15. Mansión
Mansión
***EL MAGO***
A los ricos de Sea Point les sobraba el dinero y les faltaba el gusto. Mis padres se contaban entre ellos.
En el barrio costero que dominaba el Atlántico helado no había mansiones elegantes ni villas históricas. Solo colosos de cristal azul, fachadas de hormigón y fortalezas imponentes propiedad de gente que no tenía ningún motivo para poseer una fortaleza.
Puede que Kat y yo discrepáramos en cuestiones de arquitectura, pero ambos estábamos de acuerdo respecto a las monstruosidades que los superricos habían construido por todo Sea Point.
Si el mal gusto pudiera oscurecer las líneas wey, este lugar apestaría tanto a goma quemada que el olor no saldría de la ropa de nadie.
Odiaba conducir hasta allí. Por suerte, ya casi nunca tenía motivos para hacerlo.
Este no era un barrio por el que nadie tuviera que pasar.
Encerrado en un rincón de Hope City, venir a esta parte indecentemente opulenta del mundo era una elección.
Ni siquiera los Cruzados se habían aventurado mucho por allí.
Todos los residentes tenían sus propios cazadores de monstruos privados para ahuyentar a las bestias grandes y malas.
Y solo para no tener que molestarse ellos mismos.
La mayoría de las veces, los ricos de Sea Point poseían su propia magia con la que defenderse.
Mi familia era prueba de ello. Nunca habían temido a los monstruos.
La mansión-fortaleza de mis padres seguía a rajatabla la estética del resto de la zona.
Un enorme bloque de hormigón encajado en la ladera de la montaña, con vistas a las calles y al océano que se extendían más abajo.
El hormigón protegía un patio inferior a nivel de calle y varias terrazas elevadas.
Era tan grande que ya había aparecido ante mi vista mientras aún conducía, cuando Trudie llamó. Esperaba que no hubiera percibido mi nerviosismo por teléfono. No quería preocuparla. Esta era mi lucha. Mi familia. Mi indaba. Tenía que afrontarlo solo.
Entré en el camino de acceso a la mansión y enseguida me detuvo una resplandeciente barrera azul de energía mágica. Un guardia de seguridad con una boina azul hielo y un fusil de asalto al hombro se acercó con toda tranquilidad a la ventanilla de mi coche.
—¡Pranish! —exclamó el guardia mientras yo bajaba la ventanilla.
—Hola, Todd —sonreí al guardia de seguridad, casi con tristeza. Ahora parecía mucho mayor. Probablemente hubiera envejecido varias décadas defendiendo a mis padres del ataque de unos meses atrás.
Había jugado con Arjun y conmigo cuando éramos niños. Jugábamos al escondite. Él siempre buscaba. Recordaba que se me daba muy bien esconderme. Aunque, bien pensado, creo que Todd fingía no verme. Para darme una oportunidad.
Todd me caía bien.
Todd se rascó la cabeza, cubierta de canas, y alzó la vista hacia una cámara de vigilancia.
—Eh, Pranish. No puedo dejarte entrar. Órdenes de tus padres. Lo siento…
—No es culpa tuya. Lo sé, Todd. Pero es urgente. Tengo que hablar con ellos.
Todd frunció el ceño, dividido. Siempre había tenido buen corazón. Demasiado buen corazón para ser un simple guardia de seguridad al servicio de mis padres, que eran unos capullos.
Saludó a la cámara con la mano y el escudo se disipó. Volvió a mirarme, con expresión decidida pero nerviosa.
—Ya casi es Navidad —dijo—. Así que, por favor, no hagas que me arrepienta de dejarte entrar.
Asentí para darle las gracias y conduje por el empinado camino hasta el patio.
Más allá de la gruesa monstruosidad de hormigón que hacía las veces de muralla de la casa familiar se alzaba la mansión propiamente dicha.
Parecía un palacio de cristal. Aunque no era hielo, bien podría haberlo sido.
Estaba tallada en cristal azul y solo resistía el calor del sol gracias a la magia de magos, no a la ciencia.
De lo contrario, nos coceríamos vivos dentro.
¡O reflejaría tanta luz que cegaría a un dragón!
Aparqué el coche junto a una fuente de hielo.
Dentro había peces koi congelados y perfectamente conservados.
Arjun los había cubierto de hielo cuando éramos muy pequeños.
Los anteriores habían muerto y él no quería que a estos les sucediera lo mismo.
Así que los mantuvo congelados. Para siempre. Una burla de la vida.
Pero era uno de los abusos que Arjun había hecho de sus poderes del que no podía pensar demasiado mal. Al menos, que un niño echara de menos a sus peces era humano. Aunque los peces hubieran sufrido por ello, había nacido de la emoción y del dolor.
Arjun rara vez era así en aquellos tiempos.
No puse ninguna protección ni cerré siquiera el coche. No hacía falta. Allí estaba más seguro que en Mansión Tokai. Si algo con malas intenciones lograba entrar en aquella fortaleza, la seguridad de mi coche sería la menor de mis preocupaciones.
Las puertas se abrieron automáticamente al acercarme. Como si hubiera un portero fantasma. Parecía que no habían eliminado mi nombre de la lista de acceso. El encantamiento me reconocía por la sangre. Se abriría para mí. Siempre.
