24. Familia
Familia
***EL MAGO***
—¡Has estado magnífico, Prani! —exclamó mi madre, abrazándome mientras la desataban y le quitaban la mordaza.
Mi hermano se frotó las muñecas y nos miró en silencio a mí y a los licántropos, algunos desnudos y en forma humanoide a nuestro alrededor.
Mi padre sonreía de oreja a oreja.
—¡Sentimos muchísimo lo que te hicimos! Fue cruel, pero debes comprender que lo hicimos por tu propio bien. ¡Tu chispa está viva! Y menuda chispa.
Le lanzó una mirada fulminante a Drez y volvió a mirarme.
—¡Puedes volver a tu antiguo apartamento de inmediato! ¡Despertaré al casero si hace falta! Espera, ¡si los caseros somos nosotros!
—¡O puede volver a casa! —insistió mi madre.
Mi padre asintió.
—Y mañana podemos hablar de conseguirte un puesto como es debido en Shard Industries. ¡Se acabaron esas nimiedades de magia de magos para ti! ¡Ahora eres un hechicero!
Miré fijamente a mis padres y a mi hermano, que permanecía callado. Su expresión había recuperado aquella imperturbable mirada de criomante. No revelaba nada.
Trudie estaba a mi lado, con la nieve posándose sobre sus hombros desnudos. No le importaba. La miré y sostuve su mirada. Ella sonrió y yo le devolví la sonrisa.
Volví a mirar a mi familia.
—Disfrutad de la Navidad —dije antes de darles la espalda.
La manada adoptó su formación mientras la guiábamos fuera de la sala de rituales y a través de la mansión cubierta de sangre. Mis padres nos miraron incrédulos. No dijeron una palabra.
Me propuse asistir al funeral de Todd. Se merecía algo mejor que aquello. Pero tenía razón. Mis padres me querían. Solo que a su manera retorcida y ciega. Tal vez, con el tiempo, llegarían a comprenderme.
Pero no era responsabilidad mía.
Salimos de mi antiguo hogar. La nieve apagaba las llamas de las furgonetas incendiadas.
Había mercenarios muertos, cubiertos de mordiscos o zarpazos.
Algunos se alejaban arrastrándose y hacían muecas de dolor al vernos acercarnos.
No los detuvimos. Si habían sobrevivido hasta entonces, merecían vivir.
No era culpa suya haber sido tan estúpidos como para aceptar un trabajo de Drez Condor.
Ya estábamos bastante lejos de la mansión cuando oímos pasar a toda velocidad a la policía. Casi esperaba que ni siquiera aparecieran. Al fin y al cabo, era festivo.
Con un poco de suerte, no dejarían escapar a Drez por segunda vez.
Aunque tampoco se podía esperar gran cosa de los mejores agentes de Hope City.
Lo cual nos venía bien. Una manada de licántropos cubiertos de sangre, una elfa de cabello carmesí y un mago con la conmoción mágica reflejada en los ojos no formaban precisamente el grupo más discreto.
Trudie nos condujo hasta la playa, donde los licántropos retozaron en solemne silencio. Salvo los gemelos, que no paraban de correr hacia Trudie para enseñarle basura, conchas, montones de arena y algas, identificándolo todo uno por uno.
Ella los felicitaba cada vez, incluso cuando identificaron un cangrejo como un Yorkshire terrier.
Mientras la manada nadaba en las gélidas aguas del Atlántico sin que pareciera importarle, yo me senté en la arena, con la mano entrelazada con la de Trudie.
—No habría podido hacerlo sin ti —dije en voz baja mientras Aratax salpicaba a Ari y ella respondía abalanzándose sobre él y derribándolo en la orilla.
No estaba seguro de hasta qué punto aquella pelea amistosa lo era de verdad, pues mantuvo la cabeza del elfo oscuro bajo el agua un poco más de lo que podía considerarse cortés.
—Lo sé —respondió Trudie.
Sonrió, aún con los dientes afilados y los ojos de un dorado resplandeciente.
Cuando se había convertido en licántropa, le preocupaba que yo solo la viera como una bestia. Como un monstruo. Que, por decirlo de la forma más sencilla, me pareciera fea.
Pero no podía mentir. Seguía siendo lo más hermoso del mundo.
La besé. Con dulzura y suavidad.
Hasta que le rugió el estómago.
Incluso en medio de la oscuridad, distinguí cómo se sonrojaba.
—No puedo ser la única que tiene hambre. Deberíamos buscar algo que comer —dijo.
En cuanto oyó la palabra comer , la manada ya estaba reunida.
Dudaba que Trudie llevara dinero encima. Los licántropos rara vez tenían bolsillos disponibles.
