4. La ley
La ley
***EL MAGO***
Todo se vino abajo en cuanto Trudie se marchó. En cierto modo, fue un alivio dejarme llevar sin más. Me permití llegar a trompicones hasta el coche y me apoyé en él mientras me cubría la cara con las manos.
Tenía que ser fuerte delante de Trudie. Tenía que mantenerme entero y ser mejor. Ser el beta que ella merecía y necesitaba. Eso implicaba mantener una fachada de calma. Implicaba no derrumbarme cuando algo me recordaba todo lo que había perdido.
Conrad no lo había hecho con mala intención.
Solo intentaba ayudar. Pero la mención de DigiLaw me afectó de verdad.
Más de lo que creía. Por supuesto, el tema salió a relucir.
Pero me había mantenido demasiado ocupado para prestarle atención.
Hasta ahora. Porque las guerras habían terminado.
Ya no nos íbamos de aventuras a Nueva Zelanda para jugar con elfos ni nos enfrentábamos a batallas apocalípticas una semana sí y otra también.
Era un mago en paro con más tiempo que dinero.
Y eso me daba tiempo para reconcomerme. Tiempo para reparar en que estaba a punto de cumplirse un año desde que una manipuladora mental vengativa me arrebató DigiLaw. Desde que me arrebató la empresa que había creado con mi mejor amigo, muerto hacía más de dos años.
Cerré los puños y apreté los dientes. Trudie probablemente habría hundido la pared de un puñetazo o habría destrozado un parabrisas si se sintiera así.
Ojalá yo pudiera. Ojalá pudiera desatar un huracán que diera voz a mi tristeza.
Hoy hace 801 días que murió Colin. Y no había pasado uno solo sin que lo echara de menos. Ni uno solo en que la chispa helada de mi alma no me dijera que me dejase llevar.
No era bueno obsesionarse tanto con el pasado.
Lo sabía. Pero no podía evitarlo. Porque, mientras La Escarcha, enterrada en lo más profundo de mi ser, esa afinidad hechicera a la que me negaba a permitir que me dominara, me exigía que lo enterrase todo, que renunciara a los vínculos humanos, yo no podía hacerlo.
Colin importaba. Había que recordarlo. Para siempre.
Me subí a mi maltrecho Toyota Corolla, temblando un poco mientras me abrochaba el cinturón. Noté humedad en la cara. Me la sequé y observé en el retrovisor cómo mi expresión se volvía pétrea e insensible. Una grieta en el cristal me partía el rostro en dos.
Ya estaba agrietado cuando conseguí aquel pedazo de chatarra. El coche era un horno en verano, como ahora, y un congelador en invierno. Los asientos no se podían regular, las puertas traseras se atascaban y estaba seguro de que los tubos de escape tenían alguna maldición menor.
¡Y me encantaba!
Porque, aunque mi antiguo coche era un lujo sobre ruedas, no era mío. Era el coche de mis padres, que utilizaban como soborno y correa para controlarme. Un regalo con condiciones. Envuelto junto con sus exigentes y desmesuradas expectativas.
Este coche de mierda me lo había ganado yo. Era mío. Con sus defectos, sus abolladuras y sus incontables kilómetros en el cuentakilómetros. Y eso significaba algo.
Bajé una ventanilla a manivela para intentar que entrase un poco de aire fresco, pero no sirvió para liberar la puñetera sauna atrapada en aquella caja de metal.
Me planteé usar mi chispa para refrescarme un poco. Pero eso requería estar sereno. Por dentro y por fuera. Requería no sentir emoción alguna. Justo las emociones que yo quería sentir. Pese a todo el dolor y la tristeza, era mejor sentir la pérdida que no haber tenido nunca nada que perder.
No llevaba conmigo mis libros de hechizos; de lo contrario, habría lanzado enseguida algún hechizo de aeromancia o criomancia. Pero aquella clase de encantamientos frívolos no eran de los que mantenía memorizados ni llevaba encima.
Sentía un peso reconfortante en el bolsillo, donde llevaba una libreta con mis hechizos de emergencia. Bolas de fuego, hechizos curativos, escudos, rayos…
La clase de hechizos que podía necesitar en un apuro, pero que no podía permitirme el esfuerzo de mantener memorizados.
Memorizar un hechizo es, francamente, una expresión bastante inexacta.
No se trata tanto de memorizarlo como de grabar a fuego en la mente el contenido y la esencia del hechizo.
Las palabras albergan poder, y tenerlas acampadas en el cráneo supone un gran esfuerzo.
Piensa en el calor de una bola de fuego y después mete un poco de ese calor dentro de tu mente.
No es agradable.
Pero resulta tremendamente gratificante.
La magia de magos era el arte de emplear palabras de poder, memorizadas y escritas, para cambiar el mundo.
Mientras que los hechiceros empujaban y orientaban las fuerzas primordiales con su magia natural, los magos utilizaban la magia del mundo —que fluía a través de las líneas wey— para hacer toda clase de cosas complejas y maravillosas.
Tan complejas y maravillosas que la inmensa mayoría de la gente no las entendía.
Muchos hechiceros, incluidos mis padres, creían que cualquiera podía ser mago. No naces con la capacidad de canalizar una línea wey. Es una destreza que se aprende. Y, técnicamente, cualquiera puede aprenderla.
