Hombres Lobo y Hechicería (Serie Kat Drummond 16) 20. Magos
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20. Magos

Magos

***EL MAGO***

—¿Cómo sabes mi nombre? —fue lo primero que dije, como si eso fuera lo importante.

Drez dejó caer el escudo esférico al ver que la electricidad se extinguía alrededor de mi brazo. Las astillas y el polvo que habían quedado atrapados en el escudo cayeron al suelo como una lluvia sucia.

—¿Cómo no iba a saberlo? —respondió Drez.

Hablaba como un profesor. Como alguien que tenía la absoluta certeza de saberlo todo sobre aquello de lo que hablaba.

Se acercó con los brazos extendidos en un gesto conciliador. A través de la protección, vi a mis padres cenando solos en sus habitaciones, detrás de él. Sus expresiones no traslucían emoción alguna. Ni soledad ni arrepentimiento.

—Por supuesto, conozco la vergüenza de la dinastía Ahuja —continuó—.

Un hechicero perteneciente a un largo linaje de criomantes que renunció a sus poderes y abrazó la maldita, débil y deshonrosa disciplina de la magia de magos.

Un hijo que volvió la vista hacia un linaje verdaderamente extraordinario de matones que se remontaba dos generaciones y lo rechazó.

Un mago que valoró el trabajo duro y el intelecto por encima del poder bruto y sin refinar.

El tono mordaz con el que Drez hablaba de mi familia era evidente, pero también lo era algo más. Me admiraba. O, al menos, quería que yo lo creyera.

—He estudiado tu trayectoria con gran interés, Pranish. Tus innovaciones con DigiLaw fueron magistrales. Un golpe de genialidad tan brillante que uno solo puede mirar atrás, hacia todos los magos que nos precedieron, y preguntarse cómo pudieron estar tan ciegos para no advertir su valor.

Negó con la cabeza.

—Me entristeció profundamente que la gente supersticiosa y estúpida de esta maldita ciudad te obligara a disolver tu orgullo y mayor alegría.

Ven cómo los hechiceros destrozan esta ciudad con sus guerras de bandas y sus disputas y no le dan importancia.

Pero basta un solo accidente de un mago cuidadoso e inteligente para que destruyan una magnum opus .

Drez dio otro paso hacia mí y me clavó unos ojos de plata resplandeciente.

—DigiLaw no era el problema, muchacho. No fue culpa tuya que la escoria de esta ciudad prefiriese culpar a tu obra maestra antes que a una elfa demente. Y eso es imperdonable.

No voy a mentir. Oír aquellos elogios a DigiLaw, fueran o no una manipulación, me tocó algo por dentro.

Era la validación que llevaba tanto tiempo necesitando oír.

Porque, pese a todo el apoyo que recibía de Trudie y de mis amigos, ninguno de ellos comprendía mi proyecto.

Pero Drez sí. Él entendía lo que era crear maravillas y, aun así, no recibir reconocimiento.

Pero aquella sensación se hizo añicos por culpa de las protecciones situadas detrás de Drez. A través de las cuales había estado observando a mi familia.

—¿Por qué estás vigilando a mi familia? —pregunté con frialdad.

Tenía que oír sus excusas. Comprender sus explicaciones. Porque quizá hubiera algo que yo pudiera decir para hacerle entrar en razón.

Drez se volvió para contemplar su creación. En sus labios asomaba una leve sonrisa. Yo entendía aquella sonrisa. Cada hechizo, por pequeño que fuera, constituía un logro. Algo de lo que sentirse orgulloso.

—Voy a matarlos —respondió sin vacilar.

Retrocedí involuntariamente un paso. No esperaba que fuera tan directo. Sobre todo después de su presentación.

—¿Por qué?

—Porque me agraviaron —respondió sin ira ni grandilocuencia—.

Podría intentar darle tintes más nobles.

Podría decir que mi acto sería un símbolo.

Un golpe contra todos los hechiceros. Una demostración de que la magia de magos es superior.

De que el ingenio y el espíritu humano siempre triunfarán sobre un accidente de nacimiento.

Negó con la cabeza.

—Pero yo no miento. La verdadera razón es la venganza. Simple. Humana.

Volvió a mirarme. Su expresión era resuelta. Inquebrantable.

—Es necesario reparar las injusticias, Pranish. Tú lo sabes. Quizá mejor que nadie, sabes lo que hace falta para convertir el mundo en un lugar mejor. A veces hay que hacer sacrificios. Y otras veces no queda más remedio que eliminar aquello que está mal.

Sentí una acidez que se revolvía en mis entrañas. Una sensación de impotencia que me debilitó las rodillas e hizo que a mis pulmones les costara procesar el aire.

Era como si me sintiera traicionado. Pero Drez nunca había estado de mi lado. Aun así, al contemplar su obra, había empezado a sentirme unido a él. Y quizá había deseado encontrar un alma afín.

