19. La cacería
La cacería
***LA LOBA***
Stalker no vaciló. Por desgracia. Porque aquel era uno de esos momentos en los que debería haberlo hecho.
Mientras Ginger forcejeaba contra el cuerno que le atravesaba el vientre, Stalker profirió un rugido desgarrador.
Cargó contra aquella especie de unicornio para derribarlo.
No tuve tiempo suficiente para reaccionar.
El unicornio sacó del árbol la punta del cuerno, con Ginger aún ensartada, y se encabritó, golpeando a Stalker en la cara con un casco grotesco y desportillado. Stalker cayó hacia atrás entre gemidos.
No era el tipo de unicornio que yo había llevado estampado en la camiseta. Ni de lejos.
Sacudió la cabeza y lanzó por los aires a la desdichada Ginger.
La sangre salió disparada mientras ella gritaba, chocaba contra un árbol y caía inerte al suelo.
Su sangre goteaba del cuerno gris oscuro de más de un metro de largo.
Parecía hecho de piedra pulida y brotaba de una cabeza y un cuerpo de carne negra recorrida por pulsaciones rojas.
Los tendones y músculos vibraban sobre los gruesos cuartos traseros de la bestia, que era casi tan alta como las copas de los árboles. Sus ojos ardían. Exhalaba ira y hambre.
Aquel unicornio no intentaba hacerse pasar por un caballo. Pero sí conseguía ser un cabrón.
Aullé para congregar a mi manada. Respondieron al instante. Hyena soltó una carcajada profunda y amenazadora, haciendo honor a su nombre, mientras se abalanzaba hacia delante, esquivaba el golpe de un casco y hundía los dientes en la pata delantera de la criatura.
Los gemelos atacaron al unísono y se lanzaron sobre los cuartos traseros de la bestia. Esta coceó hacia atrás, alcanzó un árbol y lo derribó al instante.
Ari se detuvo para examinar a Ginger. Percibía que Ginger aún respiraba. Sobreviviría. Si aquella cosa no acababa con ella.
Y no íbamos a darle la oportunidad.
Aratax corrió hacia el unicornio mientras los demás lobos lo acosaban.
Stalker, ya recuperado, se unió a él mientras esquivaba el cuerno del unicornio.
Hyena salió despedido hacia atrás y pasó por muy poco junto a Aratax y Stalker cuando estos cargaron por debajo del unicornio.
Treparon a un árbol y saltaron desde lo alto para aterrizar sobre el lomo del animal.
Justo antes de hundir los dientes y las garras en la carne de la bestia.
El unicornio corcoveó y lanzó a uno de los gemelos contra un árbol. El otro se soltó y corrió a comprobar que su hermano estuviera bien.
Apreté los colmillos. Esperaba de verdad que no nos hubiéramos metido en algo que nos venía demasiado grande.
Mis lobos mordían, arañaban y acosaban a la gigantesca monstruosidad de unicornio, pero no parecía sufrir daño alguno. Ninguna herida visible. Ningún sangrado. Quizá no estábamos mordiendo con suficiente fuerza.
Me lancé a la refriega junto a mis compañeros. Ari me siguió, se deslizó por debajo de Stalker cuando este salió despedido y rasgó el vientre de la bestia.
Senegal saltó para esquivar el pisotón de un casco antes de hundir los dientes en la pata de la criatura. Sin hacer el menor esfuerzo, el unicornio se lo quitó de encima de una sacudida y lo lanzó contra un árbol. Senegal se deslizó por el tronco. Inerte e inmóvil.
Ari gritó justo cuando el unicornio se libró de los lobos restantes y arremetió contra ella con el cuerno.
Un lobo negro la apartó de un golpe. Aratax. Se volvió, plantado sobre la pálida Sintari, y gruñó desafiante contra la bestia.
Los demás jadeaban. La sangre nos goteaba de la boca. Nuestra propia sangre.
El unicornio pateó el suelo y resopló, expulsando azufre y humo por los ollares.
No era un unicornio normal. En absoluto. Pero eso no cambiaba lo que teníamos que hacer.
Cargué, y Aratax y Stalker se unieron a mí mientras los demás aún se recuperaban después de que los hubiera lanzado a un lado. El unicornio se encabritó. Zigzagueé para esquivar sus cascos. Pero, cuando golpeó el suelo, comprendí que aquello era imposible de esquivar.