Para ser gente que no paraba de desdeñar la magia de magos por débil y mezquina, mis padres dependían muchísimo de ella.
El vestíbulo de la Mansión Ahuja era tan minimalista y pulcro como el exterior. Un largo pasillo flanqueado por puertas anodinas que terminaba en dos escaleras, una a cada lado de las puertas dobles del comedor.
Allí no había adornos. Ni alfombras, ni cuadros, ni siquiera estatuas. De no ser por sus líneas bien definidas, habría parecido el interior de una cueva de hielo.
Todo en mi familia era frío. Metódico y espartano. No había sitio para la extravagancia ni para la calidez. Solo La Escarcha y el deseo infinito de acumular poder.
Yo era la excepción.
Pero también recordaba que no siempre había sido así.
Contemplé el vestíbulo vacío y desangelado y recordé otra época.
Arjun y yo corriendo de un lado para otro mientras papá hacía nevar en pleno verano. Guerras de bolas de nieve hasta que estábamos tan cansados que mamá tenía que llevarnos a la cama en brazos. Le habíamos robado la boina a Todd para ponérsela a un muñeco de nieve.
Hubo un tiempo en que aquel lugar rebosaba vida. En que resonaba con las risas de los niños. Cuando mi hermano era mi mejor amigo.
En Navidad, aquel vestíbulo habría estado lleno de esculturas de hielo, nieve y árboles. Un paraíso invernal.
Pero ya no. Ya no había niños a los que entretener. Solo adultos. Adultos que debían ser fríos para evitar que su chispa los abandonara.
Los buenos tiempos terminaron cuando Arjun abrazó su chispa. Entonces acabó todo.
Me juré que jamás permitiría que me sucediera lo mismo.
—¡Pranish! —jadeó una voz de mujer.
Mi madre estaba en una puerta a mi izquierda.
Daba a un pasillo que conducía a la sala de rituales del techo.
Siempre había odiado aquel lugar. Allí nunca celebrábamos rituales de verdad.
Solo tonterías pseudomágicas con las que intentábamos desterrar nuestras emociones y dejar que la criochispa asumiera el control.
Mi madre, Disha Ahuja, parecía joven para su edad.
De hecho, todavía hoy ignoraba cuántos años tenía en realidad.
Pero, si la edad se determinara solo por el aspecto, no aparentaba ni un día más de treinta.
Podía agradecérselo a la naturaleza conservadora de su chispa.
Los criomantes podían congelar el deterioro celular.
Retrasar el proceso de envejecimiento. Algo interesante.
Por supuesto, también podía hacerse con magia de magos. Y con mayor precisión.
Y en cuanto a su impecable y larga cabellera negra… bueno, para eso contaba con la magia de los tintes.
Disha pareció conmocionada durante un segundo.
Noté que el aire se caldeaba a su alrededor cuando su chispa se rebeló contra sus emociones.
Pero enseguida volvió a enfriarse. Su expresión se tornó impasible.
Permaneció erguida con su sari azul hielo y los dedos serenamente entrelazados delante del cuerpo.
Si hubiera sido Charne o cualquier otra madre, se habría esperado que un hijo la abrazara. Pero aquella era Disha. Una reina de hielo. No me devolvería el abrazo.
—Hola, mamá —dije, ocultando mi anhelo, mi ira y mi pesar.
—Fuiste desterrado de esta casa, Pranish —dijo con sencillez y frialdad—. La época del año no cambia eso.
Arqueó una ceja.
—¿O has venido a pedir perdón?
¿Perdón? ¿Por qué? ¿Por negarme a ser su experimento? ¿Por negarme a ser una pieza más de un programa de eugenesia?
Se me calentaron las mejillas. Quería gritar. Chillar y vociferar.
Drez Condor.
El nombre me enfrió. Me recordó por qué estaba allí.
Si me echaban en ese momento, no obtendría respuestas. No los salvaría.
Aunque no merecieran que los salvaran.
—Tengo que hablar contigo y con papá… con Aadarsh.
¿Está aquí o en la torre? —pregunté, reprimiendo mis emociones.
Enterrándolas muy hondo. No como ellos querían que hiciera, sino como tenía que hacer durante una cacería.
Gritar y montar un numerito mientras matabas monstruos no servía de nada.
Mantenías la calma. Aguantabas la línea.
Los Cruzados y Kat me habían enseñado mucho.
—Tu padre no quiere verte.
Sí. Lo mejor que se le puede decir a un hijo.
—Esto no tiene que ver con la familia —dije—. Tiene que ver con Shard Industries. Sé que usasteis DigiLaw para registrar un contrato y he descubierto algo que ambos tenéis que saber.
No dijo nada. Noté que me temblaba el labio.
Quería llorar. Un hijo debería poder llorar delante de su madre, ¿no?
En lugar de eso, di un paso al frente y miré fijamente sus ojos fríos e insensibles. ¿Había alguna emoción en ellos? ¿Algún remordimiento? ¿Algo que indicara que aún se consideraba mi madre?
No tenía la capacidad de ver nada más allá de aquellas ventanas heladas y carentes de emoción. ¿Acaso tenía alma?
—Mamá… esto podría ser cuestión de vida o muerte. Tengo que hablar con él. Solo esta vez. Después no tendréis que volver a verme nunca.