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***EL MAGO***
Me sentía mal por haber mentido a Trudie.
No tenía ningún trabajo previsto para hoy.
Y tampoco pensaba buscarlo. Aunque sabía que necesitábamos el dinero.
Bueno, tampoco es que muchos sitios fueran a contratar gente a tiempo parcial en Nochebuena.
Solo los cazadores de monstruos podrían encontrar trabajo estable hoy.
Al fin y al cabo, las criaturas procedentes de todo el Entremedio no respetaban demasiado las fiestas.
Pero necesitaba salir de casa. Pensar. Poner en orden mis pensamientos y emociones.
En el pasado, cuando aún vivía sometido a mis padres, me enseñaron a no pensar.
A no sentir. Mis tutores de hechicería, poderosos criomantes y magos de escarcha, me enseñaron a enterrar mis emociones.
A desterrar el apego, el estrés, la ansiedad y los sentimientos.
A dejar que la gélida escarcha contenida en mi chispa consumiera todo lo que me hacía ser, bueno, yo.
Nunca había sido capaz de hacerlo. Y nunca había querido intentarlo.
Aprendí a parecer frío, sereno y tranquilo.
Fingía una imagen exterior de alguien que sabía lo que hacía y a quien nada más le importaba.
Eso satisfacía a mis padres. Durante unos dos segundos.
Porque no podías mentirle a tu chispa. Y la mía seguía siendo débil.
Pronto, mis padres achacaron la debilidad de mi chispa a un defecto congénito o, sencillamente, a que yo no me esforzaba lo suficiente.
Como si la hechicería tuviera algo que ver con el esfuerzo.
La hechicería era un accidente de nacimiento, y abrazarla no era más que una sencilla elección entre ser humano o ser esclavo de alguna fuerza elemental.
Yo elegí abrazar el caos de mis emociones. Los vínculos con amigos y camaradas. Elegí ser humano.
Había conducido hasta Ciudad Vieja. Las luces y los adornos navideños se exhibían en todo su esplendor. Colgaban de edificios calcinados, se extendían sobre los escombros y estaban sujetos a farolas que escupían cables como una cabeza de Gorgona vomitaba serpientes.
Aparqué junto a Company Jardins. Aquel parque respiraba historia.
Al fin y al cabo, se había construido alrededor del primer huerto plantado en el Cabo.
Se creó para abastecer el puesto de avituallamiento que los holandeses habían instalado tantos siglos atrás.
Por entonces no tenían que lidiar con un titán primordial que vivía bajo la montaña.
Bueno, también tuvieron que afrontar sus propias pruebas.
Cada generación tenía sus problemas. Los nuestros eran, sencillamente, de una naturaleza más mágica.
Alrededor de los senderos entrelazados y la vegetación de Company Jardins se alzaban museos, bibliotecas y el edificio del Consejo.
Los árboles, monumentos y edificios estaban cubiertos de adornos festivos que representaban a Papá Noel, a un jovial Adamastor e incluso vagas imágenes de un ángel en llamas surcando el cielo.
Puede que ahora fuera una fugitiva, pero Kat aún significaba mucho para aquella ciudad. Dudaba que ni siquiera sus detractores más vehementes se arriesgaran a provocar la ira de la ciudad arrancando los adornos de la Última Luz.
Hacía mucho que no paseaba por aquel jardín. De hecho, creo que la última vez que estuve allí fue para reunirme con Kat. Más o menos cuando ella comenzó su fatal partida de ajedrez con Darius, el elfo capaz de retorcer mentes que había destruido DigiLaw.
Antes de eso, las cosas habían ido mejorando. Trudie había vuelto a mi vida, y todo iba de maravilla. Aún era así. Pero con menos dramas de licántropos. Sin embargo, por entonces tenía DigiLaw. Tenía algo que yo había creado y que significaba algo para aquella ciudad. Para mí.
Y entonces todo se desmoronó.
Pero eso pertenecía al pasado. Ya había transcurrido más de un año. De hecho, mañana era el aniversario de la muerte de DigiLaw. El día de Navidad.
¿Siempre me traería esta festividad recuerdos tan tristes?
Paseé por caminos pavimentados, algunos marcados por manchas de sangre seca desde hacía mucho tiempo y señales de quemaduras.
Los niños jugaban sobre el césped cerca de donde había muerto gente el día en que los monstruos llovieron del cielo.
Sus padres los observaban. Temerarios no: temerosos y atentos.
Pero también rebosantes de alegría al contemplar la inocencia de sus hijos.
Hope City siempre se recuperaba. Siempre. Volvería a hacerlo. Quizá ya lo había hecho.
Y yo podía reconstruir lo perdido.
Solo que era difícil. Era difícil seguir adelante. Pero sabía que podía hacerlo. Tenía que hacerlo. Por ellos.
Mientras paseaba por aquel jardín, recordando el pasado y cavilando sobre el futuro, mi mente volvía una y otra vez a un cabo suelto. Un cabo que ya no debería importarme demasiado.
Drez Condor.
¿Por qué me importaba tanto aquel nombre?
El trabajo estaba terminado. Además, no se suponía que debiera leer el contenido de los contratos.
Y no debería importarme que hubiera trabajado con mi familia.
Ya no eran mi familia. Lo dejaron claro cuando me desheredaron y me desterraron.
