Hombres Lobo y Hechicería (Serie Kat Drummond 16) 9. Magia de guerra #2
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9. Magia de guerra #2

Pero la gente rara vez mantenía actualizadas esas cosas. Y, si Drez Condor no iba a actualizar la ficha él mismo, nadie más lo haría.

Examiné el caos, rebuscando entre astillas y escombros.

Alguien, ladrones, policías o la CDF, había estado buscando algo.

El Armageddon-Precept, con toda probabilidad.

Pero eso era algo que un mago jamás guardaría en un lugar así.

Drez lo habría ocultado. Desde luego, no lo tendría memorizado.

Dudaba que nadie salvo un conciliábulo de magos pudiera llevarlo a cabo.

Había mucha gente que querría robar el Armageddon-Precept. Pero muy poca sería capaz de usarlo.

La CDF destacaba entre todas ellas. Pero ese no era su modus operandi. Habrían contratado a Drez. Disponían de recursos prácticamente infinitos para hacerlo. Ser militares tenía sus ventajas.

Las bandas no irían tras él. Quienes tuvieran los conocimientos necesarios para saber siquiera qué era también sabrían que no eran capaces de lanzar el hechizo. Y las armas apocalípticas rara vez servían de ayuda para traficar con drogas y extorsionar.

Lo cual dejaba a otro sospechoso con motivos para saquear Condor’s Combatix.

Mis padres.

Utilicé telequinesis para mover unas estanterías rotas y reorganizar un poco la sala. No sirvió de nada. No era decorador de interiores.

¿Qué estaba buscando siquiera? ¿Solo estaba matando el tiempo? ¿Me mantenía ocupado para olvidar lo que aquella época del año significaba para mí?

Suspiré mientras dejaba caer al suelo los muebles flotantes.

Drez Condor. Shard Industries. Mis padres. En realidad, daba igual. Solo era una distracción.

Di un paso atrás, dispuesto a marcharme, cuando mi pie aplastó algo. Cristal al romperse. Miré hacia abajo.

Mi reorganización aleatoria de los muebles había dejado algo al descubierto. Debía de haber salido despedido durante mi hechizo y haber quedado oculto justo delante de mis narices. Me agaché para examinarlo.

Un marco de cristal agrietado. Por desgracia, parecía que yo había sido quien lo había roto. Lo levanté y dejé que su contenido, una hoja de papel, cayera en mi otra mano.

Un doctorado. De la Universidad de Magias de Guerra Aplicadas. Impreso en una hoja blanca de tamaño A4 con una impresora de oficina. La firma del decano estaba impresa. No firmada a mano. Pero, por el sello y el número de certificación, pude ver que era auténtico.

Así que parecía que era el doctor Drez Condor. La trama se complicaba a la vez que aumentaba mi respeto por aquel misterioso mago. Aunque su alma mater no hubiera querido gastarse el dinero en material de oficina de mejor calidad.

Aquel lugar ya no daba más de sí. No encontraría más respuestas allí. Pero quizá podría aprender algo más que magia de guerra en su universidad.

Borré cualquier posible huella dactilar que se me hubiera escapado en aquella escena del crimen. La telequinesis ayudó. Los investigadores de escenas del crimen odiaban a los magos. Reparé la puerta antes de subir al coche y conducir hasta el campus del doctor Condor.

El edificio de la UAWM era un severo bloque de piedra negra rodeado de jardines y antiguas residencias victorianas.

El cubo oscuro era una monstruosidad moderna.

Ni creativa, ni atrevida, ni práctica. Solo una lacra brutal y carente de imaginación en el paisaje.

En ese caso habría compartido el disgusto de Kat.

Pero, a pesar de la repugnancia que me inspiraba el edificio, necesitaba visitarlo.

Necesitaba respuestas. Dudaba que fuera a encontrarlas allí, pero no perdía nada por intentarlo. Y sentía que no quería detenerme. Probablemente porque la siguiente parada inevitable era la casa de mi familia. Y me aterraba.

Abrí la puerta acristalada de la entrada. Milagrosamente, había una recepcionista sentada tras un mostrador de bienvenida. La mujer llevaba el pelo rapado y vestía un camuflaje negro y rojo. Como si tuviera pensado arrastrarse cuerpo a tierra por una pila de mariquitas.

A pesar de su aspecto severo, casi militar, sonrió cuando me acerqué.

—Felices fiestas —dijo—. ¿En qué puedo ayudarle?

—Hola —dije, sintiéndome de pronto un poco cohibido. Sin embargo, ignoré aquella sensación. Tenía asuntos que atender. Enderecé la espalda y la miré a los ojos.

—Estoy buscando al doctor Drez Condor. ¿Sabe dónde puedo encontrarlo?

—¿El doctor Condor? —preguntó, sorprendida—. ¿Se refiere al profesor? No da clases en la UAWM desde... Bueno, ¿no se ha enterado?

Bueno, obviamente no me había enterado. Esperaba que no estuviera muerto. ¿Eran mis padres capaces de asesinar? Sabía que eran insensibles y crueles. Fríos y mecánicos. Pero ¿podían asesinar a alguien a quien habían contratado?

Se inclinó sobre el mostrador y bajó la voz.

—Detuvieron al profesor.

Casi di un paso atrás de forma involuntaria.

¿Cómo se me había podido pasar aquella posibilidad? Había dado por sentado que Drez era un mago íntegro, pese al poder destructivo de su especialidad. Era fácil suponer que sería la víctima. Un mago al que habían robado sus secretos.

No había sospechado en absoluto que él fuera el criminal. Que la policía estuviera registrando su arcanum en busca de pruebas.

—¿Qué hizo? —pregunté sin más. Todavía con un deje de incredulidad y conmoción.

—Salió en todas las noticias del campus —dijo, como si todo el mundo las hubiera leído—. El profesor Condor intentó utilizar su Armageddon-Precept patentado. Para volar la Torre de Shard Industries.