuerdas.
Una mujer que había elegido una vida con la distancia suficiente para respirar mejor y después había aprendido a considerarla normal.
La reputación no era solo la cárcel de Aurélien.
También lo era para los demás habitantes de la ciudad, incluso para quienes habían conseguido construirse una puerta lateral.
—¿Qué hizo que te quedaras? —preguntó Elodie.
Hélène contempló el agua. —Lo mismo que lleva a cualquiera a quedarse donde le resulta un poco más fácil vivir consigo mismo. La respuesta práctica es el trabajo. La respuesta más verdadera es la paz. —Bebió—. No la felicidad. La paz.
Cuando Elodie tomó el barco de regreso, las aguas del Étang empezaban a alisarse con el atardecer; estaban cada vez más pálidas y tranquilas bajo un cielo que había perdido la intensa claridad de la tarde.
En comparación, el puerto que se extendía ante ella parecía más denso, más urbanizado, más disputado, más humano.
Lo vio acercarse sin tratar de ocultarse las pocas ganas que tenía de volver.
El respiro había surtido efecto. Para eso servía.
Pero una tregua no era una liberación. Todo lo que sabía regresaba con ella.
En su atraque, Le Livre Vagabond se mecía suavemente. El gato gris estaba en la popa cuando Elodie subió a bordo, exactamente como el día anterior y el anterior a ese. Para ella, su llegada ya formaba parte de la vida en cubierta. El gato alzó la cabeza, se hizo notar a modo de saludo y esperó.
—Tú también —dijo ella mientras dejaba la cesta—. Nada de discursos, solo apetito.
Desde el techo de la cabina, donde estaba instalado, Pistou contempló el reencuentro con la compostura de un funcionario local que ya no estaba dispuesto a protestar contra una política, pero tampoco a respaldarla.
El acuerdo se mantenía: el gato gris en la popa, Pistou en la proa o por encima de ella, soberanías paralelas en la misma república estrecha.
Al cortar la ración extra de pescado, Elodie no se preguntó de dónde venía el huésped. La rutina había convertido su presencia en parte de la vida doméstica.
Cerca de la popa, Elodie dejó una ración.
El gato gris comió con la misma rapidez contenida, como un animal que compensaba las comidas que le habían faltado y se negaba a la humillación de mostrar hambre.
Elodie lo vio y aun así no se hizo la pregunta correcta.
Pistou recibió su parte más arriba, donde dignidad y posición permanecían debidamente alineadas.
El teléfono sonó mientras enjuagaba el cuchillo. Maëlle. Elodie miró la pantalla un segundo antes de contestar, no porque dudara en hablar con ella, sino porque hablar con Maëlle suponía volver a una estabilidad distinta, y para eso necesitaba un pequeño ajuste interior.
—Hola.
—¿Cómo de marinera te sientes? —preguntó Maëlle.
—Depende de si te refieres al tiempo o al estado emocional.
—Primero al tiempo.
—Agua en calma, un viento decente y ostras mejores de lo que merece la mayoría de la gente.
—Eso suena sospechosamente reparador.
—Ha ayudado.
Por un momento, Maëlle guardó silencio: lo justo para dar a entender que había comprendido lo que Elodie callaba y que no iba a obligarla a contarlo. —¿Has comido? —preguntó.
—Sí.
—Eso no es lo que dice tu voz.
A su pesar, Elodie sonrió. —He vuelto a comer después de que me acusaran de no hacerlo.
—¿Hélène?
—Sí.
—Parece competente.
—Lo es.
Del caso no hablaron directamente; hablaron del trabajo.
Maëlle había pasado el día en reuniones a las que nadie debería verse obligado a asistir con aquel tiempo.
Elodie describió el Étang y el tacto de las conchas de ostra en la mano; Maëlle, a un nuevo agente joven que confundía confianza con preparación.
Elodie preguntó por la madre de Maëlle, y esta le preguntó si el viento de Sète trataba bien a la barcaza.
Hablaron del tiempo, de la burocracia, de la indecencia de los albaricoques de supermercado en agosto y de nada importante.
Nada importante y todo. Lo importante era la estabilidad.
Maëlle hacía preguntas cuyas respuestas ya conocía porque el simple hecho de preguntar ayudaba a sostener aquel equilibrio.
Elodie respondía en el mismo tono porque hablar de lo que de verdad le preocupaba habría dado a la llamada una finalidad que no tenía.
Presencia, no consejos. En eso se convertía la amistad a aquella edad cuando era buena.
En cierto momento, Maëlle preguntó: —¿Estás durmiendo?
—Lo suficiente.
—Esa respuesta no es válida ante la ley.
—Es la única que tengo.
—Eso pensaba.