Hombres Lobo y Hechicería (Serie Kat Drummond 16) 5. Noche
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5. Noche

Noche

***EL MAGO***

Una única luz me guio por la larga avenida que conducía a Mansión Tokai. Las carreteras estaban desiertas durante el trayecto de vuelta desde Ciudad Vieja. Menos mal. Estoy casi seguro de que me quedé dormido al volante al menos dos veces.

Últimamente, la mayoría de la gente se quedaba en casa por la noche. Se encerraba tras puertas de acero revestidas de plata y protegidas con hechizos hasta que zumbaban como cables con corriente. Y estoy casi seguro de que tampoco lograban dormir.

La vida nocturna de Hope City había muerto junto con muchos de sus habitantes. No era seguro. Aún había demasiados monstruos acechando por las calles de nuestra ciudad. Y haría falta mucho más que un puñado de mercenarios, ogros y orcos para acabar con todos ellos.

A diferencia de muchos, yo volvía a casa conduciendo con absoluta tranquilidad.

Haría falta mucho más que unas cuantas bestias salvajes para acabar conmigo.

Puede que no fuera prácticamente indestructible como Trudie ni tan ferozmente hábil con un arma como Kat, pero tenía mis propios trucos.

Y solían incluir fuego y rayos. Esa era la única razón por la que podía seguir el ritmo de una manada de lobos.

En la mansión reinaba la calma. Las luces de las casas que rodeaban la finca estaban apagadas.

Bueno, solo había una casa de invitados, donde vivían Ari, Senegal y los gemelos, y un establo convertido en barracón para los lobos más recientes.

A Aratax no le gustaba su alojamiento, pero a los demás no parecía importarles.

Aunque tampoco podían hablar para decírnoslo.

Aparqué el coche e inspiré una bocanada de aire fresco.

Probablemente Trudie podría contar mil historias con solo olfatear una vez.

Entre ellas, que había llegado a casa y me había tomado una docena de cafés para cenar.

Para mí, el olor no era más que el de una velada agradable y revitalizante.

El bosque feérico de la zona mantenía limpio el aire.

Los árboles y las hadas eran la antítesis de la contaminación.

Ciudad Vieja no estaba precisamente sucia, pero, comparada con Tokai, era un vertedero.

Alcé la vista hacia la mansión, donde una única luz iluminaba la galería. Senegal me saludó desde su puesto. Una parte de mí lamentó que estuviera despierto. Quería silencio. Reflexionar sobre la noche. Poder ser yo mismo y no tener que mantener la fachada de beta sereno y tranquilo.

Pero Senegal era un buen tipo. Mucho mejor que Aratax.

Al principio pensé que Ari exageraba con lo de que el elfo oscuro fuera un Drentari, pero Aratax no hacía gran cosa por disipar sus prejuicios.

La única capaz de soportar sus aires de superioridad y sus pullas constantes era Mandy, quien parecía no darse cuenta mientras tomaba notas con entusiasmo sobre la cultura Drentari.

Espero que comprobara la veracidad de todo cuanto decía, porque casi siempre se dedicaba a cantar las virtudes de la sociedad Drentari, que según él era lo mejor de todo el Entremedio, y a afirmar que su pueblo aplastaría fácilmente a la humanidad si tuviera ocasión.

Sí. Un tipo encantador.

Subí los escalones. Senegal estaba sentado en una de las sillas de jardín. A su lado había otra silla vacía y una nevera portátil llena de cervezas. Ya se había bebido tres. No era mucho para un licántropo.

Senegal parecía más joven de lo que era.

La licantropía ayudaba en ese aspecto. Regeneraba las células moribundas.

Así que, si te infectaban de joven, conservabas la juventud durante más tiempo.

Y Senegal había sido infectado siendo muy pequeño.

Pero no era solo eso. Había en él un entusiasmo inocente, acompañado de un cabello de un naranja intenso, un puñado de pecas y una sonrisa espontánea.

Sin decir palabra, me ofreció una cerveza.

Asentí para agradecérselo, la acepté y me senté a su lado.

Después del día que había tenido, agradecía una cerveza fría.

En cierto modo, me recordó a la Taberna del Sepulturero.

Echaba de menos aquel lugar. Había quedado aplastado por un titánico gólem no muerto, junto con su dueño y muchos otros.

La ciudad no había vuelto a ser la misma desde entonces.

Si aún siguiera en pie, estoy seguro de que continuaría abierto a aquellas horas. Los bares para cazadores de monstruos no solían temer a los monstruos.

Senegal no habló. Probablemente veía las bolsas bajo mis ojos. Y mi mirada perdida. Olía el sudor y el café.

Recordaba que Senegal me había parecido bastante irritante al principio.

A pesar de lo que Kat creyó durante nuestro viaje a Nueva Sintar, nunca estuve celoso de verdad.

Confiaba en Trudie. Más que en nada. Pero eso no significaba que no pudiera criticarla.

Y, en lo referente a Senegal, tenía muchas quejas.

Al principio, cuando Senegal era el único miembro de la manada, Trudie lo trataba como a un perrito faldero.

Como a un hijo único consentido. No era sano. Ni para él ni para ella.

