Hombres Lobo y Hechicería (Serie Kat Drummond 16) 22. Carrera de medianoche #2
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22. Carrera de medianoche #2

Me saludó con la daga ensangrentada antes de abalanzarse de inmediato sobre los refuerzos mercenarios. ¿Cuánto se había gastado Drez en aquella pequeña campaña?

—Vosotros... conmigo —dije, señalando a los gemelos y a Hyena.

Antes de que pudiera protestar, me cargué a Pranish al hombro y, de un solo salto, pasé por encima de la verja.

Los mercenarios retrocedieron con los ojos desorbitados cuando aparecí en el patio. No dispusieron de mucho tiempo para reaccionar antes de que Hyena y los gemelos se les echaran encima.

Había tenido el disgusto de visitar la Mansión Ahuja varias veces. Las suficientes para apreciar los estragos.

Habían volado las puertas. Marcas de quemaduras mágicas manchaban las paredes. Y varios guardias muertos, vestidos con uniformes azul hielo, yacían en charcos de sangre rodeados de casquillos.

—¡Dentro! —gruñí, sin dar a Pranish tiempo suficiente para reconocer si conocía a alguno de los guardias caídos.

La escena en el interior de la mansión no era mucho mejor. ¡Lo habían saqueado todo! Había libros esparcidos por el suelo, los murales helados y las esculturas estaban destrozados y había sangre por todas partes.

Olfateé. Olía a sangre —evidentemente—, a miedo y... ¡a los Ahuja! Con Drez Condor. ¡Arriba!

Pranish formó una bola de fuego en una mano y un relámpago en la otra. Los gemelos y Hyena se pusieron en cabeza. Ellos también olían a los enemigos.

Subimos la escalera intentando encontrar el delicado equilibrio entre la rapidez y la cautela.

Aunque no sirvió de mucho, porque un cabronazo enorme, con un hacha más grande que yo, dobló la esquina y descargó el filo contra uno de los gemelos. Hyena recibió el golpe en el hombro mientras el otro gemelo hundía los dientes en el mercenario.

Aparecieron más mercenarios y abrieron fuego contra nosotros. Pranish alzó un escudo al tiempo que lanzaba una descarga eléctrica que redujo a cenizas a uno de ellos.

Sentí que el crepitar del ciclón aumentaba de volumen.

Pranish se volvió hacia mí.

—¡Nos estamos quedando sin tiempo!

Miré a Hyena y a los gemelos, que se protegían unos a otros del ataque y trabajaban juntos para abrirse paso entre nuestros enemigos a dentelladas, zarpazos y tajos.

No podía abandonarlos. Pero tenía que hacerlo.

Con un aullido, cargué contra un mercenario que nos cerraba el paso y lo arrojé contra otro, derribando a ambos.

Hyena y los gemelos podrían arreglárselas. ¡Al fin y al cabo, eran mi manada!

Les lancé una última mirada mientras hacía subir a Pranish por las escaleras. Aullaron al unísono, y los mercenarios palidecieron y retrocedieron.

Cerré la puerta tras nosotros.

Los disparos y los aullidos quedaron amortiguados. A los Ahuja les encantaba asegurarse de que todas las estancias de la casa estuvieran insonorizadas.

—Están en la sala de rituales. Tienen que estar allí —dijo Pranish mientras preparaba otro hechizo y avanzábamos por un largo pasillo.

Incluso sin formación mágica, podía sentir cómo crecía el poder primario del ciclón. Drez estaba a punto de terminar.

Un hombre vestido con el uniforme de un guardia del Fragmento yacía desplomado contra una puerta doble. Estaba cubierto de sangre, pero aún podía oír su respiración superficial.

—¡Todd! —exclamó Pranish, corriendo hacia él y agachándose a su lado.

Pranish deshizo sus hechizos de combate y empezó de inmediato a recitar un hechizo de curación. Una luz dorada emanó de sus manos, pero la sangre no dejó de manar del vientre y la boca de Todd.

Todd agarró a Pranish por la muñeca y lo miró a los ojos. Tenía el rostro pálido.

Era demasiado tarde. Incluso para la magia. Ni siquiera Cindy podría salvarlo ya.

—Tus padres... te quieren —jadeó Todd—. Aunque no lo sepan...

Las lágrimas corrieron por las mejillas de Pranish.

—No es demasiado tarde. ¡Puedo salvarte! Solo necesito el hechizo adecuado.

Todd negó con la cabeza.

—Sálvalos, Prani. Son... familia...

Su voz se apagó, la luz abandonó sus ojos y la cabeza se le venció hacia un lado. No necesitaba mi olfato para saber que estaba muerto.

Pranish se puso en pie y se secó las lágrimas con la manga.

Le agarré el hombro cuando se volvió hacia la puerta.

—¿Estás preparado? —pregunté.

Me miró fijamente a los ojos. Aún los tenía húmedos. Pero también había algo más. Determinación. Más de la que le había visto nunca. Quizá porque aquella era su batalla.

No luchaba como Cruzado contra un objetivo con recompensa ni contra unos vampiros que me habían secuestrado. Luchaba por sí mismo.

Asintió y lo solté. Abrió las puertas dobles y avanzó.

La escena del interior era cataclísmica. Drez Condor —tenía que ser él— se encontraba en medio de una gran sala circular, con los brazos alzados sobre la cabeza mientras daba forma al ciclón.

La familia de Pranish estaba atada con cuerdas y ligaduras mágicas, y contemplaba impotente cómo aquel mago demente conjuraba el Armagedón sobre sus cabezas.

Por primera vez, vi una emoción sincera en los ojos de todos ellos. No arrogancia ni indiferencia. Sino miedo real, humano.

Di un paso al frente y Drez volvió la cabeza de golpe hacia mí. Antes de que pudiera siquiera dar otro paso, murmuró una frase y sentí que se me bloqueaban las piernas y los brazos.

Caí al suelo, paralizada, mientras Pranish contemplaba horrorizado cómo me desplomaba.