Hombres Lobo y Hechicería (Serie Kat Drummond 16) 11. Alfa
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11. Alfa

Alfa

***EL LOBO***

No pude evitar sentir una intensa sensación de déjà vu mientras me acercaba al recinto de mi antigua manada.

El complejo de la manada Constantia era una propiedad impresionante situada en un suburbio hermosamente arbolado, en la ladera de Table Mountain.

Brett y Kat me habían contado una vez que la reina vampira, Victoria Kruger de Sanguineas, vivía cerca. El mundo es un pañuelo.

Era un barrio rico. Dinero de toda la vida.

O, en el caso de Gareth, dinero nuevo bien invertido y un fondo común de recursos de la manada.

Oficialmente, estaban registrados como empresa.

Antes de la Ley de Enmienda de Sintiencia, los licántropos habían utilizado la protección legal de una sociedad mercantil para salvaguardar sus propiedades de los cazadores de monstruos.

También facilitaba un poco la puesta en común de recursos.

Admiraba la creatividad de Gareth, pero aun así me irritaba que, hasta hacía poco, las empresas hubieran tenido más derechos que los licántropos. Bueno, al menos habíamos podido aprovecharlo en nuestro beneficio.

Aunque los bosques que rodeaban la Mansión Tokai eran frondosos y salvajes, el bosque feérico de Constantia estaba organizado, pero seguía siendo exuberante, entremezclado con propiedades privadas y hermosos jardines.

Los habitantes feéricos y humanos —y no tan humanos— de aquel antiguo suburbio habían descubierto que compartían muchas cosas gracias a su amor por la naturaleza, y rara vez se estorbaban unos a otros.

Había pasado casi un año desde que me habían expulsado de la manada Constantia.

Resultaba extraño. Llevaba ya más tiempo siendo alfa del que había pasado como miembro de una manada.

Y, sin embargo, aún me sentía como una cachorra en pleno adiestramiento.

Me pregunté si Gareth Blanche, mi antiguo alfa, se habría sentido alguna vez así.

Si alguna vez habría acudido a otros alfas en busca de consejo.

Mi instinto me decía que no. Ser alfa consistía en tener confianza. Fuerza y una autoridad inquebrantable. Las preguntas y la necesidad de pedir consejo sembraban dudas. Fermentaban la falta de confianza.

Eso podía estrangular a una manada.

Pero, si tenía que elegir entre estrangular a la manada física o metafóricamente, prefería lo segundo.

Aun así, sentí ciertas dudas al acercarme a la verja de hierro forjado que custodiaba el recinto.

No es que hubiera abandonado la manada en malos términos.

Había sido un exilio necesario. Una manada no podía tener dos alfas.

Y, aunque yo no había elegido ser alfa, aun así había tenido que marcharme y llevarme a Senegal conmigo.

De lo contrario, toda la manada se habría visto abocada a una guerra civil inevitable.

Convertirse en alfa no era una elección. Era un error de la naturaleza. No era algo que se ganara. Un licántropo débil y tullido podía convertirse en alfa con la misma facilidad que un gigante.

Pero, lo hubiera elegido o no, ahora era una responsabilidad mía. No la quería. Pero la asumiría. Había aprendido hacía mucho que no servía de nada lamentarse de la realidad.

Di un paso al frente y llamé al interfono.

—¿Hola? —dijo al otro lado la voz de una joven licántropa. La reconocí. Darna. Una loba rubia oscura. Le encantaban los unicornios. Habíamos discutido mucho por eso.

Me alegraba de que hubiera sobrevivido a las batallas del último año. Habían muerto tantos... Cruzados y licántropos.

—Eh... Soy Trudie. Trudie Davison. Necesito hablar con Gareth.

Silencio. Unos murmullos apagados. Percibí su vacilación incluso a través del interfono.

—Ah... Trudie. Espera un momento, por favor.

Me lo esperaba. Los licántropos de distintas manadas podían llevarse bien.

Pero los alfas enturbiaban las aguas. Cada alfa representaba a una manada.

Autoridad y territorio. Que yo tratara con otros licántropos y entrara en su territorio podía considerarse una forma de invasión.

Aunque consideraba amigos a Gareth y a su beta, Darren, teníamos que mantenernos bien alejados.

Sobre todo cuando había otros lobos de por medio.

La verja se abrió automáticamente con un chirrido.

Al otro lado esperaba Darren, con las manos en los bolsillos y su habitual sonrisa desenfadada sustituida por otra forzada hasta extremos teatrales.

Sabía que aquello no era ortodoxo. Pero, qué demonios, yo tampoco era precisamente una chica ortodoxa.

No me tendió la mano. Yo mantuve las distancias. Beta o no, seguía siendo un licántropo. Y yo seguía siendo una alfa extranjera.

