Hombres Lobo y Hechicería (Serie Kat Drummond 16) 4. La ley #3
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4. La ley #3

Después de los primeros, empecé a pensar que me estaban pagando de menos.

No solo había que descifrar aquellos contratos.

Muchos necesitaban ser rescatados del borde de la aniquilación.

Sus datos estaban dañados. La energía mágica había enturbiado gran parte de los detalles, y las copias habían quedado borrosas y oscurecidas.

Colin había temido que sucediera algo así durante las primeras fases de desarrollo.

La magia no solía ser compatible con la tecnología.

La legimancia era una excepción, porque constituía una invención humana moderna.

Pero aun así seguía dando problemas. La magia y los circuitos rara vez se entendían.

Y eso se traducía en datos dañados y un montón de fallos.

Pero seguí adelante a fuerza de voluntad. Porque la agonía embrutecedora de aquel trabajo me nublaba la mente y me impedía sentir. Y porque mi familia necesitaba el dinero.

Por fin me acerqué al final. Me sentía como si Sísifo hubiera conquistado por fin aquella maldita roca. Solo quedaba un contrato.

A esas alturas ya dominaba el proceso. Solo tenía que introducir allí un código de recuperación, rezarle aquí a Cato y ¡bingo! Contrato recuperado.

Me recosté y exhalé aliviado al conquistar el último contrato. Todo estaba guardado y tenía copia de seguridad. Mi trabajo había terminado.

Me froté los ojos y me dispuse a levantarme. Entonces algo del contrato que acababa de recuperar llamó mi atención.

Shard Industries.

La empresa de mis padres.

Miré a Petey, que apretó con más fuerza la cafetera mientras combatía contra exámenes de derecho en sueños.

Leí el contrato.

Era un contrato de trabajo. Al parecer, mis padres habían contratado a un mago como asesor.

Típico. Tenían un mago en la familia y preferían contratar a otro. Bueno, resultaba sorprendente que hubieran contratado a un mago siquiera. Mis padres eran unos supremacistas radicales de la hechicería. Si no tenía chispa, no merecía su tiempo.

No aceptaban el asesoramiento de magos. Lo máximo que estaban dispuestos a hacer era contratar a una horda de ellos como oficinistas para producir a destajo encantamientos que vender por 2,99 dólares.

Pero habían contratado a uno de todos modos. Y no como escriba glorificado, sino para que los asesorase. Para asesorar a una de las mayores MagiKorps del Estado de Buena Esperanza.

El mago que habían contratado se llamaba Drez Condor. El nombre me sonaba, pero no conseguía ubicarlo. Con un nombre así, debería resultarme familiar.

Escudriñé el contrato en busca de más detalles.

Pero no explicaba la naturaleza del asesoramiento.

Confidencial. Era una señal de alarma. Por lo general, los contratos de trabajo de ese tipo explicaban con cuidado qué tendría que hacer el empleado o asesor.

Pero, si no era algo que quisieran que conociera algún bufete barato…

Shard Industries tenía intereses en muchos sectores. Tecnología, pergaminos, alquimia, encantamientos e incluso comida rápida. Francamente, aquel mago podría haber estado asesorando a mis padres sobre cualquier cosa.

Me desplacé hasta el final y casi me olvidé de respirar.

Al concluir su periodo de asesoramiento, Shard Industries pagaría a Drez Condor la suma de tres millones de dólares.

Tuve que leerlo de nuevo. Y otra vez.

Que un contrato por semejante cantidad estuviera atrapado en el ordenador de un bufete de barrio pequeño y cutre…

Definitivamente, mis padres no estaban representados por Defensores de la Justicia. Tenían sus propios abogados internos. Eso significaba que los legimantes de allí habían redactado el contrato a petición de Drez.

No culpaba a ese Drez Condor. Con tanto dinero en juego, necesitabas un respaldo mágico. Me sorprendía que mis padres hubieran aceptado prometer una cantidad tan elevada. La legimancia no les gustaba ni en el mejor de los casos.

Apenas habían tolerado mi elementalismo cuando estudiaba magia de magos, pero la legimancia había sido ir demasiado lejos para ellos.

¿Qué estaba haciendo Drez para ellos? ¿Y qué podía ser tan importante como para que mis padres aceptaran quedar vinculados a aquel hombre mediante un contrato mágico?

¿Y dónde había oído antes su nombre?

Drez Condor. Lo tenía en la punta de la lengua. Se burlaba de mí. Sabía que lo había oído en alguna parte…

—¡Vaya! ¡Los has recuperado todos! —exclamó Petey, sobresaltándome. No me había dado cuenta de que se había despertado.

Petey me apartó del ordenador para revisar mi trabajo.

—¡Nos has salvado, tío!

Se levantó y sacó un fajo de billetes, al que añadió otros 50 dólares.

—¡Te has ganado hasta el último céntimo!

—Gracias —dije distraído mientras salía de la oficina, sin reparar apenas en la bonificación.

Varios kobolds chamuscados yacían humeantes cerca del coche cuando disipé la protección y subí.

Drez Condor. Shard Industries. Tres millones de dólares.

Mientras conducía por la oscuridad de Hope City, donde muchas luces seguían apagadas tras el casi apocalipsis, no conseguía desterrar esas cosas de mi mente.

El periodo de asesoramiento de Drez Condor había terminado después de la destrucción de DigiLaw.

Eso significaba que su contrato no era más que otra víctima de la muerte de mi empresa.

Sin protección mágica, no existía ninguna garantía mística de que Drez cobrara.

Y, antes de que yo lo desenterrara, tampoco había protección legal.

Ninguna prueba de que se le hubiera prometido una suma tan elevada.

Un escalofrío me recorrió la espalda mientras conducía por la oscuridad de Hope City. No pude evitar expresar mis pensamientos en voz alta.

—¿Le pagasteis, mamá y papá? ¿Y por qué?