6. Trabajo
Trabajo
***LA LOBA***
El sol se estaba comportando como un capullo desconsiderado mientras descargaba sus rayos sobre mi frente, ya empapada en sudor.
Me eché al hombro otra pila de vigas de acero y tablones.
Por lo general, ese peso no supondría nada para mí.
Pero, después de horas y horas de trabajo, empezaba a costarme un poco.
Hacía falta mucho para que un licántropo sudara. En forma de lobo ni siquiera podíamos hacerlo; teníamos que jadear. Pero ahora estaba en forma humana, pese a mi despliegue de fuerza lobuna.
¿Quién habría imaginado que pasaría la Nochebuena en una polvorienta obra, acarreando ladrillos, tablones y vigas de un lado a otro de un arenal?
No era así como quería disfrutar de... bueno, de ningún día. Pero, después de exprimir a Pranish y revisar las cuentas, no me quedaban muchas opciones.
Necesitábamos dinero.
Mis padres tenían sus trabajos y Mandy recibía algunos derechos de autor por sus publicaciones.
Eso cubría el alquiler que debíamos ingresar en el fideicomiso de Kat.
Era una cantidad irrisoria. Kat quería dejarnos vivir allí gratis, por supuesto.
Pero yo no iba a permitírselo. Pagaríamos. Poco, pero pagaríamos.
Nuestro verdadero gasto era la comida. En especial, la carne. ¡Alimentar a una manada de licántropos voraces salía carísimo! Sobre todo porque el precio de la carne seguía subiendo debido a la doble presión de los nuevos ataques de monstruos al ganado y el creciente peligro del transporte.
¡Ay, cuánto deseaba que pudiéramos volver a salir de caza!
Había una fortaleza de gnolls que mantenía sometida Silvermine y que sería perfecta para una buena cacería.
La CDF no tenía tiempo de ocuparse de ellos porque estaba lidiando con problemas en la frontera.
A los orcos y los ogros también les costaba llegar a cualquier lugar al oeste de los suburbios marginales, que de por sí eran un enorme agujero infernal lleno de nuevos necrodominios, titiriteros demoníacos y toda clase de bestias repugnantes y sin nombre.
Los vampiros Sanguineas ayudaban por la noche, pero en una extensión urbana tan gigantesca como Hope City sencillamente no eran suficientes.
Resultaba bastante poético que las criaturas a las que antes dábamos caza fueran ahora los cazadores. Ogros, orcos y vampiros patrullaban las calles para proteger a los humanos. Kat se pondría a predicar las virtudes del capitalismo para unir a la gente. Quizá tuviera razón.
Lo único que sabía era que, si el Consejo no me estuviera vigilando, habría vuelto al frente. Lo justo sería que los licántropos se sumaran a la lucha.
Pero, aunque nos lo permitieran, no estaba segura de que pudiéramos hacerlo.
Era una época delicada. Esa misma mañana, Hyena había vuelto a lanzarse contra los gemelos. Había destrozado a uno y el otro lo había dejado hecho papilla. Senegal había intentado separarlos y Stalker le había convertido el brazo en pulpa.
Lo que significaba que necesitábamos más carne. Más comida que ayudara con el proceso de regeneración. Ya era bastante malo necesitar calorías y proteínas solo para sobrevivir. Ahora también las necesitábamos para curar las heridas de guerra de aquellos malditos imbéciles.
Pranish había salido a buscar más trabajo ese día. Incluso Mandy estaba proponiéndole unos libros a una editorial. No es que yo tuviera muchas esperanzas.
—La sociología de la explotación culinaria Sintari: tratado sobre el Estofado Vegoli... —No era precisamente un título pegadizo.
Mis padres tenían sus trabajos, ¡pero no podía esperar que mantuvieran a siete licántropos y a todos los que se sumaran! Aunque mi madre creyera que podía hacerlo. No había visto las facturas de la comida. Ni que mi cuenta bancaria se acercaba a cero.
Con el resto de la familia trabajando o cuidando de los cachorros, me propuse ganarme el sustento.
Así que, provista de una fuerza sobrehumana y una resistencia lobuna, encontré una obra cercana y ofrecí mis servicios.
Encontrar gente dispuesta a trabajar en Nochebuena ya era un regalo del cielo.
El capataz se alegró aún más cuando descubrió que podía hacer el trabajo de diez hombres. Aunque no me pagaba como tal.
Ahora, después de horas de trabajo, deseaba haber pedido más.
Pero merecía la pena. Nunca se lo contaría a Pranish.
Le diría que había encontrado la carne. O que había vendido unos DVD piratas o algo así.
Odiaría saber que estaba haciendo trabajo manual.
Probablemente insistiría en hacer él también una parte.
Y no podía permitirlo. Tenía unos bracitos de fideo ridículos.
Oí murmullos divertidos y algunas risas mientras sentía las miradas de una docena de obreros clavadas en mi espalda.
Los miré de reojo. Mientras yo trabajaba, ellos estaban sentados a la sombra, viendo cómo la chica licántropa hacía todo el trabajo pesado.
Algunos se asustaron ante mi mirada, pero otros parecían divertidos.
Otros solo estaban confusos. No sabían si debían reírse porque era una chica o acobardarse porque era una licántropa.
Suspiré. Todo iría aún más deprisa si dejaran de holgazanear unos segundos y se pusieran a trabajar. Bueno, mientras me pagaran, me daba igual lo que ocurriera.
Ignoré a los demás obreros y continué cargando con el peso de diez hombres. Doblé una esquina de la estructura a medio levantar y lo dejé donde los constructores lo necesitarían cuando volvieran al trabajo.
Me dolió la espalda unos instantes, hasta que la licantropía surtió efecto. Me sequé el sudor de la frente e inhalé el aire polvoriento.
En el pasado, la bestia de mi interior habría expresado algo. Frustración, ira, aburrimiento, hambre. Lo que fuera. Era como tener un amigo imaginario. Una voz dentro de la cabeza.
Pero ya no estaba allí. Había comprendido que nunca lo había estado.
La bestia no existía. Solo era nuestra forma de fingir que seguíamos siendo humanos.
Que no éramos animales. Por eso hablábamos con ella.
La personificábamos. Hacíamos de ella algo distinto y separado de nosotros. Pero todo era una ficción.
La bestia era yo. Y me parecía bien.
Regresé al patio, dispuesta a levantar otra carga. Solo quedaban unas horas para que me pagaran. Las miradas habían cesado. Los murmullos se habían apagado.
Los obreros que habían estado mirándome boquiabiertos habían desaparecido. Se habían dispersado. Lo único que quedaba era el rastro de un olor. Una emoción.
Terror.
En el lugar donde habían estado sentados había ahora cinco hombres con capuchas y pañuelos que ocultaban sus facciones.
El olor a miedo no procedía de aquellos encapuchados. De ellos solo emanaba una sensación nítida y extraña de odio y hambre. Las emociones de un fanático que acorrala a un hereje.
No hablaron. No se movieron, ni siquiera cuando mis ojos se volvieron dorados sin que yo lo quisiera. Percibí el olor de mi propio miedo.
Despacio, los hombres desenvainaron sus armas. Una daga larga y curva con el filo serrado. Un garfio sujeto a una cadena. Un hacha de mano y un machete de carnicero.
Todas las armas relucían con destellos de plata. Mi respiración se aceleró al tiempo que aumentaba el pánico.
Di un paso atrás y ellos avanzaron.
La plata significaba una de dos cosas: cazadores de licántropos o de vampiros. Y, como era de día, supuse que se trataba de los primeros.
—Os habéis equivocado —conseguí soltar—. No soy una solitaria. No he hecho nada malo.
No respondieron y siguieron avanzando hacia mí. Retrocedí hasta topar con una valla de malla metálica. Alcé la vista. Necesitaría coger carrerilla para saltarla. Antes de que pudiera moverme, noté un cambio en el aire. La arena se levantó cuando sus pies golpearon el suelo. Cargaron.
Pensé en recitarles la Ley de Enmienda de Sintiencia. Decidí que no era buena idea.
La daga de filo plateado buscó mi garganta. Me agaché, lancé una patada contra el agresor y lo empujé hacia atrás justo cuando rodaba hacia un lado para esquivar un hachazo.
Los licántropos podían soportar la pérdida de un brazo o una pierna, o incluso que les arrancaran los malditos ojos. Volverían a crecer. Pero, si había plata en el torrente sanguíneo o la herida se había infligido con plata, la cosa cambiaba.
La plata volvía a los licántropos prácticamente humanos. Quizá incluso más débiles.
El cazador del machete arremetió contra mí con una sucesión de tajos de plata y acero. Le atrapé el brazo con una mano, vi el miedo en sus ojos y lo empujé hacia atrás.
No quería matar a aquellas personas. Aunque ellas quisieran matarme a mí. Eran personas. Y yo ya había matado a suficientes. Tampoco quería infectarlas. Las infecciones sin consentimiento no le vendrían bien a nuestra imagen pública. Aunque fueran en defensa propia.
El de la daga volvió a probar suerte y cargó contra mí con la punta dirigida hacia mi corazón.
Le agarré el brazo y lo hice girar como si estuviera realizando un lanzamiento de martillo en las Olimpiadas. Su cuerpo inerte chocó contra la valla.
Antes de que pudiera preocuparme por si me había excedido, sentí un tajo abrasador en la espalda. Rugí de dolor mientras mi visión se teñía de blanco.
No podía luchar contra ellos. No así. ¡Tenía que escapar!
Esquivé otro hachazo. Vi una abertura. ¡Y salí disparada!
Los licántropos eran rápidos. Yo era rápida. Podía recorrer la mitad del camino a casa en cuestión de minutos.
Caí y mi cuerpo dio un tirón hacia atrás cuando un metal hirviente y reluciente se cerró alrededor de mi cuello. Arañé la cadena, pero estaba revestida de plata. Se me llenaron las manos de ampollas al tocarla. No podía respirar mientras la cadena se tensaba.
Di patadas. Intenté gritar, pero no pude emitir sonido alguno. Clavé los talones, pero, presa del pánico, no conseguí afianzarme en el suelo. Me arrastraron hacia atrás. Hacia sus cuchillos y su hacha.
Debería haber pasado más tiempo con Pranish aquella mañana...