18. Protecciones #2
Espero que sepa que así es como me siento. Y que vuelva algún día. Para que pueda decírselo yo mismo.
A la puerta de este bloque de pisos abandonado solo le queda una bisagra. La cojo antes de que caiga y despierte a todo el barrio vacío, y la dejo a un lado.
Aquí dentro está oscuro y todo permanece tan silencioso como la muerte.
Un rápido hechizo de luz soluciona lo primero e ilumina un montón de recuerdos desmoronados.
Carteles viejos y deteriorados. Maletines abandonados.
Latas antiguas y hogueras apagadas hace mucho tiempo.
Antes había vivido aquí mucha gente. Sus recuerdos ya ni siquiera eran eso.
De su presencia solo quedan huellas imprecisas.
Vestigios que únicamente el adivino más hábil podría utilizar para hacerse una idea de quiénes fueron.
¿Cuántos edificios como este existen en esta ciudad que se niega a sucumbir al apocalipsis?
¿Y a cuánta gente ha olvidado esta ciudad?
No puedo llevar la brújula al interior. Así que tendré que recurrir al buen trabajo detectivesco de toda la vida para localizar a Drez.
Si es que está aquí. Podría haber dejado un señuelo.
O incluso haber instalado otra protección de observación para vigilar el receptor.
En ese caso tendría que localizarla también.
Espero de verdad que no lo haya hecho. Quiero volver con Trudie esta noche. Dormir en el coche me destroza la espalda. Además, Charne me matará si no estoy allí la mañana de Navidad. Siempre me regala un chaleco navideño y se empeña en que lo lleve puesto todo el día. Aunque estemos en verano.
Registro la planta baja del bloque. Muchas habitaciones han sido saqueadas por completo. Hay cables eléctricos arrancados de las paredes, huecos vacíos junto a las encimeras donde antes había hornos y marcas de quemaduras provocadas por las hogueras de los vagabundos.
Otras habitaciones están cerradas. Algunas tienen el cerrojo echado por dentro; otras, llaves perdidas hace mucho tiempo, o cadenas y candados de bicicleta mucho más nuevos.
Podría ingeniármelas para entrar en ellas, pero sería una pérdida de tiempo.
No percibo ningún flujo de magia en esas estancias.
Subo a la siguiente planta y después a la siguiente. Nada. Nada salvo la quietud inquietante de un edificio muerto en un barrio muerto mientras la noche avanza inexorableblemente.
El estómago debería estar rugiéndome. Hoy solo he comido al mediodía. Pero lo siniestro del entorno ha desterrado cualquier pensamiento tan mundano como la comida.
Oigo un estrépito.
Doy un respingo y murmuro el inicio de la Taser-doctrine para cargar un arco eléctrico.
Una rata se detiene en el pasillo y me mira con gesto acusador mientras sostiene una cucaracha en la boca. Después sale corriendo.
Dejo que la descarga eléctrica se extinga mientras suelto un suspiro.
Mi afinidad palpita, molesta por mi reacción.
No es exactamente consciente. Desde luego, no posee voluntad propia.
No es más que una sensación. Pero los seres humanos tenemos la costumbre de personificarlo todo.
¿Cuántas veces imaginamos nuestros glóbulos blancos como pequeños soldados que luchan contra virus grandes y malvados?
Pero, tenga voluntad propia o no, a mi afinidad no le gusta que esté tan asustadizo. No es nada guay. Ni en el sentido emocional ni en el estético.
Bueno, da igual. Mientras pueda lanzar mis hechizos útiles y haya una línea wey que los alimente, estaré bien con o sin mi maldito parásito mágico.
Subo por las escaleras hasta la última planta y entonces me detengo. Hay algo en el aire. Una sensación de energía. Un flujo. Cierro los ojos y permito que mis sentidos humanos se atenúen, sustituyéndolos por mi percepción de lo arcano.
Es más instinto que destreza. Y posiblemente una de las cosas más importantes que debe aprender un mago. La capacidad de percibir el flujo de una línea wey. No se puede dominar la magia de magos consultando constantemente WeyMap.com. Hay que ser capaz de sentirla.
