8. Expectativas
Expectativas
***LA LOBA***
Casi me doblé por la mitad cuando por fin llegué al perímetro de los terrenos de la Mansión Tokai.
Me resguardé detrás de un árbol, no fuera a ser que alguno de los lobos más incontrolables viera mi debilidad y decidiera que no era la alfa ideal.
Allí, jadeé y sufrí arcadas secas. Más por lo que había visto y oído que por la desenfrenada carrera a través de la ciudad.
Había adelantado a algunos coches mientras corría.
Podía ir más deprisa en forma de loba, pero algo en lo que había visto me hacía querer sentirme humana.
No abrazar a la bestia, aunque fuera parte de mí.
Tosí, jadeé y dejé que la saliva se hundiera en la tierra fértil, enriquecida por los feéricos, que rodeaba aquel árbol mágico. Hasta que recuperé el aliento y decidí que era hora de volver a casa.
Solo había cogido el dinero correspondiente a las horas que había trabajado. Quizá debería haber cogido más. El capataz ni siquiera había dado la voz de alarma sobre los cazadores de hombres lobo. Eso merecía algún tipo de compensación.
Pero parecía que mi madre me había educado para ser demasiado honrada.
Esperaba conseguir al menos cien dólares.
Muchísimo más de lo que podía esperar cobrar un obrero de la construcción, pero yo era una licántropa y era Nochebuena.
En vez de eso, me marché con quince dólares.
Suficiente quizá para comprar algo de carne de rata de marca blanca para la manada.
No bastaba. Ni de lejos. Pero no podía hacer nada más. No después de aquello.
¿Quién habría imaginado que cazar monstruos acabaría siendo más seguro que trabajar de obrera?
Bueno, en aquel entonces habría tenido a mi manada y a los Cruzados cubriéndome las espaldas.
No sé qué les habría hecho Kat a aquellos cazadores de hombres lobo.
Pero los habría detenido. Y eso suponiendo que Pranish, Senegal, los gemelos, Ari, Brett, Guy, Cindy y decenas de otros Cruzados y licántropos no los hubieran detenido antes.
Tal vez, solo tal vez, Kyong tenía razón. Tal vez la Vigilia tenía razón.
¡A la mierda lo que dijera el Consejo! Esta ciudad se estaba desmoronando. La gente moría.
Necesitaba a los Cruzados. Nos necesitaba.
Pero yo tenía una familia. Una manada. Tenía que cuidar de ellos. Y no podía hacerlo desde el interior de una celda recubierta de plata.
Quería cazar. Quería volver a sentirme poderosa.
Pero no podía.
Avancé hacia la mansión medio andando, medio arrastrando los pies.
Por suerte, no había ningún lobo en la parte delantera.
Con un poco de suerte, estarían ocupados echándose la siesta y tomando el sol en la parte de atrás.
¡Por las Fisuras! Necesitaban descansar después de todas las malditas heridas que se estaban causando unos a otros.
Quizá me concedieran un respiro durante el resto del día. Lo necesitaba. Necesitaba mi hogar.
Me arrastré a través de las puertas de la mansión y me recibió la melodía de un tarareo satisfecho. Jingle Bells.
La voz me resultaba familiar. Reconfortaba mi alma. Noté que las rodillas me flaqueaban al entrar en el salón.
Mi madre llevaba un vestido veraniego con estampado de flores.
Sostenía bajo un brazo una caja de adornos y, junto con los demás, iba colocándolos en un árbol magnífico que aún estaba vivo.
Los feéricos de la zona nos lo habían regalado como muestra de buena voluntad.
Sospechaba que, sobre todo, hacia Ari. Los Sintari y los feéricos compartían un entendimiento que iba más allá de lo que permitía el lenguaje humano.
Era el árbol de Navidad ideal. Un abeto reducido, impropio de la región, pero hecho posible gracias a la magia feérica y a la proliferación de vegetación alienígena.
Estaba plantado en una maceta de arcilla y, bajo una luz tenue, sus raíces resplandecían con un brillo dorado. Incluso a través del recipiente.
En la copa había un angelito vestido de negro y tocado con un sombrero de bruja. Era un regalo de Duer, el pixie. Todavía creía que yo era una bruja.
Observé a mi madre mientras decoraba el árbol, tarareando para sí con satisfacción. Recordé tiempos más sencillos. Kat, Pranish y yo alrededor del árbol, abriendo regalos. Mi madre y mi padre preparando el banquete navideño. Y todos nosotros felices.
Ahora sabía que el mundo no era tan distinto por aquel entonces. También había habido monstruos. También situaciones límite en las que el mundo y nuestra especie se habían enfrentado a la extinción. La gente moría y sufría.