Dijera lo que dijese Aratax, que Pranish fuera un beta no licántropo era una ventaja. Significaba que no se vería afectado por esta clase de gilipolleces licántropas. Aunque transformarlo llegara a ser más seguro de algún modo, seguiría mostrándome reacia a hacerlo precisamente por esa razón.

—Darren —dije—. Me alegro de verte.

Darren dejó entrever cierta preocupación. Olfateó con disimulo.

—¿Va todo bien? —preguntó.

Más valía ir al grano.

—Necesito hablar con Gareth —dije, sin más.

Darren asintió, casi aliviado. Me indicó que lo siguiera.

Pasamos junto a lobos con los que antes jugaba y pasaba el rato. Algunos jugaban al voleibol mientras otros cultivaban el huerto. Todos dejaron lo que estaban haciendo para mirarme, con los ojos brillando en dorado.

Reprimí cualquier temor que pudiera sentir. No porque fueran a atacarme si olían mi miedo. Los licántropos no eran como los perros de los cuentos con moraleja. Simplemente convenía impedir que el pánico se propagara a través de mis feromonas de alfa, más potentes.

Aun así, sentí alivio cuando Darren se detuvo ante la puerta del gimnasio privado de Gareth, en la casa principal. Oí gruñidos de esfuerzo y el tintineo del metal al otro lado.

Darren llamó y Gareth soltó un gruñido. El beta abrió la puerta y, mientras yo entraba, me dedicó una pequeña sonrisa sincera para desearme suerte. ¡Al menos aún me tenía cariño! A pesar de todo el drama.

Darren cerró la puerta tras de mí.

La sala olía a sudor y metal. Gareth, una montaña de hombre con barba rubia, estaba levantando dos cubos metálicos tan grandes como mi cuerpo, cada uno marcado con una runa que, sin duda, los encantaba para volverlos aún más pesados.

Alzó las pesas por encima de la cabeza y luego las dejó caer.

Los músculos se le hincharon y vi una tenue capa de pelo sobre su piel mientras utilizaba la transformación controlada para potenciar su regeneración.

Los músculos de los licántropos se recuperaban con muchísima rapidez, lo que les permitía desarrollar una masa muscular increíble y hacer ejercicio de forma intensiva.

Aquel coloso de alfa podía hacerse aún más grande, y parecía empeñado en conseguirlo.

Esperé con paciencia a un lado, jugueteando con los pulgares mientras Gareth seguía hinchando sus músculos inhumanos. Hizo tres repeticiones más antes de bajar la barra y sus enormes pesas hasta el suelo; después cogió una toalla para secarse el sudor.

—No hago ejercicio para volverme más fuerte —dijo Gareth mientras cogía agua—. Al menos, no físicamente. Lo hago por la disciplina. Es una buena rutina. Mantiene contenta a la bestia.

Gareth aún se consideraba separado de la bestia. Era comprensible. La mayoría de los licántropos lo hacían. Así resultaba más fácil.

Apuró la botella de agua y luego la estrujó, lanzando lo que quedaba a una papelera al otro extremo de la sala.

Volvió la cabeza hacia mí. Sus ojos brillaban en dorado.

—¿Qué haces aquí? —preguntó sin rodeos, sin esforzarse lo más mínimo por ocultar su desagrado.

Aliados o no, yo no debía hacer aquello. No es que hubiera normas en contra. Sencillamente, no se hacía.

No pude evitar suspirar. Allá vamos.

—Gareth... Necesito consejo.

El dorado de sus ojos titiló y su irritación flaqueó. Olí su sorpresa.

No se lo esperaba. Dudaba que hubiera tenido un alfa al que recurrir. Y, si lo había tenido, sospechaba que nunca habría considerado apropiado acudir a él para pedir ayuda. Pero los tiempos estaban cambiando para los nuestros.

Ahora éramos personas a ojos de la ley. Bien podíamos comportarnos como tales.

Gareth se sentó en un banco de musculación y me indicó que me sentara a su lado.

Siempre había sido más baja que Pranish y Kat, pero Gareth hacía que pareciera minúscula. Aun así, en aquel momento su presencia se había vuelto más acogedora que intimidante.

—Habla —dijo, con el tono que recordaba que empleaba como alfa. Era costumbre, no una verdadera demostración de poder.

¿Por dónde empezar? Bueno, por cuando comenzaron los problemas...

—Mi manada ha crecido, alfa... Gareth. Durante las tormentas de falla, cuatro errantes de otros mundos se unieron a la manada.

Se portaron bien durante un tiempo. Uno incluso recuperó su forma humana...

bueno, élfica. Pero ha habido problemas.

Aunque todos me obedecen casi siempre, no dejan de pelearse.

Ahora hasta los miembros más antiguos de la manada, que nunca habían causado problemas, atacan a los recién llegados. ¡Es un caos y no sé qué hacer!

