13. Disculpas
Disculpas
***LA LOBA***
Con todo lo que había estado corriendo de un lado para otro aquel día, debería haberme muerto de hambre.
Pero no me apetecía comer. Regresé a casa desde el recinto de la manada Constantia con las palabras de Gareth pesándome en el ánimo.
Quería que amase a mi manada. Incluso a los intrusos.
Incluso a quienes habían perturbado nuestra paz.
Incluso aquellos a quienes había querido como a mis propios cachorros se habían convertido en bestias. Y me habían obligado a sacar las garras…
Quizá el método de Aratax fuese más fácil. Someterlos a golpes. Encadenarlos.
Pero también quería que eliminásemos la diversidad de nuestra familia. Que echásemos a Pranish, Mandy, Ari y a mis padres.
Jamás haría algo así.
Pero, aunque me negase a hacer lo que Aratax quería, eso no significaba que supiera cómo hacer lo que Gareth había dicho.
¿Cómo podía obligarme a amar a unos monstruos?
Llegué a casa con el corazón encogido. Por suerte, los terrenos estaban en silencio. No se oían dientes rechinando, ni gemidos ni aullidos.
Vi a Ginger espiándome desde detrás de un árbol. Se sobresaltó cuando la saludé con la mano y se internó aún más en las sombras del bosque feérico.
Sentí una punzada en el corazón.
Dijera lo que dijese Aratax, no quería que me temieran. Nunca. Yo era su protectora. Su alfa. No quien los maltrataba.
Al menos, no quería serlo.
Eran mi familia.
Me dirigí al pedazo de hierba rala y arena donde, apenas unas horas antes, había tenido lugar aquel drama. El césped estaba arrancado y la tierra se había convertido en un lodazal caótico. La sangre se secaba a toda prisa sobre los tallos de las hojas y los parches de arena.
Saboreé la sangre. La olí. Mezclada con el miedo y la traición.
Apreté los puños, contemplé el suelo y contuve las lágrimas.
Tenía que arreglarlo.
Antes de que fuera demasiado tarde.
No sabía cómo hacerlo, pero sí sabía por dónde empezar. ¿Qué hace alguien cuando le ha hecho daño a otra persona?
Se disculpa. Intenta reparar el daño.
Y, aunque no pudieran hablar, los gemelos seguían siendo personas. Seguían siendo mi familia.
Inspiré y dejé que mis sentidos recorrieran toda la finca. Sangre, sudor, miedo. Gemidos en una habitación sombría por la que se filtraba la luz del sol. Consolándose el uno al otro, como siempre.
Suspiré aliviada. Al menos no habían huido. Estaban aquí. En los antiguos establos. Juntos. Seguramente para alejarse de mí todo lo posible. Eso me partió el corazón.
Entré en el establo abierto. Las puertas delanteras nunca se cerraban.
A pesar de lo que había sugerido Aratax, aquello jamás sería una prisión.
Los ex-errantes estaban atrapados en su forma de lobo y no podían apañárselas muy bien con los pomos de las puertas.
Así que la manteníamos abierta en todo momento.
Gemidos. El roce de unos pies descalzos contra el suelo sucio mientras intentaban encontrar apoyo.
Entré en la habitación de los gemelos y se me partió el corazón.
Estaban en forma humana. El pelo rubio, sucio y ensangrentado. Dos pares de ojos castaños, muy abiertos y aterrados. Nada de dorado. Nada de entusiasmo. Solo miedo. Se aferraban el uno al otro como siempre.
Convertirse en lobos les había destrozado la mente. No habían vuelto a hablar desde entonces. En forma de lobo podían comunicarse. Pero como humanos jamás pronunciaban palabra. E incluso sobre dos piernas siempre parecían más perros que un chico y una chica de diecisiete años.
Di un paso hacia ellos e intentaron arrastrarse hacia atrás, sobresaltándose ante mi mirada. Me detuve.
Dios, ¿qué había hecho?
—Lo siento —dije en voz baja.
No mostraron el menor indicio de haberme entendido, aunque sabía que podían hacerlo. La mayoría de las veces.
Pero a veces olvidaba cuánto los había afectado aquella maldición.
Algunas personas preguntaban por qué aún no había convertido a Pranish en licántropo. Nunca había pensado hacerlo.
Porque el riesgo era demasiado grande. Por cada lobo equilibrado como Senegal o Gareth, había mentes destrozadas como las de los gemelos, monstruos como Hyena y errantes a los que había que sacrificar.
