3. Amnistía
Amnistía
***LA LOBA***
Sorprendentemente, la vista fue de lo más relajada. Jane se puso en modo Jane, con todas las de la ley. Dejó sin peluca a magistrados y consejeros a fuerza de argumentos. Al final, todo quedó en un mero trámite.
Jane y Conrad salieron absueltos. Por completo.
Como personal no combatiente, se los consideraba poco menos que civiles.
Y, aunque los Cruzados habían sido disueltos por su complicidad en los delitos de Kat, sus miembros no eran necesariamente criminales.
Por fortuna, los jueces y examinadores que presidían la vista no sabían en qué consistían las funciones no combatientes de Conrad y Jane.
Ni que Jane llevaba una escopeta a las reuniones la mayoría de las veces.
Jane habló mucho en nuestro nombre. Sacó a relucir lo reciente que era la Enmienda a la Ley de Sintiencia, una nueva ley que yo había ayudado a aprobar y que convertía a los hombres lobo en una especie protegida junto con los humanos, los elfos y un sinfín de seres elegidos de forma arbitraria.
Presentó aquellas vistas reiteradas como un ataque contra los inocentes y perseguidos hombres lobo de la ciudad.
Y afirmó que, si iban a por mí, era solo por el mal perder que les había quedado tras la votación.
Como no querían parecer racistas, muchos de los consejeros que presidían la vista se mantuvieron muy callados y bien agazapados tras sus escritorios.
Cuando de verdad me asusté fue cuando empezaron a debatir el destino de Mansión Tokai. La propiedad pertenecía a Kat. Una enemiga del Estado. Nosotros éramos inocentes, sí, pero inquilinos de una criminal. La posibilidad de que nos desahuciaran de una propiedad expropiada era muy real.
Pero, por lo visto, y a pesar de tantos tropiezos, Hope City seguía siendo una sociedad libre. Kat era una fugitiva, pero sus propiedades aún le pertenecían. Y, como Mansión Tokai no se había utilizado para facilitar sus delitos, no podían tocarla.
Percibí el alivio de Pranish por el olor y sentí el mío propio cuando el magistrado declaró que Mansión Tokai seguiría siendo propiedad de Kat Drummond y que nosotros continuaríamos como inquilinos.
Todo nuestro alquiler iría a parar a un fideicomiso al que Kat Drummond tendría acceso una vez que fuera acusada y hubiera cumplido su condena.
Nadie mencionó que se sospechaba que dicha condena sería la «Condenación Eterna».
Jane se desperezó y bostezó mientras salíamos de la sala. Una profunda sensación de alivio impregnaba el ambiente. Aquella era la última vista. La última oportunidad de nuestros adversarios para empapelarnos. Y habían fracasado.
¡Ah, qué bien olía la libertad!
Jane esbozó una sonrisa radiante y se volvió hacia nosotros. Justo cuando sus ayudantes empezaron a tirar de ella por los brazos, hablando de esta y aquella reunión, seguidas de una conferencia con el rey enano de Saltmond para negociar los horarios de recogida de basura.
—Me encantaría quedarme, queridos —dijo mientras se despedía con la mano—. ¡Pero el deber me reclama! ¡Hasta luego, cielos!
El alivio por el veredicto de la vista también era palpable en Jane. Olía a confianza. Casi a arrogancia. Pero, por encima de todo, a poder. Jane parecía aún más peligrosa ahora que cuando estaba con los Cruzados. Su lugar estaba en los pasillos del poder.
Conrad se quedó rezagado, asegurándole a uno de los ayudantes que estaría allí en un «maldito por las brechas segundo».
Cuando los tres nos quedamos solos, se inclinó hacia nosotros y susurró:
—Sé que os habéis mantenido al margen de los problemas. Nada de cacerías. Lo cual está bien. Pero eso significa que tengo que preguntaros una cosa: ¿cómo andáis de dinero?
La pregunta me pilló desprevenida y no supe qué responder. Pranish y yo intercambiamos una mirada. Mi novio miró a Conrad a los ojos y contestó:
—Nos va bien. Vamos tirando.
Conrad frunció el ceño al percibir la mentira.
Nos conocía demasiado bien. Y sabía que, sin cacerías y con una abultada factura de carne, estábamos pasando apuros.