Las cosas cambiaron cuando conocimos a Ari. La intensa elfa tenía sus problemas, pero ella y Senegal se entendían de maravilla. Ari no necesitaba ser también licántropa para compartir con Senegal lo que parecía un vínculo instintivo.

Con los gemelos, Trudie pasó de ejercer de madre con Senegal a hacerlo con los dos golden retrievers incapaces de comunicarse. Y eso tampoco estaba bien. Porque, como tuve que recordarle, eran licántropos. No perros. No sus hijos.

Creo que solo empezó a darse cuenta de eso en los últimos meses.

Porque ya no éramos una familia pequeña y unida. Éramos una manada. Y eso significaba mucho más que jugar al tira y afloja y rascarnos unos a otros detrás de las orejas.

Trudie aún tenía mucho que aprender. Yo también. Pero ella debía descubrirlo por sí misma. Como alfa. Y tenía que admitir que estaba progresando. Pese a todas las dudas que albergaba sobre sí misma, estaba convirtiendo a unos monstruos en miembros de algo más grande. Una sociedad.

Una parte de mí estaba increíblemente orgullosa de ella. Y la otra estaba triste. Porque ya no era aquella chica despreocupada de la que me enamoré. En su lugar, era una mujer trabajadora, resiliente y apasionada que tenía mi corazón en sus manos.

Di un largo trago mientras ambos contemplábamos la oscuridad.

No veía nada en aquella negrura de tinta.

Confiaba en que Senegal hiciera de vigilante nocturno.

Aunque no necesitábamos ninguno. Los monstruos solían mantenerse alejados de la mansión.

El olor de los licántropos era intenso. Y quienes no podían oler a las bestias voraces que roncaban tras aquellos muros solían dejarse intimidar por el bosque feérico que nos rodeaba.

Las hadas y los duendes podían dar bastante miedo cuando se lo proponían.

No miré la hora, pero sabía que era tarde. Hasta Trudie dormía a aquellas horas. Sin embargo, sabía que no estaría preocupada porque hubiera vuelto tarde. Sabía que podía cuidar de mí mismo. Igual que yo sabía que ella también podía hacerlo. Eso reducía mucho el estrés.

Imaginé nuestra cama cálida, tumbado a su lado. Sin duda se despertaría cuando llegara. La hipersensibilidad de hombre lobo y todo eso. Y, aunque no estaría angustiada por mí, sabía que sí estaba estresada. Lidiar con aquellos ex-errantes de verdad estaba pasándole factura. Merecía descansar.

Di otro trago mientras dejaba dormir a los lobos.

Ninguno de los dos había dicho una palabra cuando por fin terminé mi botella. Senegal me tendió otra y le di las gracias antes de decidir que se merecía un poco de conversación.

—¿Cómo está Ari? —pregunté. Era una de las pocas veces que lo veía sin la elfa a su lado.

Mi intención había sido hacer una pregunta inocente para entablar conversación.

Pero el ceño fruncido de Senegal me indicó que no tenía nada de intrascendente.

Senegal casi nunca fruncía el ceño. Podía ponerse serio cuando era necesario.

Había combatido a su lado suficientes veces para saberlo. Pero aquello era diferente.

—No lo sé —respondió sin más, casi con tristeza—. Lleva desapareciendo todas las noches desde hace un mes.

Aquello era nuevo. ¿Lo sabía Trudie?

Dejé la cerveza y me volví hacia él, con las manos entrelazadas frente a mí. Era hora de hacer mi trabajo. Mantener cuerda a aquella manada.

—Senegal, ¿sabes adónde va?

Senegal me lanzó una mirada preocupada, pero enseguida apartó la vista.

Nada de dorado. No estaba nervioso. Bueno, Senegal siempre había sido quien mejor controlaba sus emociones.

Aunque no era alfa, técnicamente llevaba siendo licántropo más tiempo que Trudie.

Sin embargo, ser alfa no era cuestión de experiencia.

No se elegía ni se ganaba. Sencillamente ocurría.

—Está enfadada. Frustrada —dijo Senegal, titubeante pero dispuesto a colaborar. Senegal era leal. A Trudie y, por extensión, a mí—. No entiende por qué ya no podemos cazar monstruos.

Suspiré. Me había preocupado que esto sucediera. Ari era una luchadora formidable. Mejor que los licántropos, me atrevería a decir. Pero era muy impulsiva. Irónico, teniendo en cuenta que los licántropos libraban una guerra constante con una bestia interior por hacerse con el control.

—Está cazando, ¿verdad? —pregunté, como si interrogara a un colegial.

Asintió. Despacio.

—¿Con la Vigilia? —aventuré.

Con el rostro enrojecido y los ojos muy abiertos, Senegal asintió.

Me recliné y suspiré.

—¿Está en problemas? —preguntó Senegal.

—No. Es su vida. Puede hacer lo que quiera.

Trudie podía imponer disciplina a los licántropos. No había mucho que pudiéramos ni debiéramos hacer con Ari. Y de verdad no quería presionarla hasta que abandonase la manada. Me preocuparía que viviera en Hope City sin nosotros.

Eso no pareció satisfacer al joven licántropo, que jugueteó inquieto con la botella de cerveza vacía mientras contemplaba su superficie reluciente.