2. Rememorando
Rememorando
***LA LOBA***
Habían pasado tres meses desde que Kat Drummond, la Última Luz, se había marchado de Hope City.
La repentina partida de mi mejor amiga nos había dejado a todos recogiendo los pedazos de una ciudad destrozada.
Bueno, tampoco podía culparla. No era culpa suya que a un apocalipsis de pacotilla le hubiera dado por descargar una lluvia de monstruos sobre nuestra hermosa ciudad.
Un maldito dragón de rayos había anidado en Table Mountain, se habían abierto brechas por toda la ciudad, ejércitos del Entremedio habían intentado invadir nuestra pequeña república y los monstruos devoraban todo cuanto caía en sus manos.
Había sido un infierno. Ni siquiera pude ayudar a Kat durante la batalla.
Me quedé atrapada en Mansión Tokai, defendiendo a mi familia.
Incluso después de que las Brechas se cerraran, nos llevó un tiempo acabar con el grueso de los monstruos.
No tuvimos un verdadero respiro hasta que llegaron los ogros y los orcos.
¿Quién habría imaginado que los orcos y los ogros serían los salvadores de esta ciudad?
Con los Cruzados en la lista negra, Drakenbane bajo investigación y los policías demasiado asustados para salir de sus comisarías, los únicos que quedaban para proteger la ciudad eran unos cuantos cazadores de monstruos autónomos y las dos agencias de caza de monstruos más nuevas y grandes que la ciudad había visto jamás.
Los Hijos de Gorgmonn, integrados en su totalidad por orcos brutales y aterradores. Y la Horda de Cazadores, compuesta por ogros aún más brutales y corpulentos. Al parecer, Kat había contribuido a organizar a aquellos antiguos monstruos para convertirlos en los nuevos salvadores de la ciudad.
No es que me lo hubiera contado.
Kat había tenido que abandonar la ciudad a toda prisa. Antes siquiera de que nos diéramos cuenta de que las Brechas se habían cerrado.
Al parecer, había matado a Riaan Haggenort.
El más cobarde y capullo de todos los presidentes de Hope City.
Las noticias decían que lo había destripado como mataba a los monstruos y después lo había abandonado para que muriera.
Justo cuando estaba a punto de desenmascarar a los Cruzados como una organización paramilitar cuyo objetivo era apoderarse de la ciudad.
Eso era lo que decía el Consejo. Y los medios patrocinados por el Consejo.
Lo que me contaron a mí fue muy distinto.
Cindy Giles-Mgebe, la mejor maga sanadora que había tenido el placer de que me remendara, me dijo que el Mentor había matado a Riaan y le había cargado el muerto a Kat.
Mi amiga había tenido entonces que huir de la ciudad para cumplir su parte de un trato que había hecho nada menos que con Thor, ya fuera persona o dios.
¡Desde luego, Kat llevaba una vida interesante!
Por desgracia, el Mentor le había tendido una trampa a Kat para provocar su caída. Todos los grandes medios difundían la acusación de que había matado al gobernante legítimo de Hope City y de que los Cruzados la habían ayudado.
Así que Hope City llevaba casi tres meses sin los Cruzados de Kat. Sus miembros habían sido incluidos en la lista negra de la caza de monstruos, detenidos o, en algunos casos, habían logrado escapar de las garras de la ley.
Cindy había usado su rango de Paladín-Purificador de la ilustre y gloriosamente internacional Association of Heiligeslicht para conseguir inmunidad.
Ser una exterminadora de demonios y sanadora sin parangón tenía sus ventajas.
Y su marido, Guy, había conseguido librarse sin demasiados mareos porque, al parecer, era su guardaespaldas o algo así. Aunque más bien era al revés.
Otros Cruzados no habían tenido tanta suerte. Heather y Henri, entre otros, habían pasado a la clandestinidad. Mataban monstruos de forma ilegal y, si la propaganda decía la verdad, también a quienes intentaban detenerlos.
Al parecer, se habían unido a una secta llamada la Vigilia. Kat se había estado quejando de ellos antes de la batalla final. Por lo visto, la adoraban a ella o algo así.
Yo no sabía nada de eso. Pero sí sabía que me hacían sentir un pelín incómoda. Cazar monstruos era una cosa, pero matar personas era otra. Una cosa era cazar y otra, asesinar.
Pranish y yo, junto con el resto de la manada, nos encontrábamos en una zona gris en lo relativo a los Cruzados. Técnicamente, no éramos miembros. Pranish era consultor independiente y yo, contratista. Una agencia externa subcontratada y con mis propios efectivos.
Pero era obvio que, en la práctica, éramos Cruzados. Ser amigos de la infancia de Kat y prácticamente sus hermanos adoptivos nos delataba un poco.
Esto había causado muchos quebraderos de cabeza a los bocazas de los tribunales y del Consejo. Ya habíamos asistido a dos vistas y tres interrogatorios. Habíamos salido limpios de todos y cada uno de ellos.
Así que solo quedaba esta última vista. En la que por fin podríamos dejar las cosas claras y quitarnos todo aquello de encima.
Pranish tomó una salida de la autopista y entró en Ciudad Vieja.
El tráfico estaba colapsado. Unas excavadoras estaban apartando de la carretera a un trol petrificado.