No a alguien tan empeñado en vengarse que volaría una torre y mataría a mi familia.

—¡Eres mejor que esto! —exclamé, señalando las protecciones de observación—.

No deberías rebajarte a una venganza mezquina.

¡Eres un archimago brillante, poderoso e inteligente!

Podrías utilizar tus poderes para hacer el bien.

Podrías mostrarle a este mundo el poder de la magia de magos ayudando a la gente. ¡Haciendo el bien!

—¿El bien? —se mofó Drez—. Lo único que quieren es poder.

Es lo único que son capaces de comprender.

Poder bruto. Destrucción pura. Los magos ofrecen matices y complejidad.

Requisitos y condiciones previas. Rituales y complicaciones.

Ellos no quieren nada de eso. Lo único que quieren es destruir.

Por eso usan un mazo para partir una tabla por la mitad.

Porque la herramienta les da igual, siempre que sea fuerte.

Volvió a mirar la pantalla de protección. A mi familia. Se cruzó de brazos a la espalda.

—Les di lo que querían. Y, aun así, me rechazaron. Aun así, me traicionaron. La destrucción pura no bastó. O fue demasiado para que pudieran entenderla. Así que les mostraré de qué soy capaz. Lo que puede hacer la magia de magos.

Me miró y percibí un atisbo de tristeza en sus ojos. De pesar.

—Esta noche deberías haberte quedado más tiempo con tu familia. Habría retrasado mi proyecto por eso. Habría sido la más elemental de las cortesías. De archimago a archimago. Pero ahora… nada me detendrá.

Empecé a recitar el Taser-doctrine, intensificándolo hasta convertirlo en el Martillo de Zeus. Alrededor de mi brazo se formaron arcos de electricidad. Canalicé poder y sentí cómo se desataba una tormenta dentro de mi cabeza.

Drez se volvió con decepción en los ojos, pero también con comprensión.

—No puedo permitir que los mates, Drez.

—Lo sé. Tu incapacidad para desprenderte de ellos es lo que te hace humano. No una bestia fría como el hielo e indiferente. No lo que tu afinidad y tu familia quieren que seas. Por eso te admiro, Pranish Ahuja. Humano hasta el final.

Antes de que pudiera soltar un rayo, Drez espetó un hechizo que lanzó una descarga al rojo vivo de energía de lo arcano, teñida de fuego. Liberé mi rayo incompleto, desvié el suyo contra la azotea y esparcí polvo y metralla por toda la habitación. No veía más allá de mis narices.

—¡Veamos si tu magia de guerra está a la altura de tu legimancia, archimago! —gritó Drez por encima del zumbido residual de las descargas, con la voz incorpórea entre la polvareda.

Una ráfaga de esquirlas de hielo atravesó las nubes de polvo. Grité en hebreo y Sintari, levanté un escudo e impulsé las esquirlas de vuelta hacia Drez. El impulso de los escudos produjo una ráfaga de aire que despejó el polvo.

La voz me zumbaba y la garganta me vibraba mientras canalizaba la línea wey en forma de una descarga de electricidad pura. Drez respondió con su propio hechizo, atrapó la electricidad y le dio forma de relámpago esférico.

Lanzó la bola a ras de suelo como si estuviéramos jugando al críquet. La hice estallar en el aire con una chispa eléctrica. La electricidad explotó a nuestro alrededor, arrancó las tablas del suelo, hizo añicos las ventanas y me puso los pelos de punta.

Mi boca no dejó de moverse, escupiendo hechizos, contrahechizos e invocaciones. Ignoré la sequedad de la garganta y el dolor de los ojos mientras la línea wey amenazaba con abrasarme los órganos.

Cuando reconocía sus palabras de conjuro, las sorteaba y las contrarrestaba. Cuando no, esquivaba y levantaba el escudo.

Era como jugar al ajedrez. Con fuego, relámpagos y energía de lo arcano al rojo vivo. Bueno, entonces no se parecía en nada al ajedrez.

Recité un sencillo hechizo de fuego dentro de mi rayo e intenté hacer que la llama se escabullera alrededor de Drez mientras él contrarrestaba la descarga.

A aquello lo llamaba la Serpiente Furtiva.

Pero sus invocaciones eran demasiado rápidas.

Contrarrestó mi llama y volvió el rayo contra mí, derribándome.

Sentí una sacudida por todo el cuerpo cuando la electricidad, apenas debilitada, me recorrió la carne.

Antes de que pudiera incorporarme, una silla salió volando hacia mí. Lancé una descarga telequinética que hizo estallar la silla en astillas, las cuales chocaron sin causar daño contra el escudo de Drez.

Avanzó hacia mí con la voz vibrante de hechizos. Respondí contrarrestándolos y analizándolos, escuchando sus palabras mientras recitaba las mías.

