23. Magia de magos
Magia de magos
***EL MAGO***
Trudie cayó, con los ojos desorbitados por la sorpresa. Quedó tendida e inmovilizada, como congelada en el tiempo. Hechizo de parálisis. Que Drez pudiera lanzarlo mientras mantenía el otro ritual solo hizo que lo admirase aún más.
Y que lo odiase.
Volví la cabeza de golpe hacia él y casi gruñí al mago que se encontraba en el centro de la sala de rituales de mi familia. El techo había saltado por los aires, permitiendo que el ciclón se alzara hacia el cielo nocturno.
—¡No quería matarte, hijo! —gritó Drez por encima de la cacofonía del fuego arcano que se elevaba sobre su cabeza—. Ni tampoco a tu nueva familia. No se merecen esto. Pero eso no cambia mi misión. Los daños colaterales son aceptables.
—¡Un mago de verdad jamás sacrificaría a inocentes! Nosotros tenemos control, Drez. El poder de hacer lo correcto. Los hechiceros causan daños colaterales. ¡Nosotros no! ¡Las Archimagas tienen la responsabilidad de ser mejores!
Jenny me había enseñado eso. Tantos años atrás.
Drez respondió lanzándome un rayo. Giré sobre mí mismo mientras recitaba el hechizo de Drez y me apropiaba de él; atrapé el rayo y lo redirigí contra su creador. Drez desvió su propio rayo hacia la pared y lanzó por los aires pedazos de pseudohielo.
—¡No deberías haber vuelto! —gruñó Drez—. ¡Te dejé vivir! Podría haber acabado contigo.
—¡Entonces los dos cometimos un error!
Recité un conjuro en un abrasador Primordial y descargué una lluvia de fuego, mientras Drez soltaba una andanada de proyectiles de lo arcano. Nuestros poderes chocaron entre sí y tiñeron la estancia de un resplandor brillante y sofocante.
Cuando Drez lanzó su propia bola de fuego, utilicé la telequinesis para arrojarle una descarga de piedras sobrecargadas de energía elemental pura.
El fuego puso las piedras al rojo vivo antes de que lo acribillaran y le abrasaran la carne.
Él ni siquiera se inmutó y continuó bramando más encantamientos.
Sus espadas de energía arcana salieron disparadas hacia mí. Esta vez estaba preparado. Salpimenté mi Primordial con una pizca de Sintari y, pensando en Colin, añadí algo de jerga jurídica en latín.
De mi cuerpo brotaron relámpagos que serpentearon por el aire, atraparon las espadas, las disiparon y les negaron su existencia mágica.
La Cruzada de Colin.
Mi hechizo. Legimancia para controlar el campo de batalla.
Drez rugió y liberó todo su poder al mismo tiempo que yo hacía lo propio.
En aquel combate había algo distinto. Durante el anterior me había contenido. No lo había dado todo.
Pero ya no. Porque Drez era un monstruo. Mi familia, Trudie, la manada…
Los había amenazado a todos.
Pero yo lo detendría. Porque mataba monstruos.
Drez trastabilló mientras yo lo golpeaba con una oleada de fuego tras otra. Cuando las llamas se disiparon tras desviarse contra su escudo, respondió con sus propias columnas de fuego.
En aquel combate había menos sutileza. Solo poder puro que chocaba contra más poder. Una marea contra otra. No había lugar para contrahechizos ni trucos ingeniosos. Solo dos magos frente a frente, arrojándose el uno al otro las fuerzas de la creación y la destrucción.
Oí la voz de Drez en el viento, gritando desesperadamente. Me di cuenta de que yo también gritaba. Nuestras palabras también se embestían. Como si cada uno pudiera acallar al otro.
Pero, pese al ataque que lancé contra él, el ciclón del Armageddon-Precept no vaciló. Ni un ápice.
Pero yo no paré.
El fuego me incineraba el cráneo. Los relámpagos chisporroteaban entre mis cabellos. La gravilla y los escombros producidos por la destrucción de nuestra magia flotaban a mi alrededor, impulsados por mi pozo de gravedad mágica.
Lancé metralla contra Drez como un disparo de escopeta. Él la incineró con un fuego al rojo blanco, que yo apagué con una tromba de agua.
Había memorizado todo cuanto había podido. Fuego, relámpagos, agua, telequinesis, escudos, curación…
Mis ojos resplandecían, amenazando con abrasarme el cráneo desde dentro. Pero no paré.
Avancé, aparté de un manotazo un relámpago con un movimiento de muñeca y lancé el mío. La electricidad se disipó contra el escudo de Drez.
Con suficiente poder debería ser capaz de atravesarlo. Ya no había tiempo para idear una forma ingeniosa de sortearlo. No podía permitirme parar a pensar. Tenía que seguir golpeando. Una y otra vez…
Hasta que no quedara nada que golpear.
Solté un rugido mientras mis encantamientos resonaban y reverberaban dentro de mi cabeza. No sabía qué hechizo lanzaría a continuación. No necesitaba saberlo.
Aquello era la culminación de todos mis años de estudio. De una vida consagrada a lo arcano. Todo desembocaba en aquel momento. Cada hechizo, cada migraña, cada instante de vigilia que había dedicado a estudiar minuciosamente aquellos textos antiguos y perfeccionar mi arte.
Todo había conducido a aquello.
El rugido de Drez se encontró con el mío. Dos magos canalizándolo todo, entregándolo todo a un hechizo que acabaría con todos los hechizos.
Mi visión se volvió blanca. El poder crepitó en mis oídos. Un zumbido ensordecedor creció y creció.
