21. Dolor
Dolor
***EL MAGO***
—¡No te me mueras, pedazo de cabroncete estoico y miserable! —sollozó Trudie, acunándome entre sus brazos. Estaba desnuda, cubierta de sangre y olía a azufre y sudor.
Unas descargas eléctricas me recorrían el cuerpo, justo bajo la superficie de mi piel insensible.
El mundo estaba oscuro y borroso. No me moví.
No podía moverme. Ni siquiera mientras las lágrimas de Trudie caían sobre mi rostro y su fuerza de licántropo amenazaba con aplastarme las costillas.
Suponiendo que no estuvieran ya aplastadas.
¿Qué había pasado?
Recordaba haberme precipitado hacia una muerte segura. Después... nada.
¿Dónde estaba Drez?
¿Dónde estaba mi familia?
¿Había llegado demasiado tarde?
¿Qué hacía Trudie allí? No quería involucrarla. No cuando ya tenía tantas cosas entre manos. No cuando aquella era mi lucha. Y, más aún...
La electricidad y lo arcano bullían en mi interior mientras las lágrimas de Trudie caían sobre mi rostro, abriendo surcos en la ceniza, el polvo y la mugre que me cubrían la piel. No podía moverme. ¿Parálisis? ¿Había sobrevivido a la caída, pero mi cuerpo había quedado inválido?
No. No podía ser eso. ¡No debía serlo! Drez seguía ahí fuera. Dispuesto a consumar su mezquina venganza. A matar a mi familia. Pero, más aún... no podía limitarme a ver llorar a Trudie sin ser capaz de hacer nada al respecto.
Me negaba a estar muerto. Me negaba a estar paralizado.
Porque aún quedaba muchísimo por hacer.
Tosí y, con el esfuerzo, el mundo se volvió más nítido. Trudie me miró con los ojos muy abiertos, conmocionada y aliviada por aquel sonido, mientras unas gotas de saliva salían disparadas hacia su cara.
Intenté disculparme, pero en su lugar solté un gemido y me froté la cabeza. Una oleada de emoción y alivio surgió del fondo de mi mente al darme cuenta de que, aunque me costaba, podía mover el brazo.
Nuevas lágrimas asomaron a los ojos de Trudie. Me estrechó con más fuerza contra sí y apoyó mi cabeza en su hombro.
—Ay, mago estúpido. Si hubieras muerto, habría tenido que ir al Entremedio para matarte yo misma.
Intenté reír, pero aún sentía los vestigios de la magia recorriéndome el cerebro y el cuerpo. Cerré los ojos e inspiré profundamente. El poder puro del rayo, el fuego y lo arcano se volvió más frío y febril. Hasta que espiré y lo expulsé todo.
La agonía entumecedora de la magia que rebotaba dentro de mi cabeza fue sustituida por el dolor mucho más físico de los moratones, las quemaduras y las laceraciones.
No hice una mueca por los verdugones y cortes que me cubrían el cuerpo. Ni siquiera por la intensa mancha oscura que debía de ocuparme la espalda. Porque recordaba cómo había acabado allí.
Drez había jugado conmigo aprovechándose de mi compasión. Bueno, quizá no debía ser tan duro conmigo mismo por no querer matar a alguien. Quizá.
Pero, en cualquier caso, aquello había acabado conmigo saliendo despedido desde la última planta de un bloque de pisos.
Un bloque que ahora yacía reducido a ruinas en llamas y bañaba la calle con un sofocante resplandor anaranjado.
No había camiones de bomberos ni equipos de rescate.
¿Por qué iba a haberlos? Era un barrio abandonado.
Un edificio calcinado no era más que un escondite menos para vagabundos y monstruos.
¿Cómo había sobrevivido a semejante caída?
Ya no me quedaban hechizos en la cabeza.
Pero debía de haber usado uno. ¿Algún tipo de hechizo amortiguador?
Desde luego, no un paracaídas. De ser así, los moratones de mi espalda no serían tan graves.
Seguramente había sido el Salvador del Serafín.
Había empleado una variante en el avión que sobrevolaba Mauricio cuando aquella oleada de la grieta nos derribó.
