Hombres Lobo y Hechicería (Serie Kat Drummond 16) 7. Respuestas #2
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7. Respuestas #2

Abrió la puerta. Le sonreí en señal de agradecimiento y entré.

Cuando entré en la negrura absoluta del Museo de la Magia, una estancia sin ventanas, unos orbes resplandecientes cobraron vida y tiñeron la sala de un tenue y reconfortante tono dorado.

La luz iluminó maniquíes vestidos con túnicas de mago titán, manuscritos de otros mundos, los borradores originales de los tomos del Espíritu de la Ley y montañas de grimorios, armas mágicas, varitas y bastones.

Había desde cráneos reducidos hasta cuernos de unicornio.

A Trudie le encantaría aquel lugar. Le encantaba cualquier indicio de que hubiera muerto un unicornio.

Mi novia era una chica un tanto macabra.

Examiné las piezas expuestas sin dedicar demasiado tiempo a leer las fichas informativas. No quería retrasar demasiado las vacaciones de Jenny.

Llegué al final del vestíbulo y di media vuelta, pues decidí que no tenía tiempo suficiente para explorar las demás alas. Sin embargo, cuando me volví, algo captó mi atención.

Consulté la hora. Solo quedaban dos minutos. Fui medio corriendo hacia una vitrina que apenas se veía en la otra ala.

Era un círculo ritual grabado en un bloque de madera alcanzado por un rayo.

El círculo no se parecía a nada que hubiera visto antes.

En lugar de ser un sencillo círculo trazado con una línea y unas cuantas runas que indicaran la naturaleza del ritual, el círculo entero estaba dibujado con minúsculas runas.

Las runas, al igual que las palabras de conjuro, no eran algo que pudiera memorizarse sin más, como el alfabeto.

Portaban poder. Incluso entonces, mientras contemplaba aquellos centenares de símbolos, noté que la cabeza empezaba a palpitarme y a zumbarme.

Como si un enjambre de insectos ardientes hubiera decidido anidar dentro de mi cráneo.

Aparté la vista del círculo ritual y consulté la ficha informativa.

—Círculo ritual de 897 runas, tallado en el tocón de un roble feérico alcanzado por un rayo natural.

Se tardó más de un año en tallar el círculo, pues hubo que localizar y memorizar cada runa por separado.

El poder del ritual supera la capacidad de cualquier línea wey disponible en Hope City, y el hechizo jamás se ha lanzado.

Su creador, Drez Condor, donó la pieza al museo en 2022.

Drez Condor. ¡Otra vez aquel nombre! Volví a mirar el círculo, arriesgándome a que mi cabeza se convirtiera en un martillo neumático de poder palpitante y migrañas.

Era… magnífico. Era lo único que podía decir. Sí, era inutilizable. Demasiado poderoso para resultar práctico. Pero la cantidad de trabajo, intelecto y dolor que debía de haber requerido crear semejante ritual… era propia de un dios. ¡Arte de lo arcano!

Aquel Drez Condor era archimago. Sin duda. Y, si era capaz de crear algo así, podía comprender por qué mis padres le pagaban tan generosamente.

—¡Pranish! —llamó Jenny desde la entrada del museo.

Maldije entre dientes. Me había perdido en mis pensamientos y llevaba cuatro minutos contemplando el círculo. Sentía como si mi cabeza fuera a abrirse en dos y a entregarse al éxtasis al mismo tiempo. La magia era extraña.

—¿Has encontrado lo que buscabas? —preguntó Jenny.

Confundido, durante un segundo no entendí a qué se refería. No le había dicho que buscase nada. Solo necesitaba tiempo para pensar.

Pero había encontrado algo. Y había tomado una decisión.

Sonreí.

—Gracias, Jenny. Sí.

Cerró la puerta con llave después de que yo saliera y me estrechó la mano.

—Ser archimago exige sacrificios, Pranish. Pero sé que tú ya lo sabes. Aun así, no permitas que la carga te consuma ni creas que te ha hecho merecedor de un lugar por encima de los demás. En este mundo hay sitio para todo el mundo.

Asentí.

—Lo sé. Gracias.

Me despedí de Jenny y me senté en el banco en el que Arjun se había quedado dormido tantos años atrás. Desde mi posición contemplé los jardines mientras dejaba que la potencia de lo arcano de aquel ritual abandonara mi cabeza.

Todo mago digno de sus encantamientos tenía sus propias meditaciones para olvidar hechizos, además de para memorizarlos. Cuando las palabras podían devorar tu mismísima fuerza vital, necesitabas formas de expulsarlas de tu mente por la fuerza.

La magia de magos era una ciencia nueva para la humanidad y, ni siquiera después de cuatro décadas, había mucho que pudiera orientar a un mago joven.

