Hombres Lobo y Hechicería (Serie Kat Drummond 16) 12. Fuga
57%

12. Fuga

Fuga

***EL MAGO***

Las palabras resonaron en mi mente, mientras la charla insustancial de la recepcionista se convertía en un zumbido absurdo en mis oídos.

Torre de Shard Industries. La empresa de mis padres. Había intentado volarla por los aires. Con el equivalente mágico de la bomba lanzada sobre Hiroshima.

No confiaba en mis padres. Una parte de mí siempre había sabido que, si se les presentaba la oportunidad, traicionarían a Drez Condor. Pero jamás había esperado que él respondiera de esta manera.

¿Cómo era posible que no me hubiera enterado? Claro que, con todas las demás noticias de los medios, aquello habría quedado eclipsado. Y a principios de año había pasado varios meses navegando rumbo a Nueva Sintar. La época posterior a la desaparición de DigiLaw.

Pero ¿por qué nadie me había contado nada al volver?

Ah, sí. Ya no formaba parte de la familia.

Incluso sin haber leído la noticia ni haber sido puesto al corriente de lo sucedido por mi distanciada familia, podía imaginármelo.

Mis padres habían contratado a Drez Condor para que desarrollara algún tipo de magia de combate para el negocio familiar.

Probablemente para utilizarla contra los impi del este o incluso vendérsela a los señores de la guerra del extremo norte.

Drez había exigido un contrato legimántico que garantizara el pago de sus honorarios.

Mis padres habían accedido a regañadientes.

Pero, después de que la magia del contrato quedara anulada, se habían echado atrás.

Típico. Con los abogados de Shard Industries enfrentados a los Defensores de la Justicia, era probable que el caso ni siquiera hubiera llegado a los tribunales.

Y, como el registro del contrato había estado corrupto hasta que yo lo recuperé, no había pruebas.

Nada aparte de un apretón de manos. Puede que ni siquiera eso.

Mi madre era famosa por lo neurótica que se ponía con su espacio personal.

No podía evitar sentir cierta empatía por Drez. Que te prometieran una suma tan cuantiosa y luego perderla. Que te estafaran en un trato porque unos canallas se habían aprovechado de algo que escapaba a tu control...

No lo culpaba por querer volar aquella puta torre. ¡Grietas! Yo también había querido hacerlo alguna vez.

Pero no con todos aquellos inocentes dentro. Los empleados de mis padres no eran malvados. Por no hablar de los transeúntes.

No podía ser tan sencillo. No podía tratarse solo de venganza, ¿verdad?

Arriesgar las vidas de tantas personas. Por mucho dinero que hubiera en juego...

Tenía que haber algo más detrás de aquella historia.

Sentí que mis dudas y emociones derretían un poco más el hielo de mi chispa. Para fortalecerla, tenía que dejar de preocuparme. Dejar todo aquello atrás.

No eran mis brujas, no era mi aquelarre.

Pero mi chispa me daba igual. Siempre me había dado igual.

Necesitaba escuchar la versión de Drez. Saber qué había sucedido. Descubrir qué podía llevar a un mago tan inteligente y poderoso al borde del genocidio.

Y, más aún, necesitaba comprender a otra persona a la que mi familia había hecho daño.

Di las gracias a la recepcionista mientras se encontraba en plena explicación sobre la fiesta de Año Nuevo y las medidas de seguridad que estaban instalando para impedir que los piromantes conjurasen espectáculos pirotécnicos letales.

Me senté en el coche y casi olvidé retirar la protección.

Todavía no terminaba de creérmelo. Quizá porque, cuando había visto sus hechizos, pensé que había comprendido a aquel Drez Condor. Que había vislumbrado la mente de un hombre como yo. Un hombre de intelecto y poder. De perseverancia y diligencia.

No había visto la mente de un terrorista.

Tenía que conocer la verdad. Por mucho que mi chispa me produjera una persistente sensación de inquietud.

Y conocía a una persona que podía ayudarme.

Recorrí el antiguo registro de contactos de los Cruzados. Había conservado una copia de seguridad incluso después de que desmantelaran nuestro servidor de comunicaciones.

Seleccioné a la gobernante de facto de los Cruzados y me llevé el móvil a la oreja.