Pero no podía estar seguro.
Aun así, estaba vivo. Milagrosamente. Pero, por el aspecto de las ruinas y el cielo negro como la pez, llevaba un buen rato inconsciente.
Miré fijamente los ojos dorados de Trudie cuando por fin me soltó.
—Lo siento —susurré con voz queda y ronca.
Me dio un puñetazo suave en el hombro. Entonces sí hice una mueca. Aún tenía cortes abiertos por la metralla y la magia.
Sonreí a pesar del dolor y, con ayuda de Trudie, conseguí sentarme.
Estábamos rodeados de licántropos. ¡La manada al completo! Los gemelos estaban juntos al lado de Hyena. Senegal y Ari observaban la calle oscura. ¡Y ninguno se estaba peleando con los demás! ¿Cuánto tiempo había estado inconsciente? ¿Una eternidad?
Sentí que el pánico me ascendía desde las entrañas. ¿Había llegado demasiado tarde para detener a Drez? Mi familia...
Un lobo de color obsidiana se transformó en un Aratax muy desnudo, junto al flacucho chucho llamado Stalker.
—No hay monstruos, alfa. Ni rastro de otros enemigos.
Trudie pareció aliviada por un instante, pero entonces volvió hacia mí sus fieros ojos dorados.
—¿Qué demonios hacías aquí? —preguntó—. ¿Qué coño ha pasado?
Intenté sostenerle la mirada, pero había demasiada ira y decepción en ella. Aparté los ojos.
—Yo... descubrí que un mago... intenta matar a mi familia.
—Así que fuiste a buscarlo —dijo Trudie con una pregunta retórica. Ya conocía la respuesta. El oro de sus ojos palpitó—. ¿Sin decírnoslo a ninguno? Y, déjame adivinar, ¿te enfrentaste a él?
Vacilé, pero después asentí.
Trudie se frotó los ojos con exasperación mientras contemplaba el cielo nocturno. Los licántropos que no montaban guardia la observaban embelesados. ¿Qué había hecho aquel día?
Sentí cierto orgullo entremezclarse con la vergüenza de la reprimenda. Por lo que parecía, al fin se había convertido en su alfa. ¡De verdad!
—¿Cuándo pensabas contármelo? —preguntó. La vergüenza regresó.
—Yo... no lo sé. Estaba investigando y entonces todo se descontroló.
Miró el montón en llamas donde antes se había alzado el bloque de pisos.
—¿Tú crees? —gritó antes de suspirar y bajar la voz—. ¿Por qué no acudiste a mí para pedirme ayuda?
¿Por qué? Sinceramente, no lo sabía. ¿Porque no quería molestarla? ¿Porque ya tenía bastante entre manos? ¿O porque...?
—Esto era algo que debería haber sido capaz de hacer solo. Es mi familia. Mis errores...
Trudie se volvió bruscamente hacia mí, con los ojos resplandecientes y una expresión abrasadora.
—¡Somos una familia, Pranish! Eres mi beta. Debemos apoyarnos el uno al otro.
Negué con la cabeza.
—Esto es algo que tenía que hacer. Solo. Para demostrar...
Para demostrar que podía.
—¿Como Kat? —replicó, y me quedé inmóvil.
—¿Recuerdas... —continuó— cómo Kat acababa en el hospital cada pocos meses? ¿Cómo se iba por ahí de aventuras para ganar dinero rápido? ¿Y cómo rechazaba cualquier ayuda porque tenía que hacer las cosas sola ? ¿Recuerdas cuánto odiábamos eso?
Abrí mucho los ojos. Sí, lo recordaba. Recordaba haber ido a recogerla tarde por la noche a los rincones más remotos de la ciudad, cubierta de moratones y sangre. Y cómo se negaba a explicar lo que había pasado. Y recordaba cómo me había hecho sentir aquello.
—Kat aprendió a formar parte de un equipo, Pranish —continuó Trudie—. Pensaba que nosotros también.
No pude sostener la mirada de sus brillantes ojos dorados y, en su lugar, contemplé la carretera agrietada.