Pero nosotros no. Éramos niños.
Bueno, salvo Kat. Y solo me había dado cuenta de verdad hacía poco. Aun así, ella sonreía. A pesar de todas sus penalidades. A pesar de toda la violencia. Sonreía.
Mi madre dejó de tararear y se volvió hacia mí. Su sonrisa serena desapareció, sustituida por un ceño fruncido y una expresión preocupada.
—Troodz... ¿qué pasa? —preguntó, vacilante. Triste.
El sonido hizo que me doliera el corazón. ¿Cómo podía hacerle esto? Debería ser fuerte. No debería causarle semejante dolor a mi madre. Estaba cubierta de sangre, arena y mugre. Todavía sentía las quemaduras y los moratones del cuello y la espalda. Nunca debería haber permitido que me viera así.
Pero, pese a ser una licántropa, pese a ser una alfa y una bestia, seguía necesitando a mi madre.
Caí de rodillas, pero mi madre me sujetó con tanta rapidez que bien podría haberse convertido también en licántropa.
Antes de poder contenerme, rompí a llorar desconsoladamente.
—¡Es demasiado! —grité—. ¡Todo esto es demasiado!
Lloré y lloré, incapaz de articular muchas palabras inteligibles, mientras mi madre me estrechaba con fuerza sin decir nada, porque no hacía falta.
No le hablé de las muertes. De la gente a la que había visto morir. Y no necesitaba hablarle de la manada ni de sus peleas. Lo sabía. Lo había visto. Y ese hecho me hundió el corazón.
Ningún padre debería tener que ver a su hija cubierta de sangre. Y menos aún de sangre que ella misma había derramado.
¿Por qué no podía mantenerme fuerte? ¿Por qué no podía ser la alfa que necesitaba esta manada? ¿La hija que necesitaba esta familia?
Ojalá...
—Ojalá pudiera mantener la entereza, mamá. Ojalá pudiera parecerme más a Kat. Ella sabría qué hacer.
Mi madre negó con la cabeza mientras me acariciaba con los dedos el cabello grasiento y cubierto de sudor. No mostró el menor asco ni desdén.
Alcé la mirada hacia ella. Me sonrió con tristeza, como si supiera algo que yo ignoraba.
—Ay, Trudie. Kat decía lo mismo de ti.
La sorpresa hizo que me olvidara de seguir llorando. Mi madre me ayudó a levantarme y me condujo hasta el sofá. Ni siquiera hizo una mueca cuando lo manché con la arena de la obra.
—Es verdad —continuó—. Kat acudía mucho a mí.
Cuando tenías novio, lloraba, se enfurruñaba y deseaba parecerse más a ti.
Quería que la ayudara. Que le diera consejos para ser como tú.
Para ella, tú lo tenías todo bajo control.
E incluso ahora, esté donde esté, tengo la impresión de que sigue sintiendo lo mismo.
Y no se equivocaría. Tienes a Pranish, a tu manada y a tu familia aquí mismo.
Ahora las cosas son difíciles. Sí. Pero no hay nada que no puedas afrontar.
Igual que Kat se enfrenta ahora a algo que solo ella puede afrontar.
Siempre nos comparamos con los demás sin saber realmente por lo que están pasando.
Pero no debemos hacerlo. Lo único que debemos hacer es asegurarnos de que sepan que los queremos.
Fruncí aún más el ceño cuando las palabras de mi madre desviaron mis pensamientos hacia otras cosas.
—Tengo miedo, mamá. ¿Y si esta vez no vuelve?
Mi madre me apretó la mano. Vi el mismo temor en sus ojos. Nunca había habido duda alguna sobre lo que Kat era para nosotras. Una hermana. Una hija. Mi mejor amiga.
No paraba de decir que regresaría. Pero no lo sabía. Se adentraba en el infierno. Atravesaría un continente devastado. ¡Rumbo a solo el Titán sabía qué!
¿Cómo podía estar tan segura de que mi hermana volvería conmigo?
Abracé a mi madre. Sentí el movimiento de su pecho. Cómo se mostraba fuerte para que yo no tuviera que serlo. Pero también cómo quería llorar. Ella también echaba de menos a Kat. Y temía por nuestro futuro y por el suyo.
Yo también tenía que ser fuerte. Para defenderla. Para defenderlos a todos. Para asegurarme de que, volviera Kat o no, nosotros sobreviviéramos.
Aquel momento importante y tierno en brazos de mi madre no tardó en verse interrumpido por el chillido ensordecedor de un licántropo, seguido de rugidos y castañeteos de dientes.