Pero, mientras que ser hechicero solo consistía en controlar tus emociones para alimentar tu chispa, la magia de magos exigía trabajo de verdad. La tenacidad necesaria no solo para orientar los elementos, sino para domarlos y atraparlos dentro de tu mente.
No todo el mundo podía ser mago. Pero todo el mundo podía intentar serlo. Ahí residía su belleza. Había que ganárselo. Había que luchar por ello. Y representaba un sacrificio insondable.
Aunque había perdido a Colin, DigiLaw, los Cruzados y la aceptación de mi familia, aún conservaba la magia de magos. Aún conservaba mi mente.
Dejé de luchar contra el calor y me limité a aceptarlo. Saqué el móvil y marqué el número de la tarjeta de visita que me había dado Conrad.
Le había mentido a Trudie. No estaba bien. Pero necesitaba estarlo. Y, si aquello me ayudaba a dar el primer paso, seguiría adelante. Ya era hora de afrontar lo que había perdido.
—¿Diga? Sí. Ah, esto es Defensores de la Justicia de Hope City. El bufete del hombre corriente. Ah. ¿En qué puedo ayudarle? —dijo la voz atribulada de un hombre que no debería estar contestando al teléfono.
¡Muy profesional!
—Hola. Soy Pranish Ahuja. Conrad Khoi dice que necesitáis mi ayuda.
El hombre atribulado guardó silencio durante unos segundos y casi pude ver cómo abría la boca formando una O al reconocer el nombre.
—¿Pranish Ahuja, el de DigiLaw?
—Sí —respondí sin más.
—¡Tío! —exclamó la voz con entusiasmo—. No me lo puedo creer. Pensaba que Conrad estaba diciendo kak .
Sí. MUY profesional.
—Ah, perdona —continuó—. Soy Petey. Petey Pedi. Estoy aquí al pie del cañón. ¿Puedes venir? ¿Tienes nuestra dirección? Es…
—Tengo la dirección. Pero ¿puedes contarme primero los detalles?
—¡Claro! Tío, todavía no me puedo creer que el fundador de DigiLaw vaya a venir a ayudarnos. ¡Eres una leyenda!
Menuda leyenda. DigiLaw apenas duró un año. Un ángel que voló demasiado alto y se abrasó en el sol.
—En fin —continuó Petey—. Estamos teniendo problemas para recuperar los contratos antiguos de la copia de seguridad de nuestra base de datos. Antes bastaba con iniciar sesión para verlos. Pero ahora…
—El Consejo redujo a cenizas la base de datos central —expliqué—. Vuestra base de datos no puede confirmar su legitimidad sin recibir una señal de un servidor que ya no existe.
En su momento fue necesario. Para garantizar la privacidad de todos nuestros clientes, teníamos que asegurarnos de que todo se almacenara en un único servidor.
Los bufetes de legimancia y otros clientes querían copias de seguridad en sus propios servidores, lo cual no suponía ningún problema, pero para funcionar con nuestro software necesitaban recibir una señal de la sede central.
Algo que se volvió imposible después de que el Consejo lo destruyera todo.
—Es difícil, pero puedo descifrar los contratos. Aunque tendréis que pagarme.
Ya que iba a hurgar en el cadáver de la criatura que Colin y yo habíamos creado, al menos podían compensarme.
—¡Claro! —exclamó Petey—. ¿Puedes empezar ahora mismo?
No quería empezar en absoluto. Nunca.
—Voy para allá —respondí, sin dejar traslucir en la voz ni vacilación ni angustia alguna.
Colgué, respiré hondo y arranqué el coche.
***
La oficina de Defensores de la Justicia era una casa adosada reconvertida en el quinto pino de Ciudad Vieja.
Estaba casi seguro de que Kat solía cazar por allí cuando aún se dedicaba a tiempo parcial a cazar monstruos.
De hecho, juraría que la recogí en aquella parada de autobús.
Había dejado una sustancia negra y viscosa en mi asiento. ¡Qué tiempos!
La casa se encontraba en mejores condiciones que las de los vecinos. Solo se desconchaba parte de la pintura y la verja de entrada colgaba de una única bisagra. Sobre la puerta había un letrero que rezaba:
—Hope City Defensores de la Justicia. El abogado del pueblo.
En el letrero aparecía la foto de un hombre que parecía comprar los trajes en el mismo sitio que Conrad Khoi, sosteniendo la balanza de la justicia y señalando a la cámara.
Entonces me acordé de aquellos tipos. Habían sido clientes nuestros. De los primeros. Cuando aún tenía que tratar con los clientes cara a cara, en vez de endosarles la responsabilidad a unos becarios. Aquellos sí que habían sido los buenos tiempos. Lástima que durasen dos segundos.
Sabía que esos abogados jugaban en una liga modesta. Pero no tanto.
Al igual que antes del Cataclismo, el derecho era una industria importante en Hope City.
Siempre había alguien que intentaba salir impune de algún delito y siempre había alguien a quien inculpaban de otro.
Y, mientras los seres humanos no fuéramos capaces de ponernos de acuerdo, necesitaríamos unas palabras escritas en una tabla que nos dijeran cómo comportarnos.