Hombres Lobo y Hechicería (Serie Kat Drummond 16) 14. Construcción
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14. Construcción

Construcción

***LA LOBA***

El sol había iniciado su descenso, pero aún bañaba con abundante luz dorada las obras que se llevaban a cabo en los terrenos de la Mansión Tokai. Para cualquier observador ajeno, aquello debía de parecer sacado de la fantasía de un niño o de un delirio febril.

Me había llevado un rato convencer a los lobos de que no iba a arrancarles la garganta de un mordisco. Por suerte, ayudó que mi padre volviera a casa con una nevera portátil llena de filetes. Como cualquier chucho callejero, los hombres lobo no podían resistirse a la comida.

Con un poco de carne roja, conseguí atraer a todos los lobos aterrados y temblorosos. Se unieron a los que conservábamos mejor el juicio: Senegal, que ya estaba casi recuperado, Aratax y yo.

En realidad, explicarles lo que quería que hicieran resultó más difícil que conseguir que se acercaran a mí. Pero, de algún modo, logré hacerme entender.

En cuestión de horas, una manada de lobos gruñones, pendencieros y territoriales correteaba por el césped, arrastrando tablones y ladrillos con las garras y los dientes, pasando herramientas a quienes tenían pulgares y llevando agua a quienes la necesitaban.

Trabajar durante las horas más calurosas del día no era la mejor idea. Pero yo no era de las que esperan. Cuando tengo una buena idea, la llevo a cabo. No hay motivo para dejarla para más tarde por algo tan insignificante como el tiempo.

Además, a los lobos no parecía importarles. De hecho, me sentía estúpida por no haber pensado antes en aquello. ¡Era tan evidente!

¿Cómo pude pensar que sería buena idea meter en un establo pequeño y mugriento a un puñado de lobos indisciplinados y aterrados que apenas conservaban algún vestigio de humanidad —o de lo que fueran bajo todo aquel pelaje—?

En mi defensa, habíamos estado ocupados. Muy ocupados. ¡Casi llegamos a creer que el Consejo iba a echarnos! Y entonces habríamos tenido problemas más graves. Como intentar meter a todos esos cabrones peludos en la iglesia.

Pero eso no había ocurrido. En lugar de eso, los había hacinado en un establo ruinoso que, a mi parecer, llevaba décadas sin albergar un caballo vivo.

Pero eso estaba a punto de cambiar. Bueno, la parte de ruinoso. No la de los caballos.

Aratax demostró que era algo más que un bocazas mientras clavaba unos clavos en un tablón que Hyena sostenía en alto.

Ginger, que aún se las apañaba para parecer toda una diva, llevaba varias botellas de agua atadas alrededor del cuello.

Aunque a menudo no parecían entenderme, la loba tenía un don para averiguar quién necesitaba agua en cada momento.

Incluso cuando estaban tan absortos en su trabajo que ni siquiera se daban cuenta de que ellos mismos estaban sedientos.

No pude evitar preguntarme si Ginger habría sido una criatura feérica antes de su transformación.

Eso explicaría tanto su arrogancia como su empatía.

Senegal, Aratax y Ari se encargaban de reparar el establo.

Hyena y Stalker arrastraban tablones y ladrillos nuevos para sustituir la madera podrida y reforzar los cimientos.

Mandy entorpecía el trabajo mientras interrogaba a Aratax acerca de un festival que, según él, era un equivalente —superior— a la Navidad.

Los gemelos, que todavía me tenían un poco de miedo, estaban sentados con mi madre junto a los escalones, ensartando palomitas para formar guirnaldas. Soltaban risitas cada vez que creían haber logrado comerse alguna sin que nadie se diera cuenta.

No pude evitar sonreír. Aún faltaba mucho para que las cosas estuvieran arregladas de verdad. Seguía manteniendo a los gemelos alejados de Hyena. Y todos parecían seguir asustados por mi presencia. Pero nunca había visto al grupo trabajar tan bien unido. Y todos parecían sinceramente felices.

Un propósito.

Eso era todo lo que necesitaban. Aunque solo fuera reparar su refugio.

Cuando tuviéramos dinero, les construiríamos refugios propios. Quizá entonces todos recuperarían su humanidad. O su condición de elfos. O de orcos. Ya me entendéis.

No pude evitar emocionarme un poco ante la perspectiva de descubrir qué eran en realidad los nuevos miembros de mi familia bajo todo aquel pelaje.

Me di cuenta de cómo acababa de considerarlos y me sonrojé.

Aratax le dio una palmadita inconsciente en la cabeza a Hyena antes de mandar al bruto a por otro tablón. Senegal se secó el sudor de la frente mientras reparaba el último agujero del tejado. Ari le estaba hablando a Mandy de su festival Sintari, que era aún mejor que el Drentari de Aratax.

Era lo que necesitábamos. Lo que yo necesitaba. Ojalá Pranish también estuviera allí para disfrutarlo.