—¡Hola, colega mago! ¡No esperaba recibir nunca una llamada tuya! —contestó Jane Phoenix.

Jane, al igual que Conrad, conocía a mucha gente. Y había sido Ministra de Policía. Ni siquiera su deshonrosa expulsión de la política había acabado con su influencia y su red de contactos entre las fuerzas del orden. Y, con suerte, en las prisiones.

Oí ajetreo y gritos entusiastas de fondo. Parecía que su campaña iba bien.

—¿Te pillo en mal momento? —pregunté.

—No, no. Josh, dile a ese follatroles que pague sus cuotas o, por el Titán, ¡haré que desee haber muerto durante el apocalipsis! Ah, perdona. Sí, ¿qué pasa?

Tardé unos instantes en recuperarme de los gritos que me habían atronado los oídos y luego fingí que no había ocurrido nada. Jane parecía tener bien controlado su trabajo. Trabajar como administradora para una agencia de caza de monstruos debía de haberle servido de mucho.

—Estoy intentando averiguar dónde puedo visitar a un preso. ¿Sigues teniendo contactos en las prisiones? En especial, en las prisiones de magos.

—¿Buscas a algún camarada? Tengo una lista de dónde retienen a los chicos. Pero ¡no los saques de allí! Todavía...

—No, no. No es un Cruzado. Busco a un tipo al que arrestaron a principios de año. Drez Condor. ¿Podrías ayudarme a localizarlo?

Jane guardó silencio durante unos momentos.

—Sí, claro. Te enviaré los datos más tarde.

Sin hacer preguntas. Siempre podía contar con Jane.

—¡Gracias!

—Cuando quieras, Pranish. Ya nos veremos. Ah, y diles a tus amigos de Rondebosch que juntos...

—Podemos renacer como el Fénix. Lo sé. Hasta luego, Jane.

Arranqué el coche y empecé a conducir de vuelta al núcleo urbano de Hope City. El día estaba ya bastante avanzado y aún no había comido. Y, cuando mi coche empezó a traquetear, comprendí que él también tenía hambre.

Paré en una gasolinera junto a la autopista, elevada sobre una plataforma por encima del océano de chabolas.

Mientras un centauro llenaba el depósito, compré una hamburguesa de cocatriz con patatas fritas.

Comí de forma mecánica, contemplando el infierno distópico de pobreza que constituían los suburbios de Hope City.

La línea wey era oscura en aquella zona.

Las acciones malvadas y el sufrimiento tiraban de ella hacia abajo.

Una de las principales razones por las que los magos se mantenían alejados de los suburbios.

Bueno, a menos que tuvieran propósitos infames.

Los nigromantes y los magos de la corrupción prosperaban en la oscuridad.

Mucha gente afirmaba saber cómo arreglar los suburbios. Pero yo no estaba tan seguro. Ya antes de la magia era bastante difícil resolver de verdad la pobreza. Ahora teníamos que matar monstruos y acabar con nigromantes antes de plantearnos siquiera solucionar los problemas socioeconómicos.

Solo esperaba que los orcos y los ogros que centraban su atención en los suburbios estuvieran progresando. Ambas especies demostraban lo rápido que la pobreza podía transformarse en prosperidad si se les daba una oportunidad.

Mi teléfono vibró. Justo a tiempo: acababa de dar el último bocado a la comida. Me limpié la grasa de los dedos con una servilleta y saqué el móvil mientras bebía un sorbo de refresco.

Un mensaje de Jane.

—Lo siento, P. Drez Condor ya no está encerrado. Escapó del Correccional Drakenstein durante la rabieta del Mentor. Nadie sabe dónde está. Avísame si necesitas algo más.

El refresco se me cayó de la mano y salpicó el suelo a mis pies.

Aquello cambiaba las cosas. Mucho.

Había planeado hablar con Drez Condor. Intentar comprenderlo. Aprender de él. Ayudarlo a pesar de todo lo sucedido. Como debía hacerse justicia. Aunque no de la forma en que a él le habría gustado.

Pero ahora... las cosas eran distintas.

Había intentado posponer aquello. Pensaba que podría hacerlo de manera indefinida. Pero ahora parecía que no tenía otra opción.

Había llegado el momento de ir a ver a mi familia.

Y de informarles de que el archimago al que habían estafado andaba suelto.