6. Trabajo #2
La vista se me nubló. Todo se estaba volviendo negro. Negro. Más negro. Ya no podía oler nada aparte de hierro y carne chamuscada. No sentía nada salvo agonía.
Cayó un silencio inalterable. El mundo se quedó inmóvil. Hasta el dolor abrasador de la plata se amortiguó.
La nada...
Recuperé el oído de repente cuando la sangre me salpicó la cara y escuché un crujido y el desgarro de carne y hueso.
La cadena se aflojó. ¡Podía respirar! Me la quité del cuello, haciendo una mueca cuando el metal me quemó la carne, y la arrojé lejos de mí.
Jadeé como si estuviera en forma de lobo mientras la sangre me manaba de la boca. Tuve más arcadas. Era normal. Las células muertas de licantropía estaban abandonando mi cuerpo. Serían reemplazadas. Con el tiempo.
Pero, por encima de aquel pensamiento y de todo lo demás, una idea se repetía en mi mente.
Casi he muerto. Casi he muerto. Casi he muerto.
Y ni siquiera estaba cazando monstruos. Ellos me cazaban a mí.
Titán, Athena, dioses, fallas...
Necesitaba a Pranish. Necesitaba a mis padres. A mi manada.
El pánico aumentó. Aún más ahora que el peligro había pasado. Hasta que inhalé. Recuperé la lucidez al percibir un olor familiar. Abrí mucho los ojos.
Levanté la mirada hacia el lugar donde habían estado los cazadores de hombres lobo.
Sus cuerpos yacían destrozados y reducidos a pulpa.
Irreconocibles. Hundidos por la fuerza de la magia y hechos jirones por una hoja.
Un agujero de bala humeante atravesaba el rostro pálido de un joven tendido sobre la arena de color rojo oscuro.
El único cadáver que conservaba algún rastro de humanidad.
Sobre los cadáveres había tres figuras enmascaradas.
Llevaban capuchas y máscaras blancas sin rasgos, encantadas para permitir ver en una sola dirección.
Dos vestían equipo táctico gris oscuro y negro.
El mismo que llevaban la última vez que los había visto, meses atrás.
El líder, de pie sobre un montón de carne ensangrentada que antes había sido un cazador de licántropos, vestía un gi con estampado de tigre.
Ahora sabía quiénes eran. Y sabía lo que habían sido.
Mis camaradas. Cruzados. Ahora, la Vigilia. Justicieros, cazadores de monstruos ilegales. Fanáticos.
Heather, enmascarada pero inconfundible por su altura, su delgadez y su característica naginata, apartó de una patada la daga de la mano de uno de los cazadores.
Chasqueó la lengua, irritada.
—Es una daga de los Cruzados. ¿Saqueadores?
—Probablemente —respondió Kyong mientras se quitaba la máscara—. Desde luego, no era uno de los nuestros.
Henri permaneció en silencio, con el rifle al hombro, mientras montaba guardia. El recinto estaba vacío. No había nadie en la calle. Ni siquiera se oía el zumbido de un coche lejano.
Yo no dije nada.
Kyong se apartó el pelo sudado de la cara y sonrió. Se acercó hasta donde yo seguía sentada en el suelo y me tendió una mano. La tenía cubierta de sangre.
No me moví. Quizá por la conmoción. Por haber estado a punto de morir y por haber sido salvada de aquella manera.
Había visto cosas mucho peores con los Cruzados. Había visto morir a cientos en un instante mientras hordas de no muertos invadían la ciudad. Había visto una ciudad reducida a la nada por los bombardeos en Nueva Sintar. Había visto a amigos convertirse en polvo rojo ante mis ojos.
Pero entonces tenía a la bestia para protegerme. A la bestia para que actuara como amortiguador. Para fingir que yo estaba bien. Que la traumatizada era la bestia y que Trudie estaba estupendamente.
Ahora... habían muerto personas. Humanos. Mis amigos los habían convertido en montones de carne ensangrentada. Y era Trudie quien lo había visto.
—Trudie —dijo Kyong, cuya sonrisa había sido sustituida por una expresión sincera y suplicante—. Necesitamos que vuelvas a la lucha. La Vigilia está creciendo y necesitamos tu liderazgo. Tu valor.
Contemplé los cadáveres de los hombres que habían intentado matarme. Tal vez se lo merecieran. Pero había un mundo de diferencia entre matar monstruos y matar personas.
—Vamos, Troodz —añadió Heather—. Tenemos que mantener a salvo la ciudad. Kat va a volver. Tarde o temprano. Y tiene que quedar una ciudad que pueda salvar. Hay demasiados monstruos sueltos. Demasiados enemigos suyos que aún respiran.
Los miré. Mis ojos ya no eran dorados. No estaba enfadada. No tenía miedo. No sabía qué sentía.
—Kat no apoyaría esto —dije por fin—. Ella no... mataría a personas.
Heather resopló.
—Kat mató a un montón de gente. Cuando lo merecían. Mató a aquellos cazadores de faes con la misma facilidad con la que nosotros acabaríamos con un zombi. Y mataría para proteger a cualquiera de nosotros. Esos cazadores de hombres lobo eran escoria. Menos que escoria. Han recibido su merecido.
Miré a Kyong y a Henri para comprobar si estaban de acuerdo. Incluso el dulce y joven Henri asintió.
No quería creer que Kat pudiera matar a un ser humano con tanta facilidad y brutalidad. Tenía que creer que lo haría por una buena razón. Que sería el último recurso.
Los tres me miraron, esperando mi respuesta. Al final, negué con la cabeza. Quería volver a la caza. De verdad que sí. Pero no de esa manera.
—No puedo. Tengo responsabilidades. Mi manada me necesita. Y no puedo arriesgarme a exponer a mi familia a esto mientras estamos bajo vigilancia.
Kyong asintió. Tenía los ojos tristes, pero comprensivos.
Heather chasqueó la lengua, contrariada, mientras me daban la espalda y se disponían a marcharse. Kyong se detuvo y volvió la mirada.
—Ella volverá, ¿verdad?
Había demasiada confianza en aquellos ojos. Demasiada deferencia hacia mí por parte de alguien con suficiente poder en sus puños mágicos para derribar rascacielos.
—Ella siempre vuelve —respondí. Y lo creía.
Mis antiguos camaradas desaparecieron entre los suburbios en decadencia. Un silencio absoluto sustituyó su inesperada visita.
Por fin me puse de pie, cubierta de polvo y sangre. Solo tardé un instante en darme cuenta de que no convenía que me encontraran en aquel lugar, cubierta con la sangre de unos hombres muertos.
Fui trotando hasta la oficina del capataz. Se había marchado. Típico. Al igual que los obreros, había salido huyendo a la primera señal de problemas. Ni siquiera había gritado para advertirme. Y eso suponiendo que no me hubiera vendido desde el principio.
Entré en su oficina y encontré la caja de caudales debajo de una mesa plegable. Con un poco de esfuerzo, forcé la caja y saqué exactamente lo que me debía. Ni un céntimo más ni uno menos. Me planteé coger más, pero no era una ladrona. Aunque aquel cobarde se lo mereciera.
Antes de que alguien pudiera descubrirme en el recinto entre los cadáveres, eché a correr hacia casa.
Parecía que el trabajo en la construcción no era lo mío.