Jamás correría ese riesgo. Y, si Pranish llegaba a transformarse algún día, iría al norte y arrastraría a Kat de vuelta a Hope City para que pudiera usar sus extraños poderes espirituales y sanar a mi novio.
Me senté despacio mientras los gemelos me miraban con los ojos muy abiertos, aterrados. Crucé las piernas y permanecí inmóvil, mirándolos a los ojos. Los ojos de ninguno brillaban en dorado.
Si no estuvieran desnudos y temblando como bestias, nada habría indicado que éramos licántropos.
—Lo siento —repetí—. Por haceros daño. No voy a mentir y decir que fue un accidente.
Lo hice a propósito. Os hice daño porque estabais hiriendo a un miembro de la manada.
Porque las peleas me estaban desgastando.
Me estaban destrozando. Esta enemistad que tenéis con Hyena…
me ha estado haciendo daño. Pero eso no justifica lo que hice.
Nada justifica que hiera a quienes quiero.
Y os quiero. A los dos. Sois mi manada. Mi familia…
Noté que se me llenaban los ojos de lágrimas. No las contuve.
—Lo siento… por no ser la alfa que merecéis. Por malcriaros, por haceros daño, por traicionaros de esta manera.
Siguieron mirándome, pero ya no temblaban. Parecían estar prestando atención.
Me incliné hacia delante y extendí una mano hacia ellos. No se movieron. Quizá… quizá me hubieran perdonado.
Retrocedieron, apartaron la mirada y se aferraron con más fuerza el uno al otro.
Se me cayó el alma a los pies, pero no podía hacer mucho más. Me levanté y los dejé solos. Necesitaban tiempo. Yo necesitaba tiempo.
Me froté los ojos y la frente mientras me alejaba de los gemelos. Más adelante, en un pesebre lejano que habían convertido en una habitación pequeña, oí gemidos. Gemidos y un suave tarareo.
El tarareo era melódico. Relajante. Podía imaginarlo utilizado junto con la magia. Además, ya lo había oído antes.
Me dirigí en silencio hacia el pesebre y me asomé por la esquina.
Hyena yacía de costado, con la lengua colgando mientras respiraba trabajosamente y gemía de vez en cuando. Sus heridas tardaban mucho en sanar. Los gemelos le habían dado una buena paliza.
Ari estaba arrodillada a su lado, aplicándole una especie de pasta de hierbas en las heridas mientras tarareaba una melodía relajante. La misma que tantas veces había oído tararear a Allandrea, la reina elfa, en Nueva Sintar.
Era una escena que jamás habría esperado presenciar. Ari. La elfa asesina. Una guerrera arrancada de su pueblo y embarcada en un viaje interminable de venganza.
No la creía una sanadora. Y mucho menos de Hyena, que tantas veces había llenado de agujeros a Senegal. Un monstruo al que normalmente daría caza.
—Ari —dije.
La elfa no se sobresaltó ni dio muestras de sorpresa. Sospechaba que había sabido que estaba allí desde el principio.
—¿Sí, alfa? —preguntó sin levantar la mirada de su tarea.
Vacilé. ¿Qué iba a decir?
Hyena volvió a gemir y me miró con sus enormes ojos de idiota.
Me costaba querer aquella cara. Pero verlo así me hizo comprender qué había hecho mal. Qué había dejado de hacer.
Resulta irónico que a veces solo nos demos cuenta de cuánto significa algo para nosotros cuando está sufriendo.
—¿Cómo está Senegal? —pregunté al fin.
—Senny… Senegal está bien. Se cura rápido. Pero Hyena necesitaba mi ayuda —respondió con su habitual tono directo y pragmático.
Sin embargo, reparé en el diminutivo de Senegal. Ari nos ocultaba bien su lado tierno. Pero estaba ahí.
—No te creía una sanadora —dije, soltando la verdad sin pensar.
Quizá fuera porque aquella escena me resultaba muy extraña. Porque, a pesar de todo el tiempo que Ari llevaba formando parte de aquella manada, nunca había llegado a conocerla de verdad.
Una parte de mí aún le guardaba rencor. Solo un poco. Por haberme arrebatado a Senegal. Lo cual, por supuesto, era una estupidez. Él seguía allí. A mi lado. Y ella también. Era miembro de la manada, aunque no tuviera tanto pelo.
