Hombres Lobo y Hechicería (Serie Kat Drummond 16) 22. Carrera de medianoche
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22. Carrera de medianoche

Carrera de medianoche

***LA LOBA***

Me alegraba que Pranish no hubiera mencionado mi hipocresía.

Quizá no debería haberme enfrentado al unicornio sin él.

Sí, tenía a la manada, pero un mago nos habría venido bien.

De haber estado allí, quizá Ginger no tendría que vivir el resto de su vida con aquellas cicatrices.

Aunque tampoco es que cambiaran gran cosa.

Seguía siendo la princesa de la manada, y Stalker no dejaba de mirarla con anhelo mientras corríamos a toda velocidad por las calles de Hope City.

Seguía cabreada con mi novio. ¡Podría haber muerto! ¿Y por qué? ¿Por orgullo? Aunque, pensándolo bien, yo habría hecho lo mismo.

Los dos habíamos sido unos hipócritas por criticar a Kat todos aquellos años. Pedir ayuda era difícil.

La noche estaba libre de casi todo el tráfico que infestaba Hope City, pero aún había bastante gente por ahí a aquellas horas para presenciar cómo una manada de licántropos trepaba por encima de coches aparcados, ignoraba los semáforos y atravesaba a la carrera barrios residenciales y estaciones de tren abandonadas hasta llegar, por fin, a Ciudad Vieja.

De no ser por la Enmienda a la Ley de Sintiencia, no estoy segura de que hubiéramos sobrevivido a semejante carrera de medianoche.

Pero, con la protección legal y el éxito de relaciones públicas que Jane y yo habíamos conseguido unos meses atrás, la gente estaba mucho menos dispuesta a abrir fuego contra una manada de lobos.

Sobre todo contra una manada de lobos que llevaba a lomos a un elfo y a un mago.

Lancé una mirada a Pranish mientras pasábamos como una exhalación junto a los escaparates cerrados y bajo las solitarias luces navideñas de una Ciudad Vieja silenciosa. Stalker no daba señales de aminorar el paso.

Sabía adónde nos llevaba aquella carretera. Sin duda, Pranish también lo sabía. Yo no era muy religiosa, pero recé a Atenea, al Titán y al gran lobo del cielo para que no llegáramos demasiado tarde.

Pranish estudiaba sus notas mientras Hyena lo hacía rebotar sobre su lomo.

Al enorme chucho le colgaba la lengua mientras avanzaba a grandes zancadas junto a la manada sin aparente esfuerzo.

Compensaba su falta de agilidad con unas extremidades tan largas que cada zancada lo llevaba más lejos que al resto.

A pesar de aquellas condiciones poco idóneas, los ojos de Pranish iban adquiriendo poco a poco el tono blanco azulado propio de un mago que memoriza una combinación de hechizos cada vez más volátil.

Yo no habría sido capaz de memorizar ni un puñetero haiku en esas circunstancias.

Sin embargo, Pranish estaba asimilando hechizos que harían gritar a hombres menos capaces mientras cabalgaba a una velocidad vertiginosa a lomos de una hiena descomunal.

Siempre había admirado su capacidad para abstraerse de todo lo demás. Pranish afirmaba que cualquiera podía ser mago si trabajaba lo suficiente. Se equivocaba.

Los magos eran como los hechiceros. No todo el mundo podía serlo. No todo el mundo podía ser Pranish. Y eso era lo que lo hacía especial. Había nacido mago. No hechicero.

Un día antes, jamás habría confiado en Hyena para llevar a Pranish a lomos. Pero había sido un día muy largo. Hyena había demostrado su valía. Todos lo habían hecho. Eran mi manada. Mi familia. Y sabía que Hyena moriría por mí o por cualquiera de los demás. Incluido Pranish.

Porque, aunque no sabía exactamente cómo sabía que Pranish estaba en peligro, sí sabía una cosa: no necesitaba ser licántropo para formar parte de aquella manada.

Y, por el modo en que Aratax lo había ayudado a abrir el maletero del coche, advertía que incluso nuestro intolerante amigo Drentari empezaba a comprenderlo.

Todos seguíamos teniendo nuestros propios prejuicios. Y no me hacía ilusiones de que, a partir de entonces, todo fuera a ir sobre ruedas. Pero, por primera vez, podía sentirlos a todos. Éramos una manada. Y todos lucharíamos y moriríamos los unos por los otros si era necesario.

Sentí que la ansiedad de Pranish amenazaba con convertirse en pánico desatado cuando tomamos el desvío de Ciudad Vieja hacia Sea Point. Aún existía una ligera posibilidad de que no llegáramos tarde. De que aquel Drez Condor todavía no hubiera iniciado su ataque.

Pero el olfato de Stalker no mentía. Drez estaba en la Mansión Ahuja. Y, cuando coronamos la montaña y entramos en Sea Point Drive propiamente dicha, ya no necesitamos que Stalker nos guiara.

No había ningún misterio respecto a dónde estaba Drez. Un ciclón en llamas, rodeado de círculos de hechizos cambiantes y símbolos abrasadores, iluminaba el cielo nocturno justo por encima de la mansión helada de los Ahuja.

Frené en seco. La manada se detuvo conmigo, con el hechizo apocalíptico que se formaba en el cielo reflejado en los ojos.

No necesitaba que Pranish me dijera lo poderoso que era Drez en esos momentos.

Lo sentía en los huesos. La línea wey ardía sin llama.