Poder. Puro. Sin refinar.
La esencia de la creación. De la destrucción.
Sentí lo que sentía Drez. Porque la magia de magos no era solo el arte de la precisión y la contención. Era el lenguaje del universo.
Y podía acabar con él.
Y entonces todo se detuvo.
Avancé dando tumbos y caí de rodillas mientras el inmenso poder que había estado acumulando desaparecía sin más. El ciclón se había esfumado. Solo quedaba Drez Condor, que contemplaba el cielo nocturno con los ojos muy abiertos.
Ya no había hechizos rebotando en mi cabeza. No quedaba ningún poder que les permitiera aferrarse a mi mente.
La línea wey se había agotado. Una de las líneas wey más poderosas del mundo había desaparecido.
Dirigí una mirada fugaz a mi familia y a Trudie.
Su expresión de ira y leve irritación seguía congelada.
Tardaría un rato en descongelarse, incluso después de desaparecer la línea wey.
Mi familia seguía inmovilizada con cuerdas y mordazas.
Nunca les había visto los ojos tan abiertos.
Como si hubieran presenciado el fin del mundo.
Sentí una lúgubre satisfacción. Por fin mi familia había visto de lo que era capaz. De verdad.
Me levanté despacio, sintiendo el dolor en los huesos y en la carne. La magia casi me había hecho pedazos. Pero no lo había conseguido.
Recobré el aliento y volví a mirar a Drez. Contemplaba sus manos con incredulidad mientras murmuraba varios hechizos. No ocurrió nada. Estábamos impotentes.
—¡Se acabó, Drez! —grité, y mi voz reverberó por la sala de rituales hasta perderse en la noche—. Este lugar está lleno de licántropos y la policía llegará en cualquier momento. ¡Ríndete!
Drez torció el gesto, interrumpió su encantamiento y me miró con los dientes apretados, como si él mismo pudiera ser un licántropo.
Entonces abandonó aquella mueca y sonrió. Con aire triunfal.
—Qué necio eres, muchacho. ¿Crees que estamos desarmados porque la línea wey se ha agotado? Qué equivocado estás. Los hechiceros no necesitan líneas wey. La magia corre por su sangre…
Metió la mano en el bolsillo y se me heló la sangre.
Entre el pulgar y el índice sostenía un vial de líquido rojo oscuro. Sangre. Sangre de hechicero. Sin ningún vínculo con una afinidad, era puro poder mágico.
Un poder que cualquiera podía utilizar. Incluso un mago.
—¡No! —grité, tendiendo la mano hacia él mientras descorchaba el vial y se lo bebía de un trago. Los relámpagos ya crepitaban alrededor de su brazo.
Apuntó hacia mi familia.
—Quería que esto fuera espectacular. Pero tendré que conformarme.
Cargué contra él. Desesperado. Porque jamás llegaría a tiempo. ¿Y qué podía hacer? Sin mi magia de magos, no era nada. Podía incinerarme en cuanto me abalanzara sobre él.
Oí la primera sílaba de su hechizo de relámpago. Mi pie golpeó el suelo frío. El tiempo se ralentizó mientras corría más deprisa que nunca y, aun así, parecía que transcurría una eternidad.
¿Qué podía hacer?
Sin magia. Sin hechizos.
Sin esperanza.
Salvo que todavía quedaba magia.
Sentí que algo vibraba en mi interior. Emitía pulsaciones, como si suplicara que le prestase atención. Lo había desatendido durante demasiado tiempo.
Pero no podía usarlo. No así. No mientras siguiera unido a mi familia, a Trudie, a mi humanidad.
La Escarcha aborrecía mis emociones. Me rechazaba.
Mis padres y mi hermano lloraban. Sus lágrimas eran cálidas. Sin hielo. Sin frío.
Sentían miedo. Se sentían humanos. Al final de todo.
Los quería, comprendí. A pesar de todo lo que me habían hecho. A pesar de lo monstruosos que podían llegar a ser. A pesar de todo…
Eran mi familia.
La Escarcha exigía que me volviera frío. Que dejara de sentir. Que me entregara al entumecimiento.
Pero esa no era la respuesta.
Drez seguía fuera de mi alcance. Pronunció la culminación del encantamiento y el relámpago se concentró hasta formar en su mano una esfera de electricidad deslumbrante.
No podía mantener la calma. Ahora no.
Pero no lo necesitaba.
El frío no carecía de emociones. No era sereno. No tenía por qué serlo. Las ventiscas bramaban. Las tormentas de nieve rugían. Y cada copo de nieve era distinto.
No tenía que ser como ellos. No necesitaba ser el hijo que querían. Pero aun así podía ser su hijo.
Cerré los ojos, extendí la mano y acepté mi chispa.
Drez gritó la nota final de su hechizo cataclísmico y entonces se detuvo. La noche quedó en silencio cuando abrí los ojos.
Drez parpadeó. La conmoción absoluta se reflejaba en sus ojos. Seguía con el brazo extendido hacia mi familia, congelado en el acto, inmóvil dentro de un bloque de hielo.
Parpadeé con incredulidad y contemplé mis manos. ¿Había hecho yo eso?
Trudie se abalanzó sobre mí y empezó de inmediato a acribillarme la mejilla y la cabeza a besos.
—¡Lo has conseguido! ¡Lo has conseguido! —exclamó, con la voz cargada de alegría, alivio y lágrimas.
La noche quedó en silencio mientras la nieve caía del cielo estival y la manada aullaba triunfal.
Yo… Nosotros habíamos ganado.