Una onda expansiva astilló los árboles y nos lanzó a los tres unos contra otros.
Tosí sangre cuando algo se rompió en mi interior, seguido de una rápida regeneración.
¡Gracias a Fenrir y al Cataclismo por la licantropía!
Aunque, bien pensado, no tendríamos que preocuparnos por aquel maldito unicornio si una brecha no lo hubiera trasladado hasta allí.
Todos yacíamos maltrechos y con los huesos rotos, amontonados por el suelo. Luchábamos por levantarnos. Ginger gimió mientras intentaba ponerse en pie apoyándose en el árbol. El agujero del costado se le estaba cerrando, pero no se encontraba en condiciones de luchar.
Por eso se me paró el corazón cuando el unicornio se volvió hacia ella. Era la primera vez que percibía con claridad sus intenciones. Olía a hambre.
Y, por lo visto, había licántropo en el menú.
El unicornio cargó contra Ginger antes de que ninguno de nosotros pudiera actuar. Proferí un aullido de dolor mientras intentaba levantarme en vano.
Ginger. Ella no había empezado ninguna pelea. No había provocado ningún problema. Y, aun así, yo la había juzgado con demasiada dureza.
Había querido conocerla.
Descubrir quién era tras aquellos ojos taciturnos.
El unicornio se detuvo. De repente.
Me levanté junto con los demás y contemplamos al escuálido y sarnoso Stalker, que sujetaba al unicornio por una pata trasera y tiraba de él como si estuviera jugando al tira y afloja.
Dejó escapar un gruñido firme y vibrante mientras se negaba a soltarlo.
El unicornio corcoveó y lanzó un casco contra él.
Stalker lo esquivó, pero no lo soltó. Se aferró. Con todas sus fuerzas.
Porque Ginger era de la familia.
Aullé, llamando a mi manada a la acción. Senegal se levantó, con Ari a su lado, y se unió al aullido. Aratax, Hyena y los gemelos hicieron lo mismo. Cargamos como uno solo mientras Stalker retenía al unicornio. A escasos centímetros de nuestra amiga.
Corrí hacia el unicornio antes de desviarme. Mi manada me siguió. Sin cuestionarlo. Hasta que quedamos frente al grotesco y palpitante flanco de aquel cabrón con ínfulas de unicornio.
Esto va por ti, Ginger. Para que todos podamos volver a aullar juntos.
Cargamos. Y, como uno solo, derribamos al unicornio.
Antes de que pudiera recuperarse, salté encima de él. Los demás se unieron a mí. Los gemelos mordieron sus cuartos traseros; Hyena, la columna. Senegal y Ari le acuchillaron los ojos, pero tuvieron que retroceder cuando empezó a agitar el cuerno.
Saboreé azufre e inmundicia mientras mordía a la criatura y le arrancaba carne y sangre. Aunque no tanta como Hyena, que encontró un buen punto de apoyo y hundió sus enormes colmillos en ella, arrancándole pedazos.
Comprendí que nunca había pretendido matar a los gemelos. De haberlo querido, ya estarían muertos. Incluso luchando los dos juntos. El entrenamiento solo podía llevarte hasta cierto punto. Hyena era una auténtica bestia.
El unicornio coceó, destrozó árboles y se quitó a Aratax de encima. Consiguió encontrar algo de apoyo y se puso en pie a duras penas. Hundí aún más los dientes y le clavé las garras en el costado para mantenerme encima.
¿Qué podía matar a aquella maldita cosa? ¿Teníamos siquiera alguna posibilidad? ¿O había conducido a mi manada a una trampa mortal?
Aquellos pensamientos me cruzaron la mente, pero no cedí. Ni siquiera cuando los gemelos se resbalaron y Senegal y Ari retrocedieron para evitar la sucesión de pisotones de aquella monstruosidad.
Solo Hyena y yo seguimos aferrados.
Clavé la mirada en aquel brutal licántropo.
Ni siquiera estaba segura de que lo fuera.
Pero sí había algo de lo que estaba segura mientras contemplaba sus resplandecientes ojos dorados.
No se soltó. No dejó de morder. Ni siquiera cuando el unicornio corcoveó, presa del pánico, y nos estampó contra árboles y ramas.
Ni siquiera cuando las astillas se nos clavaron en el cuerpo, no se soltó.
Porque era de la manada.
Lo miré a los ojos. Y, aunque no podía hablar, supo lo que quería decir.
Siempre has sido de la manada.
