Hombres Lobo y Hechicería (Serie Kat Drummond 16) 17. El bosque feérico
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17. El bosque feérico

El bosque feérico

***LA LOBA***

¡Malditos aspirantes a caballos!

Eso era lo único que eran los unicornios.

Recordaba que me habían contado que eran unos seres mágicos y celestiales que llevaban paz y armonía a cuanto los rodeaba.

Cuando era pequeña, mis padres me llevaron a ver unicornios.

Llevaba un gorro de unicornio, una camiseta de unicornio y hasta zapatillas de unicornio. ¡Estaba emocionadísima!

¿Y quién no lo estaría? Me habían criado haciéndome creer que los unicornios eran lo mejor que existía. La criatura por excelencia. El dios de toda niña pequeña…

Así que intentad imaginar mi decepción cuando lo único que vi detrás de aquella sucia valla de madera fue un poni blanco igual de sucio, con un cuerno diminuto y enclenque que le sobresalía de la cabeza. Y en sus ojos no vi nada especial. Solo un animal detrás de una valla.

Aquel día mandé el rosa a paseo. Mandé a paseo a las princesas y los ponis.

Y abracé mi propia forma de oscuridad. Empezó como una rebelión contra una sociedad que me había mentido acerca de los unicornios.

Pero entonces me di cuenta de que me gustaba.

Me gustaba aquella estética. Me gustaba vestir de negro y atraer miradas.

Hasta me gustaba que la gente me llamara bruja o vampiresa.

No es que fuera ninguna de las dos cosas. Simplemente me gustaba vestir así.

Pero todo empezó cuando los unicornios se revelaron como poco más que unas copias remilgadas y sobrevaloradas de los caballos.

No había ni una sola razón para admirarlos más que a los caballos. Y mucho menos para temerlos.

Bueno, hasta ahora, por lo visto.

—Alfa —susurró Ari con cautela—. ¿Qué hacemos?

Sentí unos ojos dorados clavados en mí. Sin parpadear. A la espera. Ninguno se peleaba con los demás. No discutían. Esperaban a su alfa.

El sol se estaba poniendo. Nos sorprendería la oscuridad.

Mis labios se curvaron en una sonrisa.

Menos mal que los licántropos ven en la oscuridad.

Me volví hacia mi madre y grité:

—¡Llama a Pranish! Dile que vamos a luchar contra un unicornio en el bosque.

La preocupación cruzó el rostro de mi madre, pero no discutió. Sabía lo que había hecho antes para mantener a salvo a esta familia. Y de lo que era capaz. Pero preocuparse era parte de ser madre.

Me quité la chaqueta mientras avanzaba a grandes zancadas hacia el bosque.

¡Cuánto había echado de menos aquello!

Entremezclada con el olor del miedo feérico, crecía una sensación. Expectación. Mis lobos me siguieron en formación mientras yo me deshacía de la ropa. Me transformé al tiempo que me desnudaba, sintiendo cómo la piel me hormigueaba y cobraba vida. El mundo se volvió más nítido. Más claro.

Los gemelos aullaron. Hyena se les unió. Después Stalker, Ginger, Aratax, Senegal y, cuando terminé mi transformación, yo.

Trabajar en la reparación de los establos era una cosa, pero aquello no era propio de licántropos.

Llevaba demasiado tiempo posponiéndolo. Solo entonces comprendí cuánto. La expectación estaba llegando al límite. Amenazaba con estallar. Percibí la misma sensación en mi manada.

Necesitábamos aquello. Necesitábamos la caza.

Y aquel era nuestro territorio.

Ari mantuvo el ritmo mientras acelerábamos hacia el bosque. Desenvainó sus dagas y corrió junto a Senegal cuando él se lanzó a grandes zancadas hacia el bosque feérico. Pero ni siquiera la elfa pudo seguirnos el ritmo cuando aceleramos y nos precipitamos en la oscuridad del bosque.

Nuestros ojos tardaron un momento en adaptarse a la oscuridad del bosque feérico. Sin las hadas y los duendes aportando sus tonalidades doradas y su poder para iluminarlo, el bosque había adquirido la oscuridad natural de una arboleda frondosa. La negrura nos engulló.

Lo único que percibía era a mi manada, justo detrás de mí. Crujidos de ramas. Jadeos. Músculos pesados golpeando la tierra.

Y entonces nuestros ojos resplandecieron con un fulgor dorado. Vi el bosque, pero ya no era el mismo. La tranquilidad y la armonía mágica habían desaparecido. Apestaba a miedo. Miedo feérico. Abrumador mientras lamía a mis lobos.

Sentí su ansiedad. Sentí su inquietud. Corrían tras de mí hacia lo desconocido. Solo porque yo se lo había ordenado.

Lo menos que podía hacer era guiarlos.

Sin detenerme, levanté el hocico hacia el cielo y aullé. Un aullido largo que transmitía mis sentimientos a quienes más cerca estaban de mí. Algo que solo los lobos de mi manada comprenderían.

Es difícil describir este aullido a alguien que no sea licántropo. Era un grito para reunirnos, pero también mucho más.

Ahuyentaba el miedo. Ahuyentaba las dudas.