Al pobre cabrón lo había sorprendido el sol.
Aunque había sido una suerte para los pobres desgraciados a los que había perseguido hasta el centro de una autopista justo cuando amanecía.
A ambos lados de la calle se alzaban casas aplastadas.
Al reducir la velocidad, aún distinguí casquillos dispersos que centelleaban bajo la luz del sol y contrastaban con manchas oscuras de sangre reseca desde hacía tiempo.
Un bloque de pisos se cernía ante nosotros.
Estaba cubierto por un grafiti colosal que decía:
—LA ÚLTIMA LUZ REGRESARÁ.
Más le valía, joder. No había pasado todos aquellos años junto a su cama del hospital para que desapareciera en el abismo. Volvería. Siempre volvía. Y, si no lo hacía, me aseguraría de sacarla a rastras del infierno y traerla de vuelta. Fuera o no una semidiosa angelical de fuego.
Los servicios de limpieza hacían todo lo posible por borrar el grafiti con mangueras, pero la pintura roja no cedía. Brillaba y vibraba con cada chorro de agua y después, de algún modo, crecía.
—Es un encantamiento potente —comentó Pranish en voz baja. Casi silbó, impresionado.
Más adentro de Ciudad Vieja, las ruinas y los escombros contrastaban con las luces navideñas, los pinos cultivados por seres feéricos, el muérdago y un ejército de Papás Noel.
Había sido un año muy largo. Y se había alargado todavía más con toda la reciente política de la manada.
Suspiré y miré a Pranish. Estaba concentrado en la carretera, aunque de vez en cuando echaba un vistazo a las señales, los edificios en ruinas y los adornos navideños colocados en lugares extraños.
—¿No vas a preguntarme qué ha pasado? —pregunté por fin.
—¿Con qué?
—Con la sangre.
Pranish me miró y me dedicó una sonrisa tranquilizadora.
—Soy tu beta, Troodz. Mi trabajo es mantenerte tranquila. Si para eso hace falta silencio, entonces debo guardar silencio. No necesito saberlo.
—¿Y si quiero ruido?
Le tocó suspirar a él.
—No necesito preguntar. He visto bastante. Ahora y todas las demás veces.
Claro. Él estaba allí. Aunque no fuera licántropo, seguía siendo miembro de la manada. Aunque Aratax pensara que no debería serlo. Cabrón.
—Son sobre todo Hyena y Stalker —respondí, cerrando los puños y sintiendo que los ojos me brillaban de color dorado por la frustración—.
Solo se portan bien cuando estoy presente.
Y, a veces, ni siquiera entonces. Hyena y los gemelos tienen una especie de maldita disputa y, cada vez que pierdo el juicio el tiempo suficiente para intervenir, Stalker suele ponerse de parte de Hyena cuando este se vuelve contra mí.
Suspiré.
—¡Gracias al Titán, a Atenea y al testículo izquierdo de Thor que Senegal tiene la habilidad necesaria para dejarlos inconscientes cuando yo no estoy! Si no...
—No tienes que preocuparte por los gemelos —respondió Pranish, anticipándose a lo que iba a decir—. Puede que sean pequeños, pero son duros. Quizá Hyena lo aprenda en el futuro.
—No temo por los gemelos. Saben cuidarse solos. Me preocupa que, como ellos no van a echarse atrás y Hyena es demasiado estúpido para dejar de atacarlos, las peleas continúen.
Noté humedad en mis ojos resplandecientes.
—No quiero que esta familia se destruya, Prani.
Sobre todo después de haber perdido a tantos otros.
Cuando había aullado y sumado a todos aquellos lobos nuevos a mi manada, había sido durante una batalla.
Demasiados habían muerto luchando. Justo cuando acababan de convertirse en parte de la manada.
En parte de mí. Solo para que me los arrancaran.
Desgajando pedazos de mi alma. Un grito de angustia cada vez. Aún sentía aquella pérdida.
Nunca le había hablado a Pranish del vacío que habían dejado en mi corazón todos aquellos a quienes había perdido. Aunque hubieran sido monstruos momentos antes, se habían convertido en mi familia, aunque solo durante unos instantes antes de que los destruyeran.
Pranish me apretó la rodilla y me dedicó una sonrisa tranquilizadora.
—La vista también irá bien, Troodz.
Eso ya lo sabía. Le devolví una sonrisa dentuda. Era mejor que pensara que eso era lo que me preocupaba. No podía ayudarme con lo otro. ¿Cómo le explicaba la pérdida que sentía por unos licántropos a los que nunca había conocido?
—Lo sé. ¡No tienen nada contra nosotros! Si lo tuvieran, no nos someterían una y otra vez a estas vistas amañadas.
Entramos en el aparcamiento del tribunal y nos dirigimos a la sala de espera. Ya estaban allí Jane Pheonix y Conrad Khoi, rodeados de un séquito de jóvenes becarios que tomaban notas a toda prisa y hablaban a gritos por sus móviles.
—¡Troodz! —exclamó Jane, todavía con el móvil pegado a la oreja. Colgó de inmediato y abrió los brazos para abrazarme.
Casi me la llevé por delante, para espanto de su séquito. A sus ojos, debía de haber sido una exhalación.