Hombres Lobo y Hechicería (Serie Kat Drummond 16) 10. Elfos
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***LA LOBA***

Huí.

El olor de la sangre. El sabor de la carne. El impacto residual de los huesos al romperse y desmenuzarse bajo mis puños. Y las miradas…

Ya no podía soportarlo.

Corrí. Una loba negra que huía hacia el bosque feérico.

Sentía las miradas aterradas clavadas en la espalda, los sollozos de un elfo que nunca lloraba y la decepción de aquellos a quienes amaba.

Seguí corriendo, adentrándome en el bosque sobre mis patas ensangrentadas.

Dejé atrás árboles gigantescos y retorcidos y espléndidas flores de colores luminiscentes.

Ni un rayo de sol atravesaba el imponente dosel.

Pero las flores, los arbustos y el resto de aquella vegetación alienígena no necesitaban mecanismos tan simples para crecer.

Solo necesitaban a los seres feéricos que llamaban hogar a aquel lugar.

Me abrí paso a la carrera y sin pensar entre la espesura, desgarrando ramas y aplastando flores. Oí maldecir a diminutas voces feéricas cuando pisoteé sus hogares. Una parte de mí se arrepentía. Pero la otra, mucho mayor, solo necesitaba seguir corriendo.

Necesitaba a Pranish. Necesitaba a mi beta. ¿Dónde estaba? ¿Dónde estaba mi amor? Ahora que más lo necesitaba…

Una pata se me enganchó en una raíz y caí dando tumbos. Mientras rodaba, recuperé mi forma humana en pleno vuelo antes de aterrizar sobre un montón de ramas rotas y hojas.

Estaba sola. Y tenía miedo. Más miedo de mí misma que de cualquier otra cosa.

No podía evitar pensar que, aunque Pranish hubiera estado allí, habría temido demasiado lo que pudiera hacerle. O lo que él pensaría de mí…

Se suponía que debía protegerlos. Yo era la alfa. Pero ¿qué se hacía cuando la alfa hería a su propia manada?

Olí el miedo en el aire. Impregnaba el bosque. Me arrancó de mi patético ensimismamiento y me obligó a observar cuanto me rodeaba.

Me encontraba en lo más profundo del bosque feérico. Más adentro de lo que jamás había llegado. La huida me había sumido en una especie de estupor. Aún no había salido del todo de él. Necesitaba alejarme de la manada. No fuera a hacerles daño otra vez.

Había fracasado como alfa. Era un milagro que todavía me fueran leales.

Pero, pese a mi tormento, el bosque albergaba recuerdos. Recuerdos que me calmaban. Que me ayudaban a centrarme. Y que también me entristecían.

Me levanté del montón de hojas y ramas rotas y avancé desnuda y con paso cansino hacia un roble feérico vetusto. Me dolían el cuerpo y el alma. Estaba cubierta de sangre. Aun así, el árbol me permitió descansar en el hueco formado por las raíces y el tronco.

Había despertado a mi nueva vida junto a un árbol como aquel. Muy lejos de allí. Conservaba recuerdos de lo que había hecho durante el estupor que precedió a aquel momento. El sabor del hierro. El olor del miedo.

Recordaba lo que había hecho como hombre lobo errante, convertida sin nadie que me guiara. Temiendo lo que pudiera hacerle a mi familia y tratando de huir para convertirme en un monstruo antes que arriesgarme a matarlos, me adentré en la oscuridad.

No esperaba despertar jamás.

Hasta que desperté.

Cubierta de sangre. Abrazada por un árbol que no podía hablar, pero tampoco lo necesitaba. Porque palpitaba con vida y comprensión.

Odié aquel árbol. Durante muchísimo tiempo. Porque me obligó a reconocer en qué me había convertido. Cuando habría preferido seguir muerta para el mundo. Ser una bestia sin mente.

El árbol me mantuvo cuerda. Lo suficiente para comprender lo que había hecho. Para odiarme. Pero también para saber que no quería morir.

Así que regresé. Todavía odiaba aquel árbol. Incluso después de aceptar en qué me había convertido. Seguía odiándolo. Seguía culpándolo por haberme despertado y obligado a comprender en qué me había convertido. Lo que había hecho.

Lo odié hasta que conocí otros como él. En Nueva Sintar, donde encontré algo parecido a la paz.

Ahora estaba desnuda. Cubierta de sangre. Abrazada por un árbol que no me juzgaba.

Podría haberme reído. Todo había vuelto al punto de partida, ¿verdad?

Pero ahora no podía odiar a aquel árbol.

El bosque olía a miedo. ¿Miedo de mí? ¿Miedo de los monstruos que acechaban en los rincones más oscuros de aquel bosque mágico? Daba igual.

Entre todo aquello, percibí el olor de mi propio miedo. El miedo a no ser capaz de hacer lo correcto.

En el pasado, la bestia me protegía. Podía usarla como chivo expiatorio. Como excusa. Pero ahora conocía la verdad.

Era culpa mía. Siempre lo había sido.

—Revolcarse en la autocompasión es impropio de una alfa —dijo Aratax, surgiendo de la nada.

Esta vez di un respingo. No lo había olido ni oído acercarse. ¡Aquel elfo era como un fantasma!