Yo no significaba nada para ellos. Ellos no deberían significar nada para mí.
Sin embargo, ya había oído aquel nombre antes. Pero no conseguía recordar dónde.
Me detuve ante el Museo de Historia Mágica de Hope City.
Arjun, mi hermano, solía traerme allí. Cuando los dos éramos mucho más jóvenes. Él tenía edad suficiente para cuidar de su hermano pequeño. Yo era tan pequeño que tenían que levantarme para que pudiera ver algunas piezas.
Allí fue donde aprendí sobre la magia de magos. Que el conocimiento contenía poder. Que podía llegar a ser cualquier cosa. Si estaba dispuesto a esforzarme.
Mis padres querían que Arjun me llevara allí para que aprendiese sobre el poder de mi chispa. En cambio, aquello me dio esperanza. Me enseñó que la magia no tenía por qué alcanzarse mediante la frialdad y la represión de las emociones. Que podía ganarse con esfuerzo.
Con el tiempo, Arjun dejó de llevarme allí. Abrazó por completo La Escarcha que contenía su chispa y dejó de importarle.
No había vuelto desde entonces.
Casi sin darme cuenta, mis piernas me llevaron hasta el museo, donde una conservadora se disponía a cerrar por aquel día. La anciana, ataviada con una túnica cubierta de estrellas doradas como un mago de alguna película de Disney, me miró mientras yo subía las escaleras.
—Lo siento, señor, hoy cerramos temprano.
Eran las diez de la mañana. Pero era Nochebuena. Incluso los conservadores de museos necesitaban un día libre. Sin embargo, algo me atraía hacia aquel edificio. Tiraba de mí.
—¿Puedo echar un vistazo rápido? Solo necesito unos minutos —le pedí.
La mujer me examinó de arriba abajo, ajustándose las gafas hasta que una chispa de reconocimiento prendió en sus ojos.
—¿Pranish? ¿El pequeño Pranish? ¡Cuánto has crecido!
Sonrió de oreja a oreja mientras se reía de mi expresión perpleja.
—¿No te acuerdas de mí, Prani? Me bombardeabas con preguntas sobre todo tipo de cosas, desde la potencia de las líneas wey hasta cómo hacer flotar piñas. Tu hermano se quedaba dormido en uno de los bancos mientras yo te enseñaba Sintari básico.
Había ocurrido hacía muchísimo tiempo. En otra época. Cuando mi familia aún parecía mi familia. Incluso antes de que trabara amistad con Trudie y Kat.
Y lo recordé. Una sonrisa fue abriéndose paso en mi rostro. La primera sonrisa sincera que esbozaba desde hacía mucho tiempo.
—¡Tía Jenny! —exclamé.
La sonrisa de Jenny se ensanchó mientras se acercaba para abrazarme. Estreché a aquella mujer a la que casi había olvidado. Una parte esencial de una infancia que continuaba desvaneciéndose hasta quedar reducida a menos que un recuerdo.
—¿Qué ha sido de ti, Prani? ¿Y cómo está Arjun? —preguntó Jenny, y mi sonrisa se apagó.
—Es una larga historia —respondí—. Hace unos dos años que no veo a Arjun. Ni tampoco a mis padres.
Jenny frunció el ceño.
—Es una pena. Era un hermano estupendo.
Lo había sido. Una vez.
Conseguí esbozar una débil sonrisa.
—Me certifiqué como archimago.
—¡Eso es maravilloso! Increíble. Por la gracia del Titán… —Parecía que acabara de demostrarle que las ranas eran en realidad mamíferos. Quizá todavía no se había dado cuenta de cuánto tiempo había transcurrido desde que yo era aquel niño de mirada maravillada que recorría su museo.
Sonrió. Con calidez. Como si yo hubiera colocado la última pieza de algún rompecabezas dentro de su alma. Y ahora se sintiera completa.
—Me alegro muchísimo por ti, Prani. Sabía que eras capaz.
Incluso entonces. Hoy en día, la mayoría de los magos no emprenden el camino hasta tener tu edad, pero tú…
tú lo iniciaste hace muchísimo tiempo. Es lógico que hayas conseguido tanto tan pronto.
¿En qué escuelas te has certificado, si puedo preguntarlo?
Me disponía a responder, pero me contuve. Jenny parecía muy ilusionada. Muy inocente. Una anciana bondadosa que había hecho tanto por entretener a un niño curioso.
¿De verdad quería aplastarla con la verdad? ¿Decirle que mi certificación se había basado sobre todo en la magia de combate? ¿Que había convertido en un arma una disciplina que ella creía capaz de hacer tanto bien…?
—Legimancia, algo de piromancia, cinética, encantamiento y un poco de purificación.
Entre otras escuelas —dije. Sabía algunas cosas de todas ellas.
La piromancia se acercaba un poco demasiado a la verdad: mi certificación se había basado principalmente en mis innovaciones con las bolas de fuego.
Lo que omití por completo fue la magia de guerra, la criptohechicería avanzada, la conjuración de combate y los escudos de batalla.
Jenny no advirtió mis omisiones ni mi engaño. Me dio unas palmaditas en el brazo y volvió a mirar la puerta cerrada del museo.
—Puedo mantenerlo abierto otros diez minutos. Por favor, disfruta de la visita. Y, si ves a tu familia, dale recuerdos a Arjun de mi parte.