Hundió las garras en los cuartos traseros del unicornio desbocado, echó la cabeza hacia atrás y mordió con más fuerza que nunca. Sus dientes chasquearon al tiempo que oía crujir los huesos. Por primera vez, el unicornio emitió un sonido: soltó un bramido de dolor y perdió pie.
Mientras avanzaba a trompicones por el bosque, tropezó, se deslizó por el suelo y aplastó los árboles más pequeños.
Hyena y yo nos aferramos por nuestra vida.
Aun así, Hyena mordió con más fuerza. Más hondo.
Hasta que, por fin, echó la cabeza hacia atrás y arrancó un pedazo de carne del cuello del unicornio.
La bestia sufrió un espasmo. Su bramido se cortó en seco.
Se deslizó hasta detenerse. Y la noche quedó en silencio.
Solté mi presa y sentí alivio. ¡Aquella cosa sabía fatal!
A nuestras espaldas, los lobos nos alcanzaron. Senegal estaba en forma humana y llevaba a Ginger a la espalda. Stalker renqueaba a su lado, gimiendo mientras alzaba la vista hacia Ginger. ¡Tenía los ojos abiertos! Estaba viva.
Hyena escupió el pedazo de carne grotesca y saltó del unicornio muerto para aterrizar cara a cara con los gemelos. Se miraron. Como si no supieran qué decir. Como si pudieran decir algo.
Me transformé, me deslicé del gigantesco unicornio y me acerqué a Senegal, Ari y Ginger.
Senegal dejó a Ginger a mis pies. Respiraba con dificultad, pero la herida se estaba cerrando. Gracias a las Brechas porque aquello no era una especie de demonio de plata.
Hyena y los gemelos pusieron fin a su enfrentamiento cuando Hyena se tumbó, jadeante. Los gemelos se acercaron a examinar a Ginger y le lamieron las orejas, preocupados.
Aratax cambió de forma.
—Un adversario digno —dijo entre jadeos—. Sinceramente, no creía que tuviéramos ninguna posibilidad.
—Hombre de poca fe —respondí—. Lo tenía todo controlado.
Contemplé a mi manada. Exhausta, herida y triunfante.
—Lo teníamos todo controlado —me corregí.
Ari observaba a Aratax con recelo. El Drentari acabó por ceder.
—¿Qué? —le preguntó.
Ella se ruborizó un poco.
—Ah, gracias. Por salvarme ahí atrás.
No podía saberlo por el color de su piel, pero estaba segura de que él también se había ruborizado.
—¡No me des las gracias, Sintari! Hice lo que tenía que hacer... por una integrante de la manada.
Senegal se echó a reír, haciendo que ambos elfos lo miraran desconcertados. No pude evitar sonreír.
Parecía que lo único que necesitábamos para estrechar lazos era matar algo.
Un olor inundó el aire. Me volví.
El unicornio sufrió una sacudida mientras Hyena se lamía las heridas a su lado.
Abrí la boca para gritar. Justo cuando dos voces que nunca había oído exclamaron al unísono:
—¡HYENA!
Hyena se volvió justo a tiempo cuando el unicornio sufrió un espasmo e intentó ensartarlo.
Consiguió apartarse rodando por muy poco mientras Ari saltaba hacia delante y hundía sus dagas en los ojos del unicornio.
Stalker la siguió y mordió el agujero que Hyena ya había abierto.
Hasta que el unicornio dejó de moverse para siempre.
Me volví hacia el origen de las voces.
Los gemelos, ahora en forma humana, se miraron el uno al otro. Después me miraron a mí. Tenían los ojos dorados muy abiertos y llenos de entusiasmo.
Era la primera vez que los oía hablar. Que cualquiera de nosotros los oía hablar.
Sin prestar atención a la sangre que nos cubría ni al peligro al que acabábamos de sobrevivir, abracé a los dos entre risas histéricas y con una alegría inconmensurable. ¡Mis bebés podían hablar!
—¡Trudie! —dijeron con una sonrisa—. ¡Alfa!
—¡Sí, sí! —dije con lágrimas de alegría en los ojos.
—¡Culopolla! —dijeron ambos, sonriendo como niños que esperasen una golosina.
—Ah, sí. No digáis eso delante de mi madre.
Me eché a reír justo cuando sentí algo punzante en mis entrañas. Una sensación de pavor que solo podía significar una cosa.
¡Pranish estaba en apuros!