Por suerte, aún me quedaban algunos billetes arrugados en el bolsillo.
Saqué el dinero y sonreí.
—¡Invito yo!
El sol salía despacio. Varios trabajadores del turno de mañana se quedaron paralizados cuando estaban a punto de entrar en sus coches al ver que una colección de lobos y personas desnudas se dirigía con toda tranquilidad hacia un restaurante abierto las veinticuatro horas, que anunciaba su comida con un enorme letrero de neón.
La camarera de recepción, con los ojos legañosos, se limitó a parpadear cuando llegamos y abarrotamos la entrada.
—Una mesa para… —empecé a contar—. Cualquier mesa que tenga libre.
Quizá fuera por el agotamiento o quizá se tratara de una noche más en Hope City, pero la camarera no dijo una palabra mientras nos conducía hasta varios reservados. Hyena no cabía dentro de ninguno, pero se conformó con sentarse al lado, con la enorme lengua colgando.
Los gemelos le enseñaron los cubiertos a Hyena e identificaron una cuchara como tenedor y un cuchillo como espátula. Sí, íbamos a tener que solucionar aquello.
Pero no esa noche.
La camarera se acercó a la mesa con un bloc de notas. Conté el dinero que me quedaba.
—Tráiganos carne por valor de cuatrocientos cincuenta dólares, por favor —dije—. Poco hecha.
—Eh, ¿puedo pedir una ensalada? —preguntó Ari.
La camarera, aún aturdida, llevó nuestro pedido a la cocina y nos dejó charlando, recordando viejos tiempos y disfrutando, sencillamente, de nuestra mutua compañía.
Trudie apoyó la cabeza en mi hombro mientras Stalker y Ginger se acurrucaban en un rincón.
Aratax se maravillaba de que existieran restaurantes como aquel.
Parecía que de donde él venía no había restaurantes ni comida rápida.
Hyena, Stalker y Ginger no podían hablar, pero incluso ellos parecían felices y relajados. Sobre todo cuando llegó la comida.
Si alguien nos hubiera mirado en aquel momento, jamás habría imaginado lo cerca que habíamos estado de llegar a las manos. Ni que aquella manada casi se había destrozado a sí misma.
Pero ninguna familia está a salvo de los conflictos. Ni debería estarlo. Porque todos éramos personas diferentes. Nos peleábamos, llorábamos, nos odiábamos y nos queríamos. Pero, al final, éramos una familia.
—Más os vale no quedaros sin apetito. ¡Aún tenemos la comida de Navidad! Y mi madre nos matará a todos si nos atiborramos antes siquiera de llegar a casa —dijo Trudie.
Senegal dejó de masticar su filete poco hecho con aire culpable.
—Por supuesto —respondió Aratax—. Es mi solemne deber disfrutar de la comida de la familia. ¡Devoraré el festín de tu madre aunque llegue el mismísimo apocalipsis!
Nos reímos, incluso Ari, mientras dábamos buena cuenta de nuestros respectivos platos. Hasta yo probé la carne y la cociné un poco más a mi gusto con un rápido lanzamiento del Puño de Surtr.
Uno rara vez se da cuenta de cuándo es feliz. Es solo una sensación que, bueno, surge sin más. Pero en aquel momento supe que lo era.
Porque, a pesar de todo lo que había sucedido, tenía a mi familia.
Trudie me dio un suave codazo y señaló hacia el otro lado de la ventana.
Mi hermano estaba junto a su coche, con las manos en los bolsillos. Vacilante, me saludó con la mano.
Me levanté, pasé de lado entre los voraces licántropos y salí del restaurante.
—Eh… Hola —dijo mi hermano cuando me acerqué.
—Hola —respondí.
Silencio. Dio una patada a una piedrecilla. Mantuvo las manos en los bolsillos hasta que alzó la vista y sostuvo mi mirada.
—Lo siento —dijo—. Por todo. Y solo quería darte las gracias por, ya sabes, salvarnos. Sé que no nos lo merecíamos…
Le puse una mano en el brazo para detenerlo. Esbocé una leve sonrisa.
—Somos familia —dije sencillamente.
Mi hermano me miró, sorprendido. Vi que se le humedecían los ojos antes de secárselos y devolverme la sonrisa.
—Por cierto, tu magia de magos… ha sido increíble. Nunca había visto nada igual. Yo… de verdad que no sabía lo que podía hacer. Y estaba pensando… ¿podrías enseñarme un poco? Quiero decir, si no estás demasiado ocupado…
Mi sonrisa se ensanchó mientras rodeaba a mi hermano con un brazo.
—¡Empecemos ahora!
No protestó mientras lo conducía al interior del restaurante.
—Pero antes tengo que presentarte a la manada.