Un duelo de magos era una batalla entre superordenadores. Una guerra entre magias, mientras ambos examinábamos los hechizos de nuestro arsenal para burlar los de nuestro adversario. Una batalla en la que equivocarse en una sola sílaba podía significar la muerte.

Sobre mí se formó un martillo de energía azul y translúcida. Rodé a un lado justo a tiempo cuando abrió un agujero en el suelo. Aquel lo conocía. El Mazo de Thor. Probablemente lo había inventado Drez.

—Se nota que te has dedicado a cazar monstruos —dijo Drez—. Pero la buena forma física solo sirve hasta cierto punto contra lo arcano.

Un círculo de hechizo se formó en el aire a su alrededor y empezó a girar demasiado deprisa para que pudiera distinguir las runas. En vez de intentarlo, arranqué un pedazo de pared mediante telequinesis y lo alcé delante de mí.

Me estremecí cuando unas espadas forjadas con energía mágica pura atravesaron la pared y me empujaron hacia atrás.

Una y otra vez. Saltaron fragmentos que se convirtieron en metralla.

Gruñí cuando una astilla de madera me alcanzó en la pierna y trastabillé.

Mi escudo improvisado cayó y yo me desplomé mientras la última espada mágica pasaba sobre mi cabeza y ensartaba la pared que se desmoronaba.

La sangre me corría pierna abajo. Pero no era nada comparado con las palpitaciones de mi cabeza. Los hechizos no lanzados bramaban en mis oídos y amenazaban con estallarme en la mente como confeti.

Drez se acercó. Con calma. Con seguridad. Una llama azul ardía en la palma de su mano abierta.

—Tenía grandes esperanzas puestas en ti, Pranish. Pero fui un necio al pensar que un hechicero podría poseer alguna vez la determinación necesaria para convertirse en un verdadero archimago.

Alzó la mano en llamas y abrió la boca para lanzar el hechizo.

La luz se reflejó en algo metálico del techo. Allí donde nuestra batalla había abierto un agujero había una tubería.

Sentí el calor que desprendía la bola de fuego azul de Drez. Y no tuve tiempo de plantearme si el Consejo aún bombeaba agua hasta aquella ruina abandonada.

Con la invocación más rápida que jamás había pronunciado, lancé el Taser-doctrine contra la tubería.

Drez levantó un escudo, pero estaba orientado para protegerlo de frente.

No por la espalda. La tubería reventó. Un chorro de vapor hirviendo le golpeó la espalda, lo empapó de condensación sobrecalentada y lo escaldó.

Gritó y agitó los brazos mientras su bola de fuego se dispersaba. Me puse en pie al tiempo que él lanzaba a ciegas varios arcos eléctricos. Uno me alcanzó y quemó una esquina de mi abrigo, pero no mi carne.

Alzó la vista, con el rostro enrojecido por la rabia y chorreando a causa del vapor.

—¡Illu! —grité.

Antes de que pudiera recitar un conjuro, lancé un hechizo de luz y lo intensifiqué tanto como pude. Y todavía un poco más.

—¡Illu! ¡Illu! ¡Illu!

Cerré los ojos justo a tiempo mientras Drez gritaba, con las retinas abrasadas por el equivalente a una granada aturdidora.

Mientras se tambaleaba agitando los brazos, cargué contra él.

Drez gritó un hechizo y lanzó una descarga de energía elemental pura contra la pared del apartamento.

La pared explotó, dejó que el viento inundara la habitación y provocó una lluvia de metralla y cristales sobre mi coche, aparcado abajo.

Le hundí el hombro en el vientre y lo arrastré hasta el borde del apartamento, que se desmoronaba.

Recité un conjuro que convirtió mi puño en una bola en llamas, el Puño de Surtr, y lo alcé por encima de la cabeza.

Dispuesto a golpear. Dispuesto a acabar con él y reducir su cráneo a cenizas y pedazos sanguinolentos.

Hasta que vi el miedo en sus ojos plateados.

Yo podría haber sido como él. Si no hubiera tenido a Kat, a Trudie o a la manada. Si no hubiera encontrado mi lugar entre ellos, podría haberme convertido fácilmente en aquel hombre: alguien tan desesperado por sentirse reconocido que mataría a cualquiera que lo agraviara.

Estaba asustado. Yo también lo habría estado.

El fuego desapareció de mi puño. Y vi alivio en los ojos de Drez.

Quizá pudiera llegar hasta él…

Antes de que pudiera reaccionar, pronunció un hechizo. La parte analítica de mi mente lo reconoció como una descarga telequinética.

La parte más consciente de mi mente se limitó a gritar cuando me lanzó fuera del apartamento, mientras yo apenas conseguía aferrar un jirón de su camisa al precipitarme hacia el suelo.

Kat siempre me había dicho que nunca vacilara.

Parecía que aún me quedaba mucho por aprender.

Murmuré un hechizo. Y después cerré los ojos.