Estaba cubierta de cristales rotos y escombros.
El cristal relucía de color naranja al reflejar las llamas crepitantes.
No había demasiada madera que pudiera arder en aquel bloque.
Fuego arcano, sin duda. Para dejar un mensaje o borrar sus huellas.
No habíamos comprendido a Kat. Su necesidad de demostrar su valía. Su deseo de hacer las cosas sola. La juzgamos. Yo la juzgué.
Pero entonces había ido y había hecho exactamente lo mismo.
Ay, Pranish Ahuja, eres idiota.
—He sido un hipócrita —admití, levantando la vista del asfalto agrietado—. Lo siento. Debería habértelo contado. Debería haber...
Trudie me puso una mano en el hombro y me miró a los ojos.
Eso bastaba , dijo sin palabras. Estás perdonado.
Aquello no hizo desaparecer mi culpa, pero sí me hizo sentir algo. Amor por aquella chica, de nuevo. ¿Qué haría yo sin ella?
Como de costumbre, había sido un necio al no contárselo todo.
Intenté ponerme en pie, pero hice una mueca cuando mis dolores comenzaron a imponerse.
Algo cálido y peludo me sostuvo desde atrás.
Me volví y vi que la estilizada loba de pelaje rojizo y grandes ojos me miraba.
Ginger. Pero estaba cubierta de cicatrices recién curadas.
Algunas no estaba seguro de que fueran a mejorar más.
Hacía falta un ataque casi letal para dejar cicatrices a un licántropo.
Con la vista y la cabeza más despejadas, comencé a reparar en los verdugones, moratones y heridas de todos los demás. Parecía que yo no había sido el único que se había ido de aventuras sin el otro.
—¿Qué ha pasado? —pregunté, usando el tono neutro que tanto había practicado para evitar que mi voz revelara el menor atisbo de acusación. Había una gran diferencia entre que yo cazara a Drez solo y que ella sacara a la manada de paseo. Pero no dejaba de haber cierta hipocresía.
Mi novia esbozó una sonrisa lobuna, pese a que sus dientes aún tenían forma humana.
—Hemos matado a un unicornio —dijo.
—¡Cabronazo con ínfulas de caballo! —exclamaron los gemelos al unísono.
Un momento, ¿los gemelos? Di un respingo y miré a los gemelos, que estaban en forma humana y me sonreían radiantes.
—Ah, sí —dijo Trudie—. Ahora hablan.
—¿Cuánto tiempo ha pasado? —pregunté, sujetándome la cabeza.
—Yo me pregunto lo mismo. ¡Ha sido un día muy largo! En cuanto al tiempo que has estado inconsciente... noté que algo iba mal hace una hora. Hemos tardado todo ese tiempo en llegar hasta ti.
—¿Lo notaste?
Trudie descartó el comentario con un gesto. —Sabía que algo iba mal y tenía razón. Ya averiguaremos eso más tarde. Ahora tenemos que decidir cuál será nuestro siguiente paso. ¿Quién es ese mago? ¿Por qué quiere matar a tu familia? Bueno, aparte de por las razones obvias.
No parecía sentir la menor curiosidad por haber sabido de algún modo que yo estaba en peligro. Yo no creía en las coincidencias. Debía de tratarse de algo mágico. No podía ser su premonición alfa. ¿O sí? Yo no era un licántropo. No formaba parte de la manada.
¿O sí?
Pero Trudie tenía razón. Había asuntos más urgentes. Llevaba alrededor de una hora inconsciente. Eso significaba que Drez nos llevaba ventaja.
—El mago se llama Drez Condor —expliqué—. Mis padres le hicieron una jugarreta y ahora quiere matarlos. Es poderoso, Troodz. Uno de los magos más poderosos que he visto en mi vida.
—¿Más poderoso que Candace? —preguntó.
Asentí. Ese era el punto de referencia de Trudie. Candace y yo. Bueno, Candace era una maga brillante. Pero Drez era diferente. Candace se ocupaba de una magia mucho más sutil, incluidos los arcanos oscuros. Drez era una bomba nuclear.