Y la siento. Ahora mismo. Una línea wey que fluye hacia un hechizo activo.
Avanzo con sigilo escaleras arriba. No oigo nada.
Ni murmullos, ni conjuros, ni el zumbido eléctrico de la magia.
Pero puedo sentirla. Puedo olerla. No es ese hedor invasivo a caucho quemado que rodea las líneas wey oscuras, sino el olor de la madera al arder, teñido con el sabor de una pila. Potente y eléctrico. Elemental.
Lo llamamos magia de combate. En el fondo, no deja de ser magia elemental. Pero afinada. Revestida de una ilusión de sofisticación. Aunque eso no cambia su naturaleza.
Existe con un único y sencillo propósito: destruir. Sin moral, remordimientos ni conciencia. Sin intención, ni siquiera pensamiento alguno sobre el bien o el mal.
Nadie culpa al sol por abrasar la Tierra. Sencillamente lo hace.
Y por eso la magia de combate no corrompe como la magia oscura. Porque puede destruir una roca con la misma facilidad que a un niño sin llegar a discernir la diferencia.
Resulta irónico que consideremos más perverso a un nigromante que solo quiere devolver a la vida a sus seres queridos que a un piromante que quema vivos a inocentes.
Tal vez por eso siempre he sentido tanta compasión y admiración por Candace Evergreen. Nunca me había costado demasiado aceptarla entre nosotros.
La magia era una herramienta. Nuestra herramienta. Éramos nosotros quienes la definíamos.
Y es Drez Condor quien dará sentido a la energía primigenia que fluye desde el interior de su santuario.
Me detengo frente a la puerta de Drez. El poder palpita al otro lado.
Kat y Trudie probablemente irrumpirían sin más.
¿Quizá debería hacerlo yo también? Aprovechar el factor sorpresa.
Podría electrocutarlo. Aturdirlo y después interrogarlo.
Entregarlo a la policía. Tal vez pudiera con él en una pelea.
Era poderoso. Inteligente. Pero también era un erudito.
Yo era un cazador de monstruos maldito por las brechas.
Tenía que recitar conjuros más deprisa de lo que volaba un espectro o mi cabeza saldría despedida.
Este último año ha potenciado muchísimo mi magia de magos. Se lo debo a Kat y a una horda interminable de bestias.
Pero ¿de verdad quiero luchar contra Drez?
Quiero hablar con él. Aprender de él.
Pero, por otra parte, ¿puedo permitirme ese lujo?
Intentó volar la Torre de Shard Industries.
No es alguien con quien pueda limitarme a hablar. Pero necesito saber que no tiene redención posible. Que una mente tan brillante como la suya no puede volver al buen camino.
No... Tengo que luchar contra él. Pero al menos puedo intentar hablar primero.
Retrocedo y apunto dos dedos hacia la puerta mientras susurro un conjuro. Unos rayos brotan de mi boca, se enroscan alrededor de mis brazos como serpientes y crepitan como una tostadora averiada hasta converger entre las puntas de mis dedos.
Ha llegado el momento de canalizar a Kat y a Trudie. A mi manera.
Con una descarga, arranco la puerta de sus goznes. Ya estoy recitando otro conjuro eléctrico cuando entro a la carrera en la habitación. Y me detengo.
Drez Condor está de pie tras un escudo translúcido y burbujeante, con su protección de observación a la espalda transmitiendo imágenes de la casa de mi familia.
Es un hombre mayor, envejecido aún más por el peso del mundo.
Las bolsas bajo los ojos hablan de muchas noches en vela y contrastan con sus brillantes ojos plateados.
Están quemados por wey. Es el síntoma de haber canalizado demasiada magia de una sola vez en demasiadas ocasiones.
Tiene una mata de pelo rubio oscuro que encanece por los bordes, a juego con su espesa barba gris.
Viste la túnica azul oscuro de un archimago.
No parece sorprendido en absoluto de verme.
Habla sin el menor asomo de sorpresa, ira ni admiración en la voz.
—Bienvenido, Pranish Ahuja. Lo estaba esperando.