Sobre todo porque la mayoría de los textos mágicos no podían digitalizarse y los magos solían guardar celosamente sus conocimientos y eran reacios a compartirlos.

Había necesitado muchas noches en vela, pesadillas y migrañas para aprender a desterrar de mi mente los hechizos innecesarios.

Mientras que muchos hechizos, como los de curación y luz, se escurrían de la mente como arena fina, otros se clavaban en el cráneo y se alimentaban de la energía mental. Aquellas runas eran de esa clase.

Comencé la meditación con una sencilla respiración, serenándome mientras cerraba los ojos poco a poco y extendía mis sentidos.

Me concentré primero en el viento; después, en el sol y en el frío revitalizante del aire.

A lo lejos, oí el tráfico. Bocinas. Gritos.

Los desterré. Fueron sustituidos por el murmullo del viento, las risas de los niños y el arrullo de las palomas, que pedían algo de comer a los turistas generosos.

Me concentré en el aquí y el ahora. En lo agradable y lo tranquilo. Me concentré en esas cosas mientras dejaba que las palabras de conjuro no deseadas salieran flotando de mi mente. Como aguas residuales a través de una compuerta.

Por fin, el dolor y las palpitaciones se disiparon.

Metí la mano en el bolsillo y saqué un colirio.

El poder que había presenciado me había resecado los ojos.

Jenny estaría acostumbrada a que los magos visitantes salieran con los ojos enrojecidos o incluso ennegrecidos después de contemplar su colección.

La magia de magos era una disciplina dolorosa. Pero merecía la pena. Porque, pese a toda su falta de sentido práctico y a su peligroso poder, aquel círculo ritual tallado en un material de semejante intensidad mágica era una obra maestra. La obra de un genio.

Saqué el móvil mientras guardaba el colirio e hice lo que debería haber hecho tiempo atrás. Busqué el nombre de Drez Condor en internet.

No tuve que buscar mucho. El primer resultado era una entrada de una enciclopedia digital. Y tenía que referirse al hombre adecuado. No era un nombre muy común.

Drez Condor era archimago. Como yo. Eso tampoco significaba demasiado. Para certificarte como archimago, solo tenías que dominar cinco hechizos de cinco escuelas distintas, veinticinco hechizos en total. Al parecer, el cinco era un número muy importante para los magos.

Técnicamente, podías dominar los encantamientos más básicos de cinco escuelas elementales y darlo por terminado.

Si hubiera seguido ese camino, habría obtenido el título años atrás.

Pero yo quería que mi título significase algo.

Y, después de tener que rescatar a Trudie del Cártel de la Sangre años atrás, sabía qué tipos de magia necesitaba dominar para que mi título de archimago significara algo.

Magia para proteger. Magia para destruir.

A menudo, ambas iban de la mano.

Me concentré y seguí leyendo la entrada.

Drez era de la zona. Nacido y criado en Hope City.

Había nacido en 1985, de modo que debía de rondar la cincuentena.

Me di cuenta de que habría presenciado el Cataclismo a los seis años.

¿Qué efecto tenía algo así en un niño? Bueno, probablemente el mismo que tuvo en nosotros.

El apocalipsis nunca había terminado de verdad. Solo avanzaba muy despacio.

Desplacé la pantalla hacia abajo, saltándome varias secciones hasta llegar a la entrada sobre la magia de Drez Condor. Me detuve.

Magia de guerra. Drez era especialista en magia de guerra.

Bueno, yo también. Cuando se enfrentaban a monstruos, los humanos necesitaban magia para igualar las condiciones.

Pero mi magia consistía en lanzar bolas de fuego a las bestias, levantar escudos para controlar el campo de batalla y curar a mis amigos.

Drez era distinto. Había inventado algo llamado Armageddon-Precept. Y, cuando lo leí, recordé de qué lo conocía.

El Armageddon-Precept era para la magia de combate lo que las bombas nucleares para las granadas de mano. Una subescuela de magia de guerra especializada en la aniquilación completa y absoluta. Lo que a los militares les gustaba denominar bombardeo estratégico.

Drez Condor no era un mago cualquiera. Inventaba armas apocalípticas.

Y había trabajado para mis padres.

Un escalofrío me recorrió la espalda al comprender que no podía dejarlo correr. Hacía años que no hablaba con mis padres. Y aún más tiempo que habían dejado de importarme.

Si habían estado trabajando con quien probablemente fuera el mago de guerra más hábil del continente para desarrollar… algo…, tenía que averiguar qué era.

Pero, antes de regresar a la Mansión Ahuja, tenía que visitar a Drez Condor y descubrir qué tenía que decir sobre mi familia.