—Nunca he visto a nadie como él, Trudie. Su capacidad para canalizar la magia elemental... sus reflejos arcanos...
Trudie resopló. —Sea poderoso o no, lo detendremos. Puede que tu familia no merezca tu ayuda, pero enterrarlos te corresponde a ti.
Los gemelos parloteaban entre sí y parecían mucho más jóvenes de lo que sugerían sus cuerpos. Pero el mero hecho de que hablaran ya suponía un avance. Sinceramente, no había creído que fuera posible. Sin embargo, parecía que, con Trudie cerca, todo era posible.
—¿Cuál es el siguiente paso? —preguntó Trudie. No esperaba la pregunta. Ella era la alfa. La líder. Una parte de mí había estado esperando que diera una orden.
Debió de advertir mi confusión.
—Pranish, esta es tu lucha. Eso no significa que no podamos ayudarte, pero tú estás al mando. ¿Qué hacemos?
Terminar lo que había empezado.
—Tenemos que encontrar a Drez.
—¿Alguna idea de dónde podría estar?
—Quizá en casa de mis padres. Pero podría estar en cualquier sitio. Su magia funciona a larga distancia.
¡Que los dioses no permitieran que bombardeara desde lejos todo el litoral con sus hechizos! Matar a mi familia era una cosa, pero arrastrar a incontables inocentes a aquello...
Ya había demostrado que los daños colaterales le daban igual. Lo haría. Solo para enviar un mensaje. Para reparar agravios...
Trudie alargó la mano hacia la mía. Me di cuenta de que había mantenido los puños apretados todo aquel tiempo. Aflojé la mano.
Un trozo de tela rasgada, manchado con algo de sangre.
Se lo di a Trudie, que lo olfateó.
—¿Es de Drez?
Asentí. Ella torció el gesto.
—Huele como un profesor con plaza fija. Arrogante e incontestable. ¡Un cabrón encantador, a que sí!
¡Era increíble que pudiera deducir tanto solo por un olor!
Bajó la tela y Stalker se acercó, la olisqueó y señaló con entusiasmo hacia el final de la calle con el hocico.
—Stalker lo encontrará —dijo—. Y nosotros le pisaremos los talones.
Los lobos adoptaron instintivamente una formación a nuestro alrededor.
Ari se subió a lomos de Senegal. Hacía poco que me había dado cuenta de que los elfos pesaban menos que los humanos.
Y, aun así, seguían siendo resistentes al daño físico.
Una especie maravillosa. La verdad es que no podía culpar a Mandy por estar tan obsesionada con ellos.
Pero yo pesaba demasiado para montar a lomos de Trudie. Y también era demasiado alto y desgarbado.
Busqué mi coche con la mirada. Horrorizado, comprendí qué había contribuido a amortiguar mi caída. El techo de mi coche se había hundido, los cristales estaban hechos añicos y cubrían la calle como nieve.
—Después de que salvemos a tus padres, estoy bastante segura de que te devolverán tu antiguo coche —dijo Trudie, poniéndome una mano en la espalda.
No sería lo mismo.
—¡Hyena! —llamó Trudie, y el enorme licántropo, de quien todavía dudaba que fuera realmente un licántropo, se acercó a grandes zancadas. Me acarició la mano con el hocico y luego me ofreció el lomo.
Bueno, al menos tendría montura.
—Solo un minuto —dije, trotando hacia los restos de mi coche.
Intenté abrir la puerta, pero estaba atascada.
Con el codo cubierto por la manga, aparté algunos de los afilados fragmentos de cristal y me incliné hacia el interior del vehículo.
Tiré de una palanca situada bajo el asiento y el maletero se desbloqueó.
Necesité la ayuda de Aratax para abrirlo del todo.
Respiré aliviado. Mis cuadernos seguían allí. Intactos. Los cogí todos y los embutí en los bolsillos interiores del abrigo.
Cuando terminé, regresé junto a Hyena y Trudie.
Con cautela, y ayudado por Trudie, monté sobre la criatura mientras Aratax, los gemelos y Trudie adoptaban forma de lobo.
Había llegado el momento de terminar lo que había empezado. Y esta vez no vacilaría.