—Una guerrera también debe sanar. Solo se puede destruir si se sabe cómo reparar —dijo Ari, como si recitara algo que alguien le hubiera dicho hacía mucho tiempo.
Levantó la mirada hacia mí.
—Soy guerrera no para matar, sino para proteger. Y Hyena forma parte de esta familia que quiero proteger. Aunque él todavía no lo sepa.
Y aunque yo todavía no lo hubiera reconocido.
Sentí una vergüenza intensa. Hasta Ari consideraba a Hyena parte de aquella familia.
Pero quizá tuviera sentido que así fuera.
A ella también la habían arrancado de su mundo.
Igual que a Hyena y a los demás. Sabía lo que era ser una paria.
No necesitaba aquel vínculo mágico entre miembros de una manada para saber que Hyena era uno de los nuestros.
Entonces, ¿por qué lo necesitaba yo?
—Aratax me ha dicho que debería ser más estricta. Que debería disciplinar a todos los lobos y encadenar a la bestia.
El humor de Ari se agrió. Casi esperaba que chasqueara la lengua, irritada.
—Los Drentari no comprenden el valor de la libertad. De las diferencias. Los Sintari sí. Nuestra conexión con lo feérico nos ayuda a ver lo mejor de todo.
—Por favor, Ari. Ahórrame el racismo.
Ari pareció desconcertada, pero después avergonzada. Apartó la mirada.
—Me disculpo. Los recuerdos de las guerras del pasado son más difíciles de borrar cuando luché en ellas. Pero sé que ocurrieron hace mucho, en reinos muy lejanos. Aratax… forma parte de esta manada. Pero no estoy de acuerdo con él.
—Yo tampoco —respondí, reparando en la madurez de Ari.
Odiaba a Aratax. Podía verlo en sus ojos. Pero era capaz de dejar eso a un lado. Lo veía como parte de la familia.
Quizá no debiera compararme con una elfa. Me llevaba muchos siglos de madurez. Pero me avergonzaba que ella no tuviera ningún vínculo mágico con aquellos lobos y, aun así, los hubiera aceptado como parte de su familia más que yo.
Me arrodillé junto a Ari, que se apartó para dejarme sitio. Hyena respiraba con dificultad y no apartaba los ojos de mí. Nervioso.
Despacio, titubeante, posé una mano sobre él. Su respiración se aceleró. Pero no retiré la mano. Ni me moví en absoluto. Me limité a mantener el contacto. A tranquilizarlo.
Puede que lo hubiera herido en el pasado. Pero el pasado era el pasado.
Estaba allí para apoyarlo. Para ayudarlo ahora.
—Gareth ha dicho que tengo que quererlos —dije—. Y darles un propósito.
Los ojos de Ari parecieron iluminarse. Estaba de acuerdo.
—Una razón para existir. Una razón para unirse. Es todo lo que cualquier ser necesita en realidad —recitó de nuevo con voz melancólica.
Ella aún seguía buscando su razón para existir, incluso ahora. No era fácil sustituir siglos de deber por un nuevo propósito.
Fruncí el ceño.
—Pero no sé cómo hacerlo. No paran de pelearse. De destrozarse unos a otros. ¿Cómo puedo quererlos si ellos no se quieren entre sí?
—Entonces empieza por el propósito —dijo Ari—. Dales algo que hacer.
—¿Como qué? No podemos ir a cazar monstruos. Ni siquiera podemos conseguir un mísero empleo en una obra. Y tampoco confiaría en que este y los gemelos no se lanzaran ladrillos unos a otros.
—Quizá solo necesiten el incentivo adecuado —sugirió Ari.
Alzó la mirada hacia el techo, indicándome que hiciera lo mismo.
Había agujeros en el tejado. Las vigas eran viejas. Y allí dentro hacía un calor asfixiante.
¿Cómo no me había dado cuenta antes de lo hechos polvo que estaban aquellos establos?
—Quizá se comporten como bestias porque viven como bestias —sugirió Ari—. Y, si trabajan juntos para construir un lugar donde todos puedan vivir cómodamente, quizá empiecen a sentirse como una familia.
Me levanté despacio. Hyena se había calmado y había dejado de gemir. Sus heridas estaban cerrándose. Rápido. Los emplastos de Ari funcionaban como por arte de magia. O quizá Hyena tuviera un motivo para querer regenerarse más deprisa.
—Gracias, Ari. Ya sé lo que tenemos que hacer.