Los lobos cerraron la formación, ocupando exactamente el lugar que les correspondía mientras se sumaban al aullido. Todos ellos.

Ese era el poder de una manada de lobos. No éramos una mente colmena. Ni unos zombis descerebrados. Éramos una familia unida por una conexión instintiva que iba mucho más allá de ser una simple banda de lobos.

Ni siquiera las luchas internas la habían destruido.

Salté por encima de una raíz elevada. Ninguno de los lobos vaciló. Esquivamos y sorteamos con fluidez los árboles y los zarzales.

Hasta que capté el olor.

Frené en seco, derrapando. La manada redujo la marcha detrás de mí, aunque algunos no lo bastante. Stalker resbaló, dio una voltereta y chocó contra Hyena. El enorme bruto gruñó a su escuálido camarada, pero no lo atacó.

El olor de una amenaza distinta e inminente era más apremiante.

No olía a unicornio. Es decir, no olía a excrementos de caballo y barro. El aire estaba impregnado, más bien, del hedor a azufre, pelo quemado y hierro. Nunca era una combinación agradable. Ni siquiera por separado.

Miré a mi manada para asegurarme de que se comportaban.

Senegal tenía el pelo erizado. A lo lejos, oí a Ari jadear mientras intentaba alcanzarnos.

Lo conseguiría. Con el tiempo. Y no me preocupaba que estuviera allí sola.

Podía enfrentarse a cualquier cosa que ese condenado bosque le echara encima.

Sobre todo a algún maldito aspirante a caballo con ínfulas.

Aunque oliera a muerte ardiente.

Aratax olisqueó cerca del tronco de un árbol. Percibí su irritación.

Estúpido ser feérico , debía de estar pensando. Esto no es un unicornio.

Y, por una vez, me inclinaba a darle la razón al Drentari.

Ginger gimoteó para llamar mi atención. Me acerqué a ella de lado y olisqueé el suelo.

El olor era más intenso y, oh…

No hacía falta oler nada.

Oculto entre dos robles de tronco grueso había un sendero de destrucción.

Árboles aplastados, ramas pisoteadas y un reguero de cadáveres.

El hedor de los cuerpos era más intenso que el de un cadáver normal y reciente.

Seres feéricos muertos. Aterrados cuando fueron destruidos.

Los feéricos muertos siempre olían peor que cualquier otra cosa.

Era como si la naturaleza se rebelara ante su muerte. Nunca debían morir.

El rastro de destrucción se adentraba aún más en el bosque, mezclándose con aquel hedor de antes. No olía natural. No como un unicornio ni como ningún monstruo que hubiera olido jamás. Lo único que podía decir era que estaba mal. Rematadamente mal.

Como uno solo, la manada avanzó por el sendero aplastado. Progresamos despacio, olisqueando y vigilando la línea de árboles.

¡Era como si hubieran plantado un tanque en mitad del bosque y este se hubiera dado una vuelta por diversión! Pero eso no era lo que percibía de los feéricos.

El hedor de su muerte hablaba de terror. De haber sido devorados.

Los tanques no se comían a los feéricos.

Seguimos el rastro hacia las profundidades del bosque hasta que el hedor a algo aberrante desapareció. El sol ya se había ocultado por completo. Solo la luz de la luna nos proporcionaba la escasa iluminación que necesitábamos. Nuestra visión nocturna de hombre lobo hacía el resto.

¡Llevábamos mucho más de una hora siguiendo aquel rastro!

De haber estado en forma humana, habría chasqueado la lengua con irritación. ¡Nos habíamos equivocado de camino!

Olfateé el aire. Intenté captar de nuevo el olor. Pero había demasiados olores que me embotaban los sentidos. La expectación de mis lobos. Las dolorosas muertes de los feéricos. Y la sobrecogedora inquietud de aquel bosque antaño mágico, que se acercaba a un final siniestro.

Impaciente, di media vuelta para regresar por donde habíamos venido. Los lobos adoptaron la formación. Percibí su desasosiego. Esperaba que no se convirtiera en pánico y agresividad. ¡Lo estaban haciendo muy bien!

Algo iba mal.

Mis orejas se agitaron.

Algo se acercaba.

Me detuve. Se me erizó el pelaje.

Hojas agitándose. Ramas partiéndose. Movimiento. Procedía de entre los árboles.

Mis lobos se desplegaron, levantaron los cuartos traseros y se prepararon para abalanzarse.

Esperamos. Y esperamos.

Hasta que una Ari desaliñada salió trastabillando de la maleza.

Por fin nos había alcanzado. Senegal corrió hacia ella para frotar el hocico contra su cuerpo. Intenté suspirar en forma de loba. Sin éxito.

Entonces un árbol explotó.

Ginger lanzó un alarido entre gritos y chillidos cuando un cuerno de al menos un metro veinte de largo la empaló contra un abeto.

La sangre brotó a chorros de la joven loba mientras el pánico se apoderaba de la manada.

Las emociones me abrumaron. Terror. Ira. Conmoción.

Y, por encima de todo, incredulidad.

Porque allí, en mitad del bosque, atravesando el vientre de Ginger y clavándola contra el tronco de un árbol, había un unicornio.