Me di cuenta de que me había ido alterando cada vez más mientras hablaba. Una vez que había empezado, me resultaba difícil parar. Era como liberar un río de frustración. ¿Quién habría imaginado que Gareth acabaría siendo mi terapeuta?

Gareth guardó silencio cuando terminé de hablar. Se frotó la barba, reflexionando, hasta que bajó la mirada hacia mí, sentada a su lado.

—¿Quieres a tu manada? —preguntó.

—Claro... —empecé a decir, pero me detuve. ¿La quería? ¿Quería a mi manada? Quería a Senegal y quería a los gemelos. Quería a mi madre, a mi padre, a Mandy y a Pranish. Incluso a Ari, aquella elfa angustiada y furiosa.

Pero ¿quería a los demás?

—Todavía no —admití al fin.

Asintió con comprensión.

—Es difícil amar a un monstruo. Y, sin embargo, debemos amarnos a nosotros mismos. Porque, si no lo hacemos, ¿qué sentido tiene?

Eran monstruos. Hyena, con su fuerza colosal y su aspecto tan poco lobuno. Stalker, aquel cabrón siniestro de cuerpo esquelético. Incluso Ginger. Aquella diva quejica. ¡Y Aratax! El mayor monstruo de todos. Un fascista.

Monstruos. Bestias. Invasores.

Como yo.

Me quedé paralizada y abrí mucho los ojos al comprender lo que había estado haciendo.

Y lo injusta que había sido.

Porque aquel día les había hecho a los gemelos lo mismo que llevaba tanto tiempo haciéndoles a Hyena, Stalker y los demás.

Sin embargo, entonces nunca había huido.

Y, al hacerlo ahora, había llevado a los gemelos a creerse especiales.

Había tratado a los recién llegados como lo que yo creía que eran. No eran manada. No eran familia.

Invasores.

Ay, Fallas...

Alcé la vista hacia Gareth, notando cómo se me humedecían los ojos.

—¿Cómo puedo quererlos? —pregunté—. Si no los hubiera sometido, habrían matado a mi familia.

—Y cualquiera de nosotros podría haber hecho lo mismo. Lo que hacemos cuando somos la bestia irracional no es culpa nuestra. Yo te enseñé eso.

Bajé la mirada, avergonzada.

—Lo sé, lo sé. Es solo que...

—Es difícil dejar de verlos como monstruos —continuó Gareth, completando mi frase—. Y no puedo culparte. Yo nunca he logrado salvar a un solitario. Antes de ti, no estaba seguro de que se pudiera salvar o domesticar a un solitario.

Contra todo pronóstico, Gareth sonrió. Una sonrisa sincera.

—Eres una loba excepcional, Trudie. Cuando te convertiste en alfa, me sentí orgulloso y enfadado a la vez. Orgulloso de que una loba tan grande fuera a liderar su propia manada, y enfadado porque ya no podía tenerla en la mía.

Sentí algo. Algo difícil de describir que casi pareció entretejerse dentro de mi estómago. Como si una parte de mi alma estuviera sanando.

Gareth nunca me había dicho aquello.

—No sé si soy una buena alfa. No creo que lo sea. Aratax, uno de los ex-errantes, cree que debería disciplinar a los lobos. Mantenerlos encadenados. Controlar a las bestias como si la manada fuera un ejército. O una prisión. Quiero creer que se equivoca. Pero ¿y si no es así?

Gareth no respondió de inmediato. La sonrisa había desaparecido, sustituida por el ceño fruncido, el gesto de frotarse la barba y una concentración intensa.

—Esa es una opción. Encadenar a la bestia tiene sentido. Al fin y al cabo, es lo que nos hacemos a nosotros mismos. Y, con los medios que tenemos a nuestra disposición, quizá sea el camino más fácil. Golpear al transgresor. Matar a quienes no obedezcan. Tiene sentido.

Las extremidades me pesaron al oír aquella declaración. Empecé a desplomarme. Noté la mano de Gareth en la espalda, sosteniéndome.

—Pero no es tu manera, Trudie.

Me miró a los ojos. Ni rastro de dorado. Sin juicio. Sin autoridad. No como un alfa. Me miró como un padre mira a su hija.

—¿Cuál es mi manera, alfa? —pregunté.

—Debes aprender a quererlos. Porque aprenden a través de ti.

Dales un propósito. Dales un lugar al que pertenecer.

Una razón para trabajar juntos. La manada es familia.

Son vínculos. Es una razón para conservar la cordura y vivir.

Aunque aún no lo sepan, pertenecen a tu lado, con su alfa. Haz que se den cuenta.

Medité sobre aquello mientras Gareth se despedía de mí y Darren me conducía fuera del recinto.

Darles un propósito. Darles amor.

Darles una familia.

Cerré los puños y sentí el feroz resplandor dorado de mis ojos.

Si eso era lo que hacía falta, ¡los iba a querer hasta reventar!