Una de las razones por las que no habíamos seguido adelante con el proyecto de usar la iglesia como lugar para celebrar bodas era que había sufrido graves daños durante los combates y no podíamos permitirnos las reparaciones.
Conrad metió la mano en el bolsillo y nos tendió un fajo de billetes. Tanto Pranish como yo dimos un paso atrás.
Aparté los billetes para que nadie los viera.
—¿Qué estás haciendo? —siseé mientras miraba alrededor de la sala de espera de los juzgados. Un guardia de seguridad nos observaba con recelo.
—No está bien que... —Conrad bajó la voz—. Que los Cruzados pasen hambre. Esto es lo que Kat habría querido.
—No podemos aceptar tu dinero —dijo Pranish con severidad.
Conrad nos miró a Pranish y a mí a los ojos y luego suspiró. Se dio por vencido.
—Bueno, si no queréis aceptar mi dinero, al menos aceptad esto.
Sacó una tarjeta de visita que olía a tinta barata y a cartón chirriante y se la entregó a Pranish.
—Es de un bufete con el que trabajé hace años. Consiguió que absolvieran a Brick en aquel caso de incendio provocado.
Pranish alzó la vista de los datos de contacto de la tarjeta.
—No soy abogado.
—No necesitan uno. Como muchos bufetes, la empresa utilizaba DigiLaw. Les encantaba el programa. Pero luego, con la caída del sistema y la disolución... Bueno, ya sabes lo que pasó.
Sentí que el calor me ascendía por el pecho mientras mis ojos emitían un resplandor dorado.
Pranish lo sabía demasiado bien. DigiLaw lo había sido todo para él.
Hasta que un elfo cabrón capaz de controlar mentes lo había utilizado para sembrar el caos en la ciudad.
Después de aquello, todo se vino abajo. Él mismo había destruido su sueño para salvar la ciudad.
Noté que Pranish me apretaba la mano de forma inconsciente. Le devolví el apretón. Él me dedicó una sonrisa tranquilizadora.
—No pasa nada, Troodz.
Percibí su melancolía. Pero también su determinación. La luz de mis ojos se atenuó y oscureció.
Conrad pareció un tanto confundido antes de continuar, ajeno a lo que acababa de suceder. ¿Es que nunca había perdido nada en su vida?
¿O había perdido tanto que se había vuelto insensible? Fuera como fuese, mi irritación con Conrad iba en aumento. A pesar de sus buenas intenciones.
—Mi contacto dice que necesitan ayuda para recuperar algunos de los contratos de los que hicieron copias de seguridad. Pero...
—Necesitan descifrarlos y, sin la base de datos central, hacerlo es un engorro de caspa de mantícora. Sí, lo pillo.
Conrad sonrió, casi con tristeza, y le frotó el hombro a Pranish.
—Buena suerte. A los dos. Y, si necesitáis algo, recordad que seguimos aquí. Todos nosotros. Y que estamos para ayudarnos unos a otros.
Esperé hasta que aquel idiota de traje a rayas diplomáticas estuvo fuera del alcance de mi oído antes de volverme hacia Pranish.
—No tienes por qué hacer esto. Ya encontraremos otra cosa. ¡Tenemos una manada de hombres lobo! Podemos buscar otra forma de conseguir dinero.
—No pasa nada —mintió Pranish—. Es un trabajo fácil.
—Pero...
DigiLaw lo había sido todo para él. Aquel trabajo era como hurgar en el cadáver de su hijo. De su creación.
Pranish me apretó la mano para tranquilizarme. No percibí en él ninguna angustia. Ni siquiera olía a tristeza. ¿De verdad lo había superado? Había pasado casi un año. Tal vez, después de todo lo sucedido, había logrado seguir adelante.
—Además —continuó—, me vendrá bien para distraerme de todo lo demás.
—¡Ja! ¿Quieres dejarme sola para que dome a los cachorros?
—Solo si no te importa.
—Si una soledad insondable cuenta como que no me importe, entonces no hay ningún problema. Puf. ¡Vete a recuperar papeleo aburrido de muerte! Parece divertidísimo.
Volvió a mirar la tarjeta mientras salíamos de los juzgados y regresábamos a su coche.
—Puedo llevarte primero a casa y luego volver para empezar a trabajar. La oficina está cerca.
—No hace falta —respondí—. Ya me he ido.
Antes de que Pranish pudiera protestar, yo ya había echado a correr de vuelta a casa.