Mi sonrisa se desvaneció. ¿Dónde estaba Pranish? No lo había visto desde el amanecer. ¡Había sido un día largo! Un día larguísimo de mierda.

Y no había sabido nada de él. Ni siquiera ahora que el sol empezaba a plantearse ponerse.

Saqué el teléfono sin pensar y lo llamé. Dio una señal. Otra. Y otra. Noté que la acidez me subía por el estómago cuando no contestó.

¿Qué le había ocurrido?

No me había dicho qué clase de trabajo iba a hacer ese día. ¿Había salido de caza? ¿Solo?

¿Y si la línea wey se agotaba? ¿Y si no lograba lanzar el hechizo adecuado a tiempo?

¿Y si no iba a volver?

Antes de que el pánico pudiera apoderarse de mí, cesaron los tonos.

—Hola, Troodz —contestó Pranish. Oí bocinas y el zumbido de un motor. Estaba conduciendo.

—¡Pranish! —exclamé aliviada—. ¿Estás bien?

—Ah, sí. Sí, estoy bien. Perdona. Es que he estado muy ocupado. ¿Qué pasa?

Mi padre les estaba enseñando a Senegal y a un Aratax muy contrariado cómo reforzar correctamente un muro de carga. El Drentari discutía con él.

—Nada. Solo... te echo de menos.

¡Grietas! Sonaba patética.

—Yo también te echo de menos, Troodz. Y te veré esta noche. Cuando termine este trabajo.

Fue algo sutil, pero no pude evitar percibir cierta inquietud en su voz. Parecía nervioso. ¿Pero por qué?

Quizá debería haberle hecho más preguntas. Para asegurarme de que estaba bien. De que no estaba haciendo como Kat y metiéndose en algo que le venía grande.

¡Pero era Pranish! Mi novio. Infinitamente racional y sensato.

No necesitaba que yo estuviera pendiente de él como si fuera un niño. Así que, en vez de eso, dije:

—Te veo luego. Te quiero.

—Yo también te quiero, Troodz. Nos vemos.

Colgó.

Suspiré mientras volvía a guardarme el teléfono en el bolsillo. Miré a mi madre, que me observaba preocupada. Le dediqué una sonrisa tranquilizadora. No me creyó.

A Pranish le pasaba algo. Pero, si quería ayuda, la pediría. Tenía que confiar en él. Sabía que podía contar conmigo. Con nosotros. ¿Verdad?

Éramos su manada.

Esperaba que lo supiera.

Aratax acabó por ceder ante el patético humano y reconoció que el método de mi padre era muy superior. Stalker y Hyena estaban embobados con Ginger mientras ella vertía más agua en sus cuencos de perro. La lamieron tan deprisa que cualquiera habría pensado que competían.

Oí el repiqueteo de unos pies descalzos y me volví hacia los gemelos. Con sus ojos dorados y unas sonrisas radiantes, cada uno sostenía una guirnalda de palomitas. Mi madre sonreía serenamente detrás de ellos.

Estuve a punto de llorar. En vez de eso, les di una palmadita en la cabeza a ambos.

—Son preciosas, chicos.

Aunque en realidad me refería a sus sonrisas. Las guirnaldas de palomitas eran una mierda.

Entonces, el bosque rugió.

Un sonido estremecedor y demoníaco, como si una manada de reses enloquecidas hubiera sido sacrificada de golpe por un carnicero aún más demente.

Los árboles temblaron y los pájaros huyeron, dispersándose por el aire como perdigones.

Un instante después, orbes dorados, criaturas aladas de vivos colores y una horda de humanoides cubiertos de corteza huyeron de entre los árboles, internándose en el claro o en el bosque del extremo opuesto.

Mis lobos estaban demasiado atónitos para reaccionar.

La sonrisa de Ari desapareció y ella se abalanzó sobre una de las criaturas feéricas para interrogarla en un Sintari atropellado.

Los gemelos dejaron caer sus guirnaldas de palomitas y se escondieron detrás de mí. Ginger se unió a ellos con el rabo entre las patas.

Senegal y Aratax se transformaron, mientras Hyena y Stalker se colocaban de un salto junto a mí, en posición, gruñendo hacia los árboles mientras las criaturas feéricas pasaban a nuestro lado volando o a la carrera.

Ari soltó al hada que había interceptado. Su expresión de furia resuelta había desaparecido, sustituida por una absoluta... confusión.

—¿Qué ocurre? —le pregunté a la elfa mientras los lobos formaban un perímetro a nuestro alrededor. Miré a Senegal, que ya acompañaba a Mandy y a mis padres de vuelta a la casa.

—Es un... un monstruo en el bosque feérico. Algo enorme y retorcido. Pero... pero... suena como...

Se quedó paralizada. Vaciló como nunca lo había hecho.

—¿Qué es? —repetí, apremiándola mientras disminuía el estruendo de la estampida feérica. Todos habían huido carretera abajo, se habían refugiado entre los edificios de la finca o se habían dispersado por el aire.

—El monstruo... suena como si fuera un unicornio.