Hasta yo podía notarlo, y eso que tenía la afinidad mágica de un sello de correos.

Hyena se detuvo a mi lado y clavé la mirada en Pranish. Tenía los ojos desconcertados y llorosos mientras contemplaba la pira de magia devastadora.

—¡Aún no lo ha lanzado! —exclamó—. Esto no tiene ningún sentido.

—Está esperando —dije, devolviendo mi cabeza a su forma humana para poder hablar.

Pranish me miró. Había miedo en sus ojos.

Su familia era una panda de gilipollas. Unos cabrones malvados que lo habían echado porque, al parecer, su chispa era débil. Sabía que mis padres eran extraordinariamente buenos, pero que me perdonaran por pensar que una familia debía sentir un mínimo de amor por un hijo.

Pranish no tenía por qué querer a su familia. Entendería que no derramara ni una sola lágrima por sus muertes.

Pero sí los quería. Porque Pranish era humano. Y los amaba a pesar de todo lo que le habían hecho.

Lo cual significaba que, por mucho que todo mi ser se rebelara contra la idea, yo también tenía que quererlos.

—Si aún no lo ha lanzado, significa que podemos salvarlos —dije—. Y lo haremos.

Pranish, con los ojos resplandecientes a causa de su arsenal de lo arcano, vaciló y luego asintió.

Stalker aulló, impaciente. Los gemelos se unieron a él, seguidos por Ginger y después por los demás.

Percibían la lucha. Y parecía que el unicornio no había sido suficiente. ¡Buenos chicos!

Volví a transformarme y aullé con ellos mientras reanudábamos la carrera. Hasta que empezaron a volar balas hacia nosotros. Gruñí, un sonido primario surgido de lo más profundo de mis entrañas, y salté hacia delante para que las balas me alcanzaran a mí en lugar de a mis compañeros de manada.

Se hundieron con sordos golpes en mi carne, pero no quemaron. No eran de plata.

No esperaban encontrarse con licántropos.

Hyena se detuvo detrás de un coche accidentado y acribillado a balazos, y dejó que Pranish bajara de su lomo.

Más balas se incrustaron en mí. Me daba igual.

Seguí cargando hasta que los tiradores aparecieron ante mi vista.

Olían a plomo, pólvora y dinero contante y sonante. No llevaban ninguna insignia.

Mercenarios.

Rugí contra ellos, dejando que las balas arrancaran esquirlas del asfalto o se hundieran en mi carne. ¡No permitiría que hicieran daño a mi manada! Y morirían por intentarlo.

Un lobo rojo y una bestia corpulenta cargaron por delante de mí, interponiéndose en la trayectoria de las balas y recibiendo los disparos en mi lugar.

Senegal se volvió y me miró a los ojos cuando una bala le rozó la oreja.

Esta también es nuestra lucha.

Ari saltó del lomo de Senegal y aterrizó entre los dos mercenarios. Ni siquiera tuvieron ocasión de mirarla antes de que les clavara una daga en la garganta a cada uno.

Pero, desde las sombras, otro mercenario apuntó con su fusil. Estaba demasiado lejos para que Ari pudiera hacer nada. Hasta que un lobo oscuro embistió al mercenario, lo derribó y le arrancó la garganta.

Aratax y Ari intercambiaron una mirada de entendimiento mientras más mercenarios bajaban a toda prisa por el camino de entrada y abrían fuego contra nosotros.

Los gemelos se abalanzaron sobre un mercenario armado con una escopeta. Uno le arrancó el arma de las manos con los dientes mientras el otro se lanzaba a por su garganta. Hyena pasó como una apisonadora por encima de ellos y los protegió con su cuerpo de las ráfagas de una ametralladora.

El rugido de unos motores resonó carretera arriba. ¿Policías? No sabía si eso sería bueno o malo.

Unas furgonetas negras se detuvieron detrás de la manada mientras destrozábamos a los guardias mercenarios. El ciclón crepitaba justo sobre nuestras cabezas.

Antes de que pudiera adivinar de qué lado estaban los ocupantes de aquellas furgonetas, una multitud de mercenarios salió de ellas y abrió fuego contra mis lobos. Hasta que una bola de fuego hizo estallar las furgonetas y, con ellas, a todos los mercenarios.

Pranish apartó la mirada de la carnicería y la alzó hacia la mansión.

Corrí hasta él y le di un empujón para que me siguiera mientras adoptaba el modo híbrido. Seguía teniendo rasgos lobunos, pero podía mantenerme erguida sobre las patas traseras y utilizar pulgares oponibles.

Más mercenarios bajaron por el camino de entrada y abrieron fuego contra nosotros mientras los lobos y Ari se enfrentaban a ellos en un brutal combate cuerpo a cuerpo.

Un último mercenario salió del patio de la mansión justo cuando las puertas se cerraban tras él. Con el pánico reflejado en los ojos, se volvió de inmediato hacia la verja y empezó a aporrearla.

Ginger se apiadó de él estampándole la cabeza contra la verja. El hombre se desplomó como un muñeco de trapo.

Más furgonetas se acercaban a la mansión. El ciclón mágico y ardiente zumbaba sobre nosotros.

Vi en los ojos de Pranish que apenas nos quedaba tiempo.

—¡Ari! —dije entre gruñidos y palabras. No era fácil hablar ni siquiera en modo híbrido—. ¡Cúbrenos las espaldas! ¡Si esa cosa empieza a descontrolarse, corre tan lejos como puedas!