El adusto Drentari también estaba desnudo.

Debía de haberme seguido en forma de lobo.

Parecía incómodo con su desnudez. Por lo que había contado al rememorar su pasado, los Drentari eran una panda de mojigatos.

Así que tenía sentido que no se sintiera cómodo en su propia piel.

Sobre todo después de que acabara de brotarle pelo. Bueno, tendría que acostumbrarse.

—¡Vete, Aratax! —espeté, furiosa.

El elfo se detuvo, se dio la vuelta y empezó a alejarse. Caminaba con reticencia. Como si tratara de contenerse, pero no pudiera.

Era leal. Haría lo que le ordenara porque yo era la alfa. Aunque no estuviera de acuerdo. Pese a todos mis fracasos, aún me obedecía.

—Espera —suspiré. Pensara lo que pensase de él, seguía formando parte de la manada. Y me había seguido hasta allí por algún motivo—. Vuelve.

Los hombros de Aratax se relajaron cuando se volvió hacia mí y tomó asiento sobre una raíz elevada frente al roble contra el que yo estaba apoyada.

Cruzó las piernas con torpeza para tratar de ocultar su desnudez.

Yo no hice ningún intento semejante. Estaba cubierta de tierra y de la sangre de mi manada. Ya no me quedaba vergüenza.

Cuando Aratax se hubo acomodado todo lo posible, lo miré a los ojos de obsidiana y pregunté:

—¿Qué debería hacer?

Aratax pareció sorprendido de que le preguntara algo así. Olí su sobresalto y una profunda incomodidad que no se debía solo a su desnudez.

Guardó silencio mientras reflexionaba.

—No me gustan los seres feéricos —dijo al fin, mirando hacia la arboleda y las ramas que se alzaban sobre nuestras cabezas—.

Son seres anárquicos. Desordenados. Petulantes.

Poderosos y sin límites. Sin orden. Se creen demasiado buenos para las jerarquías.

Para las normas. Creen que, por ser semejantes a dioses, no tienen que prestar atención a aquello que impide que el universo se precipite en el caos.

—A los seres feéricos les va perfectamente sin autoridad —dije. Me pregunté cómo reaccionaría Duer al oír a aquel Drentari despotricar contra los de su especie.

Aratax asintió con expresión sombría.

—Así es. Y quizá los seres feéricos no necesiten orden. Pero nosotros sí. Los mortales sí. Y, sobre todo, los licántropos. Somos seres del caos. Bestias y monstruos. Sin orden ni disciplina, volveremos a sumirnos en la violencia y la brutalidad.

Negó con la cabeza, entristecido.

—Necesitamos orden porque nuestra propia naturaleza es su opuesto. Y, para vencer esa naturaleza, debemos reconocerla. Debemos recibir el trato que corresponde a lo que somos…

Hizo una pausa y contempló con aire melancólico la oscuridad que se extendía tras los árboles antes de volver a mirarme.

—Monstruos.

—¿Y qué ocurre si no nos vemos así? ¿Y si intentamos ser otra cosa?

Aratax ni siquiera parpadeó.

—Mordemos.

Un escalofrío me recorrió la espalda ante la intensidad de la afirmación de Aratax. El Drentari se puso en pie. Era evidente que se sentía abrumado por los seres feéricos que lo observaban desde las sombras y las ramas.

Pero, antes de marcharse, se volvió hacia mí.

—Puede que quien reciba el mordisco no sea un licántropo, alfa. Por eso una manada debe ser pura. Para evitar que su miembro más débil nos arrastre a todos a la perdición. Encadena a las bestias. O contempla cómo se despedazan unas a otras.

Mis padres. Mandy. Quizá incluso Pranish.

Aratax se marchó antes de que pudiera responder. Su transformación fue silenciosa y no oí el golpeteo de sus patas cuando se alejó.

Con semejante habilidad para moverse sin ser visto, me alegraba de que estuviera de mi parte. Aunque no fuera por ninguna otra razón.

Pero ¿y si tenía razón?

Las palabras de Aratax permanecieron conmigo.

Encadena a las bestias.

¿Podía encadenarlas? ¿Podía disciplinarlas? ¿O eso supondría más palizas? ¿Más peleas? ¿Más sangre en mis colmillos?

No podía quitarme de la cabeza el recuerdo de los gemelos. El miedo en sus ojos. La traición.

¿Qué había hecho?

¿Y de verdad creía Aratax que debía seguir haciéndolo? Encadenarlos. Tratarlos como bestias a las que había que someter a golpes.

¿Podía hacer eso?

Chasqueé la lengua, irritada.

—¿Y qué coño sabe él? —mascullé en voz alta—. Era un solitario hasta que lo salvé.

¡Sí! Puede que supiera lo que era ser un Drentari, lo cual, sinceramente, parecía no ser más que un montón de gilipolleces nacidas del desprecio hacia uno mismo, pero yo llevaba mucho más tiempo siendo una licántropa consciente.

Aratax no sabía qué necesitaba aquella manada.

Pero yo conocía a alguien que quizá sí lo supiera. A quien me había salvado.

Había llegado la hora de hacerle una visita a mi antigua alfa.