5. Noche #2
Parecía que Senegal tenía algo más en la cabeza.
Mucho más. Y yo no sabía qué hacer al respecto.
Senegal y yo éramos distintos. No le interesaba lo arcano y había pasado la mayor parte de su vida como licántropo.
Durante muchísimo tiempo, prácticamente me ignoró, mirando a Trudie como si fuera una diosa.
Y, por mucho que yo la quisiera, eso no le convenía a su ya inflado ego.
Era el cachorro. El licántropo que iba siempre detrás de nosotros. Un miembro de la manada. Pero ahora veía a Senegal de un modo un tanto diferente. Veía a un tipo algo más joven que yo pensando en una chica.
No estaba acostumbrado a tener amigos varones. Crecí con Kat y Trudie como compañeras de juegos. Y, claro, no eran lo que algunas personas considerarían tradicionalmente femenino. Pero, aun así…
Alargué una mano, casi sin darme cuenta, y le di unas palmadas en la espalda. Levantó la vista hacia mí. Primero sorprendido y luego agradecido. Se frotó los ojos.
—No lo sé, Pranish. Sé que quiero a Ari. De verdad. Es solo que… resulta muy difícil. Somos muy distintos. Procedemos de dos mundos. Una elfa y un licántropo.
—Las diferencias no tienen por qué ser un impedimento, Sen. —¿Funcionaba lo de Sen? ¿Me estaba tomando demasiadas confianzas?—. Míranos a Troodz y a mí. Una licántropa y un mago.
Senegal resopló y después negó con la cabeza.
—Pero vosotros crecisteis juntos. Los dos fuisteis humanos en otro tiempo. El mismo hogar. Los mismos valores. La misma cultura. Pero Ari y yo…
Abrió otra botella de cerveza con las manos desnudas, aplastó la chapa y dio un trago.
—No lo sé —concluyó—. Es muy difícil.
Yo tampoco lo sabía. Senegal tenía razón. Trudie y yo habíamos crecido juntos. Prácticamente vivía con los Davison y con Kat. Y, sin embargo, todos acabamos siendo muy distintos.
Si podíamos haber recibido una educación tan parecida y aun así crecer para convertirnos en personas tan distintas, ¿cómo podíamos esperar que una elfa de Sintar y un licántropo de Hope City encontraran un terreno común?
Pero lo habían encontrado.
—Ari es Sintari. Tribunal de Guerra —dije—. Y es la última de los suyos que vive en libertad. Eso debe de hacerle sentir algo. Y puede que nosotros no seamos como ella, pero podemos imaginar cómo se siente. Que estará enfadada. Más enfadada. Tiene sentido. Lo importante es… ¿seguís queriéndoos?
Senegal me miró a los ojos. Se mordía el labio inferior. Asintió. Despacio.
—Sigue siendo la misma persona —dijo—. Ella… cree que le falló a su pueblo. Que necesita mejorar cada vez más. Para no fallarle a su nueva familia.
Arqueé una ceja al oír aquello.
—¿De verdad Ari nos ve así? ¿Como su nueva familia?
La expresión de Senegal se endureció. Se volvió resuelta.
—Sí —respondió sin vacilar.
No sabía que Ari se sintiera así. Siempre había sido un enigma. Un enigma furioso con dos dagas afiladas. Pero ahora que sabía lo que sentía por todos nosotros, no pude evitar cobrarle aún más cariño. Sin embargo, también encendió algo en mi interior.
Porque Ari sentía que formaba parte de aquella manada. Pese a sus diferencias. Pese a no ser una loba.
Entonces, ¿qué me convertía eso a mí?
Porque, pese a todos mis esfuerzos por ser el mejor beta posible, no sabía si pertenecía a aquel lugar.
Senegal contempló la negrura. En sus ojos había un anhelo inconfundible.
—Desearías estar cazando monstruos a su lado, ¿verdad?
Senegal volvió a vacilar y después asintió.
—¿Por qué no lo haces?
Senegal pareció desconcertado.
—¡Jamás desobedecería a la alfa! Trudie dice que debemos quedarnos aquí, así que nos quedaremos aquí. No puedo detener a Ari. No voy a detenerla. Pero haré lo que me manden.
Leal hasta el final. Cada vez más, los licántropos se parecían más a perros que a lobos. Desesperados por complacer.
Senegal haría lo que Trudie le pidiera. Porque era un buen miembro de la manada.
Pero para Trudie era más difícil. Sabía que quería salir de caza, aunque fingiera estar satisfecha. La había visto consultar las estadísticas sobre ataques de monstruos. Fingía estar bien. Que debía centrarse en consolidar la manada. Pero yo la conocía mejor que nadie aparte de sus propios padres.
Nuestra manada estaba formada por feroces licántropos, una elfa guerrera y un archimago. Nuestro lugar estaba en primera línea. Matando monstruos.
Trudie ansiaba volver a la lucha.
Sin embargo, admiraba su prudencia al no hacerlo. Sin licencia, y con el Consejo y nuestros enemigos sin duda todavía vigilándonos, debíamos andar con cuidado. La Enmienda a la Ley de Sintiencia nos protegía de ataques infundados y delitos de odio. Pero no nos otorgaba inmunidad.
Noté que los párpados empezaban a pesarme y que la cabeza me daba vueltas. Me puse en pie despacio.
Senegal alzó la vista, preocupado.
—¿Qué te pasa?