Con un pesar palpable, mi madre y yo nos soltamos. Ella asintió. No quería que llevara aquella clase de vida. Pero sabía que ya era demasiado tarde. Tenía un trabajo que hacer.
La tristeza, el agotamiento y el miedo fueron sustituidos por la furia. Una ira frustrada y bestial.
Esta manada... esta puta manada de bestias peleándose por las sobras cuando había más que suficiente para todos.
Antes de poder detenerme a ordenar mis pensamientos, salí disparada por la puerta mientras me arrancaba la ropa.
Salté desde el balcón elevado y sentí cómo se me tensaban y abultaban los músculos, cómo el pelaje me cubría la piel y cómo las uñas daban paso a las garras.
Derrapé hasta detenerme sobre el césped, transformada por completo en loba, y corrí a toda velocidad hacia la parte trasera de la casa, donde los lobos aullaban, gruñían y gemían.
Hyena yacía hecho un ovillo, cubierto de sangre, mientras los dos gemelos rubios lo roían y le clavaban los dientes en las patas y el grueso cuello.
Ginger aullaba a un lado. Casi con pesar.
Senegal yacía a sus pies, con el rostro surcado por arañazos, mientras el pecho se le hinchaba y deshinchaba despacio, con dificultad.
Stalker lanzó dentelladas contra los gemelos, que no cejaron en sus mordiscos a los cuartos traseros del enorme Hyena.
Al menos, hasta que embestí contra ellos a toda velocidad.
La fuerza del impacto lanzó a uno de los gemelos varios metros más allá, mientras la sangre salía despedida de sus fauces.
El otro lo había esquivado y gruñía, negándose a soltar a Hyena, que aullaba y lloraba.
Me quedé inmóvil y miré fijamente al implacable gemelo. No lo soltó. No obedeció. Los lamentos de Hyena se redujeron a un débil gimoteo. Y reparé en que no tenía sangre en las fauces.
De haber estado en forma humana, habría abierto los ojos de par en par.
Todo aquel tiempo había pensado que los gemelos se defendían. Había creído que eran mis buenos pequeños y que los recién llegados eran los alborotadores.
Pero Hyena no había atacado primero. No había atacado en absoluto. Los gemelos le habían tendido una emboscada.
Vi a Aratax en forma de elfo, apoyado contra una pared. Observando. Juzgando.
Oía sus palabras en mi cabeza con tanta claridad como si las hubiera gritado. Me lo había advertido.
—Los has mimado. Los has consentido. Ahora no quieren compartir.
La decepción se transformó en furia cuando comprendí que mis angelitos dorados eran tan bestiales como los chuchos sarnosos. Que todo mi amor, toda mi atención y todo mi trabajo no significaban nada para ellos.
Despacio, me alcé amenazadora sobre el gemelo, cuyos colmillos seguían hundidos en la carne de Hyena. Stalker y Ginger retrocedieron. Senegal gimoteó. El gemelo gruñó al verme acercarme. Como un perro que no quiere soltar un hueso.
No dejé lugar a la negociación.
Salté hacia delante, derribé al gemelo y lo inmovilicé contra la tierra y la hierba.
Antes de que pudiera hacer nada, le descargué un puñetazo tras otro en la cara.
Una y otra y otra vez. La sangre salió despedida y los dientes volaron.
A nuestro alrededor salpicaron pelaje apelmazado, fragmentos de hueso y sangre.
El licántropo intentó alejarse a rastras, así que le hundí los dientes en una pata y lo zarandeé.
Eran bestias. Yo era una bestia. Y a veces tenía que comportarme como tal. Tenía que compensar todos los mimos. Todos los cuidados. Tenía que ser un monstruo para gobernar a los monstruos.
El gemelo quedó inerte. El pelaje retrocedió y se transformó en el gemelo varón. Lo solté.
Ya de nuevo en forma humana, la gemela corrió hacia su hermano. Estaba vivo. Sentí un ligero remordimiento por eso.
Entonces me miraron. Con miedo en los ojos. Miedo y traición.
Ella se llevó a su hermano. Ni siquiera Stalker y Hyena fueron tras ellos. Se apartaron de mí, acobardados, mientras Ginger lanzaba otro aullido lastimero.
Una elfa pelirroja, Ari, corrió hacia Senegal y lo acunó entre sus brazos. Podía oler y ver su culpa. Se responsabilizaba de lo ocurrido. Pensaba que debería haber estado allí. Para mantenerlo a salvo.
Pero yo sabía la verdad.
Aquel era mi fracaso.
Yo había arruinado esta manada.