18. Protecciones
Protecciones
***EL MAGO***
Dispongo mi cargamento de material de oficina y suministros para lo arcano sobre el capó del coche, aparcado bajo una farola en el centro de Ciudad Vieja.
La noche está tranquila, aunque los adornos navideños resplandecen en la oscuridad.
Hay una pátina de alegría, pero ningún júbilo verdadero.
Todos seguimos conmocionados por lo ocurrido este último año.
Con suerte, estas Navidades transcurrirán sin incidentes en mi ciudad. Sus habitantes se merecen al menos eso.
Tendré que darle las gracias a Trudie por insistir en que me quedara con el sueldo del trabajo de recuperación del contrato.
El dinero me ha venido muy bien para comprar este equipo ritual.
Y para sobornar al dependiente a fin de que mantuviera la tienda abierta el tiempo suficiente para que pudiera adquirir lo necesario.
No necesito gran cosa. Solo un poco de arena magnetizada, una aguja de latón y cuatro trocitos de ámbar. Ya tengo un rotulador para trazar el círculo ritual y una moneda sobre la que equilibrar la aguja.
Iluminado únicamente por la farola, que proyecta un charco de luz amarillenta sobre el asfalto agrietado, me pongo manos a la obra.
Valiéndome de las notas que tomé de la protección de Drez, dibujo un círculo ritual y desgloso la información necesaria, copiándola en el círculo.
Muchos hechiceros critican la magia de magos por considerarla impersonal. Un parásito que se alimenta de la magia del mundo sin dar nada a cambio. Sin aportar ningún toque personal. Pero nada más lejos de la realidad.
Cada mago tiene una voz. Cada mago deja una firma. Una marca enterrada en lo más profundo de las palabras de conjuro y las runas. El trazo de una pluma, la entonación de un hechizo o incluso la sintaxis. Y mucho más.
La magia de magos es personal. Tal vez incluso más personal que la hechicería. El poder puro de un hechicero no es más que eso. Poder puro. Sin sutileza. Sin creatividad. Nada salvo la expulsión de energía simple.
Solo los hechiceros como Cindy, dotados de la chispa de purificación, se acercan a lo que puede lograr un mago.
Pero eso se debe a la naturaleza de su afinidad.
La pureza de mente y espíritu exige una disciplina y un conocimiento de su arte que van mucho más allá de limitarse a pactar con una emoción inconsciente del alma.
Anoto las runas de Drez en el círculo de hechizo, dejando espacio para las runas de rastreo necesarias. Un poco de Sintari sencillo. El buen élfico de toda la vida nunca me falla.
Una vez terminado el círculo, vierto la arena magnética. Despacio y con cuidado. Por fortuna, esta clase de arena está diseñada para los círculos de hechizo. Como por arte de magia — porque lo es—, la arena gravita hacia el círculo que he dibujado y cubre sus líneas con granos negros.
Ya utilicé este hechizo una vez. Para intentar localizar a Trudie cuando desapareció el año pasado.
Pero sus objetos personales no bastaron para formar una firma del alma.
O, según una de mis hipótesis, su alma había experimentado un cambio que interfirió con mi rastreo.
La licantropía no era una simple infección física. Alteraba el alma. Su naturaleza.
Así es como, empiezo a teorizar, los alfas mantienen conexiones tácitas con su manada. Están vinculados en el plano astral.
Pero ahora no es momento de darle vueltas a esas cosas. Tengo que concentrarme. Tengo que encontrar a Drez antes de que haga algo que todos vayamos a lamentar.
Coloco la moneda en el centro del círculo. En el pasado habría tomado medidas. Pero, cuando uno crea suficientes círculos de hechizo, las dimensiones acaban grabadas en la memoria muscular. La arena percibe la moneda y palpita, vibrando en el aire.
Empiezo a leer las runas en voz alta; mi voz se vuelve más grave al pronunciar las palabras de conjuro características de Drez y adopta un tono más agudo y cantarín cuando leo mi Sintari.
Sostengo la aguja con el brazo extendido y pronuncio la última palabra de conjuro. La aguja se agita y se me escapa de la mano, encajando de golpe sobre la moneda.
Gira como la hélice de un helicóptero hasta que se detiene. Entonces cambia de posición y señala hacia el sudeste.
Noto un clic en el cerebro y las entrañas. Una sensación de determinación y expectación. La certeza de que, llegados a este punto, ya no hay vuelta atrás. Tengo un camino. Es hora de recorrerlo.
Voy a por ti, Drez.
Desde el asiento no regulable del conductor apenas alcanzo a ver la dirección aproximada de la aguja de latón.
Habría estado bien hacer esto sobre el salpicadero, pero los círculos de hechizo deben ser bastante grandes para absorber la energía de una línea wey.
Y, dado que no sé a qué distancia puede estar Drez, necesito mucha energía para alimentarlo.
Conduzco despacio por las tranquilas calles de Ciudad Vieja, acompañado únicamente por las luces de Navidad y algún que otro cazador de monstruos orco que patrulla la zona.
Cada vez que la luz de una farola alcanza el capó, compruebo la orientación de la aguja.
No cambia de dirección hasta que entro en la autopista, momento en el que da un giro brusco hacia Wynberg.
Giro yo también y casi derrapo hasta salirme de la carretera.
Por suerte, no hay mucho tráfico al que enfurecer.
La brújula me guía a través de un barrio residencial oscuro y adormecido hasta el distrito comercial fantasma de Wynberg.
Wynberg ya se estaba muriendo antes del Cataclismo.
Era un antiguo y prestigioso barrio residencial y comercial, con una calle vital para el comercio de la ciudad, que se fue deteriorando poco a poco a medida que las empresas se trasladaban a Claremont y de vuelta a Ciudad Vieja.
El Cataclismo clavó el último clavo en el ataúd de esta zona de la ciudad, antaño próspera, cuando las principales líneas wey atravesaron Ciudad Vieja, Claremont y Constantia.
Comparada con el resto de la región, la línea wey de Wynberg seguía siendo potente, pero MagiKorps no quería algo aceptable, ni siquiera potente. Quería lo mejor.
Antes del apocalipsis del Mentor todavía vivía gente en el distrito financiero de Wynberg. Pero, como sucedió en buena parte de la ciudad, las bestias surgidas de las brechas y el caos que provocaron despoblaron esta zona.
Espero que la mayoría de los vecinos se limitaran a mudarse. Que no acabaran convertidos en el tentempié de alguna monstruosidad de otro mundo. Pero ese es un deseo vano en Hope City.
Los monstruos rezagados no me dan demasiado miedo.
He estado atento a los rumores y me habría enterado por mis contactos de cualquier cosa a la que no pudiera enfrentarme.
Todo lo demás no son más que restos dispersos.
Y puedo encargarme con facilidad de un gnoll solitario o incluso de una manada de osgos.
Noto en la cabeza el zumbido de un hechizo eléctrico.
Lo llamo la Taser-Doctrine. Solo un poco de Primordial con una pizca de Sintari para controlarlo.
Puede ajustarse para hacer cualquier cosa, desde reducir a alguien con una descarga hasta prenderle fuego.
Con mucha más precisión quirúrgica que cualquier bola de fuego.
Y, si necesito aumentar la potencia, tengo el Martillo de Zeus. Un buen rayo de los de toda la vida.
Poner nombre a los hechizos es una buena forma de memorizarlos.
Avanzo despacio por una calle flanqueada por altos bloques de pisos sumidos en la oscuridad, abandonados a la podredumbre y la ruina. La brújula cambia de orientación poco a poco y apunta hacia uno de los edificios. Sigo avanzando para asegurarme y la brújula empieza a señalar a mi espalda.
Sí. Es aquí.
Detengo el coche y aparco detrás de los restos de un viejo camión militar. No es de la CDF. Es mucho más antiguo. De la SADF. Debieron de dejarlo aquí cuando el mundo estaba llegando a su fin. Bueno, cuando la gente creía que era así.
Protejo el coche con un hechizo y lo cierro. Puede que sea un barrio abandonado, pero eso no significa que sea seguro. Probablemente sea todo lo contrario. Aun así, Drez lo ha considerado lo bastante seguro para esconderse aquí.
¿Qué haré cuando encuentre a Drez? ¿Luchar contra él? ¿Hablar con él? ¿Unirme a él?
Odio muchas cosas de mi familia, pero no tanto como para desear que mueran.
Esto puede acabar de muchas maneras. No quiero luchar contra Drez Condor. Pero, si tengo que hacerlo, lo haré.
Voy al maletero y desactivo temporalmente la protección. Hoy he hablado mucho hebreo. Es la mejor lengua para los hechizos de protección. Refleja una civilización que se ha mantenido con vida contra todo pronóstico durante muchísimo tiempo.
Dentro del maletero hay una túnica gris oscuro doblada, acampanada en la parte inferior. Y, junto a ella, un chaleco de combate negro adornado con el emblema de una espada y un escudo.
Mi equipo de Cruzado. Hace tiempo que no me lo pongo.
Una pequeña parte de mí aún guarda rencor a Kat por haberme arrastrado a este mundo.
Pero la parte más grande y lógica comprende que no fue ella.
Este mundo siempre había existido y yo siempre había formado parte de él.
Así era la vida. La violencia era el estado natural de las cosas.
Y hacían falta héroes para mantenerla a raya.
Kat no me había arrastrado hasta aquí. Solo me había abierto los ojos. Me había mostrado que había monstruos ahí fuera y que necesitábamos proteger al mundo de ellos.
Ella nos había protegido. Ahora me tocaba a mí. Aunque mi familia no se lo mereciera, me aseguraría de que estuvieran bien.
Me pongo el chaleco, sintiendo su reconfortante presión alrededor del torso, y dejo que la túnica se despliegue a mi alrededor. Está diseñada a imitación de las túnicas de archimago que utiliza la CDF.
Kat mandó hacerla especialmente para mí.
Es una buena amiga. Lamento no haberle hecho comprender eso antes de que se marchara.