Agotamiento. Físico y mental. Había sido un día largo. Con demasiados pensamientos y emociones. A La Escarcha de mi alma no le gustaba. No es que me importara. Había demasiadas cosas por las que preocuparse. La manada, Ari, los monstruos, Colin, DigiLaw y, por algún motivo, Drez Condor.
—Estoy bien —mentí. Como si fuera consciente, mi chispa palpitó. Como si denunciara la mentira.
Le deseé buenas noches a Senegal y entré en la mansión. Estaba a oscuras. Los infames ronquidos de Mike Davison retumbaban por los pasillos, interrumpidos por Mandy, que murmuraba en Sintari mientras trabajaba en la oscuridad ante la pantalla luminosa de un portátil.
No me hizo caso cuando pasé ante la puerta abierta de su habitación y me dirigí a la de Trudie y mía.
Abrí la puerta en silencio y la cerré tras de mí. Entonces me volví y me encontré con dos ojos dorados que me observaban en la oscuridad.
—Hola, Trudie. Siento haberte despertado.
—¿Estás bien? —preguntó con preocupación en la voz.
—Sí, sí. ¡He ganado quinientos cincuenta para la manada!
A medida que mis ojos se adaptaban a la oscuridad, vi que fruncía el ceño.
—Tú has hecho el trabajo, Prani. Es tu dinero.
Sabía lo que Trudie quería decir. La parte lógica de mi cerebro sabía que estaba siendo ella misma. Amable y considerada.
Pero tenía las emociones a flor de piel. Al límite. El hielo se estaba derritiendo. Goteando, goteando…
—La manada comparte su dinero, Trudie… —dije casi en tono acusador, con un amago de sollozo en la voz—. ¿De verdad… de verdad pertenezco a este lugar? ¿Formo parte de la manada?
Trudie saltó de la cama, me rodeó con los brazos y me condujo hasta el borde del colchón. Sentí que en mi interior se formaba un torbellino. La Escarcha retrocedió y el hielo se derritió por completo. Entre sus brazos, ya no pude contenerme.
—Tú eres mi manada —dijo sin el menor rastro de falsedad en la voz mientras me apretaba con fuerza—. No quiero convertirte. No quiero arriesgarme a perderte a manos de la bestia. Pero eres mi manada. Siempre. Y no necesitas pelaje para demostrarlo.
El dique se rompió. Reprimí un sollozo, pero no logré contener el siguiente. Rompí a llorar.
Por eso nunca podría dominar mi hechicería. Por eso mi chispa me rechazaba. Porque, por muy bien que fingiera ocultar mis emociones, enterrarlo todo en lo más profundo y convertirme en hielo y acero, nunca era capaz de no sentir nada cuando estaba con ella.
—Lo siento muchísimo, Prani. Debería haber ido contigo. O haber mandado a Conrad a la mierda. Lo siento mucho. Debería estar haciendo mi parte. Haciendo más…
—Tú… —Me froté los ojos—. Estás haciendo tu trabajo. Entrenar a los lobos, cuidar de la manada… Ese es tu trabajo.
Noté que Trudie negaba con la cabeza.
—Eso no paga las facturas. Sé que te preocupa el dinero. Debería ayudarte.
—No… no es eso.
—Entonces, ¿qué es? ¿Qué ocurre?
Vacilé. Nunca se lo había contado a nadie. Ni siquiera a Trudie. Jamás. Era mi carga. Mis sentimientos. Y después de una infancia en la que me habían enseñado a reprimirlo todo…
Ya no podía seguir conteniéndolo.
—Echo de menos a Colin —dije sin más. Sentí al mismo tiempo como si me hubiera quitado un peso de encima y como si hubieran encendido una hoguera. Me dolió la cabeza mientras nuevas lágrimas me llenaban los ojos.
Trudie me apretó con más fuerza mientras yo lloraba. Y ahora que lo había dicho en voz alta, no me detuve.
—Colin era mi amigo. Mi mejor amigo. Era como yo. Alguien que me entendía. De un modo distinto a ti y a Kat. Supe que era como yo la primera vez que nos conocimos. Construimos algo juntos, Troodz. Construimos algo hermoso.
Bajé la voz.
—Y ni siquiera fui capaz de mantenerlo con vida.
Trudie se limitó a abrazarme. En silencio.
—Me caen bien Brett y Guy. Pero ninguno de los dos es como Colin. Y… y no puedo evitar sentir rencor hacia Kat por haber seguido adelante.
Noté que Trudie se ponía un poco rígida y comprendí lo que había dicho.
—Lo siento. No quería decirlo así. Es solo que…
—Lo sé —dijo en voz baja, abrazándome contra ella—.
Pero no puedes odiar a Kat. Aunque parezca que nos ha abandonado otra vez.
Kat está afrontando cosas que nosotros jamás comprenderemos.
Y nosotros afrontamos cosas que ella tampoco comprenderá jamás.
Tenemos que hacer lo que podamos por nosotros mismos.
—No —respondí en voz baja—. Podemos hacerlo juntos. Tú y yo.
Mi chispa menguó y no me importó. Sentir era humano. Amar lo era aún más. Trudie me ayudaba no a olvidar, sino a aceptar lo que había perdido y lo que necesitaba hacer. Con ella.
Cuando estuve a punto de quedarme dormido, mi mente estaba más despejada. Mis emociones se habían calmado. La catarsis era bastante importante.
Pero, incluso después de todo aquello, todavía quedaba una cosa flotando en los márgenes de mi mente. Un nombre que volvía una y otra vez. Que me daba codazos. Que me susurraba al oído.
